Taller El silencio hace daño: narración periodística de historias de guerra
5 de Octubre de 2016

Taller El silencio hace daño: narración periodística de historias de guerra

El taller estuvo dirigido a periodistas colombianos que cubren el conflicto armado de ese país y que fueron seleccionados en el marco del Proyecto Antonio Nariño.

La que sigue es la relatoría, a manera de entrevista, del taller sobre Narrativas de Guerra, dictado por Jon Lee Anderson, reportero de The New Yorker, quien cubrió para esta revista algunos aspectos de la reciente guerra en Afganistán. Desde allí envió cinco reportajes que fueron publicados uno a uno bajo el rótulo de “Cartas desde Afganistan”.  Estos reportajes pueden ser consultados en inglés en www.newyorker.com en la sección The Attacks.

El taller estuvo dirigido a periodistas colombianos que cubren el conflicto armado de ese país y que fueron seleccionados en el marco del Proyecto Antonio Nariño, propuesta liderada por la Fundación Nuevo Periodismo y cuyo objetivo es la promoción y defensa de la libertad de expresión y del derecho a la información

Taller dictado por Jon Lee Anderson

Cartagena de Indias, febrero 4 al 8 de 2002

Relatoría de Pedro Badrán

¿Por qué regresó a Afganistán como reportero de guerra?

A pesar de su glamour, rehuyo el término "reportero de guerra" pues encajona tanto a los periodistas como a la gente. Siempre he tenido un interés por explorar el mundo insurgente, el mundo de la guerra. Yo había estado trece años antes en Afganistán y cuando sucedió lo del atentado del 11 de septiembre les dije a los editores de The New Yorker que quería ir. Pensé de inmediato que había sido Osama Bin Laden y que un presidente como George Bush reaccionaría de manera previsible. Siempre he querido estar en zonas donde los estadounidenses han tenido algún impacto. Sentí la compulsión de compartir algo con la gente. No era un deber patriótico. Mucha gente trató de disuadirme, pero yo sentí el afán de encontrar la verdad y de humanizar a la gente para que no todos fueran convertidos en blancos. Necesitaba ser testigo y contar historias porque duran más que las noticias.

¿Se sintió tentado a enviar noticias?

Mi instinto de reportero es muy fuerte pero sabía que necesitaba contar historias. Las noticias dejan de tener trascendencia y objetivizan al ser humano. Las historias rescatan el valor humano. Por lo regular casi nunca se recuerda la cronología de los eventos sino las historias Mi narrativa de guerra – si es que puede llamarse así– oscila entre la crónica y los perfiles, ya sean estos de ciudades o de seres humanos.

¿Por fortuna, en una revista como The New Yorker se puede hacer eso?

The New Yorker resulta perfecto. Hay un cruce, un equilibrio entre la reportería y lo bien escrito, entre la urgencia de la noticia diaria y la historia bien contada. Creo que eso es obligatorio en una revista de carácter semanal, y también en los periódicos pero aquí en Colombia los alumnos me dicen que tanto los periódicos como las revistas se pegan a los noticieros de televisión, que son los que determinan la agenda.

¿Cómo hacer buen periodismo sin ir al ritmo de los canales de televisión?

Hay que tener autoconfianza. Mientras estaba en el frente de batalla me dije que era necesario dejar pasar una semana sin informar. Lo que hacía era investigar. Mi editora lo comprendió.

¿Podría hablar un poco más de The New Yorker?

Es una revista semanal, que existe desde los años 20, muy influyente tanto en Nueva York como en Estados Unidos. Es una publicación de élite, ahora vende 1 millón de ejemplares, ya que en los últimos años ha aumentado su circulación en casi 250 mil. Publica reportajes, artículos de 10 mil palabras, periodismo, ficción, poesía y ensayo. Se diferencia de las otras revistas porque permite una multiplicidad de voces. La mayoría de las revistas son monofónicas. En The New Yorker no hay fuentes asignadas, no hay territorios, los temas son propuestos por los escritores.

¿Cómo funciona el “Fact Checking Department” (Departamento de Verificación de Datos) al interior de la revista?

Existe un departamento que verifica si los datos recolectados y ofrecidos por el escritor o por el periodista son ciertos. Está conformado por un grupo de chicos geniales que hablan varios idiomas y se dedican a comprobar cada uno de los datos. Por ejemplo, en un reportaje sobre Afganistán yo hablé sobre las petunias rojas que crecían en un jardín y una de las niñas verificadoras llamó al director del Jardín Botánico de New York quien le dijo que esa variedad de petunias no podía existir en Asia central y yo tuve que decir simplemente que eran flores rojas. Por lo regular estos chicos le amargan la vida a los escritores pero yo me llevo bien con ellos.

¿Y sucede lo mismo con sus editores?

Los editores, si saben hacer su trabajo, son buenos orientadores y no buscan protagonismo. Yo siento un gran respaldo de Sharon Delano, mi editora. Cuando hago reportería en otro país, me mantengo siempre en contacto con ella porque alimenta mis ideas. Hay conflictos, por supuesto, casi siempre a la hora de la edición.

¿Y en el caso del perfil sobre Hugo Chávez?

Yo tenía veinte mil palabras escritas sobre Chávez y había recolectado una gran cantidad de información. En medio del reportaje me dice que solo tengo 12 mil palabras, de todas maneras dos veces más de lo que publica una revista. Pero yo había pensado en 17 mil. Vino la discusión y finalmente el perfil se redujo a 13.500. De todas maneras, el texto resultó largo, tanto es así que una publicación que se dedica a comentar los medios de Nueva York preguntó con ironía: ¿por qué tenemos que leer tanto sobre Chávez?

¿Cómo fue su relación con la editora mientras trabajaba en Afganistán?

Sharon me orientó acerca de lo que su publicaba y veía en New York, mientras yo estaba en Afganistán. .Eso me ayudó a tomar decisiones. Fue muy valiosa para mí. Yo enviaba por satélite fragmentos de los textos, tomas, y ella los iba editando.

¿Tuvo dificultades para enviar los textos? ¿Se rompía la comunicación?

Mi correo estaba lleno. Las informaciones y correos electrónicos se bajaban con gran dificultad a través del satélite. Era difícil. Yo acababa de publicar el perfil sobre Chávez. Y a una venezolana no le gustó. Y enviaba mensajes a mi correo diciéndome que yo era un "gringo pendejo" que no tenía ningún derecho de criticar a su presidente. Eran unas cartas larguísimas y a veces tenía que leerlas y bajarlas en el frente de guerra.

¿Cómo son sus relaciones con la editora cuando trabaja más cerca de ella?

Sharon conoce muy bien su trabajo y es discreta. Por lo regular yo escribo muy largo, con la intención de contextualizarla. Yo sé dónde se tienen que editar algunos textos pero prefiero que ella lo haga. Algunos de mis alumnos han planteado el debate sobre si existen editores de verdad en Colombia. Y me han dicho que tal vez no, que no hay claridades sobre esas relaciones tanto de parte del editor hacia el reportero como al contrario.

Reportero en Afganistán

¿Cuáles fueron los peligros que enfrentó en Afganistán?

Siempre hay una imprudencia medida por parte del periodista. Al andar por el bazar te rodean entre 30 y 50 personas. A veces te tiran piedritas. Hay menos hostilidad entre las filas de la Alianza del Norte. Pero siempre te tienes que cuidar porque es como andar entre lobos. Es como estar en un zoológico y tú eres el animal. A un corresponsal le comenzaron a tirar piedritas, no reaccionó, y terminaron tirándole ladrillos. Por fortuna lo pudieron rescatar.

¿Qué le impresionó de Afganistán?

Es menos un país que un campo de batalla. Ha retrocedido casi doscientos años en el tiempo. Hace treinta años era un país en vías de modernización. Debajo de los escombros y las ruinas, a veces se podía observar lo que alguna vez fue una autopista, una carretera. No hay energía eléctrica ni el agua escasea. Mi fotógrafo y yo dormíamos en el suelo.

¿Hay diferencia entre el talibán y la Alianza del Norte?

No muchas. A la gente se le olvida que fueron los miembros de la Alianza del Norte los que impusieron la burkha a las mujeres, por ejemplo. Esto sucedió antes de la llegada de los talibanes.

¿Se sintió más amenazado que los demás reporteros por el hecho de ser norteamericano?

En realidad, no. Mi conclusión es que ellos han estado en la burbuja y le temen a lo foráneo. Lo que ellos llaman Kafir es el no creyente, es decir, alguien que no es humano y que por lo tanto se le puede asesinar.

¿Sintió alguna vez que hacía parte de la operación en contra de Al Qaeda?

No, no lo sentí. Cuando voy a un país trato de alejarme de las fuentes ligadas a la embajada de Estados Unidos. Así sucedió cuando hice la reportería para escribir el perfil de Chávez. Sin embargo, después me arrepentí porque necesitaba cierta información y tuve que conseguirla por teléfono.

¿Ha sido utilizado por sus propias fuentes?

Muchas veces algunos funcionarios de la embajada te llaman para sacarte información. Pero nunca les he dicho nada. Es algo rutinario, ellos te dan su visión y esperan que tú compartas información con ellos. Nunca lo he hecho.

¿En Afganistán, eran demasiados los prejuicios?

Trato de que no me influyan los prejuicios a pesar de que siempre es incómodo tratar con gente brusca, no amigable, agresiva. A veces me tiraban piedras y tenía que reaccionar rápido. Hay algunos días de depresión sobre todo tras la llegada. Y también la comida es una gran decepción. Se toma té, pan y grasa de chivo. Muchos de los reporteros se enfermaron.

¿Logró entender a los afganos?

Yo fui a Afganistán de manera consciente y con la intención de educar a mis paisanos. Siempre traté no de enjuiciar sino de relatar. Quise presentar también a la gente buena que hay en ese país. Uno trata de comprenderlos pero diría que en verdad por razones de cultura, siempre hay una barrera y alguna incomprensión.

¿Pero a algunos de ellos los vio como enemigos?

Sí, es que aprendí que algunos extremistas de Al Qaeda y sus condiscípulos pueden ser tus asesinos en cualquier momento.

¿Cómo escogió a los intérpretes?

Probé varios intérpretes porque los necesitaba. El pashtun y el farsi no son idiomas fáciles. El 1% de los periodistas los hablaban y yo no. Era una situación nueva para mí. Escoger un intérprete requiere de instinto y olfato. Es como cuando escoges al guía para entrar a un barrio bravo. Confías en que las personas que te llevan son las que dicen ser. Andábamos con 2 ó 3 y comparábamos. Uno de ellos era un poco integrista y este hecho era un poco chocante. Desde el principio, yo tuve a Qiaz, un muchacho de 21 años, que me fue muy fiel.

¿Cómo sabía que le estaban traduciendo correctamente?

Los afganos tienen una gran facilidad para los idiomas. Yo confié en ellos. Alguna vez me pasó que uno de mis intérpretes no traducía una inflexión verbal que cambiaba el significado de la frase. La manera de pronunciar un nombre puede demostrar amistad o indiferencia. Me pasó con alguien que me pareció muy cercano al Mullah Omar y yo lo estaba entrevistando. Su manera de referirse a Omar demostraba cierto respeto, tal vez amistad, pero Habibullah, el intérprete, no me lo dijo. Fue Qiaz, quien me lo hizo notar.

Si no hubiera tenido intérpretes ¿cómo hubiera resuelto el asunto?

Siempre hay un punto en el que te puedes comunicar con la gente aunque no hables el idioma. Cuando no he podido comunicarme con la gente he tenido muy buenas experiencias de escritura, porque se agudizan los otros sentidos. De ahí la importancia de los detalles. ¿Sintió que se perdía de algo interesante que le hubiera gustado cubrir? Cuando se está en el frente se tiene que elegir hacia qué sitio se va y eso implica perderse algunos hechos que pueden también resultar más interesantes. Me hubiera gustado estar en la caída de Kabul pero estuve en la de Kunduz. Esta última fue más dramática. La de Kabul en cambio fue el anticlímax. Me hubiera gustado estar en la revuelta de los presos talibanes en Mazar-i-Sharif, pero ya había decidido hacer otra cosa. .Siempre se pierde algo al elegir un camino. Estas decisiones se toman en minutos. El contacto con la editora puede ayudar. Muchas veces lo correcto lo imponía el mismo terreno y yo tenía que decidir basándome en mi instinto de reportero.

Método de trabajo: la reportería

¿Cómo es su método de trabajo?

Primero trato de comprender y luego de explicar el sitio o la situación en la que me encuentro. Mi óptica es de hormiga. Trabajo de forma intuitiva. En realidad no tengo un norte claro ni un plan determinado. Hay que buscar cómo arrancar. En el caso de El Señor de la Guerra1, por ejemplo, estaba claro que Mamur Asan era el personaje principal pero finalmente tenía que conseguir también al asesino de su madre. Sabía de su potencial. Si no tenía a Sadruddin no iba a poder darle la vuelta a ese texto. Finalmente lo conseguí.

¿Cómo funciona su manera de recolectar datos?

Pienso de forma visual. Reacciono de forma emotiva a los sitios. Por ejemplo, en Caracas lo que me impresionó fue el ruido de la ciudad. En la India, los olores. Cuando llego a un sitio me siento como una esponja que absorbe todos los detalles, trato de educarme a mí mismo. Esta etapa donde todo es fresco no dura mucho y también depende del estado anímico. Pero mis primeras impresiones nunca fallan.

¿En cuanto a los personajes es igual...?

Miro mucho las manos de las personas, los lugares en los cuales me reciben pero hay detalles que se escapan. Por ejemplo cuando salí de la casa de Rabbani (escena narrada en La rendición2) me olvidé si las paredes tenían o no papel de colgadura. En España, en una reunión del Rey Juan Carlos con Netanyahu, me impresionó mucho la actitud de matón de barrio que exhibía el primer ministro israelí. Era pintoresco verlo caminar como un matón en un palacio.

¿Y en los perfiles...?

En el caso de un perfil de lo que se trata es de llegar al personaje. Sino lo haces entonces tienes que escribir ese tipo de cosas Por qué no entrevisté a Fulanito de tal. Ese tipo de artículos ya se ha vuelto un género.

¿Utiliza la grabadora?

Pocas veces. Con jefes de Estado sí.

¿Ha tenido conflictos entre la obligación de salvar la vida de alguien y reportear el hecho?

El deber moral es siempre salvar la vida de alguien porque la nota o la foto no duran tanto como el recuerdo de no haber ayudado a una persona. En Uganda me sucedió algo terrible. Luego de una masacre, mi fotógrafo y yo encontramos a una anciana golpeada y desnuda bajo el sol tropical. Quedamos impactados. Habían arrasado su aldea. Los sobrevivientes habían huido al pantano. Al rato aparecieron dos mujeres y nosotros les dijimos: "Ella necesita agua". Pero en realidad nos fuimos caminando y no supimos si las mujeres hicieron algo y nosotros no hicimos más. Quedé con la duda de si las mujeres hicieron algo. Pero en todo caso nosotros no fuimos a auxiliarla. No reaccioné como ser humano. Rex, el fotógrafo, nunca más tomó una foto. Nunca se supo de esa masacre que dejó 250 personas muertas. Yo hice una nota y a nadie le interesó. Me hubiera sentido mejor si le hubiera llevado agua a esa mujer. Y la culpabilidad me persiguió durante un tiempo.

¿Ha dejado de preguntar algo por miedo?

Nunca hay que pensar que no te van a contestar la pregunta. Yo estaba a punto de terminar un reportaje con un general boliviano y entonces le pregunté acerca del sitio donde estaba el cadáver del Ché. Le hice la pregunta antes de irme, ya para terminar, y el tipo me la contestó. Siempre pensé que no me la iba a contestar.

¿Pero ha dejado de preguntar algo por miedo?

En El Salvador, en una conferencia de prensa, luego de que todos los periodistas se habían ido, yo me quedé con Roberto D'Abuisson, un tipo tenebroso, el padrino de los escuadrones de la muerte, candidato a la presidencia de la República. Yo estaba fascinado con el personaje. Era buen mozo y las mujeres parecían sentirse atraídas por él. Durante la conferencia de prensa yo no hice ninguna pregunta pero después le pregunté: ¿Qué porcentaje de la población salvadoreña es necesario matar? Puso su cara en mi cara, a escasos centímetros, y me dijo: "Eso una pregunta muy inconveniente". En verdad, me sentí intimidado. Y al verme rodeado por sus guardaespaldas no pregunté más y me fui.

A la hora de escribir

¿Tiene una estructura en mente antes de empezar a escribir?

A veces comienza a aflorar a una idea de estructura que casi nunca es como termina al final. En realidad, trabajo por escenas. Luego las voy uniendo por ideas o con algunos personajes. Hablo de escenas porque así es el periodismo narrativo. Hay escenas que no funcionan. Pero si uno piensa en escenas utiliza el pensamiento o el recuerdo visual. Hay que detener los sentidos para recoger los detalles que hacen vivo el sitio.

¿Puede dar ejemplos?

Al ver a Kabul pensé que era un escenario destruido. La ciudad era un doble escenario que combinaba el trasfondo histórico y el actual. Me pregunté ¿cómo describo Kabul a Nueva York? Me di cuenta que la gente percibe las ruinas con los nombres de los actores que los han causado. Necesité de voces y actores para poblar ese escenario, para humanizarlo. La declaración del profesor humanizó esa ciudad. Utilizo a una persona para que el me cuente cosas y evito los párrafos de contextualización histórica, los reemplazo por la vivencia de los personajes.

¿Se cuida de sus opiniones?

Donde va mi ojo es donde está mi opinión.

¿Se vale del suspenso, busca efectos?

Puedo utilizar el suspenso si no es demasiado burdo. Pero nunca tengo intenciones ni estructuras en la cabeza. Mi hermano también es escritor y él tiene toda la estructura en la cabeza antes de sentarse a escribir. Manipula al lector de principio a fin. Y lo hace muy bien. Yo soy diferente.

¿Cómo consigue narrar dramas profundos sin caer en extremos?

Ante las situaciones dramáticas no hay que dramatizar. Me vuelvo muy cerebral. No se debe suministrar emoción al público de manera calculada. Los hechos pueden hablar por sí solos.

En sus trabajos hay una obsesión por la descripción...

La descripción es mi gran afán. Soy detallista. En verdad me gustaría hacer una descripción al estilo de ciertas miniaturas. Casi siempre comienzo describiendo un sitio.

Los talleristas preguntan si existe una descripción útil y una descripción inútil...

Tal vez... Si hay cinco o seis personajes, se pueden escoger uno o dos. Es interesante saber qué esta vistiendo el personaje principal siempre y cuando sea curioso. En el caso de Idris, lo describí poco porque lo que me interesaba era su idea, su idiosincrasia.

¿Piensa en el lector cuando escribe?

No pienso en el lector. Primero me tengo que convencer a mí mismo. Cada texto tiene una música interior, y yo trato de encontrar esa “melodía”. Pienso en el lector que está dentro de mí. Pero es obligatorio leer en voz alta, permite darte cuenta de lo bueno o lo malo que es el texto, te permite acelerar o frenar, te muestra cómo manejar el ritmo.

Es cierto que cada tema tiene su melodía. Pero su voz como escritor..

Hubo una búsqueda para encontrar “mi voz”. Cuando trabajé para un columnista y luego para Time no encontré mi voz. Pero poco a poco lo fui haciendo y algo que reconozco como parte de mi voz son las descripciones. A veces, en un párrafo, siento que lo hago bien y eso me satisface, me satisface mucho.

¿Recomienda el uso de la primera persona?

Trato de no inmiscuirme en las historias, trato de excluirme pero en ocasiones no lo puedo evitar. A veces el “yo” es la mejor forma de hacer sentir lo que estoy contando. Muchas veces mi presencia agrega algo. Hay buen periodismo utilizando la primera persona y mal periodismo utilizando la tercera. El uso de estas perspectivas no garantiza nada. También hay maneras de estar presente sin utilizar el yo.

¿Utiliza recuadros?

Creo que no funcionan en textos narrativos.

¿Hay alguna historia que no haya podido escribir?

Cuando estuve en Centroamérica me topé con unos tipos, los contras nicaragüenses, que utilizaban niños de 14 años para torturar prisioneros. Nunca lo pude publicar porque no era política de Time hacerlo. Pero pasé la información a Human Right Watch. Es algo que también podrían hacer los periodistas colombianos.

Cubriendo un conflicto armado

¿Se puede hacer este tipo de periodismo mientras se cubren fuentes?

Difícil. Hay historias que uno no puede escribir como periodista regular. Creo que en Colombia muchos periodistas tienen historias acumuladas, no contadas. Es necesario que se vayan escribiendo así no puedan publicarse todavía. Y no es excusa que uno trabaja en un medio. Kapuscinski escribió sus libros mientras trabajaba en una agencia de prensa.

¿Cómo califica el periodismo de Kapuscinski?

Tiene su propio género periodístico. El hace lo que hace. Es genial.

¿Puede determinar sus influencias?

No lo sé, no lo he pensado. Mi madre era escritora y me leía historias. Yo estaba imbuido de libros, no había televisión. Mi hermano también es escritor. Si te refieres a autores de referencia creo que Graham Greene ejerció una influencia por el tipo de temas que maneja, ese vía crucis entre la fe y la vida. Crecí en el extranjero, en diversos países. Durante la guerra de Vietnam llegué a la edad adulta con un gran escepticismo sobre la autoridad establecida, incluso con respecto a mi país. He sido autodidacta en general, he aprendido a tropezones y a veces no sé hablar de lo que he hecho.

¿Cuál es su opinión frente a las historias que ha producido el taller?

Creo que hay buenas historias y lamentablemente no se pueden publicar, sobre todo en el caso de las historias de los periodistas de provincia. Es evidente que en provincia se siente más la amenaza de los actores armados. Pero yo recomiendo a los periodistas que vayan escribiendo esas historias que no se pueden publicar ahora porque algún día tienen que salir a la luz. Incluso, hay que escribirlas por la propia salud mental. El silencio hace daño.

¿Se pueden anotar esas historias a manera de diario?

Algo que se puede hacer es, efectivamente, llevar un diario teniendo en cuenta que se puede publicar en forma de libro. Otra cosa que recomiendo es configurar redes de periodistas, no de medios, de periodistas para que las historias puedan publicarse en otros medios más seguros. Y por supuesto, hacer investigaciones entre reporteros de distintos medios. Por ejemplo, a un solo periodista le queda difícil investigar la relación Chávez-Farc pero 3 ó 4 pueden hacerlo. Esa relación es un asunto que nadie ha contado.

¿Algunos participantes del taller dicen que sobre El Caguán3 ya todo está dicho y que no vale la pena describirlo?

Creo que hay que ver El Caguán con otros ojos. No es que se tenga que contar todo de nuevo. Pero de vez en cuando es bueno abandonar lo noticioso y tomar lo humano. Me pasó, por ejemplo, con el subcomandante Marcos. Parecía que todo estaba dicho sobre él pero nadie había hablado de los talismanes que usa. Este rasgo lo humanizó. Siempre hay un rasgo individual que los humaniza. Por eso nunca hay arquetipos de guerrilleros sino individualidades.

¿Cuáles serían sus recomendaciones para cubrir un conflicto?

Primero, evitar tomar parte del conflicto. En términos de la integridad suena difícil porque cada uno tiene sus inclinaciones políticas. Pero hay que intentarlo. Y en segundo lugar, hay que sobrellevar el miedo. Sólo he visto cinco tipos que en situaciones de guerra no han sentido nada y eran locos. De hecho siempre hay miedo con respecto a personajes de la guerra. Me han tocado tipos tenebrosos. Y también encuentro en ellos rasgos de simpatía.

¿Usted regresa de cubrir la guerra, llega a su casa y se sienta a escribir?

A veces doy vueltas por el escritorio. No es un bloqueo, primero trato de compartir algo con mi familia. Luego me encierro y escribo de largo. Puedo escribir hasta 14 horas continuas cuando estoy en "trance".

¿Qué aprendió de estos tres meses en Afganistán?

Todavía no puedo decirlo. Lo estoy procesando...

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