Retención o secuestro: ¿Qué palabras se deben utilizar cuando se informa sobre conflictos armados?
12 de Enero de 2017

Retención o secuestro: ¿Qué palabras se deben utilizar cuando se informa sobre conflictos armados?

La periodista colombo-española Salud Hernández estuvo secuestrada varios días cuando trabajaba en una zona dominada por la guerrilla ELN. Muchos medios fueron criticados porque cuando aún no se sabía dónde estaba, no hablaban de secuestro sino de retención. ¿Es válido que los periodistas utilicemos el eufemismo retención? O debimos llamar las cosas por su nombre, secuestro?

Respuesta: Cuando hay conflictos en la sociedad estos suelen trasladarse a las palabras, que dejan de ser lo que eran en su estado natural y se convierten en palabras armadas, que llevan contenidos que, como la metralla de las bombas y las granadas, se esparcirán rabiosas y dañinas.

Los guerrilleros llaman a los soldados “chulos” para esparcir así su odio y maledicencia y los soldados llaman a los guerrilleros, bandoleros y a sus frentes, cuadrillas. Otras veces la táctica guerrera de mimetizarse o de moverse entre las sombras para disimular su presencia, inspira el uso de palabras que disimulan o modifican las realidades. Así un secuestro se disfrazará verbalmente como “retención”, o al secuestrado se le llamará “prisionero de guerra o rehén”.

Ante esta realidad, propia de la guerra y de las situaciones de conflicto, al periodista le corresponde una tarea parecida, aunque menos peligrosa, a la de quienes trabajan en el desminado, o desmonte de las minas sembradas por la guerrilla. El periodista deberá desarmar las palabras y, correspondiendo a la naturaleza de su profesión, hacer que las palabras digan lo que deben decir. Cuando a alguien se le retiene contra su voluntad, esa acción se llama secuestro y así debe nombrarse.

Los periodistas colombianos disponen de un diccionario publicado por Medios para la Paz, que recoge las palabras que los violentos han convertido en armas, y las desarman para evitar que el periodista se convierta en idiota útil de los violentos al contribuir a la difusión de palabras que minan el lenguaje y la comunicación. La paz también se hace con el desminado de las palabras.

Documentación

Dos pensadores colombianos de la segunda mitad del siglo XX expusieron: “Quien cede en las palabras cede en las ideas”, Estanislao Zuleta; “Quien acepta el léxico del enemigo se rinde, sin saberlo. Antes de hacerse explícitos en las proposiciones, los juicios están implícitos en los vocablos”, Nicolás Gómez Dávila. 

Si se está de  acuerdo con el poeta romántico alemán de hace dos siglos Federico Holderlin, para quien, por paradoja, el lenguaje es el más peligroso de los bienes, entonces un vocablo puede ser un venablo, es decir, un arma de peligro, que es menester identificar a conciencia.

Desarmar la palabra equivale a proscribir el enmascaramiento y el embuste y a propiciar una luz sobre la voz inocente de la mayoría. Y a hacerlo sobre la instancia misma que perfila la labor del periodista, el lenguaje. En efecto, en los intrincados pasos requeridos para confeccionar una información es este, del lenguaje, el que define de modo supremo la calidad del producto final.

No es lo mismo hablar de bandolero o de guerrillero, de chulo o de soldado, de cuadrilla o de frente, de dar de baja o de asesinar; de retención o de secuestro, de terrorismo o de acto de terror, de desplazado o de persona en situación de desplazamiento, de autodefensa o de paramilitar, de muñeco o de cadáver, de niña o de ametralladora, de minas quiebrapatas o de mina antipersonal, de pescas milagrosas o de retenes ilegales.

Cada una de estas expresiones es una carga de sentido. Se acuñó desde una rabia o desde una sensatez, en todo caso desde una sensibilidad. Y contiene mucho más sentido que el que aparece a simple vista o a simple oído. Su sola formulación excita la imaginación del lector desencadenando series de analogías inconscientes sobre cuya naturaleza no debe ser ignorante el periodista.

Por eso los juicios están implícitos en los vocablos, de manera que las proposiciones desarrolladas en frases y oraciones, no hacen sino volver patente aquel sentido que las palabras ya albergaban en almendra. No se necesita demasiada elocuencia para convertir en discurso enervante el término “narcoguerrilla”, pues él mismo, como una granada, esconde la metralla que irá a esparcirse.

Arturo Guerrero en Para desarmar la palabra, Medios para la Paz, Editorial Planeta, Bogotá, 2005, p. 9, 11, 12.

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