El cubrimiento para la segunda vuelta presidencial en Colombia: entre el desequilibrio y la desconfianza

El cubrimiento para la segunda vuelta presidencial en Colombia: entre el desequilibrio y la desconfianza

Voces de todos los ámbitos han pedido un debate amplio y necesario sobre el cubrimiento de la campaña electoral durante estos largos seis meses, mientras los ciudadanos se sienten inconformes. ¿Será que más que las nuevas tecnologías e internet, la raíz de la crisis del periodismo y la fuga de audiencias a otras plataformas está en el distanciamiento de los estándares de calidad en la información y en el desconocimiento de lo que piden a gritos lectores, oyentes, televidentes y usuarios?
La falta de debates fue lo más cuestionado en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia | Fotografía:  Jarmoluk en Pixabay. Usada bajo licencia Creative Commons
Mario Morales**

Puede leer aquí la primera parte de este artículo donde el profesor Mario Morales analiza el cubrimiento periodístico de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia.

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Si durante la fase previa a la primera vuelta presidencial los medios perdieron influencia, durante la campaña de la segunda vuelta vieron afectada su credibilidad, que no solo es el capital más preciado de una empresa periodística, sino que es la materia coagulante de una democracia.

Ya en la cita del 27 de mayo era evidente la fatiga social y comunicacional de decires, opiniones, declaraciones y percepciones por la extenuante campaña y por el bombardeo indiscriminado de 36 citas de candidatos, entre foros y debates, la efervescencia de la plaza pública, encuestas desde todas las perspectivas y la altisonancia de las redes sociales.

La seguidilla de puentes festivos, el aroma del mundial del fútbol y el aire determinista de los resultados de las encuestas post electorales, que mostraron un amplio margen a favor de Duque en continuidad con los resultados de la primera vuelta, sumado al guayabo del “centrismo”, escaso perdedor, al cual adscribieron numerosos líderes de opinión, columnistas, académicos intervinientes en medios y periodistas en redes sociales, dejaron sentir en el ambiente una calma chicha alumbrada por la profecía cumplida de la confrontación repetitiva de los extremos.

Entonces, como por arte de birlibirloque desaparecieron de la escena mediática los debates, la plaza pública y el escenario montado y trashumante de las campañas. La narración periodística quedó reducida a dar cuenta de los encuentros cerrados, pero sobre todo al registro de adhesiones y alianzas que se fueron anunciando con redoble de tambor como si se tratara de una subasta continua, en la que comenzó a permearse, primero la línea editorial, y luego los más profundos afectos o intereses de los medios al seleccionar y jerarquizar los apoyos al candidato de sus preferencias, y a minimizar o dar como simple trámite los del “otro”,  como pasó, por ejemplo, con el acuerdo programático de  la Colombia Humana con Antanas Mockus y Claudia López, que no tuvo el despliegue ni el análisis imaginado, en lo cual también influyó la cercanía de un fin de semana extendido.

Sin hechos tangibles que narrar y la negativa sistemática de Iván Duque a participar en debates, escudado en una pretendida agenda, medios y periodistas quedaron circunscritos a sobre dimensionar las encuestas ya buscar entrevistas individuales, no pocas veces rebuscadas o sesgadas, de los dos candidatos, sus fórmulas presidenciales o sus equipos, cuando no para tratar de impulsar el voto en blanco. Si para la primera vuelta los ciudadanos aparecieron como sujetos sin voz en la plaza pública, para la segunda vuelta desaparecieron por completo del panorama.

Conformes y sin debate

Era cierto que había saturación por los numerosos y extensos debates de la primera vuelta con cinco participantes, pero cuando el candidato Duque comenzó a esquivar la confrontación de ideas en un mismo escenario con Gustavo Petro, los grandes medios callaron o justificaron su renuencia tras una “lógica estrategia de campaña para no arriesgar”, supeditando la agenda pública y el compromiso democrático de conocer las propuestas, compararlas, pero sobre todo de establecer la coherencia y continuidad con los planteamientos de meses anteriores, a la conveniencia proselitista de un candidato, asumiendo como discrecional, y no como un derecho ciudadano, un deber cívico y constitucional  la decisión de Duque de asistir o no asistir. Sólo cuando los canales regionales propusieron un debate conjunto, los privados respaldaron con timidez la propuesta, pero sujeta a la asistencia de los dos candidatos, es decir, dejando a voluntad de Duque, la realización del mentado, requerido y frustrado encuentro.

También hubo iniciativas ciudadanas ante el Consejo Nacional electoral para presionar por vía de tutela la realización del encuentro, pero no encontraron eco en los medios, que resultaron haciéndole el juego, con su silencio y conformismo, a la decisión inveterada del Centro Democrático de evitar la confrontación de ideas, como ya sucedió en la primera década del siglo.

Los medios interesados en el diálogo de ideas tuvieron que recurrir a reunir frases para contrastarlas de manera asincrónica o a presentar repeticiones de encuentros pasados para ilustrar a sus audiencias que esperaron en vano la realización de por lo menos un debate, con los correctivos necesarios, antes de la cita electoral.

Temporada de entrevistas sobre medidas

Como alternativa, los medios buscaron entrevistas con los protagonistas de las campañas. Acusando cansancio o siguiendo las directrices editoriales, los periodistas, salvo pocas excepciones, dejaron de hacer énfasis en los temas programáticos desde la perspectiva ciudadana y se fueron, de manera facilista, por el género  de entrevistas para indagar por los manidos imaginarios, a veces acunados en la propaganda negativa del adversario, como el peligro del castrochavismo o incluso recayendo en la revictimización de pueblos y nacionalidades, como el de la presunta venezolanización del país en caso de irse por una de las opciones.

Con el mismo pretexto de variedad, pulularon las entrevistas informales, de personalidad y de orden testimonial para entrever la otra cara de los candidatos, que trivializaron los contenidos por culpa de las nunca bien ponderadas preguntas de reinado, de confesiones intimistas o trayendo a colación impromptus de talento, desconectados de los requerimientos de una primera magistratura, en el canto, en el baile o en la memorización de alineaciones o datos deportivos, como si se tratara, como lo fue, de un reality de simpatía.

Terminaron de polarizar a los candidatos y de sectarizar a sus seguidores las preguntas de sí o no y las encuestas de repentismo, extraídas de la malsana práctica del periodismo de enemigos, de contrarios, y de parte y de contraparte que ha narrado durante décadas al país dividido y en guerra, sin posibilidad de grises, acciones reflexivas que lleven al cambio de posición o de negociaciones de la palabra y la argumentación, o a reflexiones que generen modulación en las opiniones.  

Fue en esta fase de la campaña donde se hizo evidente el doble rasero de los cuestionarios ya vislumbrado desde la primera vuelta. Ese sesgo, determinado por el ambiente, el tono y la raíz de las preguntas incrementó las pasiones y azuzó tanto a los prosélitos como a las barras bravas que vieron cómo los diálogos prometidos se iban convirtiendo en interrogatorios que en muchos casos recogían, sin pudor, lugares comunes de decires callejeros, de pasillo o redes sociales sin que mediara la necesaria preparación e investigación de los periodistas sobre el personaje consultado.

El cobre del periodismo radial

Esa proliferación de entrevistas individuales llevó al periodismo radial al primer plano que, abstracción hecha de algunos casos, salió mal librado en reputación y confianza en los días previos a las elecciones.

Periodistas, directores o conductores en grandes cadenas matizaron sus preguntas según el candidato invitado. Mientras que fue evidente un guante de seda para el candidato del Centro Democrático con preguntas cómodas y escasez de contra preguntas, los cuestionarios, pero especialmente los tonos y el asedio al candidato Petro fueron tan manifiestos que generaron toda clase de reacciones ante los mismos medios y en redes sociales.
La falta de balance, por la evidente línea política de entrevistadores y medios, afectó el pluralismo y equilibrio informativos, que están en la base del ejercicio periodístico, pero además, exacerbó las emociones hasta el punto en que no fue posible distinguir en los contenidos  la información, el favoritismo, la militancia y el activismo ya ni siquiera simulados de periodistas y directores.

Si bien es cierto que esos espacios radiales, especialmente los de la mañana, a veces tiene el tono de magacín periodístico en el que caben noticias, opinión, análisis y hasta editorialización, la práctica de desdibujar las fronteras y presentar géneros y formatos juntos y revueltos no le hace bien al ciudadano ni al periodismo ni a la democracia, que dicen defender.  Al primero porque necesita información dura y pura para gestionar su vida y sus decisiones; al segundo, porque politiza la información y la contamina de ideologías particulares; y la última, porque limita por imposición el ejercicio de las libertades de opinión, expresión y de conciencia.

La falta de claridad en las narrativas y estéticas de esos espacios ha abierto brechas por donde, como diría García Márquez,  se nos está escapando el mundo. El reportero, desde el punto de vista de los estándares de calidad periodística, tiene que diferenciarse, sobre todo en lo atinente a la honestidad y la transparencia, de los decires de las redes sociales, de los ciudadanos indignados y de las intenciones proselitistas.

Si bien todo medio periodístico privado o con intereses particulares tiene derecho a tener y expresar una línea editorial, (es más, debería ser un imperativo categórico saber desde dónde y con qué intereses hablan o publican), por esa misma razón debe asumir la obligatoriedad de establecer fronteras entre la información, el análisis, la opinión y los contenidos editoriales. El pretexto no puede radicar en la sintonía o en las mediciones de audiencia para mimetizar el imaginario desueto de que eso es lo que le gusta a la gente. Por frases lapidarias como esa, el periodismo tradicional está perdiendo la partida con los nuevos medios, a través de los cuales estamos, por fin, conociendo a las audiencias, sus rutas y usos, más allá de la escasez de opciones a la que hemos estado acostumbrados en el ecosistema mediático colombiano.

¿Hasta cuándo?

Fueron muchos los propósitos de enmienda cuando, hace 4 años, el maestro Juan Gossaín concluía, a raíz de las carencias del cubrimiento electoral de entonces, que el periodismo se revolcaba en el fango de la política. No obstante, los vicios, carencias y errores (que también los hay), se repiten de manera preocupante.

En épocas de calma el periodismo parece aprender la lección, pero a la hora del estrés por las coyunturas, olvida que entre las misiones que tiene a su cargo están:

• la de servir de foro para la discusión de ideas y no de escuela de adoctrinamiento;

• que la única vía no es mirar la realidad desde la perspectiva de una campaña, sino también las campañas desde la óptica de la realidad;

• que todo ser humano sufre de distorsiones conscientes e inconscientes, no obstante, los reporteros no se preparan para corregirlas;

• que la labor de cubrimiento no está función de los políticos, y menos con los de más opciones; sino en función de los ciudadanos, y con mayor razón los más vulnerables;

• y que los votantes son ciudadanos y no clientes o consumidores de ideologías mercantilizadas;

No hay que ceder con la disculpa del rating a la reducción de la agenda a temas emocionales, episódicos e impactantes que busca ganarle al elector-audiencia por nocaut (parafraseando a Cortázar), y cierra las posibilidades a los temas esenciales, con proyección de futuro, de discusión y construcción para ganarle al elector-audiencia por puntos.  Lo anecdótico, curioso, llamativo, pintoresco y divertido tienen un lugar en las narrativas mediáticas, pero circunscribirse a ellas trivializa, oculta o enajena los contenidos centrales en una justa electoral. Pero, sobre todo, el periodista, indistintamente de su rango, no debe olvidar que sin importar la distancia a que esté del poder, no es el poder y que su misión es hacerle siempre contrapeso, no revolcarse en el fango con él.

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*Una versión de este artículo fue publicada en la revista Razón Pública.

**Analista, columnista profesor e investigador de la Universidad Javeriana. www.mariomorales.info.

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