Consultorio Ético de la Fundación Gabo
25 de Septiembre de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

¿La ética es igual en prensa y en televisión? ¿La ética ha pasado a ser un ideal abstracto, como la objetividad? La ética es un saber práctico, según la expresión de Aristóteles, y está estrechamente vinculada a la experiencia, de modo que se puede afirmar que la ética compendia las mejores enseñanzas que deja la experiencia de vivir. No se fundamenta, pues, en teorías ni en abstracciones sino en experiencias. Su aplicación, a su vez, da lugar a nuevas experiencias y a una forma diferente de vivir porque cambian los enfoques, se precisan los objetivos y se fijan metas ambiciosas.

Desde luego, hay quienes se resisten a ese cambio y mantienen su modo de vida, sus objetivos y metas de siempre porque ese inmovilismo les da cierta seguridad pero esto no quiere decir que esa sea una actitud práctica opuesta a lo abstracto de la ética. Es solo temor a lo nuevo, a lo distinto y a lo que supone cambio mental y de actitudes.

En la actividad periodística � no importa si es radio, o televisión, o medio impreso- la ética impone unos cambios que pueden ser radicales desde la noción misma de noticia, hasta la respuesta debida a los receptores de la información, pasando por todas las actitudes del periodista en las distintas etapas del proceso de una noticia. Cambian los conceptos, cambian las prácticas y cambian las actitudes. Quien no está dispuesto a esas revisiones, rectificaciones y cambios en su manera de hacer periodismo, y prefiere mantener todo igual, puede auto justificarse diciendo que la ética es un ideal abstracto e imposible, pero la realidad es otra.

En cuanto a la objetividad, debe mirarse más como una técnica que como un asunto ético. Es una técnica indispensable para emprender cualquier clase de investigación que pretenda conocer y hacer conocer la realidad.

Documentación.

¿Por qué debo atenerme a unas normas que no deseo obedecer?

Sería bueno empezar desdramatizando lo que en verdad no es tan dramático y recordando qué son en realidad las normas.

La obligación de obedecer normas es un misterio arcano, porque las normas no son sino expectativas de comportamiento generadas en una sociedad. Si la conducta ajena y la propia fueran tan imprevisibles que nunca pudiéramos esperar que los padres cuiden de los hijos, o que las gentes conocidas se saluden, o que el personal sanitario intente atender a los pacientes, nadie podría proyectar ni un solo día de su vida porque ignoraría por completo cuáles pueden ser los comportamientos de los demás.

Por el contrario, las sociedades subsisten porque en ellas se producen unas regularidades en os comportamientos, que permiten a cada persona esperar en sentido amplio cómo van a actuar aquellos con los que va a compartir el día: que el profesor estará en el aula a la hora habitual o que, en caso contrario, dará razón de su ausencia que el restaurante servirá comidas a determinadas horas. Y así, esa trama de regularidades que en realidad constituyen el esqueleto de una sociedad, su estructura, aquello por lo que podemos hablar de una sociedad y no de un conglomerado de individuos atomizados.

No tienen, pues, las normas en principio ese carácter desagradablemente prescriptivo a contrapelo que les suelen atribuir en la pregunta "¿por qué debo, si en realidad no lo deseo?" Simplemente las normas son regularidades sociales, que permiten a las personas y a las entidades organizar un tanto sus vidas sobre la base de esperar que, en general, esas regularidades se cumplan.

Adela Cortina.
Hasta un pueblo de Demonios. Taurus, Madrid, 1998, Página 27.

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