Consultorio Ético de la Fundación Gabo
22 de Julio de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

Un periodista, ¿a quién le debe lealtad? ¿A la empresa que le paga? ¿Al gobierno de su país, que el periodista debe reconocer como ciudadano? ¿A los anunciantes que con su dinero sostienen la empresa? ¿A los televidentes que solo oyen y ven? R.- Antes de definir sus lealtades hay que entender la naturaleza del trabajo del periodista.
El periodista es, ante todo, un servidor público; esa condición es la que le da dignidad y peso moral a su trabajo, y la que hace del medio de comunicación una empresa diferente.
Al prestar el servicio de información, el periodista maneja un bien público: la información. Esta es la materia prima de la empresa periodística que, al contrario de lo que sucede en las otras empresas, no es propiedad del empresario sino del público.
Ese público que ve y oye las noticias es el dueño de la materia prima porque él la hace. Las noticias, en efecto, están hechas con la historia que el público crea a diario. Por tanto es a él a quien debe dar cuenta el periodista. Es el público quien debe conocer esa historia para seguirla construyendo o para corregirla, si es el caso. Esto ocurre cuando los gobernantes se equivocan o atentan contra el bien público. De ahí el poder y deber fiscalizador de la ciudadanía, que se cumple si dispone de una buena información.
La máxima lealtad del periodista se debe, por tanto, al ciudadano. Cuando el gobierno, o la empresa periodística, o los anunciantes pretenden que el periodista los tenga en cuenta en primer lugar, no solo se equivocan, también usurpan un lugar que no es el suyo.
Es al ciudadano a quien el periodista debe su información en primer lugar. Cuando esto sucede la democracia es sana y fuerte porque se apoya en la ciudadanía. Cuando no es así, aparece la tiranía que reduce al ciudadano a la categoría de súbdito que solo acata, pero no razona, ni se informa, ni tiene su propio punto de vista.
Documentación
Este planteamiento, que los periodistas prestan un servicio a los ciudadanos, no surgió con facilidad. Hasta los últimos años del siglo XIX no comenzaron los editores de prensa a sustituir la ideología política por la independencia editorial. La más famosa declaración de independencia económica se produjo en 1986 cuando un joven editor de Tennesee compró el New York Times. Adolph Ochs estaba convencido de que los neoyorquinos cansados del sensacionalismo escabroso recibirían de buen grado un estilo de periodismo más elegante y veraz. Bajo el sencillo titular: Declaración de la empresa”, Ochs dijo: “su motivo más sincero sería informar con imparcialidad, sin favoritismos ni temores, pese a los partidos, sectas o intereses implicados”.
Cuando el Times se convirtió en el periódico más influyente de Nueva York y del mundo, otros siguieron su modelo, relegando los intereses empresariales a un segundo plano con la idea de que anteponer el lector a los intereses económicos y políticos inmediatos era la mejor estrategia económica a largo plazo. Por ejemplo, tras comprar el Washington Post en 1933, Eugene Meyer esbozó un conjunto de principios en los que se declaraba: “en su búsqueda de la verdad, este diario está preparado para sacrificar su fortuna material si es que ello es necesario para el bien público”.
Bill Kovach y Tom Rosenstiel en Los elementos del periodismo. Ediciones El País, Editora Aguilar. Bogotá, 1997. P. 74, 75

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