Germán Castro Caycedo, el maestro de periodismo que no era buen escritor
5 de Agosto de 2021

Germán Castro Caycedo, el maestro de periodismo que no era buen escritor

Eso era lo que les decía el periodista de investigación, nacido en Zipaquirá, a sus alumnos del taller de reportaje de la Fundación Gabo. Pero tenía una fórmula infalible para remediar ese mal.
Germán Castro Caycedo y sus alumnos de la Fundación Gabo, en la terraza de El Universal.
Andrea Jiménez Jiménez

Decía que no era un buen escritor, pero para entonces ya había publicado ocho libros. El pecado de no escribir con maestría lo compensaba con una reportería intensa, incansable, abrumadora. Conversador consumado, no le suponía un esfuerzo mayor sentarse durante horas con alguien y escuchar su historia. Así entretejía una más grande, una narración mayor, que solía acabar en libros completos, títulos que son clásicos, y que lo eran ya desde que Germán Castro Caycedo vivía para contar cómo era que lo conseguía.

Lo hizo así, un día tras otro, en Cartagena, en el octubre de 1995, cuando se sentó frente a 10 jóvenes periodistas de las principales salas de redacción colombianas y les reveló todo cuando sabía, todo cuanto había hecho para escribir obras que empezaron a leerse con avidez, especialmente, en las facultades de periodismo del país.

Habló de esa vez en La Guajira en la que, a punto ya de renunciar a dar con una fuente, se encontró con un conocido que le dictó el camino para llegar a ella. Hugo Penso, que en ese momento tenía cuatro años trabajando como redactor político del diario El Heraldo, y que hoy es periodista de la Agencia EFE, lo recuerda con detalle:

“Él contó que cuando trabajaba en la Unidad Investigativa de El Tiempo llegaron unas señoras guajiras a publicar una información sobre su hermano, que lo iban a extraditar por narcotráfico. Al final, cuenta él, que no fue la información que salió y al tipo no lo extraditaron, y a las señoras no las volvió a ver. Muchos años después él comienza a escribir El Karina porque alguien le dijo: “Ve, El Karina, ese buque, hay unos que están vivos en tal parte”, y ahí comenzó él a pensar en El Karina como un trabajo periodístico. Después se entera investigando que las armas que tenían en El Karina venían en dos lotes: uno en El Karina y otro por aire, en un avión que tenía que aterrizar en la Alta Guajira, en un lugar al que él tenía que ir y ver quién podía servirle de contacto en ese momento. Y al final recuerdo que estuvo varios días buscando y ya estaba listo para darse por vencido, ya se iba, y un día en una ranchería, a donde llegó a tomarse algo, se estaba empinando una gaseosa y alguien por detrás le dice: “Germán Castro Caycedo, ¡mi primo hermano!”, y él se voltea y era precisamente el marimbero que iban a extraditar, y él le dice: “Estoy tratando de buscar esto”, y esa persona le sirvió de contacto, y ahí sí pudo recrear toda esa parte de las armas que llegaron por aire”.

 

Historias es lo que hay, porque historias fue lo que se dedicó a hacer a lo largo de su vida Castro Caycedo. Historias en las que podía invertir muchísimo tiempo, porque su labor en la Unidad Investigativa del periódico El Tiempo se lo permitía, pero historias que también animó a buscar a esos 10 jóvenes reporteros cuyo trabajo respondía más a la labor diaria que a la de largo aliento. Y además de historias: técnica, metodología. Precisamente así se llama este, otro de los míticos talleres de la Fundación Gabo: ‘Metodología de trabajo de campo para el reportaje escrito’.

Esa suerte de influjo que guarda cada maestro y traslada a sus estudiantes en los talleres, esa cierta responsabilidad de hacer valer lo enseñado, la recuerda Juan Gonzalo Betancur, profesor de periodismo de la Universidad Eafit, y quien llegó al taller siendo periodista del diario El Colombiano, emocionado por demás de conocer a un referente e “ídolo”. “Cuando uno da clases con esos maestros, uno queda con la obligación interna, moral, de no defraudarlos, así ellos no lo vayan a leer nunca. Entonces cuando hacía crónicas, reportajes, trataba de hacerlo. Tratar de apuntar algunos detalles, investigar dos o tres cosas, no con la profundidad y rigurosidad con la que él lo hacía, porque trabajábamos para la edición del próximo domingo o un par de días, pero uno trataba de incluir estos elementos”.

Esa diversidad de fuentes fue el gran aprendizaje de Juan Gonzalo en este taller, y con ese conocimiento se quedó para seguir enfrentando y escribiendo temas judiciales, de violencia y conflicto armado, muy coyunturales en ese momento, “porque el país estaba completamente incendiado y esos temas estaban en la primera línea informativa de los medios”.

Ese panorama fue el que abrió la oportunidad de un taller con Castro Caycedo, como lo precisa Gustavo Arango, otro de los pupilos del maestro que se dedica a la enseñanza, pero él lo hace dictando las clases de Literatura en Nueva York:

“Como periodista de El Universal de Cartagena, tenía la suerte de estar muy enterado de las actividades de la Fundación. Desde los inicios de la FNPI hubo una colaboración estrecha con el periódico donde García Márquez se inició como periodista y los primeros talleres tuvieron lugar en la sede de El Universal en el Pie del Cerro. Las convocatorias se divulgaban ampliamente por toda Latinoamérica (los correos electrónicos empezaban a popularizarse) y, además del privilegio de aprender de los mejores exponentes del periodismo, teníamos también la oportunidad de conocer y compartir varios días con jóvenes colegas de todo el continente. Para el taller de Germán Castro, la convocatoria estaba dirigida a periodistas investigativos, un tipo de periodismo que a mediados de la década del 1990 cumplía una función central para ayudar a entender la compleja situación política y social del país”.

Lo innegociable

La rigurosidad y el exceso de datos -que nunca será excesivo- fue uno de los principios de Germán Castro Caycedo a lo largo de su carrera, y eso indudablemente fue lo que les transmitió a sus alumnos en este taller en Cartagena.

Eso es lo que explica por qué otra de las grandes enseñanzas que les dejó, como recuerda Hugo Penso, es defender y trabajar por esas historias reposadas, de largo aliento, que tanto oxigenan al periodista dedicado al día a día: “No dejen que el trabajo diario los consuma”, decía. 

También tenía otros innegociables. “Con Germán Castro entendí que, sin importar la importancia o el tamaño del medio en que se trabaje, el periodista necesita una base moral para ejercer su trabajo. También, que el compromiso principal no es con las empresas periodísticas o los patrocinadores sino con la sociedad”, recuerda Gustavo Arango.

Fiel a sus siestas de mediodía, que sagradamente respetó durante su estadía en Cartagena, también lo fue a sus viajes de reportero nato, como ese que emprendió en el Buque Gloria para corroborar de qué color era el atardecer vespertino y poderlo narrar —porque lo vivió— en El Hurakán, esa suerte de nuevas crónicas de Indias, en las que contó historias de “piratas, brujas, santos, conquistadores, indios, tempestades y naufragios”. Fue devoto de los párrafos que, tras su aparente simpleza, llevaron meses de trabajo e investigación: de la fuerza de los datos.

Tampoco cedió a la vanidad, la que pudo sacar por su trabajo, por sus libros, sus investigaciones, sus párrafos de meses… “Fue tremendamente respetuoso con todos nosotros”, apunta Juan Gonzalo Betancur. Lo fue cuando le pidió llevar a cada alumno una crónica muy buena y una crónica muy mala que hubieran escrito. “Yo recuerdo que llevé una que hacía parte de un especial que incluso ganó Premio Simón Bolívar sobre desplazamiento forzado. A él le gustó mucho la crónica, pero le pareció muy malo el final. Al final hice una reflexión toda académica y dañó todo el relato, y él me lo dijo de una manera muy educada, las observaciones no fueron destructivas: “Esto tiene estos problemas, esto lo hubiera planteado de otra manera”, y uno sentía no un regaño sino unas observaciones muy pertinentes”. 

Lo corrobora Arango con una frase que lo dice todo: “Nos hacía sentir importantes”.

Tan importantes fueron sus alumnos que el mismo Gustavo contó con un privilegio que siempre recordará: “En aquel tiempo yo estaba terminando de escribir Un ramo de nomeolvides, un libro sobre los inicios de Gabriel García Márquez en El Universal de Cartagena. A pesar de que no tenía por qué hacerlo, en aquellos breves días Germán Castro leyó el borrador de mi libro y me dio recomendaciones muy valiosas para mejorarlo. Siempre me he sentido honrado por ese privilegio”.

No lo olvidará nunca, porque los maestros son imborrables

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