Consultorio Ético de la Fundación Gabo
22 de Septiembre de 2016

Consultorio Ético de la Fundación Gabo

¿Se puede ser ético cuando se trabaja en un medio sensacionalista? ¿Se puede dignificar de alguna manera el trabajo en ese medio? La ética de un periodista no depende de nadie más que de él mismo. Una decisión ética es autónoma, no depende de agentes externos, aunque sí puede estar influida por ellos. En un medio sensacionalista es evidente que habrá ese condicionamiento puesto que impera una política informativa que guía todas las actividades por tanto se tendrán por buenos los materiales informativos que obedezcan a ese propósito y se rechazarán o subestimarán los que se le apartan.

Una pieza periodística sensacionalista no puede ser digna puesto que desconoce la naturaleza de lo periodístico, que reclama la verdad de los hechos en su integridad pero dentro del propósito de atraer lectores y conservar su fidelidad, caben formas periodísticas capaces de atraer y retener a los lectores, sin apelar al recurso grueso de excitar sus pasiones primarias.

El sensacionalista subestima la capacidad de sus lectores y sus propias posibilidades para lograr un relato de os hechos que, siendo inteligente, cautive su atención. Una historia bien contada, con todos los recursos de un buen relato, seduce y capta lectores a la vez que es una expresión de respeto por la inteligencia de los receptores de la información.

Esta de la historia bien contada, puede ser una de las técnicas utilizables en un medio sensacionalista. Pero antes que técnico, el problema es de actitud. Se trata de ejercer dignamente la profesión y de dignificar a los lectores. Cuando esto existe, lo demás viene por añadidura.

Documentación.

Un reportaje, una crónica, un perfil, una entrevista tratan de presentar seres, cosas y sentimientos existentes positivamente en la realidad que existe en el mundo cotidiano con independencia de toda relación con el arte de la escritura.

El inglés Edward Morgan Forster dice: el hombre de Neandertal escuchaba historias, si hemos de juzgar por la forma de su cráneo. Su primitivo público estaba constituido por tipos desgreñados que, cansados de enfrentarse con mamuts o rinocerontes lanudos, miraban boquiabiertos en torno de una fogata. Y sólo los mantenía despiertos el suspenso. ¿Qué ocurriría a continuación? El novelista seguía su relato con voz monótona y en cuanto el auditorio adivinaba lo que ocurriría a continuación, se quedaban dormidos o le mataban. Podemos calcular el riesgo que corrían si pensamos en la profesión de Scherezada en tiempos algo posteriores. Si la joven escapó a su destino fue porque supo esgrimir el arma del suspenso, el único recurso literario que surte efecto ante tiranos y salvajes. Si sobrevivió fue gracias a que se las compuso para que el rey se preguntara siempre qué ocurriría a continuación.

A todos nosotros nos pasa como al marido de Scherezada, queremos saber lo que ocurrirá después. Esto es universal y es la razón por la que el hilo conductor es una historia. Una historia es una narración de sucesos ordenados en un orden temporal. La historia solamente puede tener un mérito: conseguir que el público quiera saber qué ocurre después. A la inversa, solo puede tener un defecto: que el público no quiera saber lo que ocurre después.

Juan José Hoyos.
Escribiendo Historias. Editorial de la Universidad de Antioquia. Medellín, 2003, páginas 41 y 42.

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