Prólogo de 'Pensamientos', libro póstumo de Javier Darío Restrepo
5 de Octubre de 2021

Prólogo de 'Pensamientos', libro póstumo de Javier Darío Restrepo

A propósito del segundo aniversario de la muerte del maestro Javier Darío Restrepo, quien falleció el 6 de octubre del año 2019, publicamos el prólogo que la periodista colombiana María Teresa Ronderos escribió para 'Pensamientos' el libro en el que la Fundación Gabo recopila los principales discursos sobre ética periodística escritos por el maestro de nuestro Consultorio Ético.
Javier Darío Restrepo en el Festival Gabo. Fotografía: David Estrada / Fundación Gabo
María Teresa Ronderos

Con la publicación del prólogo del libro 'Pensamientos', recordamos al maestro Javier Darío Restrepo cuando se cumple un año más de su fallecimiento. Durante este 6 de octubre, puedes conseguir el libro con un 20% en la Tienda Fundación Gabo.

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Javier Darío Restrepo llevaba el sentido del humor puesto como una segunda piel. La última vez que conversamos, cuando cocinaba ya este libro, aún sabiendo quizá que sería el último, exageró en tono burlón —y cariñoso— lo que yo podría añadir de valor a su texto con un prólogo. No recuerdo sus palabras exactas, pero sí que ambos reímos como cómplices de un secreto compartido: es fútil darse importancia en este oficio de periodista.

Como él dice en este libro, los seres humanos siempre estamos en obra negra, así que las vanidades son ilusiones transitorias. Más cuando se trata del periodismo, una práctica forzada a adaptarse a cada remezón tecnológico.

Al maestro Javier Darío, como le hemos dichos alumnos y colegas toda la vida, sí que le cabrían adjetivos laudatorios. Se los merecería todos. Pero no más empezar a escribirlos y veo su sonrisa pícara, preguntando ¿de veras?

En realidad, no hay prólogo que esté a la altura de las palabras del maestro de la ética periodística en América Latina, ni hay manera de sentirse menos apabullada por intentar presentar esta maravillosa colección de conferencias y escritos que realizó en los últimos años, curada por su hija Gloria Inés, y publicada por la Fundación Gabo.

Me propongo entonces hacer en esta introducción una lectura sobre las ideas que me emocionaron y que, a mi parecer, resuenan con lo que enfrentan los periodistas de hoy. 

Como no tendrán ya la fortuna de escuchar al maestro Javier Darío en persona, lo primero que quisiera decirles es que, cuando tengan dudas sobre este oficio que hoy navega como barco de papel en medio de tempestades, acudan a este texto para iluminarse. Encontrarán aquí la sabiduría del maestro; sus reflexiones profundas sobre cómo el periodismo, este oficio sencillo consistente en contar lo que pasa y por qué pasa lo que pasa, está conectado con búsquedas de fondo, como la construcción de verdad y de justicia, la defensa del interés público y la defensa de la dignidad humana.

De vez en cuando verán que, en esta obra, el maestro también apela a su rica experiencia de varios años de reportero de televisión, de profesor y tallerista, de escritor, columnista y defensor de lectores, y hasta de lector ávido de literatura e incluso, en sus años maduros, de novelista.

Además, hallarán aquí decenas de ejemplos de periodistas de toda América, con los que el maestro conversaba constantemente. Se refiere además a las enseñanzas que aportan muchos otros grandes reporteros y editores del mundo, con trayectorias difíciles, templadas en trincheras de guerra y mesas de paz, o al timón de crisis y cambios súbitos; o en medio de las batallas silenciosas de poder que suelen atravesar a los medios. Cada anécdota, coloreada con el ingenio y humor que Javier Darío le pone a todo lo que cuenta, trae una pregunta para que los periodistas nos hagamos a lo largo de nuestras carreras y, a la vez, traza posibles caminos a seguir.

El maestro no dejó recetas. No hay aquí fórmulas de si le pasa esto, haga aquello; ni listas de lo que es ético y lo que no lo es. Si es un manual este libro, es uno que enseña a pensar, a analizar con cuidado lo que nos venden, a ver la nuez más allá del relumbrón del oro, y a preguntar por qué es que ejercemos el oficio y cuál se supone es la contribución a la mejoría de la vida de la gente.

De la calidad periodística y la ética propone unas ideas claras. Que las dos son un matrimonio indisoluble: "la mayor garantía de que una pieza periodística es de calidad es el perfil ético del periodista", dice el maestro. Añadiría que la premisa formulada al revés también es válida: la mayor garantía de que un periodista es ético es que sus piezas periodísticas son de calidad.

También que la ética, como el oficio del reportero y del editor, no son algo que se alcanza en algún momento, y se guarda como trofeo en un anaquel. La ética es una práctica, es una manera de hacer las cosas, y se ejercita y se pone a prueba con cada historia periodística. Los valores mencionados aquí que guían esa práctica —el compromiso, el coraje, el reto de cambiar algo todos los días, la consciencia— también se enriquecen con cada viaje en busca de la verdad.

De estos valores que menciona el maestro, me gustaría detenerme en uno que generalmente no se incluye, en reflexiones similares, entre las virtudes que debe tener un reportero: el compromiso. No es una dependencia a un interés o una militancia a una causa. Es a la lealtad (la entrega, dice el maestro, pensando en el gran periodista asesinado Guillermo Cano) a lo que se promete.

En el caso del periodista, creo yo, la promesa central al público es la de velar por su interés y denunciar todo aquello que lo ataque. Esa debe ser la brújula que guía su trabajo. Pero como es tan difícil definir el interés público y muchas veces una historia encuentra intereses de públicos enfrentados, esto requiere de un compromiso con los más vulnerables. Hay que llegar a sentir con ellos sus penurias, conmoverse, indignarse, oler y entender las vergüenzas de nuestras sociedades. Por eso, dice el maestro, no es ético ese periodista que mira el mundo como desde una ventana, con guantes de cirujano y tapabocas, y pretende con ello estar guardando la “objetividad”.

Hay que seguir enriqueciendo cada historia con todas las fuentes, datos y documentos posibles. Y estar dispuestos con toda honestidad a que un dato real dañe una gran pieza. Pero eso no nos hace observadores neutrales —que, entre otras cosas, no existen— nos eleva a un pedestal como si las desgracias y los triunfos de nuestros congéneres no nos tocaran. El compromiso es no dejar de estar entre ellos y siempre interactuar en horizontal, como iguales.

En la era digital, ese compromiso debe estar además ligado a otro valor inmenso para el periodismo: la transparencia. Si cuentan sus historias a nombre de lo que es para beneficio común, más vale que le digan a ese común, a ese público, de dónde salieron sus verdades, qué documentos las validan y qué fuentes consultaron. (Esto último no quiere decir revelar fuentes que pueden estar en peligro, ni traicionar la confianza de alguna que habló fuera del récord, sino que, cuando no pueden decir nombres, por lo menos la gente sepa desde qué lugar y que intereses habla esa fuente). Si ponen en las manos del público las evidencias y le dicen, con franqueza también, aquellas que no encontraron, ellos mismos sacarán sus conclusiones y les será claro si ustedes hicieron todo lo que estaba a su alcance para reportear en contra de sus propios prejuicios. Entonces podrán decir con voz más recia que, en efecto, su negocio es el de defender el patrimonio de toda la sociedad. Y ahí estará anclada su credibilidad.

“El periodista ético es eso: un valor de toda la sociedad, y defenderlo para que mantenga todo su peso moral y su credibilidad, es parte de su responsabilidad con toda la sociedad”, dice el maestro Javier Darío.

El dilema ético es constante porque se mueve con los tiempos, se ajusta a la moralidad pública que cambia con la historia y en cada cultura. El editor y el periodista conviven con él, como un jinete avezado maneja sus riendas. Un medio periodístico, sin importar su formato, que lleva años cultivando la reflexión y el pensamiento entre sus reporteros, y analiza y sopesa cada día sus dilemas, va cultivando entre el público la confianza. De ahí que su huella y su influencia pueden tener mayor alcance y duración que las de un poderoso político o una corporación multinacional. El maestro resalta este poder de largo aliento de los medios éticos, los que se basan en "su credibilidad y sus razones”.

Propone el autor de este libro además unas exigencias especiales a los periodistas en tiempos de guerra y de paz. De ellos en gran parte depende cómo se construye la memoria de los pueblos. ¿Es esta una colección de verdades oficiales y largos silencios que un abusivo poder nunca quiso que se supiera? ¿Es este un paisaje de pequeñas noticias botadas por ahí aparentando azar, pero deliberadamente abarrotado para que no se pueda pensar ni entender? Pregúntenselo ustedes cuando aprecien la escena periodística que escuchan en las mañanas en la radio o la que ven fluir constantemente en el pequeño aparato mágico de mano que contiene en una pantalla todo lo que pasa en el mundo.

La respuesta que obtengan les dirá la calidad de los periodistas con que cuenta el ciudadano corriente de su comunidad para hacer valer sus derechos, su memoria y su versión de la historia. Un solo periodista disruptivo en un entorno gris de noticias repetidas, al son de los palacios de gobiernos y las sedes corporativas, asegura que la historia también sea la de los ofendidos abusados, los estafados. Un solo reportero que junta los hechos hilando las responsabilidades de que quienes toman decisiones  contribuye a que se identifique y se comprenda una política de paz que no lo es y un sistema amañado que justifica la prolongación de una guerra.

“Hoy se habla de una ética de la memoria y del olvido —dice el maestro—. En ese manejo del olvido. memoria y de los silencios están comprometidos derechos y la dignidad de los otros, por eso adquieren esa dimensión ética”.

En el fondo volvemos a lo mismo: la ética periodística es la de verificar, volver a verificar con diversas fuentes y versiones, y conectar con la historia que rodea a los hechos, ponerlos en un mapa que permita al público ubicarlos. Y si estas reglas —simples de entender, difíciles de poner en práctica— son centrales en el periodismo de tiempos de paz, cuando vienen los tiempos de guerra se vuelven coraza indispensable para evitar que la verdad sea la primera víctima, parafraseando a Hiram Johnson, el senador estadounidense a quien le atribuyen la famosa cita cuando transcurría la Primera Guerra Mundial.

La última idea de este libro que me quedó reverberando en la cabeza es aquella de que no hay prensa inocente. A menudo los directivos de medios hacemos análisis de lo que está mal con nuestro país, y con gran agudeza señalamos a gobiernos y políticos, denunciamos impunidad y culpamos a la justicia por su ineficiencia, o advertimos que la codicia de unos hombres de negocios es lo que impide el progreso. Poco nos hacemos, en cambio, la pregunta sobre cuál ha sido el papel de nosotros, los inquisidores en un fracaso. ¿Qué hicimos mal en todo esto? ¿Cómo contribuimos a esta guerra, en Colombia, por ejemplo? ¿Cómo a la desigualdad, en Brasil, por ejemplo? ¿Cómo a la corrupción en toda América, por ejemplo?

El ejercicio sería inútil si no llevara a mejorar la práctica. Ahí, el maestro nos recuerda que las palabras que usamos no son neutras porque con ellas comprendemos y explicamos el mundo. Ellas pueden ser instrumentos que en labios de políticos, publicistas o mercaderes inescrupulosos se usen para deshumanizar, o pueden ser herramientas para explicar, incluir, invitar a la reflexión; es decir, para humanizar.

El uso que les demos a las palabras, sin embargo, no depende de que tengamos la mejor intención, ni de la bondad de nuestros corazones. Un violinista que no sabe leer música ni practica su instrumento todos los días desafinará en un concierto, no importa que sea la persona que más aprecie la buena música o la más generosa. Con la lógica inversa, un periodista que lea a los mejores escritores, estudie el uso del lenguaje, busque sus palabras con esmero para que signifiquen lo que quiere decir con precisión, y además apele a la enorme gama de opciones de expresión que le dan su lengua y los formatos digitales, producirá piezas periodísticas de mejor calidad, que a su vez ayuden a incluir, a comprender, a igualar... en fin, a humanizar el mundo.

Los dictadores viven del blanco y negro, dice Álex Grijelmo, el periodista español y estudioso de la lengua española, y si empobrecemos la conversación, ellos florecerán, pues la gente no verá más negros azulados ni blancos rosáceos, y una vez divididos en los de mi lado y los del "otro", el dictador tendrá a los ciudadanos donde quiere y podrá dominarlos a todos.

La ética que surge de todas las anteriores, al ofrecer verdades más claras y palabras más justas, lo entiendo yo al maestro, construye esperanza. Ese es el mensaje último que nos dejó, que el periodismo —bien ejercido y bien vivido— es una fuerza para cambiar las cosas.

Quizás es por todo ello que el maestro Javier Darío llevaba siempre esa sonrisa puesta, aun en los tiempos tristes en los que vivimos. Es la satisfacción del sabio, que sin sentirse más que un reportero, había descubierto hacía ya tiempo por qué el periodismo le da tanto aliento al mundo.

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Un libro indispensable

El primer libro póstumo de Javier Darío Restrepo contiene un prólogo escrito por su amiga María Teresa Ronderos, miembro del Consejo Rector de la Fundación Gabo. “Como no tendrán ya la fortuna de escuchar al maestro Javier Darío en persona”, escribe Ronderos, “lo primero que quisiera decirles es que, cuando tengan dudas sobre este oficio que hoy navega como barco de papel en medio de tempestades, acudan a este texto para iluminarse. Encontrarán aquí la sabiduría del maestro”.

También cuenta con una introducción escrita a cuatro manos por sus hijas Gloria y María José Restrepo, con quienes Javier Darío trabajó en la selección de conferencias para el libro, incluso ese fatídico domingo, 6 de octubre de 2019, cuando su salud no le permitió seguir adelante. “En los apuntes que encontramos relacionados con la introducción a este libro explicaba que en este proyecto recogía su vida como maestro, entendida como un ejercicio de compartir y aportar al pensamiento de sus colegas. [De compartir] su trayectoria como periodista en diversos ámbitos, su experiencia profesional de casi 70 años. Una experiencia que pudo evaluar, reflexionar y dialogar con cientos de colegas, estudiantes y ciudadanos comunes”.

Las reflexiones recogidas en los cuatro capítulos del libro (sobre la ética, el periodismo, la paz y la guerra, y la utopía) resultan indispensables en un momento de crisis provocada por la pandemia por COVID-19 y de convulsión social por la desestabilización de las democracias. Son un respiro en medio del ajetreo del día a día y ofrecen una mirada clara y profunda sobre la forma de enfrentar los retos que propone la profesión.

“Las recopilaciones de algunos de  los archivos que recogen este conocimiento, me han dejado una convicción”, escribe Restrepo en la introducción. “La ética sigue igual, solo que se ha hecho más claro y profundo su conocimiento, lo demostrarán así estas páginas”.

El legado de Javier Darío Restrepo y sus consejos sobre ética se pueden encontrar en el Consultorio Ético, que dirigió hasta el momento de su fallecimiento y que desde 2020 coordinan Mónica González y Yolanda Ruiz, para así mantener vivo desde la Fundación Gabo su legado.

Más libros de Javier Darío Restrepo en la Tienda Fundación Gabo

Pensamientos. Discursos de ética y periodismo se suma a otras publicaciones de Javier Darío Restrepo, que se pueden adquirir en la tienda de la Fundación Gabo. Estas incluyen la segunda edición La constelación ética, un conjunto de reflexiones de Restrepo sobre la necesidad de la ética en tiempos donde la corrupción afecta a todos los sectores de las sociedades latinoamericanas, así como El zumbido y el moscardón, que reúne 150 casos de los más de 1.900 que respondió para el Consultorio Ético de la Fundación Gabo, y 100 dosis de ética para un buen periodista, un cuaderno de bolsillo con citas extraídas de sus mejores respuestas en el Consultorio.

Recuerda que hasta el martes, 28 de septiembre puedes adquirir en la tienda tu ejemplar de Pensamientos con un descuento del 15%.

Sobre la Fundación Gabo 

Es una institución creada por el periodista y Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez. Desde 1995 hace talleres, premios, becas, publicaciones y lidera iniciativas para transmitir a las nuevas generaciones el sueño de Gabo de hacer el mejor periodismo del mundo: un periodismo independiente que busca investigar, descifrar y explicar los hechos de la realidad de manera rigurosa, ética y creativa, para que la ciudadanía esté mejor informada.

A través de su programa Ética periodística, la Fundación Gabo reflexiona y habla abiertamente sobre los desafíos éticos que enfrentan los periodistas en un contexto de profundas transformaciones de la práctica, la sostenibilidad y la función social del periodismo. "La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón", decía García Márquez.

Entre las iniciativas del programa se incluyen la Red Ética y el Consultorio Ético.

Sobre Javier Darío Restrepo

Fue maestro en ética periodística de la Fundación Gabo desde 1995, catedrático de diversas universidades y conferencista en temas de comunicación social para múltiples públicos en América Latina. Construyó sus reflexiones a partir de una experiencia de trabajo de más de 50 años en prensa escrita, radio y reportería de televisión. Fue columnista en El Tiempo, El Espectador, El Colombiano y El Heraldo. Recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 1985 y 1986, así como el Premio Nacional del Círculo de Periodistas de Bogotá en la categoría prensa en 1993. Además, recibió los premios San Gabriel del Episcopado Colombiano en 1994, Germán Arciniegas de la Editorial Planeta en 1995 y el Premio latinoamericano a la ética periodística otorgado por el Centro Latinoamericano de Periodismo (CELAP), auspiciado por la Universidad Internacional de Florida, en 1997. En 2014 recibió el reconocimiento a la Excelencia periodística del Premio Gabo. Doctor Honoris causa de la Universidad Mayor de San Andrés (Bolivia, 2015) y de la CELA International University de Miami (EEUU, 2018). Autor de 30 libros sobre periodismo, ética periodística, dos novelas y ensayos. Hasta su muerte (2019) dirigió el Consultorio Ético de la Fundación Gabo. 

 

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