Consultorio Ético de la Fundación Gabo
26 de Septiembre de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

En el interior de Uruguay es común ver a periodistas que integran comisiones vecinales u organizaciones no gubernamentales. ¿Cuál es el papel del periodista: relator de los hechos o su protagonista? Ellos aducen que la realidad de estas comunidades los lleva a ser periodistas integrantes de comisiones que generan noticias que ellos mismos cubren. El buen periodista, en su ejercicio, presta a las comunidades un servicio que no logran reemplazar otras actividades públicas o privadas. Es conocida la relación estrecha que existe entre democracia y buena información ésta aporta a la democracia un apoyo insustituible y hace del periodista un actor necesario para la construcción de una sociedad democrática.

Cuando el periodista abandona esa tarea de informar, o la cumple a medias, para hacer parte de otras entidades, ONG o comisiones vecinales, deja a la comunidad sin su específico aporte profesional.

También llaman la atención los códigos de ética y los manuales de estilo sobre la incidencia de esas funciones ajenas a la profesión, en la credibilidad del periodista, cuya información comienza a ser mirada como la expresión de la comisión vecinal, o de la ONG y no como la voz de toda la comunidad.

El frecuente caso del periodista que pretende suplir a jueces, o a policías, a médicos o alcaldes, movido por la altruista intención de multiplicar y diversificar su ayuda, se mira como una crisis de identidad profesional. En efecto, una identidad sólida le revela todo el potencial de ayuda que encierra su condición de profesional de la información diaria cuando esa identidad es débil, es imposible ver con claridad toda la importancia y utilidad social del trabajo periodístico y se considera equivocadamente que es un deber solidario emprender otras tareas.

Documentación.

Un nuevo terrorismo, el periodístico, tomó carta de naturaleza entre nosotros. Y como en todo terrorismo, la confusión ha sido y es su arma preferida: la mezcla de medias verdades con mentiras gigantes, el amparo de la necedad en nombre de la libertad de prensa, y el de la infamia en el de la democracia. Sus efectos han sido igualmente devastadores: ha descendido la calidad de los medios de comunicación y notablemente la de las televisiones, se ha enrarecido el clima social de convivencia se ha envilecido la vida política y se ha puteado en general el concepto de diálogo mientras acabábamos con cualquier idea de tolerancia.

No quiero ser injusto en mi diatriba. Tengo que reconocer que hay algunos de esos delincuentes de la pluma que la utilizan con destreza, y aún con un determinado tributo al arte. Pero exonerarlos de sus delitos por ese simple hecho sería como perdonar a un atracador por la limpieza con la que comete su robo. Es posible que, por desgracia, algunos de estos embaucadores hayan logrado crear escuela y que cunda su ejemplo entre las nuevas generaciones de profesionales. Muchos de ellos son, incluso buenos periodistas, tienen la curiosidad, el empeño, la pasión y el escepticismo necesarios para dedicarse al oficio. Pero les falla su convicción de ciudadanos. No discernir entre sus habilidades y las desviaciones nocivas a las que las han aplicado, sería como premiar a los médicos nazis por la calidad científica de sus experimentos con vidas humanas. Las normas morales no pueden contemplarse de manera ajena y diferente a las reglas de la profesión. Es más, estas últimas son también normas morales propiamente dichas, o al menos deontológicas.

Muchos de estos colegas nuestros tienden a mirarse al espejo como a su propio ombligo, convencidos de que están llamados a la más grande misión que imaginarse pueda. En realidad no tienen vocación de periodistas, sino de sacerdotes, de políticos o de jueces. No quieren contar las cosas sino su concepción del mundo - lo que ya es competir con los filósofos-. No les gusta ser narradores sino ensayistas. Pero es tal la hipnosis popular y colectiva que logran producir a través de la magia de la televisión o del olor de la tinta impresa que ellos mismos acaban considerándose una especie de pequeños mesías cuya misión en esta tierra es sagrada e inalienable, o sea, incapaz de ser encomendada a otro.

Juan Luís Cebrián.
Cartas a un joven periodista. Aguilar, Buenos Aires, 2003. Páginas 34, 35 y 36

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