Resultado de las elecciones aumenta riesgos para periodistas brasileños
29 de Octubre de 2018

Resultado de las elecciones aumenta riesgos para periodistas brasileños

El efecto que pueda tener en el periodismo brasileño el triunfo de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales es analizado por Rogério Christofoletti, investigador del Observatorio de la Ética Periodística (objETHOS).
Jair Bolsonaro, presidente electo de Brasil | Fotografía: Agência Brasil Fotografias en Flickr. Usada bajo licencia Creative Commons.
Rogério Christofoletti

(Texto original em português abaixo).

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Tenemos motivos de sobra para creer en un futuro sombrío para el periodismo brasileño. Los resultados de las elecciones del domingo no sólo llevaron a un candidato autoritario a la presidencia de la República como también concedieron poder único a un político que abomina la crítica, no tolera diálogo y no respeta a periodistas. El dueño de la banda presidencial el 1 de enero de 2019 tiene una carrera parlamentaria tímida, movida a frases machistas, racistas y homofóbicas, y que no le gusta exponerse al juicio público. Irascible, es también conocido por sus elogios a la tortura y a la dictadura militar, credenciales que desatan completamente la investidura del cargo que va a ocupar en la que fue conocida como la mayor democracia del hemisferio sur.

Este comportamiento contrario a la indagación de los medios no es de hoy, y la campaña electoral sólo acentuó esa marca. El candidato de ultra-derecha evitó preguntas cuantas veces pudo, se blindó contra las preguntas que lo incomodaban y se refugió en su casa y en el hospital, recibiendo sólo entrevistadores amables de emisoras que juzgó confiables.

En los casi dos meses de carrera presidencial, fue a sólo dos debates en la televisión, e incluso después de recuperarse del atentado que sufrió, faltó a los demás. Con eso, llevó a seis emisoras diferentes a cancelar programas en la recta final de la campaña, privando a los votantes de asistir a una confrontación con su principal competidor. Aunque los médicos ya le permitían al candidato asistir a los debates y el 73% de los brasileños querían verlo en esa situación, él prefirió distribuir tweets y hacer transmisiones en directo por las redes sociales. Cualquier semejanza con otro político controvertido y que repudia a los grandes medios no es mera coincidencia.

Alertas internacionales

Un puñado de ironías rodean la elección presidencial de 2018. La primera de ellas es que los brasileños recurrieron a los propios dispositivos democráticos para restaurar el militarismo y el autoritarismo en la política. Los elegidos son un ex-capitán y un general retirado del Ejército, ambos nostálgicos de la dictadura militar (1964-1985). Decenas de millones de votos legitiman entonces las acciones de una plataforma electoral, que desprecia de los derechos humanos, que se burla de minorías y que no titubea al perseguir a grupos marginados. Adicionalmente, la violencia estuvo presente en la primera etapa de la campaña y se registraron numerosas ofensas contra grupos de la sociedad que ayudaron a elegirlo. Otra ironía: la votación de la segunda vuelta se dio tres días después de que se cumplieran 43 años del brutal asesinato del periodista Vladimir Herzog en las bodegas de la dictadura militar. Para quien todavía cree en la democracia es una pesadilla: parece que la sociedad brasileña sufrió un ataque de amnesia colectiva.

Ironías aparte, no faltaron advertencias de que el líder de las encuestas representaba un riesgo para el país. The New York Times, The Guardian, El País, entre otros medios internacionales escribieron editoriales, dedicaron ediciones enteras y ofrecieron reportajes críticos. En las tierras brasileñas, The Intercept, El País, BBC Brasil, Agencia Pública y vehículos alternativos alertaron al electorado de la inconsistencia del plan de gobierno, de la inexperiencia administrativa del candidato, y de su inestabilidad emocional. Pero sectores influyentes de los grandes medios fueron condescendientes con sus posturas discriminatorias, y normalizaron el odio, insistiendo en una imparcialidad artificial e insostenible. Algunos periodistas fueron más incisivos al afirmar que se trataba de un proyecto fascista y que el candidato a la presidencia no estaba solo: sus aliados elegidos para el parlamento tienen como banderas a cadena perpetua, la criminalización de los movimientos sociales y la caza a los comunistas (!). Pocos grandes medios rompieron el cerco e hicieron un periodismo digno de su nombre. A pocos días de la votación final, la Folha de S. Paulo trajo el mejor reportaje de toda la campaña, revelando que varias empresas ayudaban al candidato de la ultraderecha, impulsando noticias falsas contra su rival en WhatsApp. La práctica es ilegal, y el Tribunal Superior Electoral no castigó a la candidatura beneficiada con este esquema. Este reportaje fue un punto positivo, pero la propia ombudsman de Folha lo criticó, acudiendo a la guía de estilo del periódico, por no tachar al candidato de ser de extrema derecha.

Será peor

Brasil y los brasileños podrían haber aprendido de lo que viene sucediendo en Estados Unidos desde la campaña que eligió a Donald Trump. Los resultados de esas elecciones muestran que ignoramos las señales, y que antes de ser elegido, el candidato extremista ya actuaba como Trump. Tras la revelación de Folha de S. Paulo, acusó al periódico de difusión de noticias falsas. Mientras tanto, sus seguidores cobardemente perseguían a la reportera que descubrió el caso. Folha de S.Paulo pidió que la Policía Federal investigara esa y otras amenazas. Fustigar periodistas parece ser una tradición familiar, ya que uno de los hijos del candidato fue denunciado en abril por amenazar a otra reportera.

Se ha demostrado que la agresividad naturalizada de la campaña aumentó la violencia en internet, y no tenemos razones para esperar que desaparezca. El periodista Leonardo Sakamoto teme, incluso, que surjan en los próximos meses oleadas de odio para castigar e intentar callar. Es muy posible que la internet funcione en Brasil como una arena de persecución contra la libertad de expresión y del pensamiento. El futuro morador del Palacio da Alvorada es un experto en el asunto. Según The Intercept, él es autor de 23 acciones para intentar borrar noticias negativas y posts críticos en la red sólo en 2018. "Eso hace de él el político que más accionó al Poder Judicial este año para silenciar a opositores", informa el reportero Eduardo Goulart Andrade.

¿Qué más podemos esperar? Si el modelo es Trump, el nuevo presidente de Brasil va a ofrecer entrevistas colectivas y a impedir que periodistas críticos cubran sus pasos en Brasilia. Se va a volcar a Twitter y WhatsApp para comunicarse con sus electores, ignorando los canales institucionales y de los grandes medios, secuestrando la comunicación con la población. Cada vez más, va a apuntar el dedo acusador a medios críticos, etiquetándolos de “fake news”, y liberando sus falanges de odio hacia nuevos acosos digitales y físicos.

Ser periodista en Brasil se convertirá en una tarea muy desgastante y peligrosa. Si el país ya venía viendo el aumento de la violencia contra reporteros en los últimos años, no tenemos ninguna garantía de que los crímenes contra comunicadores serán investigados y castigados. La Asociación Brasileña de Periodismo Investigativo (Abraji) mostró que ocurrieron más de 140 ataques contra profesionales este año. Lo peor: la violencia aumenta, la impunidad se mantiene y disminuye las posibilidades de frenar esa escalada. La bancada del gobierno recién electa no planea hacer ningún esfuerzo para aprobar proyectos de ley que aumenten la protección de los periodistas.

Con la normalización de los ataques a los medios de comunicación, hacer coberturas de manifestaciones públicas se va a volver muy arriesgado físicamente. Y el riesgo de censura interna en los medios tiende a aumentar. Recientemente, reporteros se quejaron de sentirse amordazados y hubo incluso un comentarista despedido por realizar críticas al candidato que apoyaba su emisora ​​de radio. Si parte de los medios de comunicación siguen adheridos al nuevo gobierno, lo más probable es que haya un aislamiento internacional, y ese apoyo político puede no garantizar más fondos de publicidad gubernamental.

Al diseminar noticias falsas por canales alternativos de comunicación, al perseguir a los medios y al incitar a la población a ponerse en contra de los periodistas, el próximo presidente de la república niega al elector el derecho de acceso a la información.

El panorama es pesimista y no sólo contiene preocupaciones corporativas. Sí, el gobierno recién electo en Brasil traerá más riesgos físicos, morales y políticos para los periodistas. Pero con eso, la democracia y la ciudadanía también serán afectadas. Sin un gobierno transparente, que esté al alcance de los medios y del juicio público, los electores brasileños estarán alienados de cómo se dan las grandes decisiones nacionales y no podrán participar de ellas. Sin un gobierno que se exponga a la crítica y a la fiscalización, el pueblo estará cada vez más privado de su autonomía y soberanía. Los regímenes democráticos exigen visibilidad, limitaciones de poder y obediencia a la voluntad popular. Las sociedades se acostumbraron a delegar al periodismo las funciones públicas de monitoreo de los poderes y revelación de sus entrañas.

El resultado de las elecciones presidenciales de 2018 aumenta riesgos para los periodistas brasileños, para la democracia y la sociedad. Es grave, es urgente y ya está sucediendo.

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Las opiniones expresadas en nuestra sección de blogs reflejan el punto de vista de los autores invitados, y no representan la posición de la FNPI y los patrocinadores de este proyecto respecto a los temas aquí abordados.

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Resultado das eleições aumenta riscos para os jornalistas brasileiros

Rogério Christofoletti, pesquisador do Observatório da Ética Jornalística (objETHOS), Brasil. 

Repórteres e editores têm motivos de sobra para acreditar num futuro sombrio para o jornalismo brasileiro. Os resultados das eleições de ontem não apenas levaram um candidato autoritário à presidência da República como também concederam poder único a um político que abomina a crítica, não suporta diálogo e desrespeita jornalistas. O homem que vestirá a faixa presidencial em 1º de janeiro de 2019 tem uma carreira parlamentar pífia, movida a frases machistas, racistas e homofóbicas, e que não tolera se expor ao julgamento público. De fácil destempero, é também conhecido por seus elogios à tortura e à ditadura militar, credenciais que destoam completamente da investidura do cargo que vai ocupar naquela que foi conhecida como a maior democracia do hemisfério sul.

Esse comportamento avesso ao cerco da mídia não é de hoje, e a campanha eleitoral só acentuou essa marca. O candidato de ultra-direita evitou ser questionado o quanto pôde, blindou-se das perguntas indigestas e refugiou-se em casa e no hospital, recebendo apenas entrevistadores amáveis de emissoras que julgou confiáveis.

Nos quase dois meses de corrida presidencial, foi a apenas dois debates na TV, e mesmo depois de recuperado do atentado que sofreu, faltou aos demais. Com isso, levou seis emissoras diferentes a cancelar programas na reta final da campanha, privando os eleitores de assistirem a um confronto sequer com seu principal concorrente. Aliás, os médicos já tinham liberado o candidato para os debates e 73% dos brasileiros queriam vê-lo nessa situação, mas ele preferiu distribuir tweets e fazer transmissões ao vivo pelas redes sociais. Qualquer semelhança com outro político controverso e que repudia a grande mídia não é mera coincidência.

Alertas internacionais

Um punhado de ironias cercam a eleição presidencial de 2018. A primeira delas é que os brasileiros recorreram aos próprios meios democráticos para restaurar o militarismo e o autoritarismo na política. A chapa eleita é composta por um ex-capitão e um general reformado do Exército, ambos nostálgicos da ditadura militar (1964-1985). Dezenas de milhões de votos legitimam, então, as ações de uma plataforma eleitoral, que desdenha dos direitos humanos, que zomba de minorias e que pode não hesitar em perseguir grupos marginalizados. Aliás, a violência já foi registrada na primeira etapa da campanha e foi possível colecionar as ofensas contra camadas da sociedade que ajudaram a elegê-lo. Outra ironia: a votação do segundo turno se deu três dias depois de se completarem 43 anos do brutal assassinato do jornalista Vladimir Herzog nos porões da ditadura militar. Para quem ainda acredita na democracia é um pesadelo: parece que a sociedade brasileira sofreu um ataque de amnésia coletiva.

Ironias à parte, não faltaram avisos de que o líder das pesquisas representava um risco ao país. The New York Times, The Guardian, El País entre outros meios internacionais escreveram editoriais, dedicaram capas e ofereceram reportagens críticas. Em terras brasileiras, The Intercept, El País, BBC Brasil, Agência Pública e veículos alternativos alertaram o eleitorado da inconsistência do plano de governo, da inexperiência administrativa do candidato, e de sua instabilidade emocional. Parcelas influentes da grande mídia foram condescendentes com suas posturas discriminatórias, e normalizaram o ódio, insistindo numa imparcialidade artificial e insustentável. Alguns jornalistas foram mais incisivos ao afirmar que se tratava de um projeto fascista e que o candidato à presidência não estava sozinho: seus aliados eleitos para o parlamento têm como bandeiras a prisão perpétua, a criminalização dos movimentos sociais e a caça aos comunistas (!). Poucos grandes meios romperam o cerco e fizeram um jornalismo digno do nome. A poucos dias da votação final, a Folha de S. Paulo trouxe a melhor reportagem do período, revelando que empresas ajudavam o candidato da ultra-direita, impulsionando notícias falsas contra seu rival no WhatsApp. A prática é ilegal, e o Tribunal Superior Eleitoral não freou a candidatura beneficiada com o esquema. O furo de reportagem foi um ponto positivo, mas a própria ombudsman da Folha criticou o manual de redação do jornal por não tachar o candidato de extrema-direita.

Vai piorar

O Brasil e os brasileiros poderiam ter aprendido com o que vem acontecendo nos Estados Unidos desde a campanha que elegeu Donald Trump. Os resultados dessas eleições mostram que ignoramos os sinais, e que antes mesmo de ser eleito, o candidato extremista já agia como Trump. Diante da revelação da Folha de S. Paulo, acusou o jornal de espalhar notícias falsas. Enquanto isso, seus seguidores covardemente perseguiam a repórter que descobriu o caso. A Folha de S.Paulo pediu que a Polícia Federal investigasse essa e outras ameaças. Fustigar jornalistas parece ser uma tradição familiar, já que um dos filhos do candidato foi denunciado em abril por ameaçar outra repórter.

Já foi demonstrado que a agressividade naturalizada da campanha aumentou a violência online, e não temos razões para esperar que isso recue. O jornalista Leonardo Sakamoto teme, inclusive, que surjam nos próximos meses milícias de ódio para punir e tentar calar. É muito possível que a internet funcione no Brasil como uma arena de perseguição da liberdade de expressão e do pensamento. O futuro morador do Palácio da Alvorada é um especialista no assunto. De acordo com The Intercept, ele é autor de 23 ações para tentar barrar notícias negativas e posts críticos na rede só em 2018. “Isso faz dele o político que mais acionou o Judiciário este ano para silenciar opositores”, informa o repórter Eduardo Goulart de Andrade.

O que mais podemos esperar? Se o modelo é Trump, o novo presidente do Brasil vai dispensar entrevistas coletivas e descredenciar jornalistas críticos para que não possam cobrir seus passos em Brasília. Vai adotar o Twitter e o WhatsApp para se comunicar com seus eleitores, ignorando os canais institucionais e da grande mídia, sequestrando a comunicação com a população. Cada vez mais, vai apontar o dedo acusador para meios críticos, rotulando-os de “fake news”, e liberando suas falanges de ódio para novos acossamentos digitais e físicos.

Ser jornalista no Brasil vai se tornar uma tarefa muito desgastante e perigosa. Se o país já vinha assistindo ao aumento da violência contra repórteres nos últimos anos, não temos qualquer garantia de que crimes contra comunicadores serão investigados e punidos. Levantamento da Associação Brasileira de Jornalismo Investigativo (Abraji) mostrou que aconteceram mais de 140 ataques contra profissionais neste ano. Pior: a violência aumenta, a impunidade se mantém e diminuem as chances de frear essa escalada. A bancada governista recém-eleita não deve ter nenhuma boa vontade para aprovar projetos de lei que aumentem a proteção dos jornalistas.

Com a naturalização dos ataques à mídia, fazer coberturas de manifestações públicas vai se tornar muito arriscado fisicamente. E o risco de censura interna nos meios tende a aumentar. Recentemente, repórteres se queixaram de se sentir amordaçados e houve até comentarista demitido por críticas feitas ao candidato de sua emissora de rádio. Se parte da mídia continuar aderente ao novo governo, o mais provável é que haja um isolamento internacional, e esse apoio político pode não assegurar mais verbas de publicidade governamental.

Ao disseminar notícias falsas por canais alternativos de comunicação, ao perseguir a mídia e ao incitar a população contra os jornalistas, o próximo presidente da república nega ao eleitor o direito de acesso à informação.

O panorama é pessimista e ele não contém apenas preocupações corporativas. Sim, o governo recém-eleito no Brasil vai trazer mais riscos físicos, morais e políticos aos jornalistas. Mas com isso, a democracia e a cidadania também serão afetadas. Sem um governo transparente, que esteja ao alcance da mídia e do julgamento público, os eleitores brasileiros estarão alienados de como se dão as grandes decisões nacionais e nem poderão participar delas. Sem um governo que se exponha à crítica e à fiscalização, o povo estará cada vez mais privado de sua autonomia e soberania. Regimes democráticos exigem visibilidade, limitações de poder e obediência à vontade popular. As sociedades se acostumaram a delegar ao jornalismo as funções públicas de monitoramento dos poderes e revelação de suas entranhas.

O resultado das eleições presidenciais de 2018 aumenta riscos para os jornalistas, para a democracia e a sociedade. É grave, é urgente e já está acontecendo.

 

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