Fotógrafos cuentan sus experiencias cubriendo la pandemia
9 de Junio de 2020

Fotógrafos cuentan sus experiencias cubriendo la pandemia

Entrevistados por Stephen Ferry, cinco reporteros gráficos que trabajan en Colombia y Estados Unidos comparten lo que han aprendido al cubrir la emergencia sanitaria y social generada por el coronavirus.
Pasajera del metro de Nueva York mira desde el interior de un vagón. Fotografía por Juan Arredondo.
Stephen Ferry

Frente a los enormes retos que la pandemia de COVID-19 presenta al periodismo, la Fundación Cabo ha aportado una serie de seminarios y conversatorios acerca de cómo reportar sobre la crisis desde la cuarentena y cómo entender los aspectos científicos de la crisis.  Con esta entrada al blog, quisiera aportar unos relatos tomados de la experiencia de fotorreporteros (y un videógrafo) en el campo de trabajo.  Por la naturaleza de nuestro trabajo, no es posible trabajar desde la casa. Nos toca salir y medir con cuidado cada situación para no arriesgar nuestra salud ni exponer a los demás, además de las cuestiones éticas que surgen cuando nos toca documentar el sufrimiento ajeno y la muerte.

Las cifras cuentan un número espeluznante de colegas muertos por el virus. Según la ONG suiza, Press Emblem Campaign: han fallecido 138 en el mundo hasta la fecha, con casi la mitad en América Latina. 

A continuación, varios colegas cuentan cómo han lidiado con este reto complejo, las decisiones que han tomado en el campo de trabajo y cómo el cubrimiento del virus ha impuesto cambios en su forma de trabajar. Cada relato está acompañado por ejemplos de su trabajo. Estoy agradecido con cada uno por tomar el tiempo de escribir estos textos y aportar las imágenes.

I. Christian EscobarMora, reportero gráfico con la agencia MIRA-V. Instagram: @escobarmora

Mientras realizaba un cubrimiento del impacto del COVID-19 en  una de las zonas con peores condiciones de salubridad, recursos y escasa presencia estatal en Cali -la tercera ciudad más grande de Colombia-, me negué con un cinismo sano a ingresar a la casa de una familia que me invitaba a registrar sus espacios privados, querían que mostrara  “allá afuera, en la prensa internacional” lo que estaban padeciendo; la precaria situación en la que vivían cientos de ellos desde siempre,  ahora más recrudecida en la pandemia durante la cuarentena obligatoria.

El hombre a quién tuve el valor y el deber de negarme, me entendió; escuchó atento cuando le conté que mi novia, con quién convivo hace 6 años tiene una condición médica sin diagnosticar y que su tratamiento incluye medicinas para bajar las defensas de su cuerpo, lo que la convierte en un paciente de alto riesgo de infección del coronavirus; razón por la que debía negarme a entrar a esa pequeña sala atiborrada con una anciana de ojos llorosos y un par de mujeres con un niño de brazos donde en la habitación se adivinaban al menos otros 3 niños en el diminuto lugar… un espacio sagrado para ellos al que fui invitado y al que tuve que renunciar.

Sin el tapabocas seguro habrían avistado mi sonrisa, que aunque incómoda, buscaba demostrarles que mi postura firme al negarme a ingresar a su humilde casa de reducidas dimensiones no era más que un mecanismo de protección mutuo. Los cuidaba de mí, me cuidaba de ellos.

A mi espalda se oía un camión del Ejército llegar con unas pequeñas ayudas; algo insignificante en realidad para la necesidad del lugar, pero importante para el momento; decenas de personas hirviendo de euforia corrían y se amontonaban extendiendo las manos para recibir pequeños paquetes de los que en unos días solo quedarían bolsas de basura. Los soldados armados acomodaban sus tapabocas mientras los adolescentes comenzaban a caminar entre la oscura medianoche y los niños salían a jugar a empujones por el barrio. Yo estaba en ese momento explicando a una niña cómo el abrazo que acababa de darme no era la mejor manera de expresarnos en esta época; la época del distanciamiento físico y por lo visto social y económico.

Escribo esto mientras llego del velorio de un líder social ambiental recién asesinado; una ceremonia junto al féretro, escasa por estos tiempos, y llena de escenas donde las miradas tras el tapabocas advertían que no era tiempo de un abrazo reconfortante… quiero confiar en que mi labor sigue sirviendo para adivinar gestos de humanidad detrás de los tapabocas y revelar algunas verdades a quienes las niegan. Pero también quiero vivir, me siento obligado.

Fotografía por Christian EscobarMora (MIRA-V)

Fotografía por Christian EscobarMora (MIRA-V)

II. Gaia Squarci, fotógrafa independiente. Trabaja sobre la pandemia en comisión por el International Center of Photography y el Festival Internacional de Narrativa Visual Cortona on the Move. Instagram: @gaiasquarci |  www.fotodemic.org/diaries/gaiasquarci

Desde que empezara la cuarentena en Nueva York, salir a fotografiar ha sido uno de los recursos psicológicos que he usado para manejar la situación.  No ha sido fácil y a veces se ha vuelto complejo, así que tuve que encontrar formas a trabajar sin ponerme en peligro a mí mismo o a los demás.  Había una situación especialmente delicada:  quise fotografiar a los mayores de edad, la población más vulnerable al virus, y su resiliencia frente al aislamiento impuesto por la cuarentena.  Un día, mientras viajaba en bicicleta a otro trabajo en Bushwick, Brooklyn, el viento llevó la música dominicana a mis oídos. Miré arriba y vi a un viejo con su radio sentado detrás de la ventana de un ancianato.  Contacté a la organización Riseboro Community Partnership, que maneja el hogar, y los trabajadores me ayudaron organizar una sesión fotográfica. Llamaron a cada residente y pusieron una hora para que fueran a sus ventanas para un retrato colectivo.

El día de la toma, uno de los gerentes llegó con un carro y pitó repetidas veces para que todos supieran que era el momento.  Los vecinos no estaban contentos, pero fue conmovedor ver a los mayores llegar a las ventanas. Me di cuenta de que tenían la moral en alto a pesar de las dificultades. Una señora había construido un títere con forma de mariposa y la puso a volar. En otro piso, alguien desplegó la bandera cubana al lado de la estadounidense. Conocí también al señor Lao, un chino que había llegado a Nueva York y aprendió el español en esta ciudad.  Para mí, se sintió la esencia de Brooklyn y la tenacidad de la gente que ha vivido mucho.  A la vez, se parte el corazón saber que esta misma fortaleza no basta para salvar muchos otros ancianos del COVID-19.

Fotografía por Gaia Squarci

Fotografía por Gaia Squarci

III. Juan Arredondo, fotógrafo independiente, colaborador de The New York Times. Instagram: @juanarre | www.juanarredondo.com

El inicio fue confuso, no sabía si era necesario usar tapabocas y guantes; qué tipo de lentes usar: fijo, zoom o teleobjetivo. Mi editor no quería que me acercara a las personas, ni tampoco que entrara a lugares encerrados, ya que aún no había un protocolo establecido. 

Mis primeros trabajos fueron en Harlem y el Bronx, que luego pasaron a ser los lugares con más casos de contagio y muertes por el coronavirus en Nueva York.

Con el transcurrir de las semanas, el servicio del metro fue cada vez más lento y por su poca frecuencia los trenes viajaban cada más llenos. Mi temor siempre fue que alguien me fuese a estornudar o a toser, y sentía que el estar en el metro me iba a exponer tarde o temprano. Recuerdo una noche después de una larga jornada y esperar por más de una hora y media el metro, decidí llamar a mi editor y explicarle que no quería exponerme más. Prefería que me asignaba cerca a mi lugar de residencia. Él luego me explicó que podía alquilar un carro o usar una app como Lift o Uber y evitar el transporte publico. 

Esa noche tomé las ultimas fotografías en el metro, desde la plataforma, a una pasajera que se transportaba en el metro en sentido contrario (imagen de portada). Ese momento me habló de la soledad que todos padecíamos y cómo todos nos aferramos a algo. Ella, en este caso, a una planta.  Con los días me adapté a guardar la distancia, hacer un gesto con mis manos para agradecer a la gente que he fotografiado. Ya logro controlar ese impulso de fotógrafo de acercarme a las personas. He tenido momentos de duda, si vale la pena exponerme y exponer a otros.

Creo que un gran cambio es ser más consciente de los riesgos, debido a que el virus está en cualquier parte y por ello sigo tomando precauciones. Sigo las pautas de seguridad y uso los elementos de protección personal, como máscaras N95 y guantes que me suministró el New York Times. Al llegar a casa, me cambio de ropa, desinfecto mis cámaras y lentes.

Si algo creo que caracteriza mi fotografía y la fotografía documental es la cercanía a nuestros sujetos, compartir suficiente tiempo con ellos, ganarse su confianza y sumergirse en el entorno. La pandemia no me permitía operar de esta manera y con justas razones. Esto llevó a cambiar mi manera de trabajar, de concebir y capturar lo que estoy observando.  Ahora busco esos momentos de soledad y silencio que todos estamos experimentando. Ahora trabajo más pausado y de una manera más contemplativa y cautelosa.

Ha sido alentador ver el cambio en el comportamiento en las personas, guardar la distancia, el uso obligatorio del tapabocas y otros elementos de protección personal, pero se avecinan  retos difíciles. El verano con sus olas de calor y días soleados, los días festivos. Solo me resta seguir dando una mirada al mundo de lo que sucede en este momento,  tan trascendental para los habitantes y la ciudad de Nueva York.

Fotografía por Juan Arredondo

IV. Nadège Mazars, fotógrafa independiente. Instagram: @nadege_mazars | www.nadegemazars.com

El primer día de la cuarentena en Bogotá, sólo encontré en las calles policías, palomas, ya hambrientas, colegas periodistas y un número ilimitado de personas sin hogar. Era el 20 de marzo, y los paisajes urbanos de Bogotá se tomaron un velo de distopía muy real. El vacío, la pobreza, el ejercicio del poder y del control. El sueño caído de un mundo mejor. Lo invisible, hasta ahora oculto por los excesos y espejismos de la sociedad de consumo, se hacía visible. Por eso decidí empezar a cubrir las consecuencias sociales de la pandemia.

El 24 de marzo, fue ciertamente durante esta reunión de trabajadores informales, que se muestra aquí en la foto, que me di cuenta del peligro. Para la mayoría de estos trabajadores, ya precarios, el peligro no era esta cosa invisible e invasiva, sino el riesgo de no tener nada que comer por la noche misma. Yo tenía que mostrarlo, para ayudar a que fueran tenidos en cuenta. Acercándome en la Plaza Bolivar, después de las calles desiertas, se escuchaba el rumor a cada paso más fuerte de sus gritos. Mil personas reunidas al frente de la Alcaldía para pedir que les echaran una mano.

Yo necesitaba mostrar sus caras, sus miradas que contenían su desesperación. Y cuanto más me acercaba a ellos con mi cámara, más se animaban, más gritaban y denunciaban que estaban siendo abandonados. Me volví intrínsecamente consciente de esta amenaza microscópica al poder letal. Cuanto más cerca estaban de mí, más este riesgo se hizo concreto, de llevar el virus en mi ropa, mi pelo, mis suelas, mi cámara… No podía quedarme mucho tiempo. Unas personas me tocaban, otros desesperados gritaban contra este pequeño grupo de periodistas que estábamos, hasta que uno escupió, mientras la mayoridad intentaba calmarlo. Se veía el miedo por la cuarentena subir en cada uno, saber que no tienen respuesta al qué hacer ahora, ya que el rebusque era ahora imposible.

Definitivamente, documentar esta Ciudad desnuda por el virus necesitaba, de mi parte, adoptar tanto unas medidas especificas, como entender que los riesgos pueden venir de todos lados.

Fotografía por Nadège Mazars

V. Bruno Federico, videógrafo y documentalista independiente. Instagram: @bru_federico | www.brunofederico.com

Este es un pequeño fragmento de un documental que he filmado en New York durante la crisis producida por la epidemia de COVID-19, en abril del 2020.  Decidimos filmar el trabajo de los paramédicos porque son los socorristas de la primera línea, quienes más han tenido que confrontarse con la epidemia, corriendo y haciendo sonar sus sirenas por semanas en las calles solitarias de NY. Queríamos contar sus vidas, los riesgos que toman, el impacto psicológico que ha tenido el ver tantas muertes que presencian todos los días, sus miedos. Por ende, representar la tragedia que estaba pasando en New York era algo muy importantes para el servicio público que el periodismo hace. Había que poner a la gente frente a la cruda realidad, para que empezara a tomar esta epidemia en serio.

Me ha pasado varias veces, durante el ultimo año, fotografiar la muerte en Latinoamerica: los homicidios de líderes sociales, la búsqueda de los restos de las victimas de desaparición forzada, los migrantes que mueren es su camino desde Suramérica hacia el Norte. Huesos, entierros, dolor.

Pero esta es la primera vez que filmo la muerte en su desarrollo, mientras pasa.  La unidad paramédica que seguimos estaba respondiendo a un llamado de emergencia por un paro cardíaco. La periodista con quien trabajo subió primero al apartamento para entender la situación en la forma más discreta posible. Las familiares de la señora, de mas de 60 años, nos dan el permiso de filmar la intervención de los paramédicos, así que yo también entro al edificio. La hija de la señora en paro cardiaco y una muchacha, posiblemente la nieta, estaba en la cocina. La muchacha lloraba. En el cuarto de la señora había mucha gente.  Entre paramédicos y bomberos, quizás 6 u 8, mucha gente para un espacio pequeño. Mi prioridad era la de no estorbar, así que busqué hacerme en la entrada del cuarto. A mis espaldas estaban los familiares, con su dolor.

Al fin encontré mi ángulo, filmé a los paramédicos trabajando, practicando un masaje cardíaco. Recojí suficiente ‘footage’ para editar una escena, pensé. Al fin, mi ojo se posó sobre la señora, su pecho se movía pasivamente por el aire que intentan soplar en sus pulmones, luego el aire salía con un ronquido.  Una gran máscara de oxígeno le tapaba la cara, la paciente parecía toser su últimos respiros. Tenía una duda: ¿Filmo o no?

Pensé que la muerte merece algo de respeto, aquella imagen no iba a hacer falta en la escena. La señora moría, mientras que mi dedo se quedaba inmovil, acariciando sin peso el botón REC.

Video por Bruno Federico

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