¿Es correcto que un periodista llame “sujeto” a un acusado de violación?
26 de Julio de 2016

¿Es correcto que un periodista llame “sujeto” a un acusado de violación?

Foto: Pixabay.com

¿Es correcto que un periodista llame “sujeto” a un acusado de violación? “El sujeto dijo que era inocente” es lo que se suele leer en los diarios de América Latina.

Respuesta:  El diccionario de María Moliner en el quinto significado de la palabra “sujeto” informa: "se emplea para designar despectivamente a un hombre cualquiera”. Ese tratamiento despectivo, además, implica un juicio sobre la persona a la que así se califica. Si se tienen en cuenta estas dos implicaciones, la utilización de este término resulta ser un doble error. a.- Porque el acento despectivo contradice las normas de respeto aplicables a toda persona, aún si se trata de reos condenados por la justicia. Ese respeto es parte esencial del trato del periodista con las personas. Los códigos de ética, al recoger las normas básicas para el ejercicio profesional, tienen en cuenta ese respeto y por eso, por ejemplo, condenan la difamación, el chantaje, las acusaciones sin pruebas; se preocupan por las consecuencias que las informaciones puedan tener sobre el futuro de las personas. Los códigos, por tanto, al dar por hecho que el periodista, más que cualquier otro ciudadano o profesional, respeta a las personas, lo hacen porque tienen en mente que por ser periodistas trabajan para los otros y con ellos y que sin los otros el periodista es nada. b.- Ese término, además, implica un juicio sobre la persona a quien se refiere el periodista; y esa clase de juicios conlleva un abuso porque el periodista asume una función que solo corresponde a los jueces. La tarea del periodista es la de reunir todos los hechos que pueda documentar y probar y difundirlos para conocimiento del público; los juicios sobre esos hechos corren por cuenta de los jueces. Cuenta, además, el derecho de toda persona a que se la presuma inocente mientras no haya sentencia judicial.

Documentación

Los mitos y las leyendas de muchos pueblos rezuman la convicción de que solo nosotros los miembros de nuestro clan, de nuestra comunidad, somos seres humanos; todos los demás son, como mucho, infrahombres o cualquier cosa menos personas. Lo que mejor expresa esa actitud es una doctrina de la China antigua: el no chino era considerado excremento del diablo o, en el mejor de los casos, un pobre desgraciado que no tenía la suerte de haber nacido chino. En consecuencia ese Otro era representado como perro, rata o reptil. El apartheid fue y sigue siendo una doctrina de odio, desprecio y repugnancia hacia lo extraño, hacia el Otro. Cuán diferente es la imagen del Otro en la época de las creencias antropomórficas, cuando los dioses podían adoptar el aspecto humano y comportarse como personas. En aquellos tiempos nunca se sabía si era dios u hombre el viajero, o el peregrino que se acercaba. Esta inseguridad, esta intrigante ambivalencia, constituye una de las fuentes de la cultura de la hospitalidad que exige un trato magnánimo al visitante, cuya naturaleza no acaba de ser reconocible. Escribe de ello nuestro poeta maldito Cyprian Norwid. En la introducción a su Odisea reflexiona sobre las fuentes de esa hospitalidad que arropó a Ulises en su camino hacia Itaca. “Allí, en la naturaleza de cada mendigo y de cada vagabundo extraño se sospechaba un origen divino. No se concebía antes de acogerlo, preguntar al visitante quién era; solo después de dar por supuesta su divinidad se descendía a las preguntas terrenales, y eso se llama hospitalidad; y por eso mismo se la colocaba entre las prácticas y virtudes más piadosas. Los griegos de Homero no conocían al último entre los hombres. Siempre el hombre fue lo primero, es decir, divino.” Ryszard Kapuscinski en Encuentro con el Otro. Anagrama, Barcelona, 2007. p. 16, 17.

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