¿Cómo debe actuar un foto periodista en medio de una riña, ayuda o toma fotos?
21 de Septiembre de 2016

¿Cómo debe actuar un foto periodista en medio de una riña, ayuda o toma fotos?

El Salvador es un país muy peligroso. En el caso de una riña entre pandilleros en la cual uno ataca a otro con cuchillo, ¿qué hago como fotoperiodista: ayudo o tomo fotografías?

Respuesta: El fotoperiodista no es un curioso con una cámara en la mano. Es un testigo de hechos de interés público, que hace partícipes a los demás ciudadanos de esos hechos con el fin de que, conociéndolos, tomen parte. Dentro de este contexto, el periodista, como ciudadano testigo de una agresión, en la que puede prestar ayuda a las víctimas, debe combinar las dos funciones, que no se excluyen entre sí. No hay que olvidar que en el periodista se funden y forman unidad el ciudadano y el profesional; y si bien el desempeño profesional tiene prioridad porque es en esa condición como presta su servicio a la sociedad, ello no obsta para que cumpla las funciones que le corresponden como ciudadano: paga impuestos, vota en las elecciones y cumple las leyes. En cuanto tal, contribuye a la seguridad ciudadana y aporta con sus recursos y actividad. Pero, además, la elemental ética del cuidado lo obliga a prestar ayuda a una persona en peligro. Alegar a favor de la inacción o de la indiferencia, que es su asunto, o que sería algo ajeno al deber profesional, son pretextos para rehuir la responsabilidad que crea en un ser humano la presencia de otro en peligro.

Documentación

Robinson Crusoe pasea por una de las playas de la isla en la que una inoportuna tormenta con su correspondiente naufragio le ha confinado. Lleva su loro al hombro y se protege del sol gracias a la sombrilla fabricada con hojas de palmera que le tiene justificadamente orgulloso de su habilidad. Piensa que, dadas las circunstancias, no puede decirse que se las haya arreglado del todo mal. Ahora tiene un refugio en el que guarecerse de las inclemencias del tiempo y del asalto de las fieras, sabe dónde conseguir alimento y bebida, tiene vestidos que le abriguen y que él mismo se ha hecho con elementos naturales de la isla, los dóciles servicios de un rebañito de cabras, etc. En fin, que sabe cómo arreglárselas para llevar más o menos su buena vida de naúfrago solitario. Sigue paseando Robinson y está tan contento de sí mismo que por un momento le parece que no echa nada de menos. De pronto, se detiene con sobresalto. Allí, en la arena blanca, se dibuja una marca que va a revolucionar toda su pacífica existencia: la huella de un píe humano. ¿De quién será? ¿Amigo o enemigo? ¿Quizá un enemigo al que puede convertir en amigo? ¿Hombre o mujer? ¿Cómo se entenderá con él o ella? ¿Qué trato le dará? Robinson está ya acostumbrado a hacerse preguntas desde que llegó a la isla y a resolver los problemas del modo más ingenioso posible: ¿qué comeré?, ¿dónde me refugiaré?, ¿cómo me protegeré del sol? Pero ahora la situación no es igual porque ya no tiene que vérselas con acontecimientos naturales, como el hambre o la lluvia, ni con las fieras salvajes, sino con otro ser humano: es decir, con otro Robinson o con otros Robinsones y Robinsonas. Ante los elementos o las bestias, Robinson ha podido comportarse sin atender a nada más que su necesidad de supervivencia. Se trataba de ver si podía con ellos o si ellos podían con él, sin otras complicaciones. Pero ante los seres humanos la cosa ya no es tan simple. Debe sobrevivir, desde luego, pero ya no de cualquier modo. Si Robinson se ha convertido en una fiera como las demás que rondan por la selva, a causa de su soledad y su desventura, no se preocupará más de que si el desconocido causante de la huella es un enemigo a eliminar o una presa a devorar. Pero si aún quiere seguir siendo un hombre... Entonces se las va a ver no ya con una presa o con un simple enemigo, sino con un rival o un posible compañero; en cualquier caso con un semejante. Mientras está solo, Robinson se enfrenta a cuestiones técnicas, mecánicas, higiénicas, incluso científicas, si me apuras. De lo que se trata es de salvar la vida en un medio hostil y desconocido. Pero cuando encuentra la huella de Viernes en la arena de la playa empiezan sus problemas éticos. Ya no se trata únicamente de sobrevivir, como una fiera o como una alcachofa, perdido en la naturaleza; ahora tiene que empezar a vivir humanamente, es decir, con otros o contra otros hombres, pero entre hombres. Lo que hace “humana” a la vida es el transcurrir de compañía de los humanos, hablando con ellos, pactando y mintiendo, siendo respetado o traicionado, amado, haciendo proyectos y recordando el pasado, desafiándose, organizando juntos las cosas comunes, jugando, intercambiando símbolos. Savater Fernando, Ética para Amador, Ed, Ariel S.A, Barcelona, 1991, p. 123-125.

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