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Periodismo cultural

Where do perfectly happy momposinos get their rocking chairs from? In Mompox there are probably 20 carpenter’s workshops. And the business is going well: workshop owners sell the chairs to momposinos, to residents of other towns (e.g. Baranquilla) and to the tourists who come here from all the parts of Colombia. In the workshop where I meet Hernan, they make 200 chairs per month. And they sell them all out easily. 

The horse-drawn carriages are the icon of Cartagena. First, it was a way of transport strongly related to the people of power, e.g. the members of the inquisition; it also became popular among the wealthy residents of the city. As time went by, carriages became more and more democratic: first as middle-class people’s mode of transportation and then, finally, since 1945, as a tourist attraction. Which is lately considered to be a controversial one. 

Conversando en Lepetit, el único bar gay que abre todos los días en Cartagena, con Esteban,  admite que ha percibido gestos de incomodidad principalmente en la playa y en los taxis de esta ciudad. Sostiene que los taxistas esquivan la mirada y no le hablan cuando ven expresiones de afecto entre parejas del mismo sexo. “Si pudieran creo que le agreden a uno”, sostiene el bogotano.   

Todo comenzó al culminar el Cuarto Congreso de la Lengua Española dedicado a García Márquez y que tuvo lugar en Cartagena en marzo de 2007. A Martín siempre le había gustado la lectura a pesar de haber estudiado sólo hasta quinto grado. Leía todo lo que encontraba, principalmente periódicos y revistas, las que les pedía a sus amigos que le enviaran de otras ciudades para él enterarse lo que pasaba más allá de su entorno. 

Cerca de 200 personas, en su mayoría extranjeros, se han congregado en el último piso de este hotel. En una pista de baile de discretas dimensiones, los asistentes se han juntado en parejas. Mano en la cintura, pie derecho adelante. Con pasos muy similares al merengue, cada quien improvisa como puede para disfrutar del jazz de manera diferente: en una danza tan caliente como el calor de la noche cartagenera.

Laura está convencida de que en Cartagena de Indias, la omnipresente cocina peruana encuentra uno de sus más grandes retos en cuanto a la fusión. Y no niega que combinar estos sabores tan disímiles se ha convertido hoy en una especie de obsesión personal.

Lo más cercano que tiene la región del Caribe a la nieve polar que se invoca en las populares estampas navideñas son los costales de cal desinfectante con que se cubren las fachadas de Mompox, lo que no impide que el colombiano sueñe. En Cartagena, ciudad que visito antes de partir hacia el Magdalena, alcanzo a ver sobre el tapete plástico de un vendedor ambulante que ofrece a los turistas pulseritas y morrales, una bola de nieve, o ese souvenir tan característicamente gringo que en español nos hemos habituado a llamar "un snowball". Un snowball de Cartagena. La fantasía hecha souvenir.  

The district is undergoing gentrification so that it can function as a more well-liked tourist haunt, but the architectural pattern is still preserved and the colonial legacy is silently there. However, you don’t find so many cathedrals or museums in Getsemaní, enchantingly present everywhere in the city, underlining, as many of my local friends told me, the piety and strong religious integrity of the people in Latin America. 

The only mosque in Cartagena is situated somewhere that even many locals residing here for so many years couldn’t identify on a map or had never heard of. After swinging between the idea of going to Sector Marlinda Calle Segunda in La Boquilla where the mosque was supposedly located, and not opting to go because nobody was sure if a mosque were there at all, we eventually hit the road and took a taxi to go to the place which eventually turned out to be a wonderland.

Mompox, officially Santa Cruz de Mompox, sits on an island with the Magdalena River, Colombia’s famous river flowing gracefully at its feet. Once Colombia’s mineral vault, Mompox continues to represent a living exhibition of colonial architecture that has been jealously preserved over time. It doesn’t, however, come as any surprise it earned a UNESCO world heritage status.

Two teenage boys rap to a table of tourists. They take turns rhyming and passing a small toy boat between them. It’s their speaker, loaded with beats off of the internet. They slice the air with it as they punch their lyrics with heavy gestures, their shoulders bouncing, knees dipping. Patrons perturbed dart annoyed glances over their mojitos. But these boys are good.

Twice in three days I found myself navigating the Magdalena, first on a speed boat from the town of Magangué, a 90-minute trip, and next on a small riverboat with a local tour guide. The sheer girth of the thing is overwhelming. So much water. I live in Los Angeles. We do not have a river like this, though we often speak of ours as if it were once as grand, and ever as important. Flowing for a mere 51 miles, the primary significance of the Los Angeles River is its mismanagement, which now has it largely paved with concrete. Though I doubt such a calamity will ever befall the Magdalena, the threats it faces could be perceived as similarly damaging.

Yosimar Villareal se levanta, toma una pinza de hierro pulida con perfecta simetría. Corta el filamento que había reducido hace unas horas en un aparato de metal que se asemeja a una máquina de hacer pasta. Duda un segundo, murmura y se queja sin hacerse notar mucho. Vuelve a medir el grosor de su hilo en una placa con diminutos orificios. 

El sol calienta fuerte en Mompox. La gente quiere aretes y anillos de filigrana de Mompox. Los turistas compran queso de capa en alguna esquina y se sientan en el centro histórico que es, desde 1995, declarado por la Unesco, patrimonio Mundial de la Humanidad. Las casas blancas de ladrillo mezclado con cal y arena, de ventanas que tienen rejas de hierro devuelven a este pueblo a los tiempos de la Colonia, a sus momentos de prosperidad, si bien algunas se ven desgastadas. 

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