2019 – 2028: Diez años para las mejores historias de la Agricultura Familiar Campesina colombiana
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31 de Enero de 2019

2019 – 2028: Diez años para las mejores historias de la Agricultura Familiar Campesina colombiana

Comienza el Decenio de la Agricultura Familiar Campesina, instaurado por la ONU para fortalecer el campo, lo que implica varios retos y oportunidades para Colombia.
© FAO/Mónica Castaño.
Alejandro Gómez Dugand

El pasado 8 de noviembre se realizó en Bogotá (Colombia) el panel "Decenio de la Agricultura Familiar: Retos y perspectivas para América Latina” dentro del XII Foro Internacional de Desarrollo Territorial organizado por Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, la FAO y la Red GTD Paz.  El panel estuvo integrado por Ghilherme Cassel, exministro de desarrollo Agrario de Brasil; Mercedes Peña Domingo, politóloga y ex Primera Dama de Costa Rica; Luiz Vicente Facco,  asesor de la Confederación de Organizaciones de Productores Familiares del Mercosur Ampliado (COPROFAM); Marcos Rodríguez Fazzone; asesor Especialista en Sistemas Alimentarios, Agricultura Familiar y Mercados Inclusivos, de la FAO en Colombia; Juliana Millán, representante de Red Nacional de Agricultura Familiar (RENAF) de Colombia. Como representante del Gobierno colombiano estuvo Fernando Henao Velasco, Director de Capacidades Productivas y Generación de Ingresos en el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural de Colombia. La introducción estuvo a cargo de Luz Ángela Arévalo, Coordinadora Regional para América del Foro Rural Mundial.  El panel —auspiciado por el IICA, con el apoyo del Programa FIRST de la Unión Europea y la FAO— sirvió como un espacio para entender el camino que se ha recorrido en el continente americano, para poner en evidencia el potencial de los productores familiares y para plantear los grandes retos a los que se enfrentan.

El valor de lo pequeño

Nunca en la historia había sido más fácil comer. La carne animal por la que nuestros antepasados se jugaban la vida en jornadas de cacería hoy la conseguimos porcionada en bandejas de poliestireno. Las verduras y hortalizas que durante siglos fuimos a buscar al campo, hoy las conseguimos prelavadas en bolsas en el súper mercado. Las leguminosas y cereales que durante otros tantos siglos aprendimos a cultivar hoy los conseguimos en cajas, a granel, en latas o listos para entrar a un horno y ser consumidos.

Pero en esa búsqueda de pragmatismo y rapidez, perdimos algo en el camino. Hoy es poco lo que sabemos de lo que comemos. Llenamos nuestras neveras y despensas de todo lo que podemos, ¿pero sabemos de dónde viene, cómo se cultivó o crió eso que luego pondremos en nuestros platos? Atrás quedaron nuestras épocas de cazadores y recolectores y cultivadores. Quienes viven en las ciudades,  nos relacionamos con la comida solo desde el consumo: nos importa el producto terminado y poco nos interesa el proceso. Para las poblaciones de las ciudades del mundo, la comida bien podría venir de una fábrica y no del campo. Hemos olvidado que, como dijo el escritor Wendell Berry, “comer es un acto de agricultura”.

La inmensa mayoría de lo que consumimos ha sido cultivado o criado por un grupo de personas. Y esos grupos son en su mayoría pequeños productores. Más del 90 % de las 570 millones de las granjas agrícolas del mundo son operadas por agricultores familiares campesinos. Su rol es vital: no sólo son responsables de producir el 70 % de los alimentos que comemos, sino que además son claves para combatir el hambre y la pobreza, para asegurar alimentos frescos y saludables, y  procurar una gestión sostenible del campo y los recursos naturales. Todo esto mientras, además, preservan el patrimonio cultural de nuestras naciones. Para Carlo Petrini, fundador del movimiento Slow Food, “son las pequeñas familias las que pueden cambiar todo”.

La agricultura familiar ha sido reconocida y revindicada en los últimos años. En la 66ª Asamblea General de las Naciones Unidas, se declaró el 2014 como el Año Internacional de la Agricultura Familiar (AIAF). Con esto, se invitaba a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés) a que “facilite la observancia del Año Internacional de la Agricultura Familiar, en colaboración con los gobiernos, el Programa Mundial de Alimentos, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el Grupo Consultivo para la Investigación Agrícola Internacional y otras organizaciones competentes del sistema de las Naciones Unidas, así como las organizaciones no gubernamentales pertinentes”. Los resultados fueron contundentes: se crearon Comités de Agricultura Familiar en 17 países de América Latina, se crearon Ministerios y legislaciones en apoyo a la AF, se promovieron líneas de investigación y una tecnología apropiada, y se definieron políticas públicas específicas para este sector.  El último gran paso se dio en el 2017, cuando una nueva sesión de la Asamblea General de la ONU declaró el inicio del Decenio de la Agricultura Familiar. Serán diez años para asegurar mejores políticas públicas y económicas y para fortalecer a los agricultores y a la sociedad civil.

El Decenio de la Agricultura Familiar llega en un momento vital para Colombia, que luego de la firma del los acuerdos de La Habana (y en particular del primer punto), emprende un viaje de retorno al campo y conseguir su recuperación. Se trata de un reto importante: en Colombia, 3,4 millones de personas sufren de hambre y malnutrición y muchas de esas personas viven en las zonas rurales. Resulta paradójico: es justamente con el fortalecimiento del campo como el país puede enmendar esta situación.

Marcos Rodríguez Fazzone,  asesor Especialista en Sistemas Alimentarios, Agricultura Familiar y Mercados Inclusivos, de la FAO en Colombia, asegura que no está de más dimensionar el verdadero rol y la contribución  de la agricultura familiar campesina, y que Colombia es un claro ejemplo.

“La agricultura familiar genera el 57 % del empleo en el sector rural,  aporta cerca del 41 % del valor de la producción. En términos demográficos está representado en un 75 % de las unidades productivas. Y esto es algo que consigue con el 5 % del acceso a la tierra”.

Para él, el modelo familiar de agricultura está lejos de ser inviable y cree que es urgente la articulación de políticas económicas. Sostiene, además, que hay que entender que los campesinos no solo pueden ser claves para alimentar las ciudades, sino que son custodios de la biodiversidad del país.

Sin embargo, son también muchos los retos a los que se enfrenta al agricultura familiar: la voluntad política de los gobernantes en los territorios, la coexistencia a veces asimétrica con las grandes agroindustrias y los efectos del cambio climático.

El compromiso debe ser político

En el camino para la transformación del campo, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura en Colombia (FAO) se plantea retos y propósitos, que incluyen saldar la deuda histórica que hay con quienes trabajan en las zonas rurales y de los que en un 47% vive en estado de pobreza:  “Aunque la contribución de la Agricultura Familiar Campesina a la seguridad alimentaria de Colombia es incuestionable, el país aún está en mora de diseñar políticas públicas y programas específicos para impulsar de manera que pueda ejercerse con sostenibilidad económica. Asistencia técnica, créditos y asociaciones son herramientas necesarias”.

Hoy existen casos emblemáticos que pueden servirle al país como ruta de viaje.  Uno de ellos es Brasil, que a comienzos de siglo se embarcó en la tarea de crear políticas en pro de la agricultura familiar.

Guilherme Cassel, quien fuera el ministro desarrollo Agrario de Brasil entre 2003 y 2010, asegura que para conseguir el propósito del gobierno de fortalecer la agricultura familiar se activaron dos estrategias. La primera fue atacar la visión cultural que había sobre esta forma de agricultura (relacionada con la violencia, la pobreza y la improductividad), visión que se traducía solo en políticas sociales y asistenciales para apoyar a este sector.

Recuerda cómo una de las primeras evidencias del cambio fue cuando se publicó el Censo agropecuario de 2006.  Demostró que el modelo de producción familiar no era improductivo y que tampoco era un espacio de violencia. En cambio, el censo demostró que los pequeños agricultores eran más productivos por hectárea que las grandes agroindustrias. El censo demostró, además, que era el modelo familiar el  responsable de la producción del 70 % de todos los alimentos que consumían los brasileños. “Fue claro que la agricultura familiar era un sector económico dinámico, moderno y en sintonía con visiones contemporáneas de seguridad alimentaria y nutricional”, asegura Cassel.

Otro ejemplo interesante es el de Costa Rica.  Mercedes Peña, politóloga y ex Primera Dama de este país, lideró el programa Tejiendo Desarrollo, en el que se daba la oportunidad a las personas de participar en el desarrollo de su localidad, algo que le sirvió para poder conocer las demandas de los y las campesinas costarricenses: “Queríamos saber qué podíamos hacer en los cuatro años de Gobierno sin empezar de cero”.  Para Peña era claro que no habría cambio si no se mostraba una voluntad política: “Y la voluntad política se demuestra cuando, no sólo se generan políticas públicas, sino que además se las dota de contenido económico. Flaco favor le estamos haciendo si no pensamos en términos económicos”. 

Para Rodríguez Fazzone, los desafíos del país en términos de reconciliación, obligan a pensar en políticas sociales que sean la base de la reconstrucción de confianza, condición necesaria para emprender actividades económicas: “Colombia necesita avanzar en una combinación de política social con políticas productivas”.  Uno de los problemas a los que se enfrentan el agro es la falta de garantías para sus habitantes.  Duarnte los últimos años se dio una tendencia que debe ser revertida: a falta de mejores oportunidades los jóvenes están migrando hacia las ciudades y el campo, de a poco, se envejece.  Es clave procurar el acceso a créditos y tecnologías que permitan potencializar el aporte económico y cultural que hace la agricultura familiar a nuestro país.

El rol de la sociedad civil

 “Lo que más afecta a la agricultura familiar”, asegura Luis Vicente Faco, “es la indiferencia. La falta de reconocimiento de algunos gobiernos de Latinoamérica y la sociedad civil que no sabe de dónde viene lo que comen”. Faco es experto en organización sindical, desarrollo rural y políticas públicas para la seguridad alimentaria y agricultura familiar en el MERCOSUR. Su rol ha sido ayudar a organizar a la sociedad civil en su natal Brasil para “defender a la gente que nos alimenta, que mantiene nuestra cultura”.  También como representante de la sociedad civil estuvo la colombiana Juliana Millán Guzmán —de la Dirección Política de la Asociación de Trabajo Interdisciplinario (ATI) en el Enlace de articulación y movilización de la Red Nacional de Agricultura Familiar (RENAF).  Ambos coinciden en que, si bien ha habido avances en el continente, son muchos los retos a los que se enfrentan y que muchas de las responsabilidades recaen en gobiernos que permiten que existan desigualdades: “Decir que las políticas que existen son para todos es una visión tosca. No se puede comparar y tratar una empresa rural que tiene 60 mil hectáreas de soja con familias que tiene 3 hectáreas y a penas lo justo necesario para sobrevivir”, agregó Faco.  Rodríguez Fazzone concuerda en que hay inequidades en las posibilidades de acceso, y cree que debe haber una política de cooperativismo y asociatividad que vincule los intereses de las grandes agroindustrias y a los pequeños productores: “Esto implica un diseño más innovador de políticas”.

Durante el panel, Juliana Millán leyó un comunicado firmado por diez organizaciones y políticos con el que hizo un pedido al Gobierno Nacional, representado en el panel por Fernando Henao Velasco del Ministerio de Agricultura, para oír las demandas de los grupos de agricultores familiares en Colombia.

Decía el comunicado: “Renovamos así nuestro compromiso con la construcción conjunta de la política pública de Agricultura Campesina Familiar y Comunitaria, su implementación y seguimiento. La vinculación de éste proceso a las diferentes instancias de planeación nacional, regional y municipal, y la búsqueda conjunta por la consolidación de una ley de Agricultura Campesina Familiar y Comunitaria; que contribuya de manera efectiva en la reducción a cero del hambre, la pobreza y la exclusión social en el campo y la ciudad”.

Henao aseguró que existe un interés de poner en el centro de las políticas de desarrollo a estos pequeños agricultores: “En Colombia hay un reto de reducción de brechas. Eso se logra por medio de la agricultura familiar”.  Para Millán, deben existir enfoques diferenciales que fortalezcan al sector, y es por medio de la participación que podrá conseguirse ese enfoque diferenciado.  En ese sentido, esas políticas deben vincular a los campesinos en el proceso y deberían originarse en las zonas rurales.

Se trata de un momento clave para los pequeños agricultores. La declaración del Decenio y la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas encarnan dos grandes oportunidades para la agricultura familiar.  “Vivimos tiempos muy difíciles”, aseguró Carlo Petrini, “Es nuestro deber hacer un gran movimiento de resiliencia que debe estar estrechamente relacionado a la política de la tierra. Nuestro gran patrimonio de biodiversidad se está erosionando en el mundo entero. Debemos tener conciencia de que una de las maneras de derrotar esta situación será por medio de las pequeñas comunidades rurales”.

--Este artículo fue producido como parte de la alianza entre la FNPI y la FAO para promover el debate sobre la transformación del campo colombiano. 

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