Taller de Periodismo y Literatura con Santiago Gamboa
13 de Octubre de 2016

Taller de Periodismo y Literatura con Santiago Gamboa

La primera intención de un taller sobre periodismo y literatura es transmitir a los asistentes el deseo de acercarse a las obras literarias y enriquecer así su quehacer periodístico.
Nayeli Roldán

En busca de la realidad más verdadera

Relatoría del Taller de Periodismo y Literatura

México, Distrito Federal, del 8 al 12 de febrero de 2011

Organizado por:

  • La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano
  • CAF - Banco de Desarrollo de América Latina
  • Encuentros de Periodismo
  • Universidad Iberoamericana

Relatora: Nayeli Roldán

Editor: Carlos Serrano

Maestro: Santiago Gamboa

Estudió literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá. En Madrid se graduó en Filología hispánica en la Universidad Complutense y en París estudió Literatura cubana en la Universidad de La Sorbona. En 1995 publicó su primera novela, ‘Páginas de vuelta’, considerada por la crítica como “una obra que rompe todos los caminos recorridos por la más reciente literatura colombiana”. En 1997 publicó su segunda novela, ‘Perder es cuestión de método’, que ha sido traducida a veinte idiomas. Le siguió ‘Tragedia del hombre que amaba en los aeropuertos’, en 1999. Un año después presentó ‘Vida feliz de un joven llamado Esteban’. En octubre de 2001 publicó ‘Octubre en Pekín’, narración de viajes en la capital china; en 2003, ‘Los impostores’, traducida a diecinueve idiomas. Más tarde publicó ‘El síndrome de Ulises’, finalista del premio Rómulo Gallegos 2007, y la novela breve ‘Hotel Pekín’. En 2009 ganó el V Premio de novela La Otra Orilla, de Editorial Norma con ‘Necrópolis’.

Ha sido diplomático en la Delegación de Colombia ante la UNESCO y en la Embajada de Colombia en India. Fue columnista de la revista Cromos y de la revista Cambio. Ha colaborado en revistas como Gatopardo, Planeta Humano, GQ, Perfiles y SOHO.

Introducción

La primera intención de un taller sobre periodismo y literatura es transmitir a los asistentes el deseo de acercarse a las obras literarias y enriquecer así su quehacer periodístico. Es una fortuna, dice Santiago Gamboa, que los jóvenes latinoamericanos presentes en el encuentro en la Ciudad de México lo asimilaron así hace tiempo. Justamente por eso es que surgen más dudas sobre la singular frontera entre la creación ficticia y el oficio periodístico. En el Taller de Periodismo y Literatura, durante cinco días se analizaron las diferencias y coincidencias entre ambos mundos con base en la experiencia del maestro y los 14 talleristas latinoamericanos. De igual manera se debatió sobre las posibles contribuciones de la literatura al ejercicio del periodismo.  

Palabras clave: recurso literario, criterio, estilo, realidad, lenguaje, contundencia, verdad, periodismo y literatura.

Santiago Gamboa fue reportero de guerra en 1993 durante el conflicto de Bosnia. Al reportar la tragedia como enviado especial del periódico colombiano El Tiempo, se dio cuenta de que el periodismo servía para conmover además de informar. Las notas y crónicas que los reporteros enviaban a sus países propiciaron que la opinión pública se movilizara y la clase política tomara las decisiones que terminaran con el conflicto. “Ese es el ejemplo de cómo el periodismo corrigió con su verdad una situación dramática y cruel”.

Comprobó que la vida cotidiana de las víctimas de un conflicto con tal magnitud debía ser narrada para “conmover”. En esa línea, justamente, estaba entrando al terreno de la estética, de la literatura.

El periodismo y literatura están unidos en un concepto de modernidad a través de la novela y la crónica, aunque esa relación tiene su origen casi con la humanidad misma. La literatura, explica Gamboa, nace con la Épica, donde una persona que regresa a su lugar de origen después de una travesía y cuenta a su gente lo que vio y lo que le pasó. A veces el relato puede ser inventado, exagerado o se queda corto, pero la Épica tiene algo fundamental en la literatura: es la formación de una nación.

Ésta contribuye a construir una identidad, “fundamental para la sociedad, definitivo para la humanidad”. Es ahí donde la literatura comienza a tener un valor social a nivel histórico. El periodismo en cambio hace crónicas de la vida cotidiana y puede provocar rabia por la realidad tan cruda que presenta. Los textos periodísticos podrían considerarse como el diario de una nación, mientras que la literatura sería la historia privada de las naciones. En ambos casos el sólo hecho de contar historias es un placer.

El criterio

En el periodismo como en la literatura, cada historia se puede contar de muchas maneras pero sólo una es la mejor. Para identificarla, el periodista debe formar el “criterio”, construido con el trato cotidiano con la realidad que desarrolla el “olfato periodístico”, porque no es lo mismo la opinión de una persona con menos experiencias que la de alguien que ha leído y conocido el mundo.

Gamboa asegura que no hay nada más difícil que lograr ese “criterio”. Lo compara con una antena o radar con el cual el periodista podrá decir, sin dudar: ‘este es el modo en que se tiene que contar la historia’, porque ha descubierto el elemento central con cuál se entienden los demás temas.

El periodista debe ser capaz de reconocer la manera en que su historia sea más contundente, que esté bien contada. Es indispensable que todo contenido pase por el termómetro definitivo del criterio para hacer comprensible la realidad, porque así como en la literatura las verdades que se expresan provienen de un artificio, en el periodismo la verdad es la que manda.

Para mostrar la importancia del “criterio”, Gamboa explica que el modo de contar puede hacer de un suceso algo banal o importantísimo; la misma información se puede transmitir de esas dos maneras y el contenido se transforma por el modo en que se expresa. Ése es el punto de encuentro entre la literatura y el periodismo. Es utilizar todas las herramientas del bagaje cultural y las experiencias de vida que el periodista ha ido cultivando, para que al escribir una historia pueda aplicar los recursos literarios pero apegados a la realidad.

“El criterio es difícil de aprender pero es necesario saber que existe y tratar de alimentarlo. Todos debemos tratar de ser mejores, la tendencia a la que uno debe aspirar es a ser una mejor persona, un mejor periodista y eso se construye en la experiencia cotidiana, en la lectura, en la conversación con los demás, definitivamente no se aprende en un aula”.

Eso sí, “en algún momento se consigue el “faro””. Hablar de la manera de conseguirlo es difícil porque cada persona lo tiene que armar solo. “Ahí no sólo está lo que se aprende sino también quién es uno. Uno escribe con lo que ha sido desde niño, los amores, el miedo. Cada quien construye su propio filtro. Cada persona tiene su propio método”.

En la literatura en cambio el criterio se llama “estilo”, que es la suma de las propias ideas sobre la vida. También hay muchas formas de narrar las cosas, tal vez a partir del punto de vista de uno o varios personajes y las historias van cambiando de acuerdo a quién las cuenta. Justamente esta “profusión de puntos de vista” es “un arma para el periodismo”, para tratar de darle forma a una historia.

Escribir bien no es escribir “bonito”

Uno de los grandes males del periodismo de hoy es que está muy mal escrito, lo cual tiene que ver con las crisis de los periódicos y la necesidad de redactar muchas notas y a velocidades increíbles. Esto modifica de manera terrible el quehacer periodístico y provoca que la escritura del periodismo vaya perdiendo protagonismo.

Para contrarrestar esta tendencia se debe tener claro que lo más importante para tener una buena escritura es leer. Es un aspecto fundamental para alimentar ese “radar” y evitar caer en ciertos clichés. Gamboa recomienda a los periodistas leer cuentos y novelas, sin olvidar la poesía que también genera y despierta una sensibilidad fina.

Escribir bien requiere de “disciplina, talento y un crítico despiadado dentro”. La disciplina debe estar al leer, al escribir, aunque cada quien va construyendo su propio método.

Todos tienen talento pero hay que regarlo, trabajar por él. “El talento se gasta si no se usa y se ejerce escribiendo y leyendo”. Sobre el “crítico”, dice, debe ser uno “implacable que te rectifique el camino cuando la historia se desvía y que sea lo suficientemente exigente hasta para dos párrafos”.

Es fundamental lograr “un cuidado casi artesanal del lenguaje” a la hora de escribir  porque en la literatura y el periodismo las obras son “bienes inmateriales”. Las obras están en la imaginación de los lectores, el libro es lo que nos permite entrar a la obra. “El libro es el soporte y el lenguaje es el que trasmite la historia”. 

Al momento de escribir, sin embargo, el cuidado del lenguaje no se traduce en adornar las frases porque “escribir bien no es escribir bonito. Ése es el peor vicio que se puede tener en la literatura y el periodismo. La frase bonita de un bolero es mejor que se quede ahí. En la escritura el objetivo no es que sea bonita sino que sea contundente”.

Ni las novelas ni el periodismo se hacen con frases bonitas, de esas “azucaradas como con poesía, frases que buscan una belleza fácil pero que no le aporta a una historia, sino lo contrario, rompe un ritmo y la posibilidad de una comunicación fluida”.

Se debe escribir directo, contundente porque “el que nunca pueda escribir una frase banal, nunca podrá escribir bien”. Si en la literatura o el periodismo cada frase fuese bonita, “el resultado final será un adefesio. Hay que huir de eso”.

Nunca hay que olvidar que cualquier historia debe ser creíble en la construcción, aunque obviamente el periodismo se ocupa de describir la realidad. “Todo lo que uno escribe debe ser así. Si quien lee no cree en ello se acabó todo. Ése es el vínculo que tiene un texto con el lector”. 

Con el “criterio” y el resto de herramientas debemos ser capaces de “agarrar al lector del cuello y sumergirlo, desde la primera línea de nuestro texto”, sobre todo cuando la competencia por conseguir lectores empieza en la misma página del periódico con otras noticias o mensajes publicitarios.

Gamboa advierte, sin embargo, que “no hay una regla de cómo hacerlo. Cada historia tiene su propia manera de escribirse”. La indicación que todos debemos tomar en cuenta es que se debe escribir con calidad porque el lector “es lo más cruel que hay” y con razón porque no está obligado a ser tener ninguna indulgencia con uno por las circunstancias que hubo durante la escritura del texto. Es más, ni siquiera tiene la obligación de leer lo que uno ha escrito. 

“La verdad de las mentiras”

No hay reglas para contar historias que se sean válidas para todos, salvo las gramaticales, porque nunca habrá un precepto científico para explicar la realidad y es mejor que no lo haya. La literatura ayudará, en todo caso, a enriquecer nuestro lenguaje para contar las historias. Para debatir sobre las diferencias entre las verdades de la literatura y el periodismo y su utilización, el maestro y los talleristas analizaron el prólogo del libro “La verdad de las mentiras” de Mario Vargas Llosa[1].

“El periodismo sí tiene que estar apegado a la verdad de la realidad, mientras que en la literatura la manera de llegar a la verdad pasa por ficciones y de alguna manera por mentira, pero todo eso es verdad también”.

La literatura y el periodismo quieren llegar  a una verdad pero lo hacen por vías diferentes. Incluso cuando se es realista, la historia se está llevando al territorio de la ficción.

“No es la anécdota lo que decide la verdad o la mentira de una ficción. Sino que ella sea escrita, no vivida, que esté hecha de palabras y no de experiencias concretas. Al traducirse en lenguaje, al ser contados, los hechos sufren una profunda modificación. El hecho real —la sangrienta batalla en la que tomé parte, el perfil gótico de la muchacha que amé— es uno, en tanto que los signos que podrían describirlo son innumerables. Al elegir unos y descartar otros, el novelista privilegia una y asesina otras mil posibilidades o versiones de aquello que describe: esto, entonces, muda de naturaleza, lo que describe se convierte en lo descrito. ¿Me refiero sólo al caso del escritor realista, aquella secta, escuela o tradición a la que sin duda pertenezco, cuyas novelas relatan sucesos que los lectores pueden reconocer como posibles a través de su propia vivencia de la realidad?”[2].

Gamboa asegura que “esto también tiene que ver con el periodismo porque al elegir el enfoque, el punto de vista, de las palabras que se usan, no se es inocente”. Tanto en la literatura como en el periodismo, la materia prima es la palabra, y la realidad es como una liebre escurridiza porque al fin y al cabo la verdad es la sumatoria o el punto común de las 30 versiones posibles. Esa verdad es casi tan relativa y variada como escritores hay en el mundo, pero seguramente triunfará la que esté mejor expresada.

El texto de Vargas Llosa plantea: “¿Qué diferencia hay, entonces, entre una ficción y un reportaje periodístico o un libro de historia? ¿No están ellos compuestos de palabras? ¿No encarcelan acaso en el tiempo artificial del relato ese torrente sin riberas, el tiempo real? La respuesta es: se trata de sistemas  opuestos de aproximación a lo real. En tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros no pueden dejar de ser sus siervos. La noción de verdad o mentira funciona de manera distinta en cada caso. Para el periodismo o la historia la verdad depende del cotejo entre lo escrito y la realidad que lo inspira. A más cercanía, más verdad, y, a más distancia, más mentira”[3].

Hacer vivir al lector la historia que alguien le contó al periodista es “prácticamente una operación literaria”. Al redactar un texto periodístico que cuente el drama de una región, por ejemplo, se decide hacer a través de un personaje, lograr su retrato es una operación literaria y en ella, como en la realidad misma de la historia, estará la fuerza de la pieza periodística.

“La manera cómo utilices el propio lenguaje, la magia con la que lo hagas, evites la torpeza, hagas cosas bellas y al mismo tiempo contundentes con el lenguaje harán que tu verdad sea más verdadera, como periodista, como historiador y como escritor”.

Como antes se mencionó, el criterio del periodista es esencial pues “sólo con la selección de las palabras para decir algo, ya estás mostrando quién eres, de alguna manera definiéndote a ti mismo y ante los demás. Ésa es una intención estética”.

Un recurso concreto de la literatura para aplicarlo en el periodismo es la “escena narrativa”. “Puede ser aquella que te describe un espacio, una temperatura, una luz y a partir de ahí avanzar a lo que quieras llegar. Darle un toque narrativo quiere decir ponerle un poco más de literatura, un poco más de plasticidad al lenguaje. Algo que desde el inicio te muestre el centro del texto. Encontrar el detalle para la escena, un elemento que de la imagen que te sitúe en el drama. Buscar dos o tres elementos ricos en potencia desde el punto de vista narrativo y describir a partir de ellos”.

Al hablar de la literatura, Vargas Llosa refiere que “la ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos. Lo que quiere decir que, a la vez que aplacan transitoriamente la insatisfacción humana, las ficciones también la azuzan, espoleando los deseos y la imaginación”[4].

Esto significa que de algún modo, “la buena literatura nos hace ser críticos con la realidad y es algo que debemos trasladar al periodismo. El buen periodismo escrito debe tener este mismo principio, el de hacer personas críticas”. Vargas Llosa habla de la literatura para transformar el mundo pues provoca una sensación de orden en los lectores y los convierte en personas insatisfechas porque la realidad no es ordenada.  “Ese desorden golpea contra el orden de las construcciones estéticas y de ese choque proviene un ciudadano crítico. Es fundamental inocularle esto la escritura periodística para que su calidad sea tan grande que provoque la misma sensación que la literatura y el lector sea crítico de la realidad”.

En primera persona

La facilidad del lenguaje no coincide con un contenido fácil. Esto tiene que ver con la narración en primera persona, pues aunque parezca sencillo, tiene una intención.

En la ficción se utiliza la primera persona para lograr cierta intimidad y establecer un pacto con el lector y que se incorpora a la historia de una manera más privada, más íntima; por eso las descripciones a veces sobran pues los personajes se presentan solos, se van pintando en la mente del lector. El resultado final puede ser un retrato muy bien logrado”.

Los efectos que produce la primera persona en el lector son tan fuertes, tan intensos que la consecuencia lógica es que casi siempre el lector tiende a reconocerlo como si fueran las aventuras del propio escritor. Al lector le cuesta trabajo diferenciar la vida del autor, pero quien adopta la primera persona es el narrador.

La primera persona más tradicional es la confesional; pero la literatura avanza junto con los descubrimientos científicos como la teoría de la relatividad de Albert Einstein o el psicoanálisis de Sigmund Freud cuyo descubrimiento del inconsciente también se aplica a la ficción, cuando el personaje al que le suceden las cosas es el mismo que narra. Otro es el narrador testigo; la historia la cuenta el vecino, el amigo, del personaje central. En algunas novelas este tipo de narrador intensifica el misterio.

El internet es la explosión de la primera persona a través de los blogs o redes sociales como Twitter, por ejemplo. En el periodismo “la primera persona no es por definición mala y arrogante, sino más bien es utilizada mal y de manera arrogante”. 

La columna es el género en el que el requisito primordial es escribir en primera persona. En este  se conoce más al periodista y se asume que lo que se dice siempre es verdadero. “No necesitas llenar el texto de tanto dato porque basta con que tú lo digas. Es el espacio donde puedes vociferar, puedes ser soez si es que tu texto lo necesita”.

Se pueden expresar incluso hasta emotividades porque quien firma es el único responsable. No se miente, ni insulta, sólo dice lo que siente. Las columnas de opinión permiten tener ciertas prerrogativas, pero también se debe conocer los límites legales al momento de escribir en este género.

El cuento

Un día perfecto para el pez plátano”, cuento de Jerome David Salinger, considerado por muchos como el mejor escrito en letra inglesa, sirvió para analizar este género literario. 

Gamboa explica que en un cuento “el primer párrafo es como el toque musical de todo el texto”. Este cuento además aplica “la teoría del iceberg”, donde lo que se muestra es sólo la superficie, pero debajo hay más historia.

Salinger no lo dice todo, sugiere, utiliza los diálogos y tensa las escenas. La no descripción puede, además, decir más, pues con pocos elementos se tienen escenas bien logradas.

El cuento como género es una mirada distinta del mundo con la “esfericidad” como elemento indispensable. Debe ser algo que comienza y termina perfecto. “Atrapar un instante de la vida que sirva como metáfora de una situación general con una gran potencia narrativa con pocos elementos, pero al mismo tiempo son muchos, con una gran explosión”.

Como colofón, Gamboa explica que la literatura no es algo que se pueda enseñar, pero lo que sí se puede hacer es transmitir el entusiasmo por un mundo que da cosas maravillosas.

En el taller se buscaron elementos que unieran las dos actividades y al mismo tiempo se abrieron otros temas porque “no estamos aquí para cerrarlos, es bueno que salgan llenos de preguntas para seguir escribiendo y comprendiendo como a través de la literatura y el periodismo de buena calidad podemos hacer todo”.

A veces las carencias son el motor de la literatura, de la filosofía, de la mente humana. Uno vive, procesa y produce.  Cuando un país está en una sociedad con problemas, la reflexión en el periodismo y la literatura se hace más profunda, más intensa.


[1] VARGAS Llosa Mario: La verdad de las mentiras. Punto de Lectura, España, 2007

[2] Ídem, pág. 18

[3] Íbidem, pág. 20

[4] Íbidem, pág. 23

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