Del pecado original a la ética de caucho
21 de Septiembre de 2018

Del pecado original a la ética de caucho

Fernando-Alonso Ramírez, el editor del diario manizaleño La Patria y ganador del Reconocimiento Clemente Manuel Zabala 2017 al Editor Ejemplar, reflexiona sobre los pecados periodísticos.
Vitral que ilustra la tentación de Adán y Eva en la Catedral de Notre Dame | Fotografía: hollylmonahan en Pixabay | Usada bajo licencia Creative Commons.
Fernando-Alonso Ramírez

El libro del Génesis informa que una culebra le prometió el oro y el moro a Eva si comía de la fruta prohibida. Anota que ella aceptó, que hizo comer a Adán, que luego los expulsaron del Paraíso y que la culebra se tuvo que arrastrar. El pecado original es el eufemismo con el que conocemos este pasaje bíblico con intenciones moralistas.

Siempre hay alguien que cae en la trampa de dejarse tentar por la fantasía de algo mejor, que come del fruto prohibido. Pasa en lo bíblico, pasa en la vida, pasa en el periodismo. Y últimamente pasa mucho más.

Cada tanto sale algún salvador de las finanzas a decirnos cómo debemos ceder en algunos principios para poder hacer sostenible el medio, y cuando caemos en la tentación, no advertimos que en el mediano y en el largo plazo pagaremos un alto precio. O como decían nuestros mayores: comida para hoy y hambre para mañana.

¿Quién cometió el pecado original? ¿Dónde está esa Eva o esa culebra del periodismo?

• El primero que dijo que no había problema en poner un aviso en la primera plana.

• El que se hizo el pendejo con mezclar publicidad en la información.

• El que permitió que se entrevistara a un político para que lavara sus culpas a cambio de un aviso.

• El que accedió a no preguntar algo incómodo al entrevistado, con tal de tener la primicia.

• El que manifestó que no era problema ignorar que al viaje en el que se obtuvo la noticia lo invitó la fuente con su plata.

• El que cedió en que no era necesario identificar como publirreportaje una publicidad presentada como información. Y le dicen content marketing. Bonito eufemismo.

• El que se hizo el de la vista gorda cuando el departamento comercial le fijó su agenda

• El que se inventó un par de datos porque le cuadraban mejor en su crónica.

• El caradura que dijo que era muy importante un título que generara clics, así no dijera toda la verdad de la información.

• El que dijo que a los periodistas había que ponerlos a hacer el ridículo en videos porque eso mejora las métricas.

• El que mencionó que el entretenimiento debía robarles espacio a las noticias duras.

• El que permitió y alentó a las oficinas de prensa a marcarles su agenda.

• El que no vio inconveniente en que la publicidad de las entidades públicas se pagara como contenido y se usara como tal.

• El que no tuvo problema en que en los contratos de publicidad de los medios se fijara la obligación de acudir a las ruedas de prensa.

• El que no tuvo empacho en dejar que la opinión se colara en la información.

• El que decidió que podía seguir siendo periodista y hacer política partidista.

¿Quién cometió ese pecado original? Fue un periodista y lo estamos pagando caro.

Es hora de volver a hacer de la ética en el periodismo la más exigente de todas las profesiones, como lo pregonó durante años William Randolph Hearst.

No podemos seguir estirando los principios como si fueran de caucho, y según la conveniencia del director de turno, o de la crisis crónica de las noticias. Debemos volver al origen y defender la ética, como la mejor manera de defender el periodismo en el largo plazo.

Es responsable cada uno de los que abrieron esas puertas, de quienes cometieron ese pecado original. Quienes dijeron que dejáramos de ser tan tozudos, que el periodismo no vive del aire y hay que buscar publicidad, que hay que transigir, que hay que lograr más clics, que hay que mantener el negocio por encima de la calidad informativa.

Hoy pagamos un alto precio por esas decisiones y somos expulsados del paraíso. Ahora casi cualquier cosa tiene más credibilidad que muchos periodistas. Así vamos cavando nuestra propia tumba, porque perdemos credibilidad, y sin credibilidad no somos nada.

¿Qué otros pecados originales conoce? Ayúdenme a continuar la lista, que puede resultar. 

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