Consultorio Ético de la Fundación Gabo
26 de Julio de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

Unos avisos de prensa informan que el periodismo colombiano se compromete con la reconciliación nacional. ¿Es esa una tarea periodística? ¿En qué quedan la objetividad y la independencia de los periodistas? R.- Así como en un caso de violación, es obligatorio estar del lado de la víctima y en abierto rechazo del violador y, ante un secuestro, el periodista está con el secuestrado y en contra del secuestrador. Cuando un país que estaba en guerra y llega a firmar la paz para el periodista no hay duda: su bando es el de la paz y su sostén indispensable es la reconciliación. La cuestión es cómo hacer un periodismo que propicie la reconciliación.
La práctica y la reflexión sobre el papel social del periodista, permiten concluir:
1. Que el periodista debe contribuir a la desaparición de las trincheras, eliminándolas primero en su propia actitud. Si antes asumía una actitud favorable al ejército y a las instituciones y de rechazo de la guerrilla, eliminar esa disposición de trinchera significa informar sobre unos y otros con equilibrio. Para él no habrá muertos de primera y segunda categoría. Un muerto del ejército, o de entre los civiles, o de la guerrilla, son colombianos que no debieron morir. La viuda de un soldado, de un civil, y la de un guerrillero son mujeres a quienes se privó injustamente de sus seres queridos. El ejemplo hace caer en la cuenta de que la prensa informa con cuidado sobre unas muertes y sus familias, y casi nunca sobre otras. Al desaparecer las trincheras en la conciencia del periodista, se le abre al lector la posibilidad de ver el conflicto en su integridad con la inteligencia y la sensibilidad, abiertos para entender su magnitud e injusticia.
2. El periodista tiene la oportunidad de medir el poder de los instrumentos que maneja, y de aplicar ese poder al servicio de los más altos intereses de todos. El entretenimiento, los intereses comerciales o políticos, la lucha por el prestigio personal o del medio, que suelen ser el objetivo del poder periodístico, aparecen insignificantes frente al interés de la paz y de la reconciliación; por tanto, el periodista trabaja con ese objetivo, descubre que debe seleccionar las noticias porque no todas sirven en la misma forma al propósito de la paz y la reconciliación; también comprueba que en cada noticia hay un potencial pedagógico que se puede activar en favor del espíritu de paz y de reconciliación y, finalmente, descubre que todo esto influye en su forma de contar una noticia.
3. Cuando se suman, el desmantelamiento de las trincheras mentales y este tratamiento de la noticia, sobreviene un nuevo hallazgo que, sin proponérselo, el periodista contribuía a la perpetuación del conflicto y que dispone de herramientas para contribuir a su desaparición y a la construcción de otra forma de vivir porque tanto la paz y la reconciliación, o la guerra, nacen en el interior de las personas, razón por la que sin los periodistas no son posibles ni la guerra ni la paz. El periodismo no crea la guerra ni la reconciliación, pero sin la prensa son difícilmente posibles la guerra, la paz o la reconciliación.
Documentación
Con respecto a los periodistas en situaciones de ese tipo, su primera característica a procurar o conservar es la de ser humano y hablar o escribir con un lenguaje de entendimiento y de comprensión de la paz , sin utilizar el odio o estimular la venganza. Creo que nuestro papel cuando escribimos sobre la guerra consiste en recordar y entender que estamos ante una situación trágica para todos sus participantes. La guerra es el único fenómeno humano en el que todos son víctimas, todos pierden, todos terminan infelices.
Además una vez que una guerra empieza resulta muy difícil terminarla. Hay tierras que llevan 30 años sin perspectiva alguna de que vayan a acabar pronto. Cuando uno escribe sobre esas sociedades destruidas por años, por generaciones, debe tener en cuenta lo que padecen, la desgracia que sufren, la tragedia que atraviesan.
Recuerdo cuando llegué a una aldea de Senegal, en África, algo que cuento en mi obra. Como no había luz eléctrica, había que comprar una pequeña linterna china que costaba un dólar. Pero nadie en la aldea tenía un dólar. Cuando llegaba la noche, la gente se juntaba. Desde las siete empezaban a contar historias y aunque no tenían ni televisión ni internet disfrutaban de algo tan valioso como ese momento tan bello, tan poético.
A las once de la noche todo el mundo marchaba dormir, algo que para un reportero constituía en sí una experiencia realmente dura, sin contar lo que sucedía además durante la noche. Se dormía sobre el piso de pura tierra, en casitas pequeñas de adobe, acomodado entre toda una familia lo cual significa muchas personas. Pero entre la noche terriblemente calurosa y la invasión de mosquitos era imposible dormir, así que uno se quedaba quieto hasta que aparecía él sol a las seis de la mañana.
Era una experiencia bastante difícil, pero si no la compartía no podría haber comprendido la vida en África. Si pasaba la noche en el Hilton o en el Sheraton, no habría tenido conciencia de todos esos hechos que hacen a esas vidas. La profesión de reportero requiere, para poder escribir, que este tipo de experiencias se sientan en la propia piel.
Ryszard Kapuscinski. Los cinco sentidos del periodista. Fondo de Cultura Económica, México, 2003. P 80, 81, 82.

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