“La champeta es un grito de guerra”

“La champeta es un grito de guerra”

El género musical afrocolombiano que quiere ser patrimonio de Cartagena a pesar del estigma de la violencia
Foto: Joaquín Sarmiento/FNPI.
Ana Pais

Foto: Joaquín Sarmiento.

La bala impactó en el muslo derecho y Jhon Freddy Recuero Cabarcas cayó al suelo.  

El joven de 19 años nació y se crió en Henequén, un barrio de Cartagena de Indias donde los policías entran con pasamontañas, chaleco antibalas y arma en mano. Quizás por eso, aún con la sangre brotando de su pierna, al ver al oficial acercarse, Jhon Freddy mantuvo una actitud desafiante.

—Ya me pegaste un tiro. ¿Qué más vas a hacer? ¿Matarme? —dijo.

Ahí mismo, delante de su tío y de varios vecinos, el policía le disparó dos veces más. Una bala impactó en la región lumbar izquierda y la otra fue directo al pecho.

Jhon Freddy murió en el acto.

Los padres estaban a no más de cinco cuadras del lugar donde, hasta hacía sólo unos minutos, un grupo de vecinos bailaban, conversaban y bebían al ritmo de la música champeta, un género oriundo de Cartagena que mezcla ritmos africanos y caribeños.

Sobre las 9:30 de la noche escucharon 20, 30, 50 estallidos. “Parecía un 11 de noviembre”, dice Freddy Porras, padre del muchacho, en referencia a los tradicionales fuegos artificiales del día de la independencia de Cartagena.

Pero era domingo 19 de marzo y lo que acababa de oír eran balazos. El sol del amanecer lo encontró recorriendo las calles del barrio en busca de casquillos de balas.

Freddy desaparece por un instante y vuelve con una bolsita conteniendo 19 cilindros dorados de 9 milímetros. Cada uno tiene el número de lote grabado en la base. Toma un casquillo y lee: “Lote 29”. Me mira resignado. Desde hace un mes y medio que los tiene guardados, a la espera de que la Fiscalía de Cartagena se los pida.

—Fue un acribillamiento —dice—. Delante del tío lo terminó de rematar. Encuentra aquí más imágenes sobre este trabajo.

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La champeta es un ícono de Cartagena, pero no de la versión colonial y romántica de la ciudad amurallada que en 1984 recibió el prestigioso título de patrimonio cultural de la humanidad de Unesco. Representa, en cambio, a la Cartagena marginal y pobre, que es, en definitiva, la mayoritaria.

En el ámbito académico existe consenso de que la palabra “champeta” se remonta a principios del siglo XX, cuando se la empleaba para designar al cuchillo largo y ancho que usaban los pescadores. Estos hombres, que hacían su trabajo diario cantando y bailando la música africana de sus ancestros, empezaron a recibir el apodo peyorativo de “champetúos”.

Sin embargo, el investigador de la champeta Rafael Escallón asegura que esta es una visión colonialista de la palabra. Según sus estudios, surge en la primera mitad del siglo XVI como una combinación de dos términos de la lengua africana bantú: una “cha mpeta” era una mujer que, aún después de ser llevada al “nuevo continente”, no se dejaba esclavizar y someter por los europeos.

Así lo afirma en un proyecto que, junto con otros investigadores, presentará al gobierno de Cartagena y al de Colombia el 27 de mayo para que la champeta sea declarada patrimonio inmaterial de la ciudad y la nación. Pero este es su segundo intento. Hace un año el evento de lanzamiento de la propuesta terminó con lo que Escallón describió como un “dudoso” apagón y ninguna respuesta oficial.

Cualquiera sea el origen de la palabra, el género musical en sí apareció recién a mediados de la década de los 70 y el primer disco se grabó en los 80. Desde entonces es la banda sonora de los bailes conocidos como “picós” que se organizan de viernes a lunes en los suburbios de Cartagena.

Algunos locales hablan de cientos de picós por semana. Otros estiman que son miles. Uno, incluso, me dice “infinidad”, alimentando aún más el mito urbano “champetúo”.

En palabras de la socióloga Elizabeth Cunin, la champeta “no corresponde a la imagen tradicional de la 'música negra': el tambor es sustituido por la caja de ritmos; el recuerdo de la esclavitud o el cimarronaje, por el relato de la vida diaria; las danzas, bien orquestadas, por demostraciones sexuales inequívocas; el traje folclórico, por los Nike y el jean descaderado; y la sala de espectáculo, por el solar”.

Por eso, definir a la champeta como un ritmo que combina sonidos africanos y caribeños es apenas empezar a describir este fenómeno popular. Como el rap en Estados Unidos, la champeta trasciende la música en sí para convertirse en una forma de bailar, vestirse, hablar y ser, tachada de vulgar por la alta cultura y estigmatizada como violenta por las autoridades.

De hecho, de todas las definiciones de champeta que escuché, la más elocuente me la dio el abogado cartagenero Carlos Sotomayor cuando íbamos camino a Henequén: “La champeta es un grito de guerra”.

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La noticia no tardó en llegar a la casa de los Porras y Recuero. “¡Mataron a Jhon Freddy! ¡Mataron a John Freddy! ¡Mataron a John Freddy!”, gritó Luis Cabarcas, tío del joven, al llegar a la puerta. Tres veces repitió que lo habían matado, pero ni una vez necesitó aclarar quién había sido.

Freddy corrió hasta el lugar donde la policía ya custodiaba el cuerpo.

—Ese es mi hijo —dijo el hombre de 47 años para abrirse paso.

—Entonces entierre a ese perro, hijueputa —respondió un policía.

Aquellas palabras todavía le duelen: “La policía no tenía por qué tener esa actitud atrevida con los familiares cuando tienen un muerto”. En las semanas siguientes escucharía a oficiales refiriéndose a su hijo, quien no tenía antecedentes penales, como “líder pandillero” y “bandido”.

“La policía no ha tenido los pantalones para decir que se equivocaron”, asegura.

Con 19 años, Jhon Freddy hacía trabajos temporales en la construcción con sus tíos o reciclando basura con su padre. Pero su objetivo era buscar un empleo fijo en el sector turístico hotelero, una de las principales fuentes de ingreso de Cartagena. En diciembre y febrero había recibido diplomas en atención al cliente y reciclaje, ambos cursos dictados por el Servicio Nacional de Aprendizaje, un instituto educativo público que brinda formación técnica en todo el país.

En el barrio se comenta que era un muchacho bueno y querido. Le llamaban “Jhon Stilo” porque siempre andaba bien vestido y posaba en todas las fotos. En las imágenes que tiene el padre en el celular a veces se lo ve de jeans y camisa, otras en short y sin remera, pero siempre tiene la ropa impecable. En general usa colores claros, los cuales destacan su piel oscura y su físico atlético. Le gusta hacer gestos con las manos y, a pesar de que su madre, Arelis Recuero, lo describe como alegre, siempre aparece serio o apenas esbozando una media sonrisa. Ella tampoco suele sonreír a la cámara y ahora menos.

—¿Qué extrañas de él?

—Todo —responde Arelis conteniendo el llanto.  

Durante la primera media hora de entrevista, sólo contesta con palabras sueltas y jamás me mira a los ojos. Cuenta que Jhon Freddy, el varón mayor de sus cinco hijos, era inquieto y siempre hacía bulla en la casa con su música. Era familiero y le gustaban “sus bailes y sus novias”, dice mientras se le dibuja la media sonrisa.

Tenía una hija de 2 años, Shary Sofía, y esperaba un varón de su actual pareja. Pero no llegó a conocerlo. Jhon Freddy hijo nació el 27 de abril, cinco semanas después de la muerte de su padre.

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A lo largo de los años las autoridades de Cartagena han propuesto o implementado medidas que buscan prohibir la champeta y su indisociable método de difusión, los picós.

En 2001, por ejemplo, el alcalde Carlos Díaz vetó a la champeta de las fiestas novembrinas que se celebran cada año por la independencia de la ciudad.

Un texto en la revista Semana explicaba entonces: “Según el funcionario esta música surgida de los barrios populares incita a la violencia. Para él esos bailes, lejos de ser lúdicos y sensuales, despiertan en los pandilleros su deseo de cometer agresiones y actos delictivos. ‘Es bueno cilantro, pero no tanto. La letra de esas canciones ejerce un efecto sobre la juventud para atacar a otras personas’, dictaminó en su sabiduría el gobernante”.

Sin ir tan lejos, hace dos años el Concejo Distrital de Cartagena presentó un proyecto para prohibir la champeta en espacios públicos, así como también la participación de menores de edad en los picós. Este baile, explicaba la iniciativa, “podría iniciar el aceleramiento del instinto sexual, lo que traería como consecuencia el despertar del deseo sexual temprano, con el correspondiente riesgo de embarazos en menores”.

Pero el último intento de subyugar a la champeta llegó en enero por orden de la Policía.

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El 19 de marzo en la calle central de Henequén se festejaba un cumpleaños. Jhon Stilo se vistió para la ocasión: camiseta blanca y bermudas anaranjadas, ambos de la marca Náutica; zapatillas negras Reebok. La champeta había empezado a sonar a todo volumen a las 2 de la tarde, pero él fue recién a las 7.

A las 9 de la noche llegó la primera advertencia. Desde el 30 de enero rige un nuevo código policial en Colombia y ahora la champeta tiene toque de queda. Grandes y chicos recitan los horarios de memoria: viernes y sábados hasta las 3 de la madrugada, domingos y lunes hasta las 10 de la noche. Pasado ese tiempo, hay que dormir y dejar dormir.  

Pero, después de 7 horas de baile, alcohol y excitación, ¿quién querría un sermón de buena ciudadanía? Con el volumen un poco más bajo y una coima de 300 pesos —lo que en Colombia son literalmente monedas—, el policía desapareció y el picó pudo continuar.

No pasó ni media hora antes de que volvieran a aparecer policías. Esta vez era en plural. Se trataba de otros uniformados, pero de nuevo querían apagar la música. Y ya no había monedas que solucionaran la diferencia.

Alguien tira la primera piedra. ¿Fue un vecino? ¿Un policía? Depende de quién cuente la historia. Lo cierto es que la situación rápidamente escaló en violencia. De repente había 20, 30 policías motorizados disparando por el barrio, mientras desde la comunidad los agredían con lo que encontraban a mano: una piedra, una botella, un arma blanca o de fuego.

Fue en ese caos que Jhon Freddy y su matador se enfrentaron en uno de los pequeños callejones del barrio, en un episodio del cual la Policía de Cartagena no quiso hablar a pesar de los múltiples intentos de contactarlos.

Es que el caso no termina en la muerte de Jhon Freddy. Tres días después del operativo en Henequén, el subintendente Jhon James Molina de la Policía de Cartagena se suicidó. Se mató de un disparo en la cabeza con el arma reglamentaria.

Los medios dicen que se mató para no enfrentar la investigación disciplinaria que le llegaría. La familia del joven prepara una demanda para que la investigación sí llegue. En la vida y en la muerte ambos Jhons se encuentran en bandos opuestos.

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Henequén era hasta hace 20 años el basurero a cielo abierto de Cartagena. Pero en 1996, cuando la alcaldía lo cerró, esas capas y capas de desechos fueron ocupadas. Hoy se calcula que unas 2.500 familias viven en el viejo relleno sanitario de la ciudad.

La basura todavía está omnipresente en el barrio. En las laderas de las calles, por ejemplo, se la ve prensada por el paso del tiempo, como si fueran formaciones geológicas que pudieran hablar de los hábitos de los cartageneros a lo largo de las décadas.

Pero también se puede ver la basura ya reciclada. A veces está en enormes bolsas blancas, prontas para ser vendidas. Pero lo más común es encontrarla en las propias casas, formando techos, paredes, ventanas y demás materiales de construcción y decoración.

La casa de los Porras y Recuero está pintada de verde y tiene un pequeño porche con una cerca de madera. Llevan 19 años juntos. Ella nació en Henequén y él llegó al barrio hace 22 años de la ciudad de Bucaramanga en busca de más oportunidades.

Freddy dice que el reciclaje le permite llevar dinero al hogar todos los días. “Me gusta trabajar”, afirma, mientras explica cómo transmitió la noción de esfuerzo a sus hijos. “Acá la mayoría de los pelados (jóvenes) trabajan en el reciclaje”, cuenta Freddy. “Les gusta la champeta, el ron y la cerveza, pero en los fines de semana. Igual la Policía cree que todos los que están en un picó son bandidos”.

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Lisseth Natera no duda ni un instante en responder. Como policía ella está convencida de que la violencia en el barrio de La Boquilla sería mucho menor si no existiera la champeta.

“Hay algo en esa música que llama a la pelea”, dice Natera, una barranquillera que lleva 8 meses trabajando en la estación de policía de La Boquilla. ¿Qué es lo intrínsecamente violento de la champeta? No lo sabe. A ella le gusta el vallenato.  

A pesar de ser 1° de mayo (o justamente por ello), ese día en la pequeña comunidad de pescadores ubicada a 15 minutos del centro amurallado de Cartagena hay dos picós. Yo estoy yendo a uno de ellos.

En cambio, terminó en la comisaría.

Cuatro periodistas y una cámara de fotos no pasan desapercibidos en La Boquilla. En cuestión de minutos, una moto con dos policías nos intercepta. Nuestro contacto en el barrio nos había fallado y sin alguien del lugar que nos presentara, no nos dejarían llegar a la fiesta.

Así que ahí estoy, sentada en la comisaría, con el noticiero televisivo como sonido de fondo, tratando de explicarle a Natera por qué nos habría de interesar ir a un picó.

No lo entiende. Para ella, estas fiestas son sinónimo de violencia. Sólo en La Boquilla cada semana hay dos, tres heridos en picós, dice. Lo más común es que se apuñalen y se hieran. Aunque, cada tanto, alguien termina muerto.

Esto no pasa sólo en La Boquilla, sino en todos los barrios marginales de Cartagena. Es decir, en casi toda esta ciudad de un millón de habitantes.

Para las autoridades, Jhon Freddy es ahora un número más en las estadística de violencia en Colombia. Pero no para su familia.

Su lápida es un libro abierto, con un paisaje arbolado de fantasía en tonos de azul, violeta y verde. Ahí recortado está él, vestido de suéter blanco y jean, luciendo una de sus famosas poses. “Hijo, la familia no te olvidará y sé que estés donde estés estarás bien, porque fuiste una de las mejores personas del mundo”, dice el texto.

Arelis y Freddy van todos los domingos al cementerio. Es su consuelo, me dicen. Eso y ver a los hijos de Jhon Freddy crecer.

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