Consultorio Ético de la Fundación Gabo
20 de Septiembre de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

En México, (como creo pasa en Estados Unidos y en otros países) la televisión se ha convertido en un show de lavadero, intercambio de chismes, golpes y gritos. La literatura que más se compra es la de novelillas pornográficas baratas, y la radio es una sucesión de canciones populares cuya letra es sosa y llena de alusiones sexuales. ¿Estaremos volviendo a la barbare, a hacerle más caso a los instintos que a la inteligencia? Porque se están creando generaciones de analfabetas funcionales que hasta el nombre escriben mal. ¿Qué podemos hacer para convencer a otros de que, como escribe Kundera, la vida está en otra parte? Los medios de comunicación siempre han estado expuestos a la degradación. Aunque es claro como principio legal y ético que "la información es un bien social, " la aplicación de ese principio a la práctica de los medios ha caído en numerosas trampas en las que la sociedad ha resultado perdedora y el interés comercial de los propietarios ha prevalecido.En ese marco se ha movido el periodista y tienen aplicación los valores éticos. Si algo se ha logrado en ese sentido � y en cada país se sabe que hay logros éticos de su prensa que son destacables- lo ha hecho la conciencia ética de los periodistas.
No son las leyes las que convencerán a los medios "de que la vida está en otra parte", es la convicción de los periodistas sobre la dignidad de su profesión y el ambicioso nivel de sus objetivos, la que ha elevado la calidad de los contenidos periodísticos.
A los periodistas que mantienen estas certezas no les resulta fácil su trabajo porque suelen ser una minoría, porque raras veces cuentan con el apoyo de directores, editores, gerentes o jefes de redacción y porque les toca remar contra el viento y la corriente. Pero es en ellos en donde están las posibilidades de dignificación y de permanencia de los medios de comunicación. Trabajar agremiados les ha aliviado y estimulado un ejercicio profesional que demanda una viva pasión y una sólida formación ética.
Lo desconcertante de esto es que, dada la magnitud del daño que pueden producir los medios de comunicación en el desarrollo de una sociedad, la reorientación y revisión de contenidos de los medios masivos, se está convirtiendo en una indispensable operación defensiva de la sociedad, porque son su presente y su futuro los que están en juego.

Documentación.

La televisión puede hacer que en una noche, ante el noticiero nocturno, se reúna más gente de la que compra todos los diarios de la mañana y de la tarde juntos. Si un medio de estas características suministra una información para todos los gustos, sin asperezas, homogeneizada, cabe imaginar los efectos políticos y culturales que de ello pueden resultar. Y aquí es donde la crítica simplista resulta peligrosa: exime del esfuerzo que hay que hacer para comprender fenómenos como el de que, sin que nadie lo haya pretendido realmente, tengamos ese extraño producto que es el noticiero que conviene a todo el mundo, que confirma cosas ya sabidas y, sobre todo, deja intactas las estructuras mentales.
Si un instrumento tan poderoso como la televisión iniciara un giro, por leve que fuera, hacia una revolución simbólica, les aseguro que no tardarían en cortarle las alas. Pero resulta que debido al mero efecto de la lógica de la competencia, la televisión no hará nunca una cosa así.
Los periodistas deben su importancia en el mundo social a que ostentan el monopolio de hecho de los medios de producción y difusión a gran escala de la información mediante el cual regulan el acceso de los ciudadanos de a pié al espacio público. Y pueden desviar una parte de ese poder de consagración en provecho propio. Pero, sobre todo, ya que están en disposición de aparecer en público de modo permanente, pueden imponer al conjunto de la sociedad sus principios de visión del mundo, su problemática, sus puntos de vista.
No hay discurso (análisis científico, manifiesto político, etc) ni acción (manifestación, huelga, etc) que para tener acceso al debate público no deba someterse a esta prueba de selección periodística, es decir, a esta colosal censura que los periodistas ejercen, sin darse cuenta, al no retener más que lo que es capaz de interesarlos y condenar a la insignificancia o a la indiferencia a expresiones simbólicas merecedoras de llegar al conjunto de los ciudadanos.

Pierre Bourdieu.
En Sobre la Televisión. Anagrama. Barcelona, 1997.

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