Un delirio latinoamericano de orfandad

Un delirio latinoamericano de orfandad

Zama de Lucrecia Martel: un filme sobre la ansiedad universal de ser salvados y una reflexión acerca de la necesidad de la autosalvación.
Zama, la película making of.
Teresita Goyeneche

Las chicharras de la selva se ensañan con los oídos de los espectadores. Tal vez hablan entre ellas y nosotros no las entendemos. Es finales del siglo XVIII, la vegetación es tupida, las nuevas ciudades de este continente apenas empiezan a construirse, las lenguas y los acentos son abundantes. Lucrecia Martel presenta en Zama, su nueva película, una historia sobre el momento en el que nació una de las especies más recientes del planeta: el mestizo americano.

El largometraje de un poco más de noventa minutos es una adaptación de la novela del también argentino Antonio Di Benedetto, un libro que J.M. Coetzee describe como “el sueño de recuperar el Edén”. Sin embargo, la película no conserva el tono y la mirada del escritor. Los largos monólogos interiores del protagonista del libro son remplazados en la película por lo que observa Don Diego de Zama, interpretado por Daniel Giménez. Según Martel, la película es fiel a lo que la novela despertó en ella como lectora.

Zama es la historia de un funcionario de la Corona,  nacido en América, que desde hace poco más de un año vive en un punto de la región del Gran Chaco, un territorio que se extiende sobre la intersección entre Argentina, Paraguay, Bolivia y Brasil. Desde el primer plano del hombre, que permanece estático, escuchamos y vemos los movimientos de los animales y las personas que orbitan alrededor de su vida.

La película es un desvarío selvático, un invento de la imaginación de Zama, que pasará años buscando el favor del gobernador para ser trasladado de esa región que nunca se nombra. El hombre de mediana edad sueña siempre con el viejo mundo al que quiere pertenecer, esperando a ser rescatado por ese padre simbólico: la gran patria ibérica. Don Diego se ancla en el recuerdo de su esposa e hijos en otro lugar del continente americano y les escribe cartas; en cambio, vive en conflicto con la existencia cercana de su pequeño hijo natural, fruto de una relación reciente con una mujer indígena; y se pierde en el erotismo de las varias mujeres que lo rodean en esa realidad bucólica.

La película es también el primer trabajo de Martel en nueve años. Una producción que experimenta con el lenguaje y la diversidad propia de una región que se caracteriza por su multiplicidad étnica. Un rasgo que Martel mantiene en la composición de algunas de sus obras anteriores como La mujer sin cabeza y el corto Nueva Argirópolis. La directora se divierte recordando que nació en un país que aún cree en ese mito de que todos sus habitantes son hijos de inmigrantes europeos, aunque solo en Salta, la provincia donde ella nació, se hablan trece lenguas nativas.

En este último trabajo de Martel los personajes hablan entre ellos y luego se repiten, como si enseguida olvidaran lo que acaban de decir. Una reiteración que genera la sensación de déjà vu, de tiempo suspendido. Una atmosfera ralentizada y claustrofóbica que nos instala en una pesadilla tragicómica. Zama quiere independencia y para hacerlo necesita escribir cartas a España, aunque su familia está en América. Las cartas deben ser dos: en la primera se solicita el favor del rey; en la segunda se le recuerda la solicitud al ocupado monarca. Aunque sabemos que el funcionario envía una primera carta, al final de la película el Zama ha perdido la esperanza de ser escuchado. No consigue ser un español de verdad, pero tampoco se siente americano.

En uno de los planos magistrales de la película –cielo azul, verdes exuberantes—seguimos una travesía oficial en busca de un subversivo que fomenta la rebelión de los indígenas. Entonces, nuestro protagonista es atrapado por una revelación sorpresiva que aquí solo revelaremos parcialmente: el rebelde de los pueblos nativos es un muchacho parecido a él cuando era más joven. Ya en este punto llevamos largos minutos con el sinsabor de la espera.

Al final de la película nos queda un desasosiego. Nosotros, los espectadores latinoamericanos, reconocemos esa impaciencia por ser salvados. Es un rasgo que permanece transversal en el carácter de nuestra región. Para amortiguar la crisis existencial que produce su nueva obra, Martel me recibió junto a otros periodistas en su hotel, frente a una piscina con vista al mar. Es el último día del Festival Internacional de Cine de Cartagena, FICCI.  En sus lentes ahumados con marco blanco y felino se reflejan los últimos rayos de la tarde. La locación es una contradicción a su discurso, sus respuestas a mis preguntas como espectadora son una reafirmación de la confusión.

–¿Cómo defines la latinoamericanidad, Lucrecia?

–A mí no me importa lo latinoamericano, ni lo norteamericano, ni lo europeo. A mí me da pena que el mundo deje de ser diverso. En ese sentido, cualquier pérdida de diversidad me parece una pena. Para ponernos de acuerdo no hace falta que seamos iguales, es posible un dialogo entre gente diferente. Lo que nos haría más fuertes no es necesariamente unirnos, sino trabajar más en las cosas e historias que nos hacen especialmente diversos, qué circulen más nuestro cine, nuestros libros. Quizás sería bueno no defendernos tanto, sino disfrutar más las cosas particulares que pasan en este continente.

–¿Y no te parece que hace falta una voluntad general y consciente para mostrarnos más diversos en la pantalla?

–La representación de la diversidad latinoamericana en nuestras películas es mínima, pero es porque el cine sigue siendo una expresión de la clase media blanca que no es estrictamente americana, ni goda, ni aria. Existe una clase media que viene de Europa y que parece ser la única que se expresa. Pero, lo que hace más sabroso este continente son las cuestiones populares. Curiosamente, quienes producen y hacen circular proyectos son una clase media que no puede disfrutar el lugar donde está.

 Disfrutar de donde estamos. Martel nos tira un hueso, nos hace girar el dedo y apuntarlo hacía nuestro propio pecho. Zama pasa su vida esperando ser salvado, y la directora nos dice: no necesitamos a un padre que nos salve, aquí estamos, cada uno en su diferencia, listos para salvarnos a nosotros mismos.

*Este texto también fue publicado en El Malpensante.

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