Ser periodista en tiempos de crisis y convulsión social
5 de Mayo de 2021

Ser periodista en tiempos de crisis y convulsión social

La periodista chilena Mónica González realiza su análisis mensual sobre las principales preocupaciones éticas de la región, basado en las preguntas más recientemente recibidas en nuestro Consultorio Ético.
Fotografía: Protestas en Guatemala. Shalom de León en Unsplash. Usada bajo licencia Creative Commons.

 

Por: Mónica González, miembro del Consejo Rector de la Fundación Gabo, defensora del lector del periódico El Faro, y fundadora del Centro de Investigación e Información Periodística (CIPER), con sede en Santiago de Chile. 

 

Sin siquiera haber masticado el impacto que tuvo en nuestras vidas pasar un año bajo los efectos de la pandemia, debimos iniciar el tránsito por otro más. Difícil calibrar los cambios que han experimentado nuestros países y el trabajo del periodista. Las elecciones presidenciales en Perú y Ecuador se realizaron aun cuando el número de víctimas que deja el covid-19 siguió creciendo, mientras el miedo, el descontento y la multiplicación acelerada de los que ya no tienen techo o buscan un plato de comida para los suyos han ido creado una atmósfera de incertidumbre e indignación que estalla en cualquier recodo. 

Es lo que ocurrió en estos días en las principales ciudades de Colombia. Una multitud se lanzó a las calles en rechazo a la reforma tributaria que buscaba implementar el presidente Iván Duque y que iba en línea distinta al alza de impuestos a los más ricos, propiciada por el Fondo Monetario Internacional (FMI), la OCDE y la secretaría del Tesoro del Gobierno de EE.UU., entre otros. Incluso 84 súper ricos del mundo firmaron una declaración (“Multimillonarios para la Humanidad") instando a que les “aumenten los impuestos inmediata, sustancial y permanentemente" para enfrentar la crisis. 

Es razonable. Revista Forbes informó que los súper ricos del mundo incrementaron su fortuna en más de US$5 billones -cifra inédita- en 2020, año de grave crisis sanitaria, política, social y económica que seguimos viviendo. Muchos de esos súper ricos (2.755) viven y han incrementado su fortuna en nuestro continente. Sus nombres están en la misma Revista Forbes.

Lo anterior no es más que un antecedente de este balance que tiene tres hechos relevantes. Primero: la democracia cruje en nuestros países, más que antes, de la mano de gobernantes autoritarios que no admiten crítica o cuestionamiento a su gestión. Así, profitando del estado de catástrofe en que nos sumerge la pandemia, aplican todo tipo de medidas que limitan la libertad. Segundo: la opacidad envuelve como costra las decisiones de gobiernos y autoridades convirtiendo el acceso a la información en un muro. Tercero: a la par del debilitamiento de la democracia, la libertad de prensa se ha deteriorado severamente en toda América Latina, con prácticas de acoso y persecución al buen periodismo en Brasil, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Honduras y Venezuela. A México nada lo mueve de su sitial: el país más peligroso para ejercer la profesión (Informe anual Reporteros sin Fronteras).  

En ese contexto, el periodismo sigue siendo el cordón umbilical de los ciudadanos con el mundo exterior y la profesión que gobernantes autoritarios y/o ineptos o corruptos identifican como el enemigo. De allí el acoso, las descalificaciones, las amenazas, el abuso del poder contra medios y periodistas. Son tiempos duros. No es extraño entonces que las consultas que llegan a este consultorio estén directamente relacionadas con la ética, la brújula y el sentido de esta profesión en periodos de aguda confrontación. En días en que la batalla por la vida emerge potente.

Periodismo ante el conflicto y la corrupción

“¿Qué función debería asumir un periodista en tiempos de conflicto social?” “¿Por qué existe la corrupción en los altos mandos de un país?” Estas dos consultas encierran respuestas que cientos de nosotros buscamos cada día. Porque son días de conflicto social y entre la muerte que ataca y acecha, aparece la otra amenaza que también mata: la corrupción. Y van de la mano. La respuesta es que el periodista debe hacer su mayor esfuerzo en estos días para entregar a su audiencia y aportar a su equipo la información veraz, oportuna y con contexto que ayude a provocar el cambio.

Un trabajo que permita enfocar con datos precisos e indesmentibles justo allí donde se concentra la mala gestión que hace la autoridad de la pandemia, y que aumenta los muertos. Como en Brasil, donde las víctimas por covid-19 superan las 400 mil y el presidente Jair Bolsonaro deberá dar cuenta ante una comisión especial del Congreso. Ha sido el buen periodismo de ese país el que mostró la manipulación de hechos y cifras para impedir la paralización de la actividad económica al privilegiar el interés económico. El buen periodismo develó que no buscaron cortar la cadena de contagios con trazabilidad. Ha sido el buen periodismo de varios países el que ha puesto ante los ojos de las élites las razones que explican la diferencia de mortalidad entre sectores pobres y acaudalados de una misma ciudad y por qué miles de niños y adolescentes dejan la escuela y deben trabajar. La inequidad al desnudo.

Y son muchos buenos periodistas los que buscan poder contar de dónde vienen y qué pasará con 19 mil de nuestros niños que fueron detenidos en la frontera con Estados Unidos solo en marzo. Iban solos, huyendo. Estremece.

Eso es periodismo en tiempos de conflicto social. Un trabajo arduo que tiene otra cara. Una que nos insta a buscar y contar quiénes se benefician de esta crisis vendiendo con altos sobreprecios los insumos para combatir el virus; dónde han ido a parar los subsidios destinados a trabajadores cesantes y qué empresas reparten cuantiosos dividendos mientras dejan sin trabajo a cientos de hombres y mujeres. Debemos hacer ese registro. Un dato: en EE.UU. el último informe sobre los fraudes detectados con ayudas estatales para paliar la emergencia de la pandemia llega a US$84 mil millones.

Respecto a la corrupción de los “altos mandos” en tiempos de convulsión social, habrá que buscar los bonos, viáticos, regalías y beneficios que la autoridad les otorga a los policías que reprimen el descontento con una violencia que deja huellas letales. Escenas de esa brutalidad hemos visto desfilar este último año desde distintas ciudades y países. Como en Chile, donde la represión que ejerció la policía durante el estallido social dejó a más de 460 personas con lesiones oculares graves: pérdida de visión total o parcial.

Para esos policías hay protección, impunidad. Darle a esa cerradura la vuelta de tuerca puede evitar muertes, daños de por vida. Eso es lo que se intentó hacer en Minneapolis (Estados Unidos) con el juicio público y condena al policía que mató al ciudadano afroamericano George Floyd y el cambio de protocolos policiales en protesta. Un potente mensaje de que la vida de los ciudadanos negros importa y que la brutalidad policial debe cesar.

Periodismo para defender la vida

Después de haber hecho este balance, la penúltima pregunta seleccionada provoca: “¿En qué ocasiones es válido transgredir la ética en el periodismo?”. Corto y preciso: cuando la defensa de la vida, aunque sea una sola, está en juego. Dos ejemplos.

El primero está relacionado con el hallazgo de pruebas que demuestran cómo se están robando las vacunas destinadas a la población más vulnerable para vendérselas a quienes pagan por ellas como si fuera cocaína. Vacunas convertidas en botín del crimen organizado. Si la única forma de obtener esas pruebas es robar esos documentos, somos muchos los que lo haríamos. Éticamente reprochable, no hay duda. Pero si la prueba le pone coto a esa práctica al develar a sus protagonistas y métodos, salva vidas.

El segundo ejemplo permite, además, responder a la última consulta seleccionada en esta entrega del Consultorio Ético. Escribe un periodista que desarrolla un reportaje sobre mujeres líderes de comunidades que libran la batalla por el agua, cuyas vidas están siendo amenazadas. En este caso -dice- es necesario dar cuenta de la violencia distinta que enfrentan las mujeres en estos contextos. Su miedo, su duda es que, al profundizar en sus historias personales, ponga a esas mujeres en mayor riesgo y peligro del que ya han sido expuestas por ejercer liderazgo y enfrentar poderes económicos, políticos y de crimen organizado muy potentes.

Gran duda. Es la encrucijada que enfrenta el buen periodismo al buscar develar quienes cooptan autoridades para incrementar sus ganancias violando la ley; y a los líderes sociales que los enfrentan. Corto y preciso: debe contarse la historia, pero sin exponer a esas mujeres a mayores peligros y amenazas. Intentar blindarlas. Ni una sola historia merece que el buen periodismo se salte normas éticas elementales de defensa de la vida. Es el periodismo el que está al servicio de la batalla por la vida y no al revés.

En tiempos de convulsión social y de grave crisis política, institucional y económica, cuando nuestra democracia cruje, la veracidad y oportunidad de la información, la dimensión ética del periodismo emerge como una gran herramienta para intentar defender el derecho a la vida de los ciudadanos.

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Más columnas de Mónica González: 

• ¿Podemos ser independientes con el auspicio de grupos económicos?

• El motor ético del buen periodismo en la nueva batalla por la vida

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