Esto no lo verás en los medios de comunicación
17 de Mayo de 2020

Esto no lo verás en los medios de comunicación

Desde España, Mario Tascón reflexiona en este blog sobre la crisis de credibilidad de los medios de comunicación en tiempos de coronavirus.
Fotografía: JaffaCakes en Pixabay | Usada bajo licencia Creative Commons
Mario Tascón

“Una noticia es aquello que alguien no quiere que se publique”. Frase de origen desconocido atribuida en internet a diferentes autores, periodistas y editores.

Una frase que se ha puesto de moda, convertida en ocasiones en una venenosa etiqueta de las redes sociales, es una de las puntas de un iceberg que muestra las dificultades de los medios de comunicación para resultar creíbles y respetables en un mundo donde cada vez hay más gente descontenta, que solo quiere ver y leer aquello que demuestra lo que ya piensa, y que sospecha de los medios de comunicación como parte cómplice del sistema que les hace infelices.

Unas fotografías de decenas de féretros en España se distribuyeron por Twitter, Instagram y el resto de redes sociales durante los primeros días de la pandemia. Eran, supuestamente, la prueba visual de que el gobierno español y sus aliados, los medios de comunicación, ocultaban a la ciudadanía y al resto del mundo la gravedad de lo que sucedía. Muchos de aquellos mensajes estaban etiquetados con las frases “Esto no lo verás en los medios de comunicación” o “las imágenes que el Gobierno quiere ocultar y las televisiones gubernamentales no emiten”, como si fueran una especie de sello que envolvían las imágenes del atractivo de lo escondido, de lo que alguien no quiere que se publique, la pura esencia del periodismo.

Pero, en realidad, las imágenes eran del parking del tanatorio de Collserola (Barcelona) con féretros de fallecidos por COVID-19, y sí que habían sido emitidas por los medios. De hecho las habían podido ver millones de españoles el día 2 de abril a las 15 horas, en el informativo de más audiencia de la principal cadena de televisión estatal. Habían sido parte de ese espacio. Pero, para quienes las empezaron a difundir y quienes les siguieron, reenviándolas miles de veces a través de los teléfonos móviles y ordenadores, aquellas imágenes visibilizaban la “censura” del gobierno ejercida a través de sus fieles servidores, los medios.

Fueron otro caso más de bulo, de manipulación informativa intencionada, de lo que entra dentro de la categoría psicológica de “esta prueba confirma lo que yo creo que está pasando”. La etiqueta, “esto no lo veras…”, es el cuño que asienta aún más la verdad del mensaje. Lo que el gobierno oculta es la verdad, justo porque, además, los medios se esfuerzan en que no aparezca en público.

En el extremo contrario está el caso de lo que es verdad y circula por las redes entre el público pero no aparece en los medios. Así acaba de suceder en China. Fue en este país y a través de la red WeChat, un popular servicio de mensajería, el canal por el que los chinos se enteraron en primer lugar (a pesar de ser el país con las redes más controladas del mundo) de la existencia de una extraña enfermedad en la provincia de Wuhan. Unos mensajes de Li Wenliang, médico del hospital central de esa región, acabaron circulando por millones de teléfonos de toda China. La policía lo detuvo poco después acusándole de difundir bulos y obligándole a declarar que todo se lo había inventado. Pero ya era tarde. La información circulaba a la misma velocidad que el virus del que intentaban que no se tuviera noticia tan pronto. 

Tuvieron que pasar muchos días para que ese “rumor” adquiriera categoría de noticia en los periódicos y televisiones. China no es el paradigma de la transparencia ni de una prensa libre, pero sus ciudadanos también han de pensar que hay muchas noticias en la categoría de “esto no lo veremos en los medios de comunicación”. En este caso, además, las consecuencias del retraso en la alerta pudieron costar vidas humanas.

Estos movimientos de informaciones verdaderas y falsas, procedentes de fuentes anónimas y con nombre, profesionales y amateurs, no son algo nuevo en la era del COVID-19. 

En 2019 en otra red social bajo una fotografía de las marchas contra el gobierno de Chile, un usuario escribía airado: “Esto NO lo verás en los medios de comunicación”. Llamaba la atención porque lo que “no verás” era una fotografía de la agencia de noticias estatal española EFE y, por ello, era una imagen circulaba dentro del ecosistema natural de los medios, incluso de los más tradicionales. Aquel mensaje tuvo miles de retuits y, por supuesto, aquella foto fue publicada también en muchos medios convencionales tanto en sus versiones digitales como en las de papel. Parece que muchos grupos han convertido la etiqueta “esto no lo vas a ver…” en un sello que avala la realidad de lo que lo que el sistema pretende esconder.

¿No son las redes un nuevo medio?

Pero, ¿por qué se usan las redes para esta guerra contra gobiernos y medios de comunicación? ¿No son, además, las propias redes sociales un medio de comunicación? Así parece, incluso sus dueños son empresas que operan sin problemas y con normalidad aparente en el sistema capitalista. Pero el rasero por el que se mide a las redes sociales no es el mismo que para la prensa.

No se trata de casos aislados, elegidos para este artículo. Si uno busca la susodicha frase y sus variantes se encontrará miles de referencias relacionadas con noticias veraces, bulos, conflictos variopintos, situaciones diversas en puntos muy variados del globo. Lo peor de todo es lo que esta sentencia insinúa: los medios de comunicación censuran y esconden aquello que al poder no le interesa que se difunda pero, ahora, con los nuevos medios, los ciudadanos hemos vuelto a apropiarnos de la función de denuncia y vigilancia que habíamos delegado en ellos. Somos, gracias a la tecnología, una sociedad empoderada que solo nos necesitamos a nosotros mismos para controlar al poder y denunciar sus abusos. 

Si lo que piensa parte de la sociedad viene reflejado por esa frase, se está acusando a los periodistas de faltar a uno de sus principales principios éticos: buscar y difundir los hechos, sobre todo aquellos que alguien quiere que no se publiquen.

Desconfianza en los medios y confianza en las tecnológicas 

Mientras en las pasadas décadas los medios de comunicación de todo el mundo buscaban su modelo de negocio, unos nuevos actores en el mercado de la atención y de la publicidad, las tecnológicas, lo encontraron. De forma especial la prensa en las primeras oleadas, pero también la radio y algo menos las televisiones perdieron una gran parte de sus públicos mientras varias empresas multinacionales del software consiguieron atraer su atención varias horas al día. 

Y no solo consiguieron esa atención sino también los ingresos de una de las fuentes tradicionales y sostén de los medios: la publicidad. Hoy Facebook y Google acaparan más del 70% del mercado quedando el otro 30% para todo el resto de actores: todos los demás, incluidos, claro, los medios. 

Con menos lectores y menos ingresos cada año la crisis iba camino de dictar sentencia. Pero parecía que el corazón y alma de la prensa, su credibilidad, podía ser la salvación superada la tormenta, aunque la sociedad continuaba dando la espalda a los periodistas y sus empresas. 

Mientras los medios de comunicación empezaban a ser criticados por el público cada vez con más inquina, las empresas originadas en los silicon valleys del mundo eran defendidas con ahínco por los consumidores y aupados incluso a la figura de nuevos salvadores de la humanidad. El dicho de Jesucristo “La verdad os hará libres” se convertía desde los años 90 del pasado siglo en algo así como “La tecnología os hará libres”.

Pero aquellos a los que habría que vigilar y que, en realidad, hacen buena parte de sus negocio vigilándonos, eluden sus responsabilidades con el público. Un puñado de empresas bordea las legislaciones sobre privacidad (cuando no la sobrepasan) de forma peligrosa y actúa con relación a nuestros datos de manera más oscura de lo que parece, pero salen librados en sus índices de reputación, en la percepción ciudadana, en su cotización bursátil y en la valoración que hacen sobre ellas los poderes económicos, que incluso les ayudan en sus maniobras fiscales para tributar menos aprovechando huecos de las legislaciones. El poder ha tomado nota de quienes son los nuevos protagonistas para influir en la opinión pública.

Mientras, los periodistas, los “perros guardianes” que durante decenas de años han vigilado supuestamente los abusos de los poderosos, son arrinconados por una no escrita condena social y la sospecha compartida por sus lectores de que sirven a oscuros intereses de aquellos a los que parecía que vigilaban. Demasiado promiscuos, demasiado sesgados, comparten mesa y mantel, demasiado amigos de los que mandan como para confiar en ellos.

En un reciente estudio del Reuters Institute se veían con mucha claridad estas discrepancias entre cómo ve la sociedad a los medios y cómo se ven estos a sí mismos. En Estados Unidos mientras el 86% de los periodistas pensaba que la prensa vigila a los poderosos solo el 46% de los lectores lo creía. Datos similares se manejan en Chile (antes de las revueltas), ya que un 76% de los profesionales de la comunicación declara que realiza esa labor de escrutinio, mientras solo un 36% del público lo cree. Una brecha demasiado notable entre lo que pensamos nosotros y lo que piensan nuestros lectores.

Otro estudio, de la española Sociométrica, suspendía con un 4,1 a la prensa en España a principios de 2019, cuando en 2017 tenía un aprobado raspado (5,1). Dato similar al de un estudio de la Generalitat de Catalunya, de diciembre de 2019, en el que solo se otorgaba a los medios un 4,5 sobre 10.

Los escándalos reputacionales afectan de forma diferente a las redes sociales que a los medios

La prensa no consigue remontar en sus índices de reputación, a pesar de los escándalos recientes de las redes sociales, que también padecen problemas reputacionales, pero con consecuencias inferiores a las que han vivido los medios.

La situación de los medios durante la crisis de la pandemia parece estar empeorando. La crisis que hubiera acabado hace años con un diario, una empresa o un gobierno apenas provoca cosquillas temporales a los nuevos dueños de las comunicaciones; por cierto, lugar por el que más bulos sanitarios y políticos se difunden.

A pesar de que Facebook ha sido sacudida por la poca diligencia, por ser suaves, en la vigilancia de la intimidad de sus millones de consumidores, estos siguen utilizándolo como si nada. Sus índices reputacionales caen pero no su negocio. Así ha sucedido tras el escándalo de Cambridge Analítica. Esta empresa privada no solo intentó cambiar la intención de voto de los estadounidenses de manera fraudulenta y contraviniendo las normas internas de Facebook, sino que, gracias a las investigaciones de diarios como The New York Times o The Guardian supimos que había sido consentida y amparada por la empresa de Mark Zuckerberg, que durante, al menos, dos años calló a pesar de saber lo que ocurría. 

Los tentáculos de Cambridge Analítica podrían haber llegado a las campañas presidenciales argentinas y mexicanas, entre otras, habiendo incurrido Facebook en la clásica culpa in vigilando que ya los romanos habían regulado. Pero, salvo por las multas de los reguladores, los ingresos y el número de usuarios no paran de crecer para la compañía de Zuckerberg, mientras que los de los medios caen a mayor velocidad. Los resultados económicos que han presentado en plena crisis del COVID son de los pocos positivos entre los de las empresas de una economía mundial en caída. Y, por si fuera poco, copian antiguos sistemas de control editorial que ya se venían usando en la prensa, los consejos editoriales,  y los anuncian al mundo como si fueran el nuevo paradigma de la ética y la solución al inmenso problema de los bulos y la incitación al odio que circula por sus publicaciones. Este es el caso de la nueva Junta de supervisión de contenidos que entrará a operar este año formada por veinte profesionales independientes que decidirán en Facebook e Instagram qué contenidos retirar y cuáles no.

Las maquinarias propagandísticas de los partidos políticos invierten dinero y recursos en las redes sociales en proporciones muy superiores a las que lo hacen en la presa, siendo esto un aviso de que la importancia que otorgan a ambos jugadores es proporcional.

Los políticos ya no temen a los periodistas. Empieza a ser frecuente en los países occidentales la celebración de ruedas de prensa sin preguntas, y la contestación y emisión de mensajes institucionales en Twitter y las webs de los gobiernos sin que se pueda realizar la más mínima repregunta. Antes, el miedo a un escándalo pasaba incluso por no haber contestado a un periodista. Hoy los políticos comunican directamente en las redes sociales. Se pactan los guiones de las entrevistas, y muchos exigen a los periodistas derecho de veto sobre los textos antes de ser publicados. Y, lo que es peor, sabemos de muchos profesionales que aceptan estas nuevas reglas del juego.

Las ruedas de prensa telemáticas han traído nuevos mecanismos de control y manipulación. El portavoz que aparece en cámara tiene el apoyo directo, invisible para los espectadores, de sus asesores que se comunican con él a través de  la tableta u ordenador que sostiene delante de las cámaras como quien mira distraídamente sus papeles.

¿A quién confiamos nuestros datos?

Los lectores ceden cada segundo sus datos personales, su rastro digital, sus interacciones en las redes sociales, la posición física de su móvil, incluso su presión sanguínea y pulsaciones (veremos si también nuestro historial de contagios), así como un largo etcétera sin apenas preocuparse sobre el uso y destino de esos valiosos datos. Llegamos a compartir el lugar por donde circula nuestro vehículo, en el que se encuentran nuestros familiares, las imágenes de las cámaras de seguridad y un largo etcétera. Los ojos que observan son, sobre todo, los mismos aparatos que nos alquilan las operadoras de telecomunicaciones y las aplicaciones que nos “regalan” los cuatro gigantes tecnológicos. 

Esta facilidad de acceso a la intimidad, esa promiscuidad digital, no se facilita en cambio cuando son los actores tradicionales de la comunicación quienes necesitan o piden los datos. Ahí la audiencia parece poco dispuesta a siquiera registrarse en las versiones online de los periódicos, mucho menos a dejar en la base de datos de un diario la tarjeta de crédito para pagar una suscripción. Esos mismos números se utilizan en las compras online de todo tipo de tiendas pero, en cambio, los consumidores rechazan cumplimentar el más mínimo formulario para suscribirse a un periódico. No ya para pagar, simplemente para registrarse. Mientras, esas mismas personas teclean ansiosas en apenas un par de minutos los datos que completan el formulario para tener acceso a las últimas series de estreno en Netflix o para que Glovo les acerque la cena.

 ¿Por qué, salvo algunas excepciones, la sociedad se está resistiendo a suscribirse a muchas versiones digitales de los diarios?

Hay muchos motivos para que el modelo de suscripción evolucione muy lento, desde una oferta informativa gratuita muy amplia (las propias televisiones y radios tienen webs muy bien construidas en abierto), a un nuevo mercado en el que la suscripción a un medio tiene que competir con un catálogo de muchas ofertas de entretenimiento de pago. También influye la propia crisis económica y el precio, sin contar que en internet, como pasa con la radio, el público lleva años consumiendo información gratis. 

Tampoco son menores las dificultades provocadas por lo que denominan los expertos la “experiencia de usuario”, la facilidad con la que se cumplimentan determinadas páginas web para hacer una compra o facilitar un correo. Lo que en Google es una experiencia de unos segundos para suscribirse a algo, en un periódico suele ser un laberinto. Varios diarios con sistemas de suscripción han aumentando sus cifras de lectores de pago cuando han llegado a acuerdos para que puedan acceder a través de los sistemas del buscador. ¿La diferencia? a través de Google es sencillo y a través de las páginas del diario es una experiencia larga, farragosa y plagada de datos a rellenar que el usuario percibe como inservibles.

Pero quizás el motivo menos explicitado sea la desconfianza en que el medio sea ético, que cumpla con su misión, que sirva para denunciar los abusos, que aporte luz en esta sociedad en la que caminamos a oscuras y tan faltos de relatos que expliquen los fenómenos nuevos. ¿Veré lo que los poderosos nos quieren ocultar en este medio de comunicación? Si les pago ¿dedicarán de verdad mi dinero a investigaciones honestas?

Un estudio de la Universidad Tecnológica de Queensland y la de Canberra resume que la falta de confianza en la prensa proviene de los siguientes factores:

  • Historias inexactas, con errores, no confirmadas, etc. 

  • Obstinación de periodistas o presentadores 

  • Falta de transparencia 

  • Sensacionalismo 

  • Defensa excesiva de puntos de vista particulares

El factor principal que mejoraría esa confianza, según el mismo estudio, sería que los periodistas declaren cualquier conflicto de intereses o parcialidad con respecto a historias particulares. El segundo factor sería que eviten los sesgos.

La prensa ha perdido también una cierta capacidad de anticipación de la historia o de los temas que interesarían a los lectores. Si la pandemia ha resultado una crisis sanitaria impactante, no es menos  importante destacar cómo los relatos han sido tan incorrectos que a medida que avanzaba el peligro se iban desmoronando los que ofrecían los diarios sin que ni gobiernos ni medios de comunicación ni ciudadanos fuéramos conscientes de la marea, mejor dicho tsunami, que se venía encima. 

Esa falta de atención anticipada a las diferentes etapas de la pandemia,  que en este caso es verdad que obedece a la dificultad de entender y luego explicar de forma clara un problema nuevo y complejo, ha dañado aún más la credibilidad de diarios y medios en general. Si los gobiernos no han sabido actuar a tiempo, los medios no han sabido alertar a su audiencia de lo que estaba pasando hasta que los hospitales estaban llenos, las calles incendiadas o los gobiernos caídos. Ha pasado recientemente en otros momentos históricos como los conflictos sociales en Chile, el referéndum de Colombia, incluso el Brexit o la Primavera Árabe. Incluso ante coberturas de eventos nuevos a veces han estado al nivel (bajo) de los medios partisanos y amateurs propagando informaciones que luego han sido obligados a desmentir.

La falta de confianza evidenciada en la escasez de un número suficiente de suscriptores, es incrementada con los ataques a través de la etiqueta “esto no lo verás en los medios de comunicación” que se ha convertido en un latiguillo frecuente que, día a día, erosiona la reputación denunciando la supuesta falta de ética del periodismo. 

Nuevos medios, chequeadores y tormentas de bulos

La ciudadanía en general ha perdido la confianza en sus instituciones, incluida la prensa. Estamos enfadados con lo que está pasando, no nos gusta hacia dónde va el mundo, incluso con una pandemia por el medio, ni siquiera sabemos a dónde nos dirigimos y no vemos claridad en quienes conducen la nave. La concentración de dinero en manos de los más ricos está acompañada de una sensación de pérdida de representatividad del sistema político. En una dinámica descendente desde hace años muchas capas de la población están siendo expulsadas hacia la precariedad, con trabajos cada vez peores y en los que los jóvenes no ven futuro, incluida la industria del periodismo. El enfado, miedo, incluso expresado a veces con ira, provocan que hasta las personas formadas no quieran confiar en los hechos, como ha declarado Chomsky. 

Mientras, y aunque en ocasiones también se ven afectados por esta crisis de credibilidad, hay nuevos medios digitales que están surtiendo a la sociedad de las noticias importantes que hacen tambalearse a gobiernos e instituciones. Hay casos muy notables, como los cables filtrados por Wikileaks, los papeles de Panamá o, a nivel más local, las investigaciones en España de ‘El Confidencial’, ‘Infolibre’, ‘VozPopuli’, ‘Público’ o ‘eldiario.es’, que han acabado con ministros o presidentes de gobiernos locales. Pero estas cabeceras digitales nuevas están (de momento) inmunizadas frente al “no o verás…”, y las críticas no suelen ser tan agudas e intensas como lo son contra los medios más tradicionales, aunque sí suelen serlas a la hora de categorizarlos como alineados con ideologías diversas, generalmente extremas.

Los trabajos de las nuevas empresas y marcas dedicadas al fact checking, la comprobación de datos publicados o declarados, creadas por periodistas que veían libre un espacio descuidado por la prensa, incluso abandonado en ocasiones y que era necesario rellenar, también están sometidos a críticas feroces, tratados con la misma incredulidad que los medios convencionales y los políticos a los que pretenden combatir en sus mentiras. Muchos de ellos se encuentran en el ojo del huracán de las agrias disputas recientes siendo hasta objeto de bulos como los que intentan desmontar. A pesar de los esfuerzos de muchos de los medios y de los profesionales de estas nuevas operaciones de comprobación de datos, el fenómeno de las mentiras intencionadas avanza imparable. Cada vez más burdos, sin cuidar mínimamente el aspecto, ni, mucho menos, la verdad. Con que tenga pinta de poder ser creído (que sea verosímil) es suficiente para utilizarlos como cargas de profundidad contra el adversario.

El índice de verosimilitud

Durante mucho tiempo los profesionales de la comunicación, periodistas incluidos, creyeron que una noticia parecería verdad (en texto, video, audio o formato interactivo) dependiendo solo de una escala muy sencilla. A mayor calidad en su construcción era más creíble. Si además estaba bien confeccionada (la forma en cómo está escrita, los elementos que la acompañan, el aspecto de las fotografías o videos que la complementan…) y el emisor tenía un mínimo de reputación (la cabecera, la marca, el nombre del periodista) las variables eran suficientes para que un ciudadano, al recibirla, pudiera pensar que esa historia era cierta. 

Pero los estudios de los neuropsicólogos han venido a desmontar esa creencia al señalar otra variable mucho más importante para que una noticia sea creída : la cercanía emocional al asunto que tratan. Cuando una persona cree en algo, no importa la calidad, la reputación de la fuente, la ética percibida en la manera de desarrollar de una historia o el propio canal por el que llega a nuestros ojos u oídos; solo importa si lo que se cuenta coincide con lo que creemos o queremos creer, con nuestros sesgos de autoconfirmación.

Necesitamos historias que nos ayuden a entender nuestro mundo y no nos importa que sean burdas, básicas o directamente falsas: no queremos salir de nuestra idea de cómo son las cosas. Ahí funcionan mucho mejor las fake news que las noticias. Esto se sabe desde muy antiguo, no es asunto solo de internet y el siglo XXI. En el siglo XVI se hablaba ya de las “falsas nuevas” que, a diferencia de las noticias “verdaderas”, pululaban a través del boca a boca y de los impresos de época. Solo mencionar, porque no hay mucho espacio, la coincidencia en el adjetivo con las noticias: “nuevas”, porque el otro factor importante y fundamental para que circule un bulo es que parezca nuevo. Las noticias falsas son percibidas como más novedosas que las verdaderas, lo que parece sugerir que el factor novedad es clave para que las personas compartan una, y por tanto para que  se “viralice”. ¿A quién no le gusta, incluidos los periodistas, ser el primero que cuenta a los demás algo que acaba de suceder o se acaba de saber? 

Si una noticia tiene “calidad” en su construcción aparece como verosímil, si no la tiene, parece que nadie se la va a creer… salvo que esté cerca emocionalmente de lo que piensa el lector. Si es así no importa. No hay más que ver lo bien que han funcionado como memes fotos sin enfocar o escenas que parecen de otra época u otro país acompañadas simplemente de un texto en mayúsculas. Un modelo psicológico publicado en la revista Nature en 2017 predice que, en realidad, es más probable que la información de baja calidad se vuelva viral. La gente solo cree aquello que coincide con lo que siente. Ese es el parámetro principal para conseguir que cualquier cosa sea verosímil.

Por todo ello los medios han sido arrastrados hacia un entorno en que cualquiera con un ordenador y un programa de manipulación de imágenes puede convertir en un arma de propaganda cualquier foto con cualquier texto, sin necesidad de conocimientos técnicos ni periodísticos especiales. Los periodistas se siguen asombrando cuando ven algunos montajes agitados en público como pruebas casi de juzgado procedentes de redes sociales o medios sospechosos de actuar sin ética de ningún tipo.

Posibles soluciones

La ética parece menos importante que la emoción a la hora de conseguir resultados rápidos, pero los atajos no suelen convertirse en soluciones adecuadas en el medio y largo plazo. Lo cierto es que existe ahora un descrédito como nunca ha habido hacia las instituciones. La prensa en su conjunto ha sido hasta ahora una de las más afectadas. 

Si queremos luchar por una prensa mejor y necesaria tenemos que levantar y fijar de nuevo los estándares éticos y mejorar nuestra conducta. Tenemos que centrarnos en las coberturas sinceras, transparentes y sin sesgos y debemos facilitar la educación mediática a la sociedad. Sin una sociedad preparada nuestros esfuerzos serán poco útiles y la democracia se resentirá.  Hay que apoyar y desarrollar campañas de alfabetización mediática, de forma similar a como en tiempos se hicieron los programas de Prensa-Escuela. Es un camino duro, difícil y lento pero con buenos resultados. Un público mejor preparado y exigente será una garantía de un periodismo ético.

La adopción de nuevos estándares éticos en redacciones, empresas periodísticas y profesionales, así como la transparencia en su ejecución parecen imprescindibles para sobrevivir. Proyectos como thetrustproject.org han empezado a marcar ese camino

The Trust Project pone el foco en varios de los elementos que ayudarían a percibir una prensa de más calidad: marcando los contenidos de las versiones digitales de los medios atendiendo a criterios de precisión, capacidad de hacer correcciones, detalles sobre los autores, incluida su experiencia y otras historias en las que han trabajado. Coloca también en las páginas etiquetas para distinguir la opinión, el análisis y el contenido patrocinado de las noticias. Los medios que lo usan pueden marcar sus trabajos basándose hasta en 37 criterios relacionados con la transparencia, ética y buenas prácticas.

Será también interesante ver cómo evolucionan programas de software como  la Herramienta de Periodismo Transparente (Transparent Journalism Tool, TJTool) del diario español Público, y financiada por Google. Es una aplicación que permitirá a los lectores auditar al trabajo del proceso editorial del periódico en cada noticia, y saber cómo se han obtenido los datos para realizar una información. La herramienta analiza en total 8 parámetros como la política editorial del medio, las fuentes, el nombre del autor y otros de sus trabajos. 

Estas iniciativas van en línea con la creación de un cierto “sello de calidad” que asegure ésta en cada una de las noticias que se publican, pero las dificultades económicas que se vienen arrastrando en la industria parecen uno de los mayores frenos para instaurarlas. No hacer algo en ese sentido será directamente morir. 

Asumido ya por la prensa el tsunami digital y el nuevo ecosistema mediático, quizás haya que lanzar una mirada limpia hacia el futuro, imaginando poder construir algo nuevo y no tanto reconstruir un pasado que no volverá, sea una forma de pensar más innovadora y que nos lleve más lejos y a una situación mejor. Nos ayudaría a avanzar en una sociedad más justa y sostenible, en lugar de seguir, década tras década, quejándonos por lo doloroso del camino

De cualquier valor, la ética es quizás el más importante en la prensa, ha de traducirse en comportamientos y comunicaciones transparentes para que sea percibido por la sociedad. Parece que todavía queda un gran trecho entre los valores declarados y los practicados en el periodismo contemporáneo. 

Que esto suceda sí que nos gustaría verlo en los medios de comunicación.

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