Las hortalizas del maestro Cassiani

Las hortalizas del maestro Cassiani

En Palenque no es difícil encontrar a nadie. Basta con andar un par de cuadras, voltear a la derecha y preguntar «Disculpe, ¿la casa de perenjano?» para que alguien, apoyado en el portal te diga «sí, cómo no» o «no, dos cuadras más abajo. A la izquierda». Por las calles de tierra pisada merodean con libertad cerdos y caballos y, como en tantos pueblos del trópico, la gente se sienta alternativamente en los aleros de las casas para coger fresco y mirar lo poco que pasa en la calle en frente, o en la penumbra de las salas, donde ven en cambio televisión.
Karim Ganem

En Palenque hay dos barrios: arriba y abajo. Pero en un pueblo de 3.000 personas esa división tiene como único fin práctico poner distancia entre los amantes, hacer dos grupos de contrincantes para los encuentros de boxeo amateur, y el que sus habitantes puedan, desde un punto cualquiera, ser capaces de decir aquí y allá. Veinte periodistas nos reunimos en la casa de la cultura, donde un historiador local nos hace una introducción al lugar. Nos cuenta, por ejemplo, que tantos palenqueros se apellidan Cassiani gracias a un obispo conciliador y sinvergüenza que intercedió en las negociaciones de paz entre el pueblo y las autoridades coloniales de Cartagena. Como parte del trato, el cura bautizó a todos los niños, aprovechando de paso para esquivar sus votos de castidad y asegurarse una vasta descendencia postiza. Entre los descendientes de cartón de ese clérigo con una lujuria abstracta está el exponente principal de la música palenquera, quien lleva el apellido al cuadrado: Rafael Cassiani Cassiani. La única persona en Palenque, según Juana la del restaurante, con maticas de bleo en el patio. 

En Palenque no es difícil encontrar a nadie. Basta con andar un par de cuadras, voltear a la derecha y preguntar «Disculpe, ¿la casa de perenjano?» para que alguien, apoyado en el portal te diga «sí, cómo no» o «no, dos cuadras más abajo. A la izquierda». Por las calles de tierra pisada merodean con libertad cerdos y caballos y, como en tantos pueblos del trópico, la gente se sienta alternativamente en los aleros de las casas para coger fresco y mirar lo poco que pasa en la calle en frente, o en la penumbra de las salas, donde ven en cambio televisión.

Abordo a un muchacho alto que luce la prematura adultez propia de la gordura y le pido direcciones. Él señala adelante sin frenar y asiente como diciendo que me lleva. Voy mirando la maleza que crece a lado y lado del camino en solares y cualquier pedazo de tierra que no esté muy amarilla, en busca del bleo, y entonces me doy cuenta que no sé cómo es. Le pregunto al muchacho.

-Le toca ir al monte. Acá donde aparezca se lo comen. 

Llegamos a una cancha de tierra en un baldío, con dos grandes árboles a un costado. La casa de Rafael Cassiani Cassiani está del otro lado. Debajo de uno de los árboles, dos niños pequeños se turnan para patear un balón hacia arriba, intentando atorarlo en las ramas, como si emprender la misión de bajarlo pudiera hacer la tarde más emocionante. 

La casa de RCC, como la mayoría en Palenque, no tiene puerta, y se puede entrar en ella simplemente entrando. Cuando me asomo dentro, la claridad que hay afuera provoca un fundido a negro en su interior. Una mujer que ha dejado de barrer me mira, recortada contra paredes llenas de retratos al oleo, impresiones digitales, carteles, panfletos y todos los formatos posibles del retrato de quien me imagino debe ser el maestro fundador de El Sexteto Tabalá. Pregunto por él; «Sí, cómo no», me dice ella y me conduce al patio. Me digo que ningún desconocido podría entrar de forma tan sencilla en mi casa.

Rafael Cassiani Cassiani está bajo un quiosco, apoltronado en su silla, con los brazos reposando a lado y lado, vistiendo sobre su pecho desnudo solo una medalla dorada con un collar anaranjado. Después de presentarme, le cuento la razón de mi visita. RCC parece sorprendido de que yo busque una humilde matica en lugar de buscarlo a él, pero el desconcierto se le pasa rápido. A su lado, en una silla plástica, hay una pila de CDs. El viejo resabiado debe saber de la masiva llegada de periodistas al pueblo y, como se sabe un personaje, tiene preparado la imagen pa la foto y el stock pa las ventas. Pero a mí no me interesa su maestría musical, sino sus dotes de horticultor.

–Compadre, venga y le muestro lo que quedó –dice.

Vamos hasta la vaya trasera, donde RCC se agacha con dificultad y agarra una planta todavía pequeña.

–Esto crece así, de este tamaño -dice, alzando su mano como metro y medio–. Ya cuando está así, uno se lo trae y las mujeres lo hacen con arroz. Ese plato es riquísimo, compadre, y aquí lo preparan bien bueno. Aunque acá en mi casa no, porque mi compañera de ahora es barranquillera.

RCC nota que me quedo viendo su medalla.

–Ah, es que yo soy músico…

–Yo sé maestro. Usted es del Sexteto Tabalá –le digo, y él sonríe.

–El fundador y director. Esta fue una presentación que hice en el Hotel Golf de Barranquilla y cuando terminé los congresistas me la dieron. Es la Orden del Congreso de Colombia. Eso fue en el 2011 y desde eso la llevo establemente. Bueno, más bien acá porque en Barranquilla y Cartagena es peligroso, me la pueden jalar y se la llevan.

En la pared del patio tiene pintado los instrumentos del sexteto. Y me los señala.

-Seis integrantes, cada uno con su instrumento. La conga, esta es la marimba, estos son los bongós, esta es la maraca y esta la guacharaca. Yo tocaba esta, ve –señala la marimba–. Voy a sacarla. 

Rafael Cassiani Cassiani no puede resistir la oportunidad de desplegar su talento y toca la marimba para mí. Yo lo escucho maravillado, pero esperando seguir con mi búsqueda.

–¿Usted participó en el libro de cocina palenquera? Escuché que casi todo el pueblo hizo algo.

–Yo no, pero la canción que llevaron a China fue compuesta por mí. «La puncherita». Y por eso se ganaron el premio ese de cocina. Mira, esa canción la tengo grabada aquí –toma uno de los CDs de la silla rimax y me lo pasa–. Esto lo grabamos con Lucas Silva en el 2000. Es nuestro segundo disco. 

Recorro los tracks del álbum y veo que hay uno que dice «Intro de Víctor Cimarra». Así, con C.

–¿Son amigos con Víctor Simarra?

RCC suelta una risita amortiguada por encías donde faltan algunos dientes. La primera risa cómoda que le escucho desde que llegué y una especie de burla hacia mi ingenuidad.

–Ese es mi sobrino. 

Luego señala la matica.

–Cuando vino trajo una mata de bleo. Después me la empezaron a agarrar y a joderla y la mataron. Pero de esa nació esa pequeña que está ahí. Por aquí no vas a encontrar más nada pero en el monte hay en cualquier parte. Es bien silvestre.

Le agradezco y me levanto para irme, pero noto que el viejo está esperando algo e intuyo qué es.

–Me gustaría llevarme el disco, maestro. ¿Cuánto cuesta?

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