¿Cómo manejar en los medios de comunicación las declaraciones que incitan al homicidio y hacen apología de los crímenes de odio?
10 de Julio de 2017

¿Cómo manejar en los medios de comunicación las declaraciones que incitan al homicidio y hacen apología de los crímenes de odio?

Foto: Pixabay.com/ DasWortgewand. Compartida bajo licencia Creative Commons.

¿Tiene un límite la opinión que incita al homicidio y hace apología de los crímenes de odio? ¿Qué decir de la petición de asesinar al presidente venezolano?

Respuesta:

En 1599, en los días finales de Felipe II, apareció el libro del jesuita Juan de Mariana sobre El Rey y la institución real, en que se considera legítimo asesinar a un rey que impone tributos sin el consentimiento de la población, o que emprende obras monumentales cuyo alto costo esclaviza a los contribuyentes, o que crean policías secretas para restringir o suprimir la opinión ciudadana.

Aunque escandalosa, la teoría del jesuita no era nueva. Ya antes en su tratado sobre El Reino (1265) santo Tomás de Aquino había examinado y legitimado la misma posibilidad, que a su vez expusieron en 1355 John de Salisbury y Bartolo de Sassoferrato.

Mariana relata la muerte de Enrique III para llegar a la conclusión de que “quien derrama la sangre de un hombre está sujeto a que otro hombre derrame la suya” que es el hecho de donde parte la teoría del tiranicidio. Después John Locke establecerá que "nadie puede poner a otros bajo su poder absoluto”. Cuando esto sucede se legitima que hombres y sociedades recuperen su libertad y dignidad mediante el tiranicidio que se ve como un acto legítimo de defensa. Así como es un deber defender la vida propia, han de defenderse la dignidad y la libertad.

La ética va más allá de esas consideraciones y plantea, con Kant, los efectos que tendría la universalización de esa norma; también rechaza, como contrario a la naturaleza inteligente del hombre, el predominio de la fuerza sobre el poder sereno de la razón. Tal es la dirección que ha seguido el pensamiento universal, humanista y democrático, para combatir a los tiranos de siempre.

Convocar para un tiranicidio en 2017, además de anacrónico, es un desconocimiento del desarrollo político y social que ha tenido la humanidad después del siglo XVI. A pesar de todo, la conciencia universal se ha abierto a la vigencia de los derechos humanos y las acciones de la razón, por sobre el poder de la fuerza.

Documentación

No sorprende que el libro de Mariana fuera quemado en Paris por orden del gobierno. Los monarcas españoles tampoco estaban muy complacidos con la doctrina del tiranicidio, pero no prohibieron el libro porque estaba escrito en latín, lo que dificultaba la popularización de sus radicales ideas. El tirano que “sustrae la propiedad de los particulares y la saquea…”, como lo describía Mariana, no era muy diferente a los dictadores y caudillos de hoy. Los tiranos –dice– intentan perjudicar y arruinar a todo el mundo, pero dirigen sus ataques en especial contra los hombres ricos y justos.

El padre Mariana afirma que en ningún caso puede el gobernante considerarse propietario de los bienes de los ciudadanos. No puede por ende imponer impuestos a los ciudadanos sin el acuerdo de los mismos, ni puede crear monopolios estatales, dado que las mismas no son sino entidades destinadas a imponer cargas tributarias. Tampoco puede devaluar la moneda (reduciendo el contenido de oro o plata de las mismas), lo que inevitablemente conduce al aumento de los precios. El tirano –decía– es el que “todo lo atropella y todo lo tiene por suyo”, en cambio, el rey justo restringe sus codicias dentro de la razón y la justicia.

En la misma tradición de los escolásticos, el filósofo inglés John Locke (1632-1704), en base al derecho natural desarrolló su teoría política sobre el origen de la legitimidad de los gobiernos, la propiedad y sobre todo, el derecho de resistencia a una autoridad injusta, y en última instancia, el derecho a hacer una revolución. El criminal –dice– al violar la ley de la naturaleza, muestra que se guía por reglas diferentes a la razón y la equidad, que Dios estableció para regular la acción humana.

Porfirio Cristaldo Ayala. 

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