Consultorio Ético de la Fundación Gabo
22 de Julio de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

Consulta del Consejo Rector de la FNPI sobre las implicaciones éticas de una crónica sobre el asesinato de una mujer cuyo cuerpo fue desmembrado y arrojado en varias bolsas a un basurero. El autor, sin embargo, utiliza expresiones y juicios con los que pretende restarle responsabilidad al asesino. Las protestas contra esta publicación arreciaron cuando se conoció que el periodista había sido seleccionado entre los diez finalistas de los premios FNPI de 2014, por un trabajo distinto del que era objeto de polémica. Según el comunicado de la FNPI la crónica del escándalo apareció después de la que fue seleccionada en el concurso.
La siguiente es la mirada ética del caso, objeto de la polémica. R.- No sobra recordar que la reflexión ética no convierte a nadie en juez de nadie, salvo de sí mismo; por tanto me limitaré a recordar los principios aplicables a este caso. Igual ocurre en todos los casos que han sido estudiados en el Consultorio Ético de modo que cada persona, conocedora de sus motivos y circunstancias, puede encontrar en esos principios una guía para sus juicios y acciones.
La crónica, lo mismo que cualquiera de los géneros periodísticos, se guía por principios de compromiso con la verdad, responsabilidad social e independencia.
El compromiso con la verdad en la crónica, implica un rigor tal que, según la expresión de Gabriel García Márquez, si cambias el color de los ojos de una persona, derrumbas toda la solidez del relato. A partir de ese principio, aparecen unos claros límites para el uso de los instrumentos literarios que dejan vía libre para la ficción y para las interpretaciones subjetivas.
El cronista, si bien tiende un puente entre la austeridad de la noticia y la exuberancia de lo literario, sabe que debe superar la ambigüedad propia de la conjunción de los dos géneros con el rigor de lo exacto. El servicio al lector con quien rige un implícito pacto de exactitud, demanda que en todo momento la historia se vea y se sienta fundada en lo real, sin concesiones a la ficción ni a las valoraciones subjetivas.
A esta exigencia ética se agrega la de la responsabilidad social, manifiesta cuando en la elaboración de la información, el cronista se guía por la pregunta sobre los efectos de la información sobre la vida de sus receptores y de la sociedad.. Una crónica sobre suicido, por ejemplo debe tener en cuenta su efecto sobre potenciales suicidas que pasan por el momento de incertidumbre sobre el cuándo y el cómo de su decisión y a quienes puede estimular como ejemplo imitable, el relato periodístico.
Toda comunicación tiene efectos y es deber del periodista asegurarse, hasta donde es posible, de que contribuirá a la realización de los efectos buenos y a la prevención de los dañinos.
La independencia, por su parte, libra a las motivaciones del cronista de la presión de intereses como el del lucro o el de la fama, que están en la base de las informaciones sensacionalistas.
Estas son normas con las que se forma el talante del buen cronista y cuya reflexión debe hacer parte de talleres, cursos y pénsumes de formación de cronistas, en la que la técnica no puede ser todo. Como en la expresión de García Márquez, en el cronista la técnica y la ética han de estar tan unidos como el zumbido y el moscardón.
Documentación
Fuerza esencial del periodismo literario es la exactitud. Según Sims al contrario de los novelistas, los periodistas literarios deben ser exactos. A los personajes del periodismo literario se les debe dar vida en el papel y exactamente cómo en las novelas, pero sus sensaciones y momentos dramáticos tienen un poder especial porque sabemos que sus historias son verdaderas. La calidad literaria que estas obras proviene del choque de mundos, de una confrontación con los símbolos de otra cultura real.
La exactitud termina por ser una lista de noes que enunció Mark Kramer:
las convenciones que los periodistas literarios dicen seguir para mantener las cosas claras frente a los lectores, incluyen no fábrica escenas, no distorsionar la cronología, no inventar sitios, no atribuir ideas a las fuentes, a menos que éstas hayan dicho que tuvieron esas ideas, y no hacer tratos encubiertos que impliquen pagos o control editorial. Los escritores de vez en cuando se comprometen a no usar los nombres reales de sus fuentes o detalles que permitan identificarlos, a cambio del acceso directo, y notifican a sus lectores que así lo hicieron. Estas convenciones ayudan a mantener la fe. El género no tendría tanto sentido si no fuera así. Acogerse a estas convenciones lleva a la franqueza.
Darío Jaramillo: Antología de crónica latinoamericana actual. Taurus, Bogotá, 2012, página 26.

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