"Sin estilo no hay texto, sin reporteo no hay historia, y sin mirada no hay reporteo."

"Sin estilo no hay texto, sin reporteo no hay historia, y sin mirada no hay reporteo."

Leila Guerriero conducirá el Taller Periodismo narrativo: Reporteo, mirada y estilo, en San Salvador, El Salvador, del 19 al 23 de mayo en el marco del Foro Centroamericano de Periodismo, organizado por El Faro. Las inscripciones al taller estarán abiertas hasta el 22 de marzo.  Clic aquí para más información sobre cómo postularte.  Los reporteros siempre llegan a los talleres con mucho entusiasmo pero también con ansiedad y un poco de susto. ¿Qué puedes recomendarles para que mantengan estas sensaciones bajo control? Quizás porque nunca participé de un taller como alumna, me cuesta entender los motivos del susto, aunque no de la ansiedad. La ansiedad es un buen síntoma cuando uno se dispone a hacer algo en torno a lo cual ha montado cierta expectativa. El susto, en cambio, me hace pensar en un temor a cosas que, en principio, no forman parte de una relación entre colegas, que eso es lo que somos los talleristas y yo. Pero de todos modos, para combatir esos temores quizás lo mejor sea tener muy claro que yo no estoy allí para emitir un juicio taxativo y fulminante en torno al trabajo de cada uno, sino para tratar de ayudarlos a buscar una voz y un camino propios. ¿Cuál es tu método de enseñanza y acompañamiento a los talleristas?
Contar en pocas líneas el método de trabajo es imposible. Cambia de taller a taller, aunque hay cosas básicas que se mantienen. Intento que adquieran una suerte de hiperconciencia del texto: que sepan cabalmente por qué se elige una estructura y no otra, una palabra y no otra. Que comprendan la enorme importancia que tiene saber editarse a uno mismo, y sobre todo que internalicen la idea de que sin estilo no hay texto, pero que sin reporteo no hay historia, y que sin mirada no hay reporteo. ¿En qué se parece y en qué se diferencia tu trabajo habitual como editora y el rol que juegas como maestra en un taller?
Puede parecerse en la relación que se establece con el autor, porque la idea es trabajar juntos para tratar de sacar el mayor potencial de un texto sin llevar nada a un terreno personal. Estamos ahí discutiendo ideas, no personas, y tratando de llevar un texto, o unos textos, a un estadio superior. Supongo que se diferencia en que, cuando trabajo como editora de un libro o de un artículo que se va a publicar, ese trabajo toma muchísimo más tiempo. Por la duración acotada que tiene un taller, y porque los asistentes son muchos, ese ida y vuelta con el autor hasta estar seguros de que ya no se puede ir más allá resulta imposible. ¿Qué esperas de los periodistas que llegan a tomar un taller contigo?
Que sientan interés, que vayan curiosos, que tengan expectativas, que sean exigentes conmigo y con ellos mismos, que estén seguros de ser muy buenos pero que sepan que nadie puede ser sublime todo el tiempo, que no evalúen los textos de los compañeros en términos ramplones -"me gustó" o "no me gustó"- sino que se esfuercen en ver la trama compleja de aciertos y debilidades que todos los trabajos entrañan. Que entiendan que estamos manipulando materia prima muy sensible - la obra de un colega- y que por tanto deben tratarla como tal: con seriedad y respeto. Que estén presentes, además de estar de cuerpo presente (hay una enorme diferencia). Que estén dispuestos a esforzarse por llevar la capacidad de mirar y la capacidad de escribir un poco más allá. Que no piensen en esto como "Wow, una semana lejos de mi empleo de todos los días, ¡qué chévere!". En varias ocasiones has mencionado a Homero Alsina Thevenet como uno de tus principales maestros. ¿Qué lo hizo especial para ti? ¿Cómo te marcó? ¿Replicas algunas de sus enseñanzas en tu rol como maestra?
Todo lo que aprendí de Homero lo aprendí sin saber que lo aprendía y él me lo enseñó sin que yo me diera cuenta de que me lo estaba enseñando. Homero ya era un prócer cuando yo, a través de Elvio Gandolfo, empecé a colaborar en el Cultural de El País, de Montevideo. Elvio es también un editor fuertísimo, un lector impresionante. Pero yo sabía que, si algo de lo que yo entregaba para El País no le gustaba a Homero, no se iba a publicar. Y sin embargo siempre, desde el principio, desde que yo era una chica de 22 o 23 años, Homero me permitió publicar con generosidad en su suplemento. Ese voto de confianza es lo máximo que puede hacer un editor como Homero por alguien que, como yo, recién empezaba. Por otra parte, con él entendí, desde el principio, que este era un oficio serio: uno tiene que entregar un texto en determinadas condiciones y esas determinadas condiciones no sólo tienen que ver con que esté bien reporteado y asquerosamente bien escrito, sino también con que llegue a tiempo, con la cantidad de caracteres convenida, con una ortografía perfecta, un interlineado claro, un criterio para poner guiones o comillas. Creo que Homero me marcó, como a muchos de nosotros, con la disciplina, la seriedad, la enorme capacidad de trabajo y, sobre todo, con la idea de que esto, aunque bien escrito, aunque lleno de recursos narrativos, es periodismo, y por tanto tiene que tener datos, y esos datos deben ser correctos. Cualquiera que crea que con escribir bonito alcanza, está perdido. Intento replicar algo de eso en los talleres, y también en mi trabajo como editora. Me gusta pensar que lo que Homero hizo conmigo -confiar en mí-, lo puedo replicar con otros. ¿Qué aprendes tú como maestra en un taller de periodismo?
Yo no sé si es verdad aquello tan demagógico de que el que más aprende es el que enseña, pero sí sé que dar talleres entrena muchísimo el oído y la capacidad para detectar los aciertos, las debilidades y el potencial de un texto. Y eso se aplica también a los textos propios. Los talleres enseñan mucho, también, acerca de la condición humana: acerca del ego, del grado de demanda, del egoísmo, de la generosidad, de la buena educación de las personas. Por otra parte, talleres como este permiten tomarle el pulso a las inquietudes, necesidades y problemas de colegas de todo el continente, y eso es bien inusual. ¿Qué criterios tienes en cuenta para evaluar si un taller ha sido valioso para ti y para tus alumnos?    En mi experiencia, los cinco días de taller alcanzan para ver evoluciones en la escritura, cambios en la mirada, y una actitud diferente en relación a lo que se pensaba del periodismo narrativo o de la crónica. Si noto que estas cosas están allí, siento que el taller ha sido valioso para todos. 

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