Taller de Periodismo Literario con Mayra Montero
6 de Octubre de 2016

Taller de Periodismo Literario con Mayra Montero

La relación entre periodismo y literatura pasa, en muchos casos, por una línea fronteriza, imperceptible, que abre una constante temática de reflexión para periodistas, académicos y literatos.

 

LA ILUSIÓN VERDADERA ESTÁ EN EL HUMO DE LOS DESENCUENTROS

Taller de Periodismo Literario con Mayra Montero. Cartagena, 13 a 17 de diciembre de 2004. 

 

Relator: Danilo Moreno Hernández.  danilomontes2003@yahoo.com.ar

 

El arte de escribir es suprimir. 

Kafka  La relación entre periodismo y literatura pasa, en muchos casos, por una línea fronteriza, imperceptible, que abre una constante temática de reflexión para   periodistas, académicos y literatos. La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, desde hace cuatro años y en memoria del periodista y escritor Eligio García, realiza un taller en torno a dicha temática, con el objetivo de propiciar el encuentro de jóvenes periodistas de toda América Latina con un escritor consagrado, en este caso la escritora cubano puertorriqueña Mayra Montero. La búsqueda se centra en hallar pistas y rastros que orienten la creación de textos periodísticos en los que se evidencien algunos recursos literarios.  

 

Esta memoria estará compuesta por tres escenarios: el primero una casa colonial ubicada en la calle San Juan de Dios de la ciudad amurallada en donde se realizó el taller; el segundo, el espacio de la tertulia, el taller después del taller: la bohemia literaria; y el tercer escenario el espacio virtual que permitió seguir intercambiando opiniones a través de Internet, utilizando correos, foros y esa herramienta que agota las distancias y permite “hablar” a través de una pantalla: el Chat. 

 

Como lo dijo Mayra Montero durante el encuentro, el humo infiel de la memoria, tratará de capturar las frases dichas, las no dichas y los espacios en blanco que fueron significativos durante el taller. Como toda noción de memoria tendrá la idea de olvido, de infidelidad, sobre lo que ocurrió durante los cinco días del encuentro. Tendrá, además, un carácter fragmentado que sólo permite reproducir algunos episodios, algunas ideas. Tendrá, también, la nostalgia, que es la única nube que nos mece en la tierra[1], porque luego de un encuentro lleno de calidez, de afectos, en medio del paisaje de Cartagena de Indias, queda siempre la nostalgia.

 

Déjense llevar por el instinto  

“La crónica tiene la técnica del cuento con la    diferencia de que los hechos son ciertos”.

Gabriel García Márquez

 

Retomar el evento desde el viernes, último día del taller, quizás nos ayude a recuperar una de las ideas más sólidas que se transmitió a lo largo de la semana, porque la madurez de los encuentros siempre se produce con el paso del tiempo. La escritora Mayra Montero leyó un documento en el que suministró las reglas de oro para producir un texto que evidencie el híbrido entre el periodismo y la literatura. Citando a Sydney Burn, de Pittsburgh University, uno de los especialistas en el tema, la maestra leyó los que supuestamente eran los elementos básicos para lograr dicho cometido. Pero al final de hacerlo confesó que tanto el autor como las reglas eran un invento: “Las reglas no existen, déjense llevar por el instinto”, dijo. Desde esta perspectiva, creer que existe un manual sobre cómo hacer periodismo literario es un error. Cada texto debe lograr su propio ritmo, su propio tono. Uno de los hallazgos más significativos en el ejercicio de escribir es poder encontrar el ritmo particular de cada crónica, de cada producción periodística, porque sin duda todo texto tiene un compás, una música, un tiempo, un equilibrio, una voz, un murmullo, cuyo objetivo es seducir al lector. 

 

De ahí que el ejercicio de escribir no pueda depender de una bitácora que señale el paso uno, el dos, el tres y los demás. Las bitácoras quizás funcionen muy bien para otros oficios, como pilotear aviones, pero en este caso es mejor que el texto logre su propia estética. No se puede encajar en una camisa de fuerza otorgada por unas reglas que no existen. Las fórmulas fijas o mágicas para espantar la angustia de la página en blanco, desde cualquier punto de vista, suelen ser un intento fallido, una búsqueda errática. Los parámetros estáticos se derrumban ante el nacimiento de cada nuevo ser: el texto, que como ser vivo genera su propio devenir. 

 

Sin reglas, la brújula indica que el instinto es un elemento indispensable para encontrar el tono narrativo, es éste el que sirve para desarrollar la historia. Desarrollar el instinto, creerle a esa voz interior que indica cómo armar la historia, no se aprende en ninguna parte. Se trata de una habilidad que se adquiere con la práctica y que se consolida con la lectura permanente. Todo instinto está cargado de subjetividades, a las que no se le puede temer, porque, como lo argumentó Alfredo Bryce Echenique, “sólo puede llegarse a la objetividad total, mediante una subjetividad bien intencionada”. El instinto estará atado, con un hilo invisible, a la forma de ver el mundo: esa capacidad de asombro que se encuentra en las grandes obras literarias y periodísticas. Asombro y sencillez, para lograr un enfoque sensato, o como lo dijo uno de los talleristas: “creo en el periodismo humano, creo en la observación emotiva de la realidad, el instinto deviene en maldad literaria, maldad periodística”. 

 

Del último día podemos saltar a la mañana en la que se inició el taller, porque el primer momento casi siempre deja huella. Como un buen augurio de lo que se debatió durante la semana, el taller se inició con la lectura del texto: Las nostalgias que no se acaban[2], escrito por Jaime García quien recordó que estos talleres de periodismo narrativo se hacen en honor a un cultor del género en Colombia, que poco antes de su muerte, en junio de 2001, a la edad de 54 años, firmó por primera vez un texto incluyendo el apellido de su madre: Eligio García Márquez, un hombre cuyo trabajo se convirtió en un buen ejemplo tanto del oficio periodístico, como el de escritor. Un hombre que, sin duda, trabajó sin reglas y construyó su propio camino. 

 

La lectura abre las puertas de otros mundos  

Durante el taller se dijo, y es necesario volverlo a repetir todas las veces que sea necesario, que una de las actividades indispensables que debe, y se subraya el debe, realizar un periodista es leer y releer. Quizás por eso fue que el maestro Augusto Roa Bastos, en una de sus últimas entrevista, que concedió a una de las talleristas días antes del encuentro, decidió contestar una de las preguntas así: “Yo leo las veinticuatro horas del día y después sigo”[3]. Y ante la pregunta por cuál había sido el mejor libro que había leído, el maestro contestó: “Todos los libros son los mejores”

 

Ese deber y esa constante búsqueda a través de los libros nos hacen recordar a Borges, quien en una de sus conferencias señaló: “de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo… pero el libro es otra cosa, es la extensión de la memoria y de la imaginación… ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro[4]”. Por eso para escribir es necesario ser lector, devorar libros, amarlos, abrirlos una y otra vez para hallar en ellos las pistas de un camino sin mapas.

 

Sin duda alguna la lectura abre las puertas de otros mundos y espacios, abre las ventanas para poder ver otros horizontes. La lectura otorga la posibilidad del viaje, puesto que los libros nos llevan por otros territorios. El viaje de Marco Polo, en Las Ciudades Invisibles[5], de Italo Calvino es una prueba de esto. Los relatos de viaje que Marco Polo hace a Jublai Kan, no siempre son creídos por el emperador, pero él lo escucha con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores. La condición del viajero permanente es una de las características que se repite en muchos de los escritores consagrados. 

 

Claro que la lectura, por lo menos en términos periodísticos, no se puede referir solo a los libros. El periodista debe leer de su entorno, de su contexto, de su historia, a través de los personajes que lo rodean y de los acontecimientos, sin perder la capacidad de asombro. “Todos somos libros solo que nos hacen falta lectores”, como lo dijo el maestro Roa en la citada entrevista. Leer el entorno, los libros, el contexto, supone una actitud de sospecha, que busca desarrollar eso que se llama olfato periodístico. 

 

También se debe hacer la lectura de otras estéticas, una de ellas la de la imagen, fija o en movimiento, como se propuso y discutió por largas horas durante el taller. Algunos de los asistentes evocaron esas películas que les dejaron huella, porque, sin duda, el cine también nutre al escritor, lo alimenta, nos muestra el mundo de quienes tienen la capacidad de pensar en imágenes. El cine es como una ventana en la que se representan formas de ver la vida, que van desde la historia de la humanidad, hasta las historias de lo cotidiano. Así, en el cine encontramos otras estructuras narrativas que, sin duda, pueden enriquecer el oficio del escritor. 

 

El otro ejercicio de lectura es la relectura, volver sobre los textos. En Si una noche de invierno un viajero[6], Italo Calvino recrea las diferentes clases de lector, entre ellas, el que se dedica a releer: También yo siento la necesidad de releer los libros que ya he leído, pero en cada relectura me parece leer por primera vez un libro nuevo. Esta actividad de relectura tiene que pasar por los textos que se escriben, porque al releer se rehacen los párrafos una y otra vez. En la reconstrucción se da un camino hacia la consolidación del texto. Rehacer, releer, repensar, quitar, aprender a suprimir como lo sugiere la cita de Kafka que hizo Mayra Montero al inicio del taller. Hay que soltar las palabras que están demás, que sobran. Tener la capacidad de suprimir esas frases que en el proceso de escritura se consideraron necesarias es parte del aprendizaje, allí empieza el arte del oficio.  

Atrapar las historia mínimas

“Yo creo que el periodismo es una magnífica escuela de vida, es una magnífica manera de estar en contacto con el suceso diario, con lo que ocurre, con la historia contemporánea, y sin esos contactos no creo que pueda hacerse en este siglo novela válida ni duradera”

Alejo Carpentier

 

El periodismo literario permite indagar por las historias mínimas, por aquellos temas centrados en personajes anónimos; ofrece la posibilidad de alejarse de temas comunes como el de la violencia, tan atractivo para las industrias editoriales. Permite huir de las notas periodísticas que se escriben con la  intención de especular sobre los hechos. La búsqueda por las historias mínimas se convierte, entonces, en un reto periodístico y en una responsabilidad social orientada a construir otros imaginarios sociales desde la cultura mediática, responsable de la construcción de dichos imaginarios. 

 

Rescatar las historias mínimas, volver sobre lo cotidiano, implica un desafío que supone invención, como se propuso desde la primera sesión del taller. Y es que sin duda, en los hechos cotidianos existen escenarios y personajes sobre los que se pueden contar historias desde diferentes ángulos. Los temas que se vuelven invisibles, porque no encajan con las lógicas de los monopolios de la información, necesitan ser contados, narrados. Temas con los que también se pueden representar los otros rostros de América Latina. El reto está, entonces, en lograr que con el oficio periodístico se haga visible lo invisible. Dedicarse a los temas espectaculares o narrar todos los hechos como si se tratara de eventos extraordinarios, fortalece una cultura en la que el periodista evidencia la falta de creatividad. Como se manifestó durante el taller: “Es necesario huirle a la narrativa de lo espectacular”.

 

Un ejemplo claro, que encontramos en el cine, aparece en Suit Habana (2001) del director cubano Fernando Pérez, película que a partir de una composición de imágenes, sin diálogos, nos recrea la cotidianidad de ocho personajes anónimos, con los que se construye ese tejido de la ciudad que no se ve en una primera mirada. Una obra que con sutileza logra construir la necesaria tensión con los espectadores sin acudir a temas estereotipados con los que, en muchas producciones, se representa La Habana. 

 

En la literatura, el uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964), uno de los observadores de esas historias mínimas, fue referenciado así por Calvino: las aventuras de un pianista paupérrimo, en quien el sentido de lo cómico transfigura el amargor de una vida amasada con derrotas, son el primer apunte del que parten los cuentos de este escritor. Basta con que se ponga a narrar las pequeñas miserias de una existencia, para que en las páginas se acumulen alucinaciones y metáforas con las que los objetos cobran vida[7]

 

Sobre la estructura

El clavecín, el piano y la celesta. Imposible concebir un ángel más completo. Alejandrina Sanromá llegó a mi vida –más bien pasó por mi vida– en uno de esos momentos de sequía en que creí que ya jamás me volvería loco de pasión. Me obsesioné con esa idea del mismo modo en que algunos escritores se obsesionan con la página en blanco. Yo estaba en blanco, el mundo frente a mí también lo estaba. Llegué a pensar que mi relación anterior, un horrorizado romance con la violinista Manuela Suggia, me había incapacitado para sentir de nuevo. El último descenso a los infiernos que emprendimos juntos había sido a principios de junio. De pronto estábamos en noviembre, llevaba meses de fidelidad forzada, y ante mi tristeza y ese vagar como alma en pena por la casa, mi mujer se atemorizó: pensó que estaba planeando abandonarla. Por primera vez, noté que desconfiaba de mis salidas; registraba mis bolsillos, me espiaba cuando hablaba por teléfono. ¿Cómo explicarle que nunca le había sido fiel por tanto tiempo ni con tanta intensidad?

 

Fragmento de la  novela Púrpura profundo de Mayra Montero

 

En este párrafo la maestra Montero nos muestra la solidez de la estructura que se reafirma en cada uno de los párrafos de un buen texto. ¿Cuántas imágenes se nos presentan en tan solo un fragmento? Muchas y de una forma precisa, la voz narrativa, en primera persona, nos relata su momento de sequía antes de la llegada de Alejandrina Sanromá, ese ángel adornado de clavecín, piano y celesta, que le devolvió la idea de sentir la pasión que creía perdida. En un solo párrafo se nos cuenta una historia en tres sonidos, se caracteriza un personaje, se nos retrata un conflicto entre una pareja, se crea atmósfera. Por eso cada palabra ayuda a la precisión del texto.    

 

El ejemplo del párrafo de la maestra Montero, nos permite reflexionar, como se hizo durante el taller, en torno a la estructura narrativa del texto, que permitirá, durante el oficio periodístico, utilizar algunas técnicas literarias. Para armar dicha estructura es necesario analizar cómo se consolida su coherencia, a partir de tres aspectos fundamentales: personajes, tiempo y escenarios. Una vez seleccionados los personajes – debemos tomarlos y llevarlos, de la mano, hasta el final, como lo sugiere Horacio Quiroga. Personajes redondos, “porque es preciso admitir que los personajes planos en sí no son un logro tan grande como los redondos… Un personaje plano, sea serio o trágico, puede resultar un aburrimiento”[8]. Así, podemos señalar que los personajes planos carecen de fuerza y por lo tanto lograr una caracterización de los mismos es complicado y, sobre todo, genera poco interés en el lector. Ejemplos de personajes redondos se encuentran en los libros de Dostoievski o en la Madame Bovary, de Flaubert. El mayor logro de un personaje redondo es que convence al lector de manera sorprendente. 

 

Así, los personajes redondos se mueven mejor sobre escenarios bien retratados con las palabras, escenarios que el lector pueda ver, sentir, oler. Un escenario con estas condiciones está atado al tiempo, en esa relación tiempo y espacio o lo que se conoce como cronotopio, que dentro de la estructura de la narración juega un papel vital, en tanto la suma de los dos elementos contribuyen de manera definitiva en la consolidación del ritmo y permite focalizar la historia para mantener el hilo conductor. 

 

Es necesario estar atento a la lógica de los acontecimientos dentro de la estructura narrativa, buscar, por ejemplo, que las acciones no queden a medias. Las estructuras sólidas permiten jugar con giros sintácticos y gramaticales con los que se puede apelar al humor y otras estrategias, para ganar mayor tensión con el lector. La estructura está atada a los desenlaces con los que se buscan hacer revelaciones periodísticas asociadas al ángulo desde donde se mira el hecho noticioso. Toda estructura narrativa, que experimenta un clímax, también debe buscar un final, un cierre, porque como todo ser, un texto debe morir, en este caso, con la dignidad que dan los buenos finales: “los que tienen gracia”, como lo afirmó Mayra durante el encuentro. Así, y siguiendo a Quiroga, “las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”[9].

 

A la sombra de cada estructura narrativa aguarda el lector implícito o lector modelo. Aquel que ha sido soñado previamente por el autor y quien es capaz de completar el sentido del texto “porque el texto está plagado de espacios en blanco, de intersticios que hay que rellenar, quien lo emitió preveía que se los rellenarían y los dejó en blanco por dos razones. Ante todo, porque un texto es un mecanismo perezoso (o económico) que vive de la plusvalía… En segundo lugar, porque, a medida que pasa de la función didáctica a la estética, un texto quiere dejar al lector la iniciativa interpretativa… Un texto quiere que alguien lo ayude a funcionar”[10]. Si logramos encontrar esos lectores modelos, habremos hallado cómplices de nuestro trabajo, porque como se ha dicho muchas veces: hay que escribir pensando en el lector.   

 

Sin duda alguna, la estructura empieza a develarse desde el primer párrafo. Pero ¿cómo podemos enganchar al lector desde el principio, para que no nos suelte, para que sea nuestro lector implícito? Quizás esta es una de las preguntas más difíciles de resolver, ante todo por la premisa con la que inició esta memoria: no existen las reglas. Tal vez podamos establecer algunos consensos en señalar características generales, como por ejemplo, que el primer párrafo debe ser conciso, que logre anticipar y sorprender al lector. Debe usar un lenguaje directo, sin sobrecargos, sin excesivas metáforas o frases ingeniosas. Es mejor evitar palabras que sobran. “No lo podemos dejar zombi, tampoco podemos buscar estructuras exageradamente melodramáticas, esta forma de narrar afecta el oficio periodístico”, como lo afirmó Mayra Montero.

 

Antes del primer párrafo está el título que encierra la misma dificultad. ¿Cómo lograr un título que atraiga sin caer en sensacionalismos inútiles? La respuesta concreta no existe, como tampoco existen las reglas. Pero podemos mirar algunos de los ejemplos que fueron el resultado del taller: Amarga vida de dulceras, fue un trabajo centrado en las dulceras de la ciudad amurallada. Faulkner se perdió en Cartagena, una nota que narra la desaparición de las maletas –incluido un libro de dicho escritor– de uno de los asistentes al taller. Historia de una estrella, es crónica sobre la vida de una prostituta que llegó a Cartagena con la idea de cumplir sus sueños y “que, según promete, por cien mil pesos te lleva al cielo”. El otro García Márquez, Guía en las calles del amor, es un texto que muestra los otros rincones de El Amor en los Tiempos del Cólera

 

Una estructura narrativa sólida hace uso de la sutileza y la puntualidad, maneja la creatividad narrativa, habla de las cosas significativas sin necesidad de nombrarlas todas: lo importante no es decir Carlos está triste, lo importante está en que el lector sienta la tristeza de Carlos. En una discusión sobre el tema, uno de los talleristas ofreció el siguiente ejemplo: Ripley[11], en un recorrido por el metro de Nueva York encontró un ciego pidiendo limosna, con una pizarra amarrada al pecho que decía: SOY CIEGO. Ripley le dijo: ¿quiere usted conseguir mucho más? – Desde luego, dijo el ciego. Entonces volteó la tabla y escribió una nueva frase. Días después buscó al ciego quien sorprendido le preguntó qué había escrito, a lo que Ripley contestó: ES PRIMAVERA Y NO PUEDO VER LAS FLORES.  

 

Las estructuras sólidas están atadas a la idea de crear atmósferas. Mayra Montero es una maestra en la creación de atmósferas, para crear ambiente utiliza la música y los cuerpos, como lo sostiene José Luis de la Fuente[12] sobre la novela Púrpura profundo: “la música incita al cuerpo y ambos se mueven al ritmo pero en compañías diversas... la música siempre es un instrumento apreciable y rico en la obra de Mayra Montero y que utiliza para resolver la estructura narrativa… La música que trae su Púrpura profundo puede aparecer con sordina, pero la escritora logra el afianzamiento de una estructura narrativa que buscaba y parecía no hallar de forma definitiva como sí resulta en esta novela… a la escritora le sobran armas para atrapar al lector y ensalmarlo (hechizarlo) con los olores caribeños, las músicas de los cuerpos y una escritura tan cautivadora como las sacerdotisas de algunas de sus novelas”. 

 

Una estructura narrativa consistente se arma con la utilización adecuada del lenguaje. Es sensato huir de la exagerada adjetivación. Es necesario evitar las frases hechas que nos muestran la poca capacidad creativa de algunos periodistas, que empobrecen el lenguaje. Se ha demostrado que en la actualidad la jerga de muchos periodistas, quizás de la mayoría, no supera las tres mil palabras, en las que se señalan frases y lugares comunes como: “asistimos a la boda del siglo”, “al juicio del siglo” (que apenas empieza), “nunca antes visto”, “todo el mundo”, “poner un grano de arena”, “el drama de las mulas”, “niños en el límite del peligro”, etc. Esa pobreza nos conduce a pensar que el ejercicio periodístico, y en particular el que se quiere acercar a lo literario, requiere de muchas exigencias, de una búsqueda por un lenguaje más elaborado, menos mediático y que logre transgredir los lugares comunes para mostrar la riqueza de nuestro idioma.  

 

La búsqueda de un lenguaje poético está influida por el periodismo o como lo sostuvo Octavio Paz al referirse a la intención de su obra: “solo he querido dejar unos pocos poemas con la ligereza, el magnetismo y el poder de convicción de un buen artículo de periódico... y un puñado de artículos con la espontaneidad, la concisión y la transparencia de un poema”. Búsqueda interminable que se reafirma cuando Gabriel García Márquez considera que la poesía debería ser cada vez más informativa y el periodismo cada vez más poético. El taller sirvió, entonces, para explorar esas búsquedas, para concluir que el periodismo es otro género literario: literatura sin ficción. Una búsqueda por una brújula inexistente, un camino que debemos seguir de una manera instintiva, una poética que aparece en la cotidianidad y que tenemos que descubrir, una poética que también se hizo presente varias veces durante el taller en frases de la maestra Montero como: “La ilusión verdadera está en el humo de los desencuentros”.  

 

[1] Montero, Mayra. En su intervención durante el cuarto Taller de Periodismo Literario organizado por la FNPI. Cartagena del 13 al 17 de Diciembre de 2004.

[2] García, Jaime. Nostalgias que no se acaban. Texto con el que se inició el cuarto Taller de Periodismo Literario organizado por la FNPI. Cartagena del 13 al 17 de diciembre 2004.

[3] Declaraciones del maestro Roa Bastos, en entrevista concedida a Marta Escurra (2004), periodista paraguaya. El material de dicha entrevista, inédito, se trabajó durante el taller.

[4] Borges, Jorge Luis. Borges Oral. Editorial Bruguera. Barcelona 1985.

[5] Calvino, Italo. Las Ciudades Invisibles, Colección Millenium. Una colección publicada por El Mundo. Madrid 1999.

[6] Calvino, Italo. Si una noche de invierno un viajero. Editorial Siruela. Madrid 1990.

[7] Calvino, Italo. Felisberto Hernández, un Escritor Distinto. En www.lainsignia.org/2003/marzo/cul_010.htm

[8] Forster, Edgard. Personajes planos y personajes redondos, en Teoría de la Novela. Grijalbo Mondadori. Barcelona 1996. 

[9] Quiroga, Horacio. Decálogo del perfecto cuentista, en www.analitica.com/bitblioteca/hquiroga/decalogo.asp

[10] Eco, Umberto. Lector in fabula. Lumen. Barcelona 1981. 

[11] Ferres, Joan, en Video y educación. Ediciones Paidós. Barcelona 1994. Ferres se refiere al psicólogo americano Ripley.

[12] Luis de la Fuente, José. UN SENTIDO MUSICAL DE LA VIDA. Universidad de Valladolid. 2001. 

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