Consultorio Ético de la Fundación Gabo
25 de Julio de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

Fue un secreto a voces en México que medios y periodistas estaban recibiendo dinero del crimen organizado. Lo sabían los jefes de información, editores y dueños de medios. ¿Desde la ética cómo ver esta situación? R.- Estos casos de tolerancia del soborno en los medios, revelan la existencia de un patrón común en esos empresarios y ejecutivos del periodismo: todos ellos miran sus medios como un negocio que debe ser rentable; y desconocen, o no les importa, cualquiera otra dimensión del periodismo. Por supuesto, el periodismo como servicio social, o como factor de cambio en la sociedad son expresiones que les suenan a retórica y que no hacen parte del gobierno de sus empresas periodísticas.
Hay, pues, una raíz que produce esas situaciones: la crisis de identidad profesional en periodistas y medios y la sobreestimación de los medios de comunicación como negocios. Por eso ante la crisis creada por la emergencia de los grupos criminales del narcotráfico ha sido necesario reconocer que el mayor logro de estos criminales es hacer desaparecer en periodistas y medios la conciencia de su liderazgo social y de su papel de servicio a toda la sociedad.
Cuando esto sucede son posibles graves males:
a) Para la sociedad, que queda a merced de lo que quieran hacer con ella o los políticos corruptos, o los grupos criminales o cualquiera sin más poder que el que da el dinero.
b) Para los derechos de las personas. Puesto que el derecho a la información es la base de los demás derechos, esta compra de la información y de los que informan equivale a la enajenación de un derecho fundamental de la sociedad.
c) Cuando a la profesión periodística se le arrebata su función de servicio a la sociedad, su dignidad y su importancia en la vida de la sociedad, desaparecen.
La profesión periodística pierde su razón de ser cuando su dignidad resulta absorbida y anulada por quienes convierten la información en mercancía y al periodista en otro mercader.
Documentación
Algunos sostienen que definir el periodismo resulta peligroso. Definir el periodismo, argumentan, es limitar. Es posible que al hacerlo se viole el espíritu de la primera enmienda: “el congreso no dictará ninguna ley que restrinja a la libertad de expresión o de prensa”. Por eso, los periodistas, nos advierten, han evitado las licencias profesionales, a diferencia de lo que ocurre con médicos y abogados. También nos preocupó que una definición de periodismo no sirva más que para dificultar su adaptación a los tiempos, lo que probablemente acarrearía su extinción.
La resistencia a definir el periodismo no es un principio sólido sino un impulso bastante reciente y en gran parte es inspirado en motivos comerciales.
Por consejo de sus abogados, las empresas periodísticas evitaban poner sus principios por escrito, por temor a que pudieran esgrimirse en su contra ante un tribunal. Evitar la definición era, pues, una estrategia comercial.
Cuando en 1997 nos propusimos trazar un mapa del territorio común de los profesionales del periodismo, la primera respuesta que obtuvimos fue: el propósito principal del periodismo es decir la verdad para que la gente tenga la información que necesita para poder ser soberano. Casi dos décadas desde aquellos que trabajaban en prensa de informativos declararon que por encima de cualquier otro, el elemento más importante del periodismo es su función democrática.
Los códigos éticos y las declaraciones acerca de cuál ha de ser la misión del periodista constituyen un testimonio en el mismo sentido. Juan Pablo segundo por ejemplo, afirmó en junio de 2000: “con su enorme y directa influencia sobre la opinión pública, el periodismo no puede guiarse únicamente por las fuerzas económicas, o por los beneficios empresariales y los intereses particulares. En vez de ello, debe vivirse en cierto sentido, como una misión sagrada, misión que se debe llevar a cabo sabiendo que los poderosos medios de comunicación, os han sido confiados para el bien de todos”.
Los elementos del periodismo: Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Ediciones El País. Bogotá, 2003. Pp 26, 27, 28

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