Consultorio Ético de la Fundación Gabo
22 de Julio de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

Un periodista mató a una presentadora de televisión y a su camarógrafo en Virginia, mientras trabajaban, grabando el hecho. Lo publicó en Twitter antes de suicidarse. ¿Es ético que los medios publiquen el video hecho por el asesino? R.- No es el uso de las imágenes, el que resulta cuestionable, sino la manera de hacerlo. Una emisión por el estilo de ¡Extra! ¡Tenemos imágenes exclusivas del asesinato! Es claramente reprochable. Se trataría, en tal caso, de un tratamiento indebido por la falta de respeto a la víctima y a su familia. Es convertir una muerte en mercancía.
Tal uso del video, con intención comercial, distancia de la intención de servicio público que debe presidir las acciones del periodista profesional.
Esta voluntad de servicio es la que aconseja el uso ético de estas imágenes. Es un servicio que las convierte en material de denuncia, o de análisis razonado del hecho, para información del público.
Cuando los manuales de estilo o los códigos de ética rechazan el uso sensacionalista de las imágenes, tiene en cuenta la diferencia que existe entre una información que solo estimula los sentidos y la curiosidad, y la que estimula la inteligencia y promueve la búsqueda de causas y soluciones e impulsa, además, la participación para que el crimen no se repita y la sociedad exija mecanismos y acciones de prevención del delito.
Una información así provee elementos de conocimiento para el desarrollo humano de la sociedad; lo sensacionalista, en cambio, contribuye al distanciamiento y a la pérdida de sensibilidad de las audiencias frente al mal.
Documentación
Cuando en una sociedad la crueldad se vuelve en cierta manera “normalizada”, la propia compasión termina por sufrir las consecuencias. Y me parece que en la actualidad estamos asistiendo a este proceso, un proceso en que ante todo los videos, la repugnancia y la compasión dan paso de forma progresiva a la aceptación insensible o a la resignación de cierto público.
Cuando se busca, voluntariamente, mirar este tipo de imágenes, se deja de luchar contra el espectáculo al que se asiste. Uno se coloca en una situación de comodidad, fuera de las escenas crueles y monstruosas de las que es espectador, como si, con la interposición de la campaña, la realidad no fuera más que una imagen virtual. La realidad horror, termina por instalarse en nuestra vida cotidiana.
Ante estas imágenes de espanto, me pregunto si los espectadores que las miran recuerdan todavía que el que muere es un ser humano, porque estos asesinatos en directo reducen la persona a una cosa, la cosifican.
El concepto de cosificación tuvo cierto éxito en el mundo germanófono en los años 20 del siglo pasado, en que se convirtió en una especie de leitmotiv de a crítica de la sociedad y de la cultura. Después de la segunda guerra mundial ese concepto cedió el terreno y las reflexiones de la sociedad más bien se dirigieron a las deficiencias de la democracia y de la justicia. Durante los horrores de la segunda guerra mundial la cosificación llegó a su apogeo, ya que el tratamiento instrumental de los individuos se convirtió en una práctica corriente en los campos de exterminio los hombres y las mujeres fueron tratados como objetos, como cosas hasta su aniquilación.
Es posible habituarse a la liquidación de los seres humanos, sobre todo cuando se olvida que son seres humanos y se tratan como un cargamento. “Estaban tan débiles, no hacían nada para oponerse a lo que les llegaba, se dejaban hacer. Eran personas con las que no se tenía nada en común. Así fue como surgió “el desprecio”. El desprecio probablemente no nació de esta cosificación, pero ésta lo mantuvo, por no decir que lo acentuó.
Michela Marzano: La muerte como espectáculo, Tusquets, Barcelona, 2010. P. 90, 91, 92

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