Consultorio Ético de la Fundación Gabo
21 de Julio de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

Trabajo en un canal privado que en todos sus programas mantiene como criterio dominante que es un buen programa el que da ganancias; por eso los programas para niños siguen la orientación interesada que dan los patrocinadores, todos empresarios de artículos para niños. ¿Esto es ético? R.- Es equivocado pensar que la máxima prioridad de un medio de comunicación es la ganancia. El objetivo de estas empresas es el servicio público, la palabra que ellas potencian es de toda la sociedad; la información que les sirve como materia prima es un bien público y su actividad está dirigida a toda la sociedad.
Estas empresas necesitan, es obvio, una base económica para su funcionamiento, pero el dinero está subordinado al objetivo principal que es el servicio a la sociedad a través de la información de modo que en ellas se gana dinero para que el servicio de informar sea de buena calidad, no se informa para ganar dinero. Como se ve es cuestión de prioridades.
Entre los receptores de esa información están los niños que, de acuerdo con las normas, códigos y principios establecidos para informarlos o informar sobre ellos: “los intereses de los niños habrán de prevalecer sobre cualquiera otra consideración”.
Agrega Unicef en sus principios éticos que “el principio rector de todo informador ético es servir al interés público, sin comprometer los derechos de la infancia”.
En conclusión: ni los niños, ni sus derechos e intereses pueden ser utilziados como medios para hacer negocio; es el negocio el que se debe poner al servicio de los intereses y derechos del niño.
Documentación
La televisión, que es el medio de comunicación nunca ah dejado de tener entre sus objetivos el de la formación. Entretener, informar y formar constituye la tríada de fines que una cadena televisiva contempla como propios. Por otra parte el medio televisivo ha constatado que tiene entre el público infantil el telespectador más incondicional- El niño dicen educadores y sicólogos- es un teleadicto, no tanto porque la televisión le guste especialmente, sino porque es el entretenimiento más accesible y el más fácil, el único recurso a su alcance en muchas ocasiones y, especialmente en los ambientes más deprimidos y con escasez de alternativas que ofrecer a la infancia. Los televidentes con consecuentes con la fidelidad incondicional del telespectador infantil y le dedican espacios exclusivos. Espacios sin embargo en los que ocurre lo que señalábamos arriba. En lugar de atender a los derechos del niño, en lugar de atender directamente el beneficio – o el no perjuicio- de la infancia, se atiende a otras cosas que no siempre revierten en un resultado edificante, más bien todo lo contrario.
Que la infancia necesita una protección especial es indiscutible-También aquí vienen en nuestro auxilio los grandes liberales. El antipaternalista por excelencia que fue John Stuart Mill consideró siempre a la infancia como la excepción a la regla antipaternalista. Uno puede hacer lo que quiera con su vida, y nadie tiene derecho a impedírselo, afirmaba el filósofo. Salvo cuando ese uno es un niño cuya inmadurez exige protección. Nadie discute esas verdades. Pero todos esperan que sean otros los encargados de velar por ellas. También aquí se constata una abdicación de responsabilidades por parte de los que, de una u otra manera, influyen en los menores. El resultado es la exposición ilimitada del menor a la televisión. De nuevo hay que decir, que si existe una declaración de los derechos de la infancia, a todos compete el respeto de esos derechos. La televisión no tiene excusa para evadir su parte de responsabilidad.
Victroira Camps en Eticas del Periodismo. Tecnos,Madrid 1995, p 62, 63.

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