Consultorio Ético de la Fundación Gabo
22 de Septiembre de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

¿El tema del defensor del lector ha sido encuadrado dentro de alguna teoría de la comunicación? El Defensor del Lector, lo mismo que el tema de la autorregulación, están enmarcados dentro del capítulo de la ética profesional del periodista y, dentro de un contexto más amplio, en la ética de la comunicación.

Es significativo que no les encuentre marcos teóricos porque la ética es, ante todo, un saber práctico, según la expresión de Aristóteles que rescata, entre otros, Adela Cortina (ver Documentación).

Obsérvese la insistencia en lo práctico cuando se trata de definir lo ético: "lo ético es un modo de ser, o carácter impreso en el alma por el hábito" escribió el filósofo español J.L. Aranguren el francés La Bruyere, a su vez, dejó dicho que la ética "es una ciencia descriptiva (subrayo esta palabra) que por medio del lenguaje expresa la actitud moral". Nada de teorías, descripción de actitudes.

Otras dos definiciones usuales en los manuales: "La ética es el estudio de la actitud humana acostumbrada". Y "ciencia que estudia las costumbres y la naturaleza humana". El mismo Kant describe la ética como "la ley moral en mi corazón", es, pues, un hecho no susceptible de teorías. Y si regresamos a Aristóteles, "la ética es la obediencia a la propia naturaleza".

La autorregulación y uno de sus instrumentos, el Defensor del Lector, son respuestas prácticas a la necesidad de que periodistas y medios de comunicación tengan a la mano mecanismos o personas que les mantengan presente el deber ser de la profesión. Tiene por consiguiente, si lo necesitara, el mismo marco teórico de la ética.

Documentación.

COSTUMBRES Y JUSTICIA

Ciertamente, las expresiones "moral" y "ética" coinciden en referirse al "hacerse a si mismas" de las personas y las organizaciones, por el hecho de contar con dos vocablos diferentes para expresar lo mismo ha permitido en círculos especializados utilizarlos con significados análogos, es decir, en parte iguales y en parte diferentes.

Una de tales posibilidades es la que adjudica el nombre de "ética" al carácter de los pueblos y organizaciones, pero entendiendo ahora como el conjunto de costumbres y hábitos que componen su vida cotidiana y que son el resultado de la historia y de las tradiciones de ese pueblo.

Pero tampoco está de más, para adentrarse en esta ética de los usos y as costumbres, observar la vida corriente y atender a los medios de comunicación. Son tribunas óptimas para percatarse de qué es lo que realmente mueve as obrar a las personas y las instituciones, qué es lo que les importa verdaderamente. Si no son, al fin de cuentas, los "códigos rojos", de los que hablaremos más adelante, los que funcionan en la vida cotidiana.

Con el término "moral" nos referimos a una dimensión del carácter, propia de mundo moderno. Los usos y costumbres pueden ser justos o injustos y ante la necesidad de decidir cuáles son los justos y cuáles no, resulta razonable recurrir de nuevo a lo que se acostumbra. La costumbre sería entonces juez y parte, con lo que la cuestión quedaría sin zanjar y, a mayor abundamiento, mal podría haber un progreso moral. Como si preguntáramos a los miembros del Ku Klux Klan, acostumbrados a maltratar a los negros, si les parece una costumbre justa.

Ante la cuestión de tal envergadura la solución de la más fecunda ética moderna consiste en señalar que, para determinar qué sea justo o injusto, es preciso asumir un "punto de vista moral", una perspectiva que no identifica con ninguno de los usos y costumbres vigentes, aunque esté conectado con ellos. Para decidir si es justo traicionar, mentir o torturar es preciso adoptar una peculiar perspectiva: la de la universalidad. ¿Son estas actuaciones propias de los seres humanos o, por el contrario, deshumanizan? La pregunta no es si benefician a mí o a los míos, sino si es propio de seres humanos hacerlo.

Fue Hegel quien puso por nombre "eticidad" a esa dimensión del carácter formada por las costumbres de los pueblos, y "moralidad" al punto de vista de vista de la universalidad, y aunque aquí no pretendemos fidelidad al tecnicismo hegeliano, es fecundo para percatarnos de que esbozar una ética pública exige atender a los dos lados del carácter de las organizaciones y las instituciones: el de los hábitos y costumbres, y el del ideal de universalidad desde el que se determina lo justo y lo injusto.

Cortina Adela
Hasta un pueblo de demonios. ética pública y sociedad, Ed. Taurus, Bogotá, 1998, p. 29-30.

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