¿Cómo debe actuar un periodista ante las amenazas?
21 de Septiembre de 2016

¿Cómo debe actuar un periodista ante las amenazas?

Ante las amenazas que recibe un periodista que informa sobre las irregularidades que se presentan en los entes municipales, ¿debe hacer caso omiso de las amenazas y seguir informando? O ¿hacerse a un lado y callar la verdad?

Respuesta :De las amenazas no se debe hacer caso omiso; se las ha de tener en cuenta como otro de los obstáculos que el periodista encuentra en su ejercicio profesional. La amenaza es, por tanto, otro obstáculo; no es el obstáculo. Callar como respuesta a la amenaza, es una manera de reaccionar frente al obstáculo; pero no es la única. Algunos aprovechan la amenaza para hacer autocrítica de su trabajo: ¿algo falla en su actividad profesional? ¿Quien amenaza echa mano de un medio drástico, indignado por la inexactitud de la información? ¿O por su tono? ¿O porque algo omite? Cuando estas y otras preguntas dejan en evidencia fallas profesionales, lo correcto es corregirlas y no utilizar la amenaza recibida como pretexto para mantener los mismos errores, magnificados por una aureola de heroísmo o de martirio. Hay quien, después de mirar y comprobar la exactitud y pertinencia de la información busca otros medios para hacerla conocer, con tanta mayor razón puesto que alguien quiere silenciarla; todo esto bajo la convicción de que su deber es hacer llegar la información a pesar de todo y no importa si a través de su medio o de otro, con su nombre o con seudónimo, o sin nombre alguno, desde otro lugar o desde otro país, porque lo que importa es que el hecho, la advertencia o la denuncia se conozcan. En últimas, la amenaza pone a prueba la consistencia profesional del periodista y su nivel ético. Los más ejemplares son los que entienden que informar es su misión y al cumplimiento de esa misión le entregan todo.

Documentación

 Camps Victoria, El malestar de la vida pública, Ed Grijalbo , Barcelona, 1996, p.62-63. En cuanto a la ética, la evolución que ha experimentado ha significado al tiempo una subjetivación y una universalización. La célebre frase de Kant, “la ley moral en mi corazón”, lo expresa perfectamente: la moral es ley, pero una ley no escrita por nadie, sino inscrita en el corazón de cada individuo. A medida que se seculariza el pensamiento, lo hace también la ley moral que deja de ser heterónoma para ser autónoma. Una autonomía sin embargo, para hacer “lo que se deber hacer”, y no para hacer lo que a uno se le antoje. Tras varias secularizaciones, sólo nos queda la libertad, pero una libertad desorientada y vacilante. Por una parte, somos víctimas de las fuerzas que realmente mueven a las sociedades y que producen una homogenización, una universalización de las costumbres pero que no satisface como meta, porque es consecuencia de la masificación y de la mediocridad que la sociedad de masas trae consigo. Por otro lado, nos damos cuenta de que la única forma de combatir la indiferencia, la única forma de rebelarnos contra ese tout est bien que tanto exasperaba a Voltaire, es imponiéndonos unos límites imbatibles y recuperando unos criterios que sirvan de conexión y de freno a la inercia de los poderes que nos arrastran sin que se note. La libertad es algo más que la anuencia con el “todo vale”. Y es que el movimiento liberalizador del individuo y sus diferencias, que nace y se desarrolla con la modernidad y significa progreso, se ha conseguido a fuerza de ir ganando en eso que Isaiah Berlin ha definido magistralmente como “libertad negatividad”. La libertad que consiste en la desregulación, en la ausencia de normas y coacciones, en la capacidad para hacer lo que uno quiere sin que nadie lo impida. Una libertad sin norte, puesto que de eso se trata: que cada cual determine el rumbo que quiere dar a su vida. El ser humano –dijo Kant- debe ser autónomo, darse a sí mismo las normas y no someterse sólo a normas establecidas por otros.

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