¿Amor al periodismo, o al medio donde trabajas?
28 de Agosto de 2018

¿Amor al periodismo, o al medio donde trabajas?

El cronista ecuatoriano Rubén Darío Buitrón explica por qué no es aconsejable encariñarse demasiado con un medio de comunicación.
Fotografía: AndyLeungHK en Pixabay | Usada bajo licencia Creative Commons
Rubén Darío Buitrón

Un maestro del periodismo me aconsejó alguna vez que uno debe enamorarse del oficio, pero no del medio donde trabaja.

Me lo explicó así: “Tu pasión por el oficio y tu vocación por servir a la gente son los amores de tu vida profesional y se vuelven una poderosa razón de existir. Por el contrario, siempre serás eventual, de paso, en la empresa donde trabajas porque nadie sabe en realidad los entretelones financieros de la empresa y cuál será el destino del lugar dónde estás”.

Lo entendí, pero no fue fácil practicarlo. El maestro trabajaba para un relevante medio internacional pero, confesaba, nunca asumió ni se juntó a los tradicionales cuentos acerca de que “la empresa es una familia” o que “debes llevar puesta la camiseta”.

Con los años, las experiencias vividas dieron la razón al maestro. Es imprescindible separar el compromiso periodístico de servir y de ser útil a la gente con el compromiso laboral -que incluye acuerdos salariales, cumplimiento de normas internas y sometimiento a la línea editorial-.

Pero en la cotidianidad, insisto, no es fácil tomar conciencia de aquello.

Parecería que lo uno no choca con lo otro, pues como periodista tienes derecho a sentir orgullo por el medio donde trabajas, tanto así que sentirte “de la familia” y “ponerte la camiseta” implica, muchas veces, entregar mucho más de lo usual (horas de trabajo, descuido de la familia y de tu salud, riesgos en las coberturas, etcétera).   

Nada de esto importa en aquellos momentos: sientes un inmenso orgullo por tu trabajo y es mucho más redondo el apego si el medio resalta lo que has hecho. Es el punto clave: lo más probable es que como periodista asumas un fuerte sentimiento de pertenencia.

Los primeros meses o años suelen ser así: defiendes a muerte el trabajo, los temas, el esfuerzo de tus compañeros, la calidad del equipo de la sala de redacción y de la gente que administra el medio. Te sientes parte y lo haces con mayor entusiasmo si la línea periodística, en términos generales, coincide con la tuya.

Pero un día te estrellas contra la realidad: tus jefes, sin mayor explicación, te ordenan no abordar temas acerca de tal persona, funcionario o autoridad. O te frenan un tema que estabas trabajando porque choca con el interés de un anunciante cuya inversión en publicidad es alta. O los dueños deciden vender las acciones a un inversionista (y compruebas, ya sin ninguna duda, que el medio era una estructura financiera destinada a ganar dinero, como cualquier empresa).

Y entonces recuerdas al maestro, alzas la frente con dignidad, decides renunciar y te vas para siempre, mientras los gerentes y los jefes, que han decidido quedarse a pesar del cambio de propietarios y administradores, te recuerdan que nunca te integraste a “la familia” y te piden que, antes de irte, devuelvas la camiseta.

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