Consultorio Ético de la Fundación Gabo
21 de Julio de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

En una entrevista sobre corrupción la fuente reveló que había tenido que sobornar a un alto funcionario para que este le otorgara un contrato de obra gris. Después la fuente llamó para pedir que se omitiera esa referencia porque publicarla podría poner en riesgo una vida y su trabajo.
¿Deberíamos ceder ante esa petición y retirar la información?
¿Cuando una persona hace declaraciones como estas, debe advertírsele sobre el peligro que corre? ¿Aún a riesgo de perder una información valiosa? R.- Las normas seguidas por los periodistas sobre su relación con la fuente son claras: debe permanecer en secreto la identidad de la fuente cuando la publicación de su nombre o de datos que conduzcan a su identificación pone en peligro su vida o su trabajo.
Para salvar la información obtenida de esa fuente, el periodista busca otras fuentes con las que obtenga la confirmación de los datos. Así protegerá a la primera fuente y mantendrá el acceso de los receptores, a la información.
En relación con la segunda pregunta, hay que afirmarlo sin duda: es deber del periodista la protección de las fuentes incautas, a las que se debe advertir sobre el peligro que les crean sus declaraciones.
Esta precaución hace parte de la responsabilidad del periodista para con sus fuentes y es consecuencia de la aplicación de principios como los que advierten sobre la obligación de responder por las consecuencias de una publicación, tanto si son malas consecuencias que deben preverse y prevenirse con la no publicación, o con las modificaciones necesarias para que el efecto dañino no se produzca.
Cuando se prevén buenas consecuencias también corresponde al sentido de responsabilidad hacer lo necesario para que esos buenos efectos se produzcan y se optimicen.
Estas reflexiones son aplicables al trabajo periodístico en cualquier medio de comunicación.
Documentación
Una de las condiciones convencionales básicas de la verdad es la observación directa: “yo lo ví con mis propios ojos” es la última garantía de la veracidad”. Esta afirmación revela una de las limitantes de toda información periodística. Por lo mismo, desde los comienzos del periodismo moderno, conscientes de que los lectores no podían conocer los acontecimientos por sí mismos, los diarios intentaron llevar a los lectores versiones procedentes de informadores que eran testigos presenciales de los hechos. Nacen así los corresponsales para cubrir las noticias que acontecían lejos. El 14 de noviembre de 1874 The Times de Londres publicó el despacho del primer corresponsal de guerra, William Howard Russell sobre la carga de caballería en la guerra de Crimea en la que relataba lo que había presenciado: “a las once diez nuestra Brigada de Caballería Ligera avanzó…”
La inmediatez de la descripción y la cercanía del reportero a los sucesos es una garantía retórica para la veracidad de la descripción y, en consecuencia, la plausabilidad de la noticia, afirma Van Dijk.
Con el tiempo la radio basó su influencia en la capacidad técnica de estar presente donde sucedían los acontecimientos, para relatarlos a medida que transcurrían. Y la televisión transformó a las cámaras en ese testigo directo que es capaz de llevar a cada hogar la imagen que permite creer al televidente que “estuvo ahí”.
No obstante la mayoría de las noticias tratan de acontecimientos que no permiten la observación directa o la descripción de testigos oculares. En un mundo cada vez más complejo los hechos no son simples y muchas veces lo importante de ellos está en sus antecedentes, en sus consecuencias o implicaciones. Y esto no es observable a primera vista por el informador. “El reportero como el historiador y el científico social no está en situación de atestiguar personalmente muchos acontecimientos”, explica Sigal. Algunos no son directamente visibles, tendencias económicas o cambios en la opinión pública, giros en el pensamiento oficial. Muchas veces tiene que depender de la observación de otros. No obstante él, aún más que los historiadores o el científico social, depende de información de segunda mano. Incluso cuando están en condiciones de observar un evento directamente, permanece reluctante a ofrecer sus propias interpretaciones abiertamente, prefiriendo en cambio, apoyarse en sus fuentes.
Para el reportero, en pocas palabras, la mayoría de las noticias no son lo que ha pasado, sino lo que alguien dice que ha pasado, convirtiendo así en crucial la elección de fuentes. Recordemos que Lozano define la noticia como imagen segunda, es decir, la noticia no es el hecho sino una imagen de ese hecho. En otras palabras, desde el acontecimiento se extrae el dato que servirá para producir la información. Y el dato lo proporciona en la mayoría de los casos, la fuente.
Las fuentes primarias son las participantes inmediatas, tanto para la descripción de los hechos (como testigos oculares) como para la formulación de las opiniones. Se puede llegar a sostener que un reportero es solo tan bueno como sus fuentes informativas. Pero como instrumento de información las fuentes son testigos con una característica muy especial, tienen solo una obligación moral de contar lo que saben, sin que existan deberes jurídicos, como puede ser un testimonio ante un tribunal de justicia.
Mario Urzúa: Periodismo y ética, temas actuales Centro de Estudios Bicentenario, Santiago 2005, p 89-90-91.

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