Relatoría: Claves para entender "La guerra de siempre” con Miguel Ángel Bastenier
7 de Octubre de 2016

Relatoría: Claves para entender "La guerra de siempre” con Miguel Ángel Bastenier

Miguel Ángel Bastenier repasa los hechos, contextos, conceptos y protagonistas del conflicto árabe-israelí.

CLAVES PARA ENTENDER “LA GUERRA DE SIEMPRE”

Relatoría del taller La Yihad y Occidente: el conflicto árabe-israelí con Miguel Ángel Bastenier Bogotá, Colombia, agosto de 2007

Organizado por

Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)

Universidad Colegio Mayor del Rosario

Relator: Eduard Soto Guerrero Editor: José Luis Novoa

Miguel Ángel Bastenier

España - Colombia

Es licenciado en historia y derecho de la Universidad de Barcelona, en lengua y literatura inglesa de la Universidad de Cambridge, en periodismo de la Escuela Oficial de Madrid. Actualmente es el subdirector de Relaciones Internacionales del diario El País de España, donde trabaja desde 1982. Desde 1988 es profesor de la maestría en la Escuela de Periodismo de ese diario. Es experto en política internacional y conocedor como pocos de la prensa europea actual, amigo de vieja data de los periodistas de América Latina y maestro en múltiples talleres de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Ha publicado numerosos artículos en la prensa europea (Libération, Le Monde, The  European, Le Point, Le Soir, The Irish Times) y de América Latina: El Espectador y Semana (Colombia), Folha de Sao Paulo (Brasil), Público (México), Búsqueda (Uruguay) entre otros. Ha publicado libros como El Blanco Móvil (2001); La Guerra de Siempre (1999) e Israel-Palestina: La Casa de la Guerra (2002), ambos dedicados al estudio y revisión del pasado, presente y futuro del conflicto árabe-israelí. También ha dirigido varios libros colectivos, entre ellos Grandes Protagonistas del siglo XX (2000).

Resumen:

Claves para entender “la guerra de siempre” es la relatoría del taller que en agosto de 2007 dictó el periodista español Miguel Ángel Bastenier en Bogotá acerca del conflicto árabe-israelí. Repasa los hechos, contextos, conceptos y protagonistas de una lucha cuyas raíces se hunden en los siglos. Precisa el uso de términos y conceptos sobre la que Bastenier ha llamado “la guerra de siempre”. Se trata de una guía útil para las secciones internacionales que a diario escriben sobre su evolución y también es una especie de ensayo-resumen para quien quiera adentrarse en este fenómeno, fundamental para entender nuestro mundo. (12.400 palabras).

Palabras clave:

Periodismo internacional, judíos, palestinos, árabes, Israel, Palestina.

CLAVES PARA ENTENDER “LA GUERRA DE SIEMPRE”

“Oriente próximo, mi primer amor”

En la prensa colombiana se ha extendido el uso de la palabra Oriente Medio para referirse de manera general a esa zona geográfica que incluye desde la cuenca oriental del mar Mediterráneo y el ‘Golfo‘, incluyendo Egipto y Siria.

Explica Bastenier que la terminología la inventaron los franceses al hablar de ‘proche’orient, ‘moyen’ orient y ‘extreme’ orient. Y que la terminología inglesa habla de ‘near’ est, ‘middle’ est y ‘far’ est.

Sin embargo, según Bastenier, la expresión ‘middle est‘, que incluye el ‘Golfo’, se impuso en estas latitudes. Pero, “yo sinceramente prefiero usar el término ‘Oriente próximo’”, dice Bastenier, quien aclara que no usa la expresión ‘Golfo Pérsico‘, sino ‘Golfo‘, a secas y en mayúscula, para no tomar posiciones.

La Guerra fría

En tiempos de la Guerra Fría entre el bloque estadounidense y el soviético a ninguna de las dos potencias les molestaba que hubiera conflicto entre árabes e israelíes pues de alguna forma eso garantizaba que mantuvieran su juego de influencias. Pero al final de la Guerra Fría las cosas cambiaron.

“Al final de la Guerra Fría se pensó que el conflicto se podría solucionar, pues la Unión

Soviética no continuaría con su influencia, que no era ni remotamente similar a la de Estados Unidos. Pero no fue así. Lo que quedó demostrado con el episodio es que este conflicto es autónomo, per se. Si no existiera la superpotencia (URSS), quizás el conflicto hubiera sido distinto”, afirma Bastenier. Y comenta: “Si Estados Unidos quisiera imponer una paz razonable lo haría, pero no ha habido una posición firme en ese sentido”.

La Yihad y el Corán

Yihad, en árabe, significa esfuerzo, la voluntad del creyente para vivir una vida recta. Pero uno de sus significados es ‘guerra santa’, como posibilidad. “Pero no es aceptable decir que yihad y guerra santa son una misma cosa”, explica Bastenier.

La fuente de la Yihad está en el Corán. En ese texto sagrado hay 35 menciones de la palabra Yihad o sus derivados. De ellas 4 son de contenido belicoso; 11 son ‘pacíficas’, y 20 son interpretables.

Según Bastenier, allí está el problema. El debate está en si se puede abordar el Corán como un todo o asura (capítulos) por asura.

Por ejemplo: Hay una asura que dice que el fiel solo puede hacer la guerra defensiva. Pero hay otra que dice que el musulmán tiene que hacer la guerra a los infieles. ¿La una abroga a la otra? Es la pregunta. Probablemente para los seguidores de Al Qaeda la segunda abroga la primera.

El Corán fue un texto revelado a lo largo de 23 años en el siglo VII de nuestra era. Es un mensaje divino directamente revelado al profeta Mahoma, a diferencia de la Biblia, que es un texto inspirado por Dios.

No se sabe si Mahoma era alfabeto. Lo cierto es que el mensaje empezó a transmitirse a través de la recitación. Por eso, casi 20 años después de la muerte del profeta, salió la primera versión escrita del texto sagrado, en el año 651.

Hay 4 escuelas de interpretación coránica. La Shafi, la Hanbalí, la Hanefita y la Maniquí.

Hay que anotar que la Hanbalí pregona la literalidad absoluta del texto coránico. “De sus fuentes bebe Al Qaeda”, dice Bastenier.

El Islam se concibe a sí mismo como una culminación, en el sentido de que esta religión completa la obra del judaísmo y del cristianismo. Tanto así que los profetas de las dos son reconocidas en el Islam, aunque no en el mismo nivel de Mahoma.

En las sociedades musulmanas a cristianos y judíos se les llamaba ‘gentes del libro’ para diferenciarlos de los paganos. Aunque no tenían plenitud de derechos, gozaban de protección especial de las autoridades.

Por ejemplo, cuando Mahoma huyó a Medina, dotó a la ciudad de una Constitución, quizás la primera del mundo, en la que se les reconocen derechos a judíos y cristianos. “Y es bien sabido que el judío vivió mejor en las ‘polis’ musulmanas que en las cristianas”, comenta Bastenier.

De otra parte, en el siglo VIII se produce el cisma entre sunníes y chiíes, como dice Bastenier que se deben escribir, ya que dichas palabras el castellano los retoma como galicismos.

El legado integrista de Ibn Taimiya

En el siglo XIII, cuando ya se asistía al fin del imperio árabe, surgió la figura de un sabio jurisconsulto cuya interpretación del Islam alimentó, siete siglos después, a Osama bin Laden. Se trata de Ibn Taimiya (1268-1328), quien habla de guerras justas, de guerra santa y de que el Islam tendrá que imponerse al resto de la humanidad a través de la vía violenta, de no ser posible por otros medios.

“Este mensaje se explica en que en periodos de crisis, como el que vivía el imperio árabe, se tiende a las posiciones radicales”, asegura Bastenier. De ahí a lo que pasa en la actualidad no hay muchas diferencias.

Entre el siglo XIII y el XVI, sucesivas invasiones destruyeron prácticamente todo el imperio árabe. Pero, a finales del siglo XV, un pueblo no árabe, pero sí musulmán, dominó casi la totalidad de las antiguas posesiones árabes, extendió sus fronteras hasta Persia y reconstruyó su poder político: era el imperio otomano, que  conquistó Constantinopla en 1453. Un tercio de la población del imperio otomano era árabe.

Con ellos hubo un cierto resurgir de la jurisprudencia árabe, pero hubo una interrupción de la línea del califato (el califa era el representante de la divinidad). Sin embargo, se revivieron los poderes religiosos y políticos.

Los siglos XVIII y XIX.

El imperio Otomano vivió su auge, pero en el siglo XVIII empezó a apagarse su esplendor, en buena medida por el avance de la revolución industrial en Europa. Aunque los avances llegan al imperio, la sociedad seguía igual, no había mercado ni para los inventos ni para los avances. Y así sucedió por un largo tiempo con muchos de los logros europeos. Llegaban pero no interesaban o quedaban en manos de la monarquía, que no masificó los progresos tecnológicos.

Desde 1839, cuando los otomanos aplicaron la Transimat, una especie de Perestroika para el imperio, perdieron casi todas sus posesiones en Europa. Y luego, en el siglo XX, cuando fueron arrastrados a la primera Guerra Mundial, quedaron prácticamente reducidos a su estado nacional, pues también perdieron sus dominios en Oriente Próximo.

Tras lo desastrosa que fuera para los otomanos la Primera Guerra, algunas potencias quisieron acabar con el país. Pero Mustafá Kemal Ataturk logró defenderlo. Ahí nació la Turquía moderna y el laicisismo turco.  Luego, dice Bastenier, se prohibió una especie de sombrero tradicional, se expurgó el idioma de palabras del farsi y el árabe, se crearon nuevas palabras para compensar, y se proclamó la separación completa de la religión y el Estado.

De otra parte, las ideas neosalafistas llevan a la primera agitación por la independencia en Egipto, hacia 1919. Se llamaron tumultos y se saldaron con miles de muertos. Fue un levantamiento popular contra la dominación de la Gran Bretaña, que terminó por conceder la independencia en 1922. Dicha independencia era parcial porque los británicos se aseguraron, mediante un tratado, el control de las fronteras, las fuerzas militares y el ministerio del Interior.

Una precisión: Las ideas salafitas tratan sobre los primeros padres, los fundadores, mientras que las neosalafitas enfatizan en la ensoñación por el esplendor ya vivido.

Ante sucesos como los de Egipto, Francia, la otra potencia dominante de la región, algo cedió. Por ejemplo, permitió partidos políticos, pero no independencia. Ese contexto sirve para aclarar el estatus de un país como Líbano, hoy en efervescencia. Explica Bastenier que la provincia siria del imperio otomano se llamaba Al Sham, e incluía el territorio de lo que hoy es Líbano, que no existía como tal. De ahí viene la reivindicación histórica de Siria sobre Líbano. La discusión es si en Al Sham también entraba Jerusalén.

Volvemos al neosalafismo. La primera vertiente popular de la corriente es la Hermandad Musulmana, que se desarrolló en el Alto Egipto (cerca de la desembocadura del Nilo). Fue fundada en 1928 por Hassan al Banna, un profesor de escuela. El movimiento se extendió hacia otros países de la región, especialmente en la región del Mashrek (Oriente Próximo) en contraposición al Magreb (en árabe, occidente, es decir, los países árabes del norte de África). Los pilares de la Hermandad son la reislamización, en el plano religioso; y el apoyo social, que hace que cubran el vacío estatal en funciones como la salud y la educación.

El Hamas es un movimiento palestino inspirado en la Hermandad Musulmana egipcia.

En este punto, Bastenier propone un cambio de protagonistas, pero no de tema. Seguimos ubicados en el siglo XIX, pero ahora del lado del nacimiento del sionismo y del palestinismo.

El Mediterráneo, ruta de nuevos conocimientos en el siglo XIX

Las ideas de la revolución francesa empezaron a llegar a estos territorios a través de los puertos de Siria y Líbano, principalmente, en especial a través de las minorías cristianas que se consideran árabes hasta el tuétano. Era una especie de vía hacia los sistemas políticos representativos, para no llamarlos democracia.

Esto coincidió con que en el mundo árabe, más o menos de una forma sincronizada, se creó la conciencia de que había una cierta decadencia, si se piensa que seis siglos atrás los árabes dominaban el mundo. “Si un marciano hubiera llegado a la tierra en ese entonces, hace seis siglos, al ver el mundo dominado por tres grandes imperios islámicos, los mogoles, los sasánidas y los otomanos, se hubiera imaginado un futuro similar".

 Una civilización de primera línea hoy se percibe como humillada. Y en el centro de ese sentimiento está Palestina.

Así se empezó a pensar que había que traer del ‘enemigo’ el conocimiento perdido, para ponerse de nuevo a la altura. Esta es la inspiración de los movimientos salafistas o neosalafistas que empezaron a ver la luz.

Sunitas y chiitas

Alí, que era una de los califas bien guiados, primo y yerno del profeta Mahoma y convencido de ser su sucesor, era un místico. Sus seguidores combatieron al primer soberano de la dinastía Omeya, que trasladó la capital del imperio árabe a Damasco. Y perdieron la batalla.

De allí salió la rama chií del Islam que desarrolló la idea de que hay un imán oculto, un ‘Mahdi’, que reaparecerá al fin de los tiempos. Los chiíes han desarrollado una especie de santoral con imágenes que veneran, y a la vez son presa de una gran agitación política, porque son sentimentales y místicos. Son más intensos.

En cambio, los sunníes son más quietistas: el que manda es el que manda y no hay discusión al respecto. Pero entre las dos ramas no hay una diferencia concreta en cuanto a doctrina. Las diferencias son más de tipo político-social, no religiosas.

Hamas es sunita, y no tiene simpatía alguna hacia los chiíes. Pero los une una lucha común: la lucha contra el ‘satán occidental’.

El sionismo y el palestinismo

En el siglo XIX, en la cumbre del imperialismo y el colonialismo, Europa proclamó su superioridad racial y el hecho fue aceptado como una realidad generalizada.

El judío era considerado un ciudadano de segunda, hasta cuando en Francia Napoleón los igualó en derechos. En la segunda mitad del siglo XIX, podían hacer una vida normal, comprar, vender, tienen acceso total al estudio y un deseo de emancipación. Se convirtieron en ciudadanos a parte entera. Esto produjo un fenómeno denominado entre ellos ‘Haskala’ (ilustración): los judíos inunden las universidades y centros de estudio. De repente, un tercio de los médicos en Europa eran judíos, así como los periodistas. Así, los antes dominados, se convierten en dominadores. El éxito del judío terminó marcando la creación del ‘antisemitismo’.

En el único país europeo que no se dio en aquel entonces la Haskala fue en Rusia. Solo se produjo después de la revolución de 1905. Comenta Bastenier que si ese mundo cristiano no hubiera sido tan hostil quizás no hubiera habido, en el futuro, conflicto árabeisraelí. Y de la misma forma, quizás no se hubiera producido el crecimiento exponencial del sionismo.

Teodoro Herzl, considerado padre del sionismo, dijo en su momento: “Vamos bien, hemos crecido”.  Pero sucedió algo inesperado en Francia. El proceso (Alfred) Dreyfuss, en el que un militar francés de origen judío fue acusado en 1894 de traición por su origen racial, mostró que la integración del judío a la sociedad europea no es tal. Tras un sonado proceso Francia tardó 12 años en rehabilitar a Dreyfuss.

Herzl era corresponsal en París de un diario y estuvo al tanto del proceso. Lo sucedido le hizo pensar que el mundo cristiano nunca tendría en cuenta realmente a los judíos, que la ilustración judía está muy bien, pero que se estaba perdiendo el tiempo.

Paralelamente, y como sucedió con los árabes, hubo un proceso de regeneración del ser judío. En Rusia y Polonia aparecieron clanes, grupos como ‘Amantes de Sion’ –como llaman a Jerusalén–, y en las sinagogas nunca se dejó de cantar en hebreo. Y más al norte, en Inglaterra, se desarrolló una suerte de teología protestante que señalaba que una potencia iba a convertir a los judíos al protestantismo, y que por eso urgía reconstruir el estado de Sión.

Fue en medio de este movimiento de ideas que Herzl fundó la Organización Sionista Mundial, cuya primera reunión se llevó a cabo en 1897. Fueron 250 delegados, la mitad rusos y polacos (eslavos y germánicos). Herzl dijo entonces, de manera inquietante, que 50 años más tarde el mundo se enteraría.

En el mundo árabe palestino estaba pasando algo parecido. En 1905 un cristiano, Naguib el Azuri, escribe un libro, La cuestión sionista y el Asia turco-árabe. Allí dice que en 50 años habrá una lucha por el mundo entre árabes y palestinos.

Este es el comienzo de los dos nacionalismos.

Como resultado, comenzó la inmigración judía hacia Palestina, con el apoyo del banquero judío Lord Walter Rothschild. Miles de judíos rusos y polacos pobres se implantaron en Palestina con la financiación de judíos británicos y franceses. Ellos, que venían de los países donde no hubo apertura hacia los judíos, decidieron viajar. Así empezaron las ‘aliyas’ (ascenso) u oleadas de inmigración.

Hertzl logra hablar con el sultán turco y le ofrece el ingreso de enormes capitales, pero no consigue nada con él.

La Palestina tras la Primera Guerra formaba parte del mandato británico, que incluía Jordania. Antes de la guerra había en Palestina alrededor de 5 ó 6 por ciento de judíos que eran absolutamente árabes. Pero ya antes y después de la guerra muchas cosas se estaban moviendo en el mundo.

Suenan los tambores de la Primera Guerra Mundial

Había un temor en el bando de los aliados de que el judaísmo internacional -que no se sabe bien qué es o haya sido- se hubiese consolidado como un muy influyente poder secreto. Por eso, era necesario ganarse los favores de este poder entre bastidores que emerge potente. Algo similar pensaba el bando de las potencias centrales, con lo que se inició una carrera por cuál de los dos ganaba más favores del poder judío. Por ejemplo, se propuso que el imperio otomano abandonara los territorios en Oriente Próximo para congraciarse con los judíos y conseguir su apoyo.

En este contexto se dió la declaración Balfour (1917), que se constituyó en el primer documento oficial de una potencia en favor de algo que favorezca a los judíos del mundo. Arthur James Balfour, que era el ministro británico de Exteriores, le escribió una carta al banquero judío Rothschild:

El Gobierno de S. M. contempla con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y empleará sus mejores esfuerzos para facilitar el cumplimiento de este objetivo, quedando claramente entendido que nada se hará que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatuto político de que gozan los judíos en cualquier otro país.

Agradeceré que ponga usted esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista.

Suyo, sinceramente,

Arthur James Balfour.

Las preguntas que se hace Bastenier son: ¿Cómo formar un hogar nacional judío sin perjudicar los derechos de los naturales del lugar? ¿Pensaban cumplir? En ese momento pocas cosas hacían pensar que esa promesa se pudiera llevar a cabo, pero el curso de los acontecimientos terminó dándole respuesta a la pregunta.

Hacia el fin de la guerra, el imperio otomano perdió todas sus posesiones en la región y particularmente Palestina quedó bajo mandato británico. En 1922, Winston Churchill partió en dos el mandato. Una de las misiones del mandato, que no tenía plazo, era ayudar a formar las instituciones con miras a una futura independencia. Así se creó el emirato de Transjordania (formado por Jordania y Cisjordania) y el emirato palestino (lo demás).

En las otras regiones bajo mandato británico los levantamientos eran habituales. En Irak, en Siria y en Egipto la insurrección se hacía notar. Eso hizo que las potencias concluyeran que había que ir pensando en reconocer una independencia limitada. A todos los territorios se les reconoció, menos a uno: Palestina. ¿Por qué? Responde Bastenier: “Porque si se hace eso, el Estado judío no iba a ver la luz por ninguna parte”.

Ya en ese momento hay en Palestina un porcentaje de 15 por ciento de judíos, índice que subió en los años 30 a 25 por ciento.

Mientras todos los árabes caminaban hacia un proceso independentista, en Palestina se quiso mantener el status quo. Entre tanto, los británicos ya habían empeñado su palabra con los judíos, sin tener en cuenta que eso del ‘hogar nacional judío’ cada quien lo interpreta a su acomodo.

Los primeros choques

Los primeros disturbios en Palestina se produjeron en 1921-1922. Según las cifras de la época, hubo alrededor de unos 200 ó 300 muertos de bando y bando, entre ellos unos cuantos policías británicos.  Aunque los británicos intentaban hacer ver cierta equidad, el alto comisionado para esos territorios era un británico judío: Sir Herbert Samuel.

La administración del mandato británico les permitió a los judíos organizarse como quisieron: crearon un sindicato (la Histadrut), consejos comunales, ministerios de salud pública, relaciones exteriores e, inclusive, una fuerza militar, la denominada Haganá, precursora del Tsahal, el gran ejército israelí.

Era un Estado dentro de otro Estado. Un Estado judío para judíos, no oficial y que, además, dejaba entrar a esos territorios a todos los judíos que fueran necesarios. En los años 30 se cerró el ingreso de judíos. Curiosamente, según Bastenier, “los burócratas británicos tenían más simpatía por los judíos, mientras los miembros del Ejército la tenían por los árabes”.

Pero luego vino una nueva inmigración. El ascenso de Hitler en Alemania en 1933 marcó el inicio de una nueva ‘haliya’ al comenzar la persecución a los judíos. Yishuv es el nombre que recibe la comunidad judía antes de la proclamación del Estado de Israel, poco después de finalizar la segunda guerra mundial.

Entretanto, las revueltas continuaban en Marruecos y Argelia. Todo esto lo observaban los palestinos, lo que hizo estallar la ‘Gran revuelta’ en junio de 1936. Esta es una ‘guerra’ de acciones aisladas pero continuadas. El líder es “Ash” (el que ha hecho el peregrinaje a La Meca) Amin al Husseini. La revuelta era en teoría contra el poder colonial, pero lo usual era el apoyo judío a los británicos.

Esto llevó a Londres al convencimiento de que la situación no se podía sostener y de que era necesario un desarrollo político. Palestina tiene 25 mil kilómetros cuadrados, y ya para el año 1936 los judíos representaban  cerca del 30 por ciento de la población. Curiosamente, todos los estudios e informes británicos eran favorables a los árabes. Hacia 1939, poco antes el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se permitiría la entrada de 75 mil judíos más y Palestina sería independiente en 10 años.

Por el lado de los árabes la organización no era su fuerte. Había en Palestina una ciudad semifeudal, con nobles feudales pero sin organización, ni liderazgo, ni formación política. Ellos se las iban a tener que ver con lo mejor de Europa, es decir, los judíos.

La Segunda Guerra

La Yishuv negoció con Heinrich Luitpold Himmler, uno de los principales dirigentes de la Alemania nazi. Cada inmigrante debia llevar a Palestina 1.000 libras esterlinas para cobrar en géneros alemanes. Eran los años 36-37 y el pacto estuvo en vigor hasta el 40.

Después de la Segunda Guerra Mundial se descubrió el Holocausto, y se vió la necesidad de revivir el espíritu de la Declaración Balfour. La Organización Sionista Mundial presionó a Gran Bretaña aprovechando el sentimiento de responsabilidad que les hacía pensar a los ingleses que se habían equivocado con el llamado libro blanco del 39, que limitó la entrada de judíos.

Desde los años 20 ya se conocía de la existencia de David Ben Gurión, un judío polaco que vivió en Palestina, pero que a finales de los 30 se fue a Estados Unidos a agitar los ánimos de los judíos ricos de ese país norteamericano. Gurión significa ‘León’. Fue Ben Gurión, en una reunión de la Organización Sionista Mundial en 1942 quien introdujo un cambio radical, un giro diplomático que hizo mirar a la Yishuv hacia Estados Unidos en lugar de seguir al lado de Gran Bretaña. Estados Unidos era para Ben Gurión un “caballo ganador”, dice Bastenier. Ese giro se expresa en el Documento de Billmore: todos los esfuerzos deberían dirigirse a la creación de una comunidad política en  Palestina.

El Plan Partición y la guerra de 1948

Tras el fin de la Segunda Guerra, paradójicamente cayó el gobierno de Winston Churchill y Gran Bretaña anunció su retiro de India y de Palestina. “Le devolvemos a la ONU la responsabilidad de Palestina”, dijeron entonces los británicos.

Los ingleses salieron de Palestina el 15 de mayo de 1948. La ONU creó una comisión para ver qué se hacía, pero ya las noticias sobre el holocausto se empezaron a conocer en su real dimensión e influyeron en la opinión pública mundial. La comisión regresó del terreno con tres propuestas para lavarse las manos.

  1. Reparto territorial para dos Estados

  2. Mantenimiento del status quo

  3. El libro verde británico: crear un Estado unitario. La proporción propuesta era de 65 por ciento para árabes y 35 para judíos.

De la propuesta 2 ni se habla. La propuesta 3 es rechazada por la Asamblea General. En consecuencia se opta por la primera, que le da el 55 por ciento de las tierras a los judíos, y el 45 a los palestinos. El Plan Partición pasó por un solo voto de diferencia. Jerusalén sería un corpus separado bajo administración de la ONU o Gran Bretaña. El mar y las mejores tierras para los judíos. Y si hubiera sido lo contrario, igual los árabes no habrían aceptado. La sociedad árabe, que ya se empezaba a reconocer como palestina, no lo iba a aceptar. “Por supuesto, la Yishuv acepta el plan de partición a pesar de que lo quieren todo”, dice Bastenier. Así, hacen ver mal a los palestinos ante el mundo, porque no aceptarán.

Mientras en el lado judío hay un liderazgo claro, en el bando palestino hay desorden total. Husseini, lo más parecido a una cabeza política, no tiene cara, pues se entrevistó con Hitler. Entre los palestinos no había un jefe ni remotamente parecido a Ben Gurión.

Las hostilidades en el terreno comenzaron antes de la salida de los británicos. Bandas palestinas hostigaban a los kibbutz judíos más aislados y obtuvieron pequeños éxitos. A principios del 48, la Yishuv se encargó de restaurar los lazos comunicativos entre los kibutz, y de la defensa pasó al ataque.

Para el 14 de mayo de 1948, día de la proclamación del Estado de Israel, ya los judíos iban ganando. Los árabes vecinos no intervinieron pues aún había sobre terreno palestino tropas británicas. Todos sabían que cuando el último soldado británico saliera de Jerusalén, las tropas árabes entrarían y arrasarían. Pero a la hora de la verdad, los libaneses no entraron, los sirios no pasaron la frontera y los jordanos tenían un acuerdo con los judíos para quedarse con Cisjordania, aunque combatieron en Jerusalén. Los únicos que combatieron en plena forma fueron los egipcios.

Serían 20 mil descoordinados soldados árabes absolutamente confiados en que iban a arrasar, contra los 30 mil mejores soldados judíos que venían de participar en la Segunda Guerra Mundial. Era, además, un ejército profesional, con armas checas, que luchaba por su supervivencia. Y del otro lado, una fuerza sin conexión ni mando conjunto que entra a la guerra no por los árabes palestinos, sino por sus propios intereses.

Las hostilidades terminaron hacia septiembre del 48. Israel firmó un acuerdo de alto el fuego, no de paz, construido sobre la base donde quedaron los ejércitos en ese momento. Resultado de eso: la parte judía pasó de 55 por ciento a 77.  Siria no firmó. Se consagró una frontera militar, no política. Jordania se anexionó Cisjordania, que son 5.700 kilómetros cuadrados y la Jerusalén árabe.

Con estos resultados, el Plan Partición quedó roto. El conde sueco Folke Bernadotte, nombrado mediador internacional para Palestina, propuso que Israel se retirara al 55 por ciento original. Su propuesta le costó la vida. Fue asesinado por judíos.

En el 49 volvió a cambiar el mapa. Egipto no anexionó Gaza, sino que la administra a nombre de los palestinos.

Se calcula que el número de desplazados palestinos que dejó la guerra de 1948 fue de más de 700 mil. La historia oficial israelí no ha acabado de aceptar que hubo expulsiones ni que se utilizó la fuerza para sacar a miles de palestinos de sus tierras. Pero, en los años 70, la historiografía israelí dio un vuelco para ver lo que sucedió desde un punto de vista más científico.

Los ‘revisionistas’, como se les llamó, explican que aunque no hubo un plan de expulsión como tal, sí se dieron instrucciones generales cuyo cumplimiento dependía más de la iniciativa de los comandantes al actuar sobre el terreno. No hubo grandes masacres, solo la del 10 de abril de 1948, en Deir Yassin, en la que más de 150 palestinos fueron asesinados por los grupos terrorista judíos Irgún y Stern, con la ayuda de la Haganá (el ejército).

De hecho sí hubo un plan, no oficial. A los palestinos se les hacía saber verbalmente que de ellos se esperaba que se fueran. Luego los ejércitos triunfantes de Israel organizaban las columnas de palestinos para que abandonaran sus tierras. “Para crear el Estado de Israel había que expulsar a los palestinos”, asegura Bastenier. A Israel simplemente no le interesaba cumplir la resolución 181 sobre el retorno de los refugiados o su indemnización.

De otra parte, “lo que hacían los árabes hace cada vez más bien a los judíos”, dice Bastenier. Los estados árabes receptores de los miles de refugiados palestinos no tenían el más mínimo interés en integrar a esa población a su sociedad, salvo Jordania, que hizo a algunos de ellos ciudadanos, no tanto por generosidad sino porque necesitaban aumentar el número de sus ciudadanos. En la actualidad hay unos 4 millones de refugiados, incluyendo a sus descendientes.

Pero no todos los árabes abandonaron el terreno. Unos 150 mil se quedaron. Entonces eran el 16 por ciento de la población israelí. Hoy son alrededor del 23 por ciento. Israel les da la ciudadanía, pero no la plenitud de derechos.

Según Bastenier, Israel es un caso particular de “Estado teocrático“, pues hay que ser judío para obtener la nacionalidad. Esto lleva a la ley fundamental del Estado judío: la Ley del retorno. Todo ciudadano del mundo hijo de madre judía que entre al Estado y exprese su deseo, se convierte en ciudadano del Estado de Israel.

Otra de las características del Estado de Israel es que carece de Constitución Nacional.

La razón es que hay un pequeño sector religioso que rechaza al Estado porque la espiritualidad de la espera del fin de los tiempos es incompatible con la noción terrena de un Estado.

La sociedad israelí

El mundo judío está dividido en ashkenazis y sefardíes. Los primeros vienen del centro de

Europa, y los segundos son los llamados judíos españoles. Estos fueron expulsados de España a finales del siglo XV, y luego de Portugal. Eran alrededor de 150 mil y terminaron viviendo en los países árabes del norte de África. Algunos hablan español medieval, el llamado ladino.

Se da una circunstancia lógica. Si Israel pretende seguir atrayendo a los judíos del mundo para reforzar su demografía debe dirigirse hacia el mundo sefardí. Y, precisamente, tras la guerra del 48, desmejoró la calidad de vida de los judíos en los países árabes. Entonces, a fines de los 50 y comienzos de los 60, entre 300-500 mil judíos sefardíes aceptaron ir a vivir a Israel. “Yo he defendido siempre que si se hace la paz algún día, será con los sefardíes, no con los ashkenazis”, dice Bastenier.

La democracia israelí es de tipo parlamentario, y los escaños de la Knesset, como se llama el parlamento, se determinan por el número de votos. Esto lleva a una gran fragmentación que hace que en los 120 escaños nunca un partido haya tenido por sí solo la mayoría.

El ashkenazi tiene inclinación hacia la socialdemocracia, a la centro izquierda. Y curiosamente, aunque los grandes electores de los partidos de derecha, particularmente el likud, son los sefardíes, no hay un líder fuerte sefardí en este partido.

Hasta ahora el alma de Israel es ashkenazi, pues ellos fundaron el Estado, pero ya a finales de los 70 y comienzos de los 80 comenzaron a destacar jefes de partidos sefardíes. Los sefardíes tienen una posición más dura pues, se dice, que “conocen al árabe”, toda vez que vivieron siglos entre ellos.

Regresando a la figura de Ben Gurión, éste no logró todos sus objetivos tras la guerra de 1948, pues en realidad las aspiraciones sionistas laborista (del partido de centro izquierda) era la totalidad del mandato británico. Incluso, una corriente más radical pretendía Jordania, y otra, Irak.

La guerra del 56

A mediados de los 50, la Guerra Fría se instaló en Oriente Próximo y Medio.

En 1954, las tropas británicas evacuaron el Canal del Suez, pero este continúo técnicamente bajo control de Occidente. Y esto para el nacionalismo de Gamal Abdel Nasser, el presidente egipcio, era algo intolerable. Por eso, en 1956, en el momento en el que Nasser pronunciaba en un discurso el nombre ‘Lesseps’ –el francés constructor del canal– soldados egipcios se toman el paso.

Por otro lado, E.U. le negó a Egipto un préstamo para financiar la construcción de la represa de Asuán, que terminó siendo financiada por la Unión Soviética.

Francia y Gran Bretaña terminaron unidas contra Egipto. Francia estaba perdiendo la guerra en Argelia y creía que Egipto financiaba y servía de base para la insurrección argelina. Ambas querían castigar a Nasser, e Israel aprovechó la coyuntura para establecer contactos secretos. Egipto era un enemigo temible que le preocupaba a Ben Gurión.

En menos de tres días, Israel ya había ocupado el Sinaí, pero no se contaba con que

Estados Unidos iba a tomar parte activa en el conflicto a nivel diplomático. Estados Unidos, gobernado por Dwight Eisenhower, obligó a Israel a retirarse, “una prueba más de que Washington sí tiene como presionar al Estado judío”, reflexiona Bastenier. Poco después, Israel se retiró, fracasando en su proyecto de expansión territorial, pero ganando otras cosas como paquetes de armas y la presencia de cascos azules en la zona.

A pesar de la derrota militar, la guerra del 56 fue un triunfo político para Nasser, pues se convirtió en el mundo árabe en el ‘nuevo Saladino’. Para otros, en el ‘Nuevo Hitler’. Este era el máximo momento de la idea panarabista, y Nasser era el líder. Esa cooperación panárabe le preocupaba a Israel y también el deterioro de la relación con Estados Unidos.

Emergen los palestinos

A finales de los 50 y comienzos de los 60 se vivía la emergencia de los palestinos. Mientras las guerras anteriores eran entre Estados que no tenían muy en cuenta al pueblo palestino, la derrota de los Estados árabes creó una ventana de oportunidad que empezó a ser cubierta por los palestinos.

Así, en 1959, Yasser Arafat, un ingeniero civil, creó el movimiento Al Fatah como una necesidad de dotar al pueblo palestino de una estructura política. Los fundadores fueron 16 notables, entre ellos Arafat. De inmediato, los Estados árabes comenzaron una carrera para controlar esa estructura. Ninguno de estos países quería un Estado palestino. Irak y Egipto tomaron la delantera en esa carrera.

En esos días hubo cierta actividad política, algunos atentados impulsados por Siria y Jordania, algunas incursiones y operaciones de sabotaje. La represión de Israel por esas actividades fue brutal. En una aldea jordana asesinaron a 70 pobladores.

Fatah es un movimiento nacionalista, en contraste con otros movimientos surgidos entonces que eran de ideología de izquierda, algunos marxistas leninistas. Entre ellos, el Frente Democrático para la Liberación Palestina (FDLP), y el Frente Popular para la Liberación Palestina (FPLP). Fatah logró configurarse como una organización política con un ala militar llamada Al Asifa (la tormenta).

“No hay comparación ni proporcionalidad entre los daños causados por la represión israelí y los ataques palestinos”, aclara Bastenier. La muerte de Al Husseini, en esos días, facilitó la aparición de nuevos líderes. Arafat fue uno de ellos.

Ya antes, en 1956, había aparecido el Movimiento Nacionalista Árabe (MNA), que parece ser el predecesor de Al Fatah. A los 2 ó 3 años de fundada Al Fatah, Arafat consiguió la dirección militar del movimiento.

La Liga Árabe realizó cumbres anuales. En el 63, con un fuerte impulso de Egipto, se fundó en una de ellas la Organización para la Liberación Palestina (OLP). Pero solo en 1964 vio la luz. Ninguna organización guerrillera palestina entró en la OLP porque significaba renunciar a su autonomía. Nadie allí se tomó en serio a la OLP.

Entre tanto, Nasser se metió a una guerra en el Yemen, en el que pro occidentales se enfrentaron a pro soviéticos.

La guerra de 1967

En 1967, Nasser comenzó una operación para estrangular económicamente a Israel. No hubo paso para barcos israelíes por el Canal del Suez, y tampoco por el mar Rojo a través del estrecho de Tirán. Así, la crisis se fue desarrollando de manera progresiva. Luego, Egipto pidió la retirada de los cascos azules de la ONU de la frontera. Y estos se fueron. Entonces se le criticó al secretario general de la ONU por haber dicho sí de inmediato. Esa actitud terminó contribuyendo a que la crisis fuera más intensa.

“Yo creo que Nasser tiene claro que no le puede ganar la guerra a Israel. Su propósito es provocarlo, o parapetarse para forzar una negociación, o aguantar un ataque israelí para hacerlo ver como provocador”, asegura Bastenier.

La Unión Soviética, según se decía, hizo correr el rumor de que Israel estaba a punto de atacar. Y en Damasco se temía una incursión israelí. El 5 de junio de 1967 Israel atacó a los países árabes vecinos, sospechando un pacto entre ellos. Todos estaban en alerta, pero tres oleadas de ataques de la fuerza aérea israelí destruyeron en tierra a los aviones de guerra de los vecinos. “La guerra, en realidad, duró unos minutos”, concluye Bastenier.

Israel tenía los planos de los aeródromos gracias a las labores de sus servicios de inteligencia. En medio del fulgor de su victoria, Israel terminó hundiendo un barco espía estadounidense, el US Liberty. Israel aseguró que fue por error, pero hay quienes piensan que lo hizo para evitar que Estados Unidos se enterara de cómo fue la operación.

En síntesis, Israel terminó derrotando a Egipto, Siria y Jordania a los que les arrebató importantes territorios: El Sinaí egipcio, las alturas del Golán sirias, Cisjordania, Gaza y Jerusalén oriental De inmediato, Israel proclama a Jerusalén como su capital única e indivisible y años más tarde se anexionó de manera oficial el Golán.

“La guerra del 67 cambió todo. La teocracia israelí derrotó a la teocracia islámica”, resume Bastenier.

Para Bastenier, en esta guerra se demostró que el Islam no ha podido asimilar el nivel tecnológico que sí lograron los judíos. Eso hizo pensar a los creyentes que este Islam no vale, no es el que es. Entonces, ¿cuál es?

“La guerra del 67 da alma y armas al fundamentalismo islámico, al terrorismo. Esto no fue inmediato, pero fue un gran paso“, comenta Bastenier. “Nos derrotaron porque nosotros no practicamos nuestra religión…”.

Cuando Israel conquistó Jerusalén oriental la ciudad tenía 23 kilómetros cuadrados. Luego la amplió a 75 km cuadrados y luego a 300. Ya va en 1.000 kilómetros cuadrados, todos esos, terrenos que le han arrebatado a Cisjordania.

Más allá de eso, la guerra del 67 sirvió para que Estados Unidos se diera cuenta de que el “único aliado que vale en la región es Israel”. La derrota del mundo árabe fue enorme y los palestinos la sintieron con toda su intensidad, pero de nuevo vieron una ventana de oportunidad para que su movimiento creciera.

El 18 de marzo de 1968, unos meses después de la guerra, Israel montó una gran operación de represalia contra una aldea palestina en Jordania llamada Karame

(sacrificio). Los palestinos, contrario a lo que se podría pensar, no abandonaron el terreno y se prepararon para resistir. Liderados por el hasta ese entonces semi desconocido Yasser Arafat, 500 guerrilleros, apoyados por algunos jordanos, lograron resistir durante 36 horas. Las pérdidas palestinas fueron sensibles, pero Israel no consiguió su objetivo y se tuvo que retirar con 36 de sus hombres muertos.

En lo político fue una victoria enorme para Arafat y los palestinos. “Allí donde todos fueron borrados, los palestinos se mantuvieron firmes”, comenta Bastenier.  Al día siguiente, Arafat “era el hombre”. La OLP se rindió a sus pies y le entregaron poco después la presidencia de la organización.

“La ocupación produce el envilecimiento de la sociedad israelí. Una fuerza de ocupación gobierna a 2 millones de palestinos, que quedan bajo poder de Israel”, dice Bastenier. La colonización como tal comienza en los años 70.

“El éxito de la guerra del 67 lanza un fundamentalismo israelí. Hay un auge de sentimientos religiosos fanáticos. Solo que este fundamentalismo no tienen necesidad de usar el terrorismo, pues tiene un ejército formidable”, anota Bastenier.

Nasser murió en 1970, pero desde entonces se sabía que la guerra del 67 hacía obligatoria otra guerra. La pregunta no era si habría guerra sino cuándo sería.

Septiembre negro

Arafat se sintió más fuerte de lo que en verdad era y comenzó a asumir como un hecho la toma de Jordania. Prácticamente hay un Estado palestino dentro de Jordania. En Israel, esa noticia les gustaba a algunos sectores, pero en otros se pensaba que era mejor no dejar prosperar la amenaza que eso significaba para la monarquía jordana.

Ante esto, el rey Hussein se puso de acuerdo con Estados Unidos y con Israel para actuar. Los dos países se comprometieron a sostenerlo en el trono. Los jordanos atacaron entonces las áreas palestinas. Siria, que estaba gobernada por un triunvirato, envió una columna de blindados en apoyo de los palestinos, pero no cobertura aérea.

Hafez al Assad, que formaba parte del triunvirato, y era el jefe del arma aérea pensó, probablemente, que si Israel destruía sus aviones el triunvirato se caería. Con los años, Al Assa se convirtió en el presidente sirio.

Miles de muertos palestinos dejó la lucha contra las fuerzas jordanas. Fue destruida la OLP en Jordania, pero eso no cambió nada porque luego se reconstruyeron en el Líbano.

La guerra de 1973

Las fuerzas del ejército egipcio cruzaron el canal del Suez con facilidad, ante la confianza excesiva de las fuerzas israelíes, que despreciaban las habilidades militares de los árabes. Por otro lado, Siria atacó el Golán y avanzó. Jordania, esta vez, no intervino. Solamente en un día, Israel perdió 150 aviones ante el eficiente despliegue de las baterías antiaéreas rusas. La pérdida del Canal fue un golpe psicológico durísimo para Israel, que contraatacó especialmente por el frente sirio, el que más les preocupaba.

Fueron 16 ó 17 días de guerra. Israel recuperó el Golán y avanzó un poco más, hasta ponerse a 40 kilómetros de Damasco. Ariel Sharon, que años después se convertiría en primer ministro israelí, dirigió una exitosa operación de comando en cabeza de un grupo de 400 hombres. En un sector pantanoso, en donde no había mucha vigilancia egipcia, cruzaron y dinamitaron por detrás un sector de las baterías antiaéreas egipcias. Por ese orificio, en donde no hay baterías antiaéreas, hicieron pasar a sus aviones de combate que, sin resistencia, bombardearon a placer.

Finalmente, Israel aceptó un alto el fuego. Aunque militarmente volvió a imponerse en la guerra, perdió a entre 3 mil y 4 mil hombres. Y entre 400 y 500 de sus soldados cayeron prisioneros.

El honor árabe había sido lavado. Israel no era tan invencible.

Del lado palestino, entre tanto, se preparaba un sinnúmero de atentados terroristas. La respuesta de la OLP a su violenta salida de Jordania fue el secuestro de aviones, la toma de rehenes, los ataques comando y los sabotajes no solo en Israel sino en varios países de Europa. Los más conocidos fueron la toma de rehenes y muerte de 11 deportistas israelíes durante los Olímpicos de Múnich (Alemania-72), o el asesinato del discapacitado de origen judío Leon Klinghoffer en la toma del buque italiano Achille Lauro. Lo arrojaron al mar.

Pero Arafat empezó a darse cuenta de que el terrorismo no estaba ayudando a la causa palestina y que era necesario pasar a otra etapa. Y asumió una realidad más dura: había que reconocer a Israel.

En 1974, Arafat logró lo que nunca antes había conseguido representante alguno de su pueblo. Hablar ante la ONU. Como Estados Unidos le negó la visa de entrada, la sesión de Naciones Unidas se realizó en Ginebra (Suiza). Arafat llegó ataviado como guerrillero y con una rama de olivo ofreció la “paz de los valientes”. “No me obliguen a dejar la rama de olivo”, dijo en su célebre intervención.

Los Acuerdos de Camp David (1978-1979)

La situación estaba cambiando dramáticamente en Oriente Próximo. En Israel ganaron las elecciones los derechistas encabezados por Menahem Begin, uno de los hombres que durante el mandato británico lideró uno de los movimientos terroristas judíos, el Irgún. Si Begin hacía la paz, esa sería una paz más convincente en teoría, por haber sido hecha por un ‘halcón’.

Anuar el Sadar, el presidente egipcio sucesor de Nasser, hizo un viaje histórico a Tel Aviv y habló ante la Knesset. Le urgía recuperar el Sinaí, pues esa es la clave para tener éxito en su gobierno. Por eso viajó.

Jimmy Carter, el presidente de Estados Unidos hizo que Begin y Sadat (con sus equipos) se encerraran sin fecha límite. “De allí no salen sin la firma de un papel de paz”, parecía la consigna. Por supuesto, en los 13 días los dos líderes apenas si se hablaron para la firma. Israel se comprometió a restituir el Sinaí a cambio de relaciones diplomáticas plenas. Los distintos autores difieren si Sadat intentó ayudar a los palestinos durante esas negociaciones. Begin, por supuesto, no quiso hablar de los palestinos.

Así, Egipto terminó convirtiéndose en un aliado clave para Estados Unidos. Lo clave del acuerdo y que cambió todos los escenarios es que el mundo árabe se dió cuenta de que sin Egipto ya no podía hacer la guerra a Israel. Tras los acuerdos de Camp David, Egipto fue marginado del mundo árabe, expulsado de la Liga y mucho rompieron sus relaciones. El principal país del mundo árabe cambiaba de amigos. Ante este acuerdo, los palestinos quedaron en “cueros”. En adelante no les quedará otra opción que negociar.

Según cuentan, en una carta del acuerdo al que habían llegado las partes enviada por el mediador jefe de Estados Unidos, Egipto e Israel acordaron el establecimiento de una autonomía administrativa palestina, y un plazo de tres años para que ésta se instalara. Había que crear un clima de confianza. Pero luego, Begin envío una carta en la que afirmó que no cambiará el status quo. Carter prácticamente tuvo que obligar a Begin firmar el acuerdo en el 79, pero lo de los palestinos no llega a nada.

La OLP, expulsada de Jordania, se atrincheró en el Líbano, un territorio muy pequeño que estaba en guerra civil desde 1975 y desde donde los palestinos planeaban y ejecutaban sus ataques contra Israel. Los palestinos se convirtieron en otro factor de desestabilización en el conflicto libanés. Con el tiempo se empezaron a pasear como señores en Beirut, la capital. Pero esto no iba a durar mucho tiempo. Ariel Sharon, el ministro de Defensa de Begin, vio la oportunidad de destruir a la OLP en el Líbano a través de una operación de castigo, de ‘hit and run’. Es decir, una operación rápida y certera. Allí se inició otra guerra.

La guerra del Líbano de 1982

El 6 de julio de 1982 Israel invadió el Líbano. El ejército libanés dejó a la OLP sola. Israel sitió por hambre a Beirut durante más de 80 días. Pero Arafat y sus hombres decidieron resistir. La solución se empezó a avizorar cuando un diplomático estadounidense logró que Arafat y sus guerrilleros huyeran en barcos. Unos a Túnez, otros a Siria. El 75 por ciento después volvió a la zona.

El objetivo israelí no se cumplió. Pero más allá de eso, para Bastenier esta guerra dejó una conclusión lapidaria: “Los palestinos no son capaces de tener un Estado. Los árabes son incapaces de darles un Estado a los palestinos“.

En la cabeza de Arafat las ideas iban evolucionando: empezó a decirles a sus próximos que no había solución militar posible, solo política. Y eso significaba tener que hacer concesiones sin esperar, probablemente, nada a cambio. El Consejo Nacional Palestino es una especie de parlamento de la OLP. En abril-mayo de 1988 Arafat sorprendió proponiendo el reconocimiento de Israel. Pero lo hizo de una forma disimulada. En la carta fundacional palestina se propone un Estado binacional unitario. Arafat propuso los dos Estados, con lo que reconoce tácitamente al Estado de Israel.

Estados Unidos e Israel siempre exigieron para abrir negociaciones que los palestinos renunciaran a la violencia y reconocieran al Estado de Israel. Con su gesto, y sin pedir nada a cambio, Arafat ya había reconocido al Estado de Israel. Esto hizo que Washington se entusiasmara y abriera negociaciones con la OLP, pero nombró como negociador a su embajador en Túnez, lastimosamente para el proceso, un funcionario de muy bajo nivel.

Por su parte, Israel presionó para que se rompieran las negociaciones e hizo caso omiso de los anuncios de Arafat. Los atentados por parte de la OLP habían cesado, pero el grupo palestino de Abu Nidal siguió cometiéndolos. Finalmente eso llevó a que Estados Unidos rompiera las negociaciones a fines de los 80.

La guerra del golfo (1991)

A fines de 1990, Irak invadió Kuwait. George Bush padre logró armar una gran coalición internacional con el aval de la ONU, que incluyó a Siria, Egipto y Arabia Saudí, entre otros. “Hasta fragatas argentinas participaron”, recuerda Bastenier.

En enero del 91 comenzaron los bombardeos. El mandato de la ONU se limitaba a sacar a Saddam Hussein, el dictador iraquí, de Kuwait, pero no a derrocarlo ni a invadir Irak. Luego vinieron sanciones muy duras, y un país como Irak, que a pesar de las locuras de Saddam era modelo de distribución de la riqueza y de buen nivel de vida para sus ciudadanos, se hundió.

Allí vino a influir otro factor clave: la desaparición de la Unión Soviética.

La derrota de Arafat sumió a la OLP en una de las peores crisis de su historia, pues Arafat fue uno de los pocos líderes mundiales que le expresó su apoyo a Hussein. Pero “si Arafat no apoya a Saddam lo matan”, dice, lapidario, Bastenier. Por esto, los Estados del Golfo dejaron de enviarle dinero a la OLP, principalmente Arabia Saudí.

La Intifada de 1987

En diciembre de 1987, un conductor de camión israelí atropelló a cuatro palestinos, al parecer en represalia por la muerte de un israelí acuchillado no se sabe por quién. Al día siguiente, la población palestina de los territorios ocupados estaba en pie de guerra. Fue una reacción espontánea en la que la OLP no tuvo nada que ver en principio. Armados de piedras, palos y hondas, miles de jóvenes palestinos salieron a las calles a enfrentarse con soldados bien armados y tanques de guerra. Intifada, como se conoce en Occidente a ese fenómeno, significa sacudida, levantamiento.

Al principio los israelíes usaron balas de fuego, pero ante la reacción mundial empezaron a usar balas de goma, que igual causan graves heridas.

Bastenier interpreta el levantamiento palestino como un mensaje de la población hacia la OLP para ceder posiciones, para negociar. Y de otra parte, ese mismo levantamiento convenció a la opinión pública israelí de que había que negociar.

Ante la ausencia de la Unión Soviética, el gobierno de Bush vio una ventana de oportunidad para jugar fuerte. Amenazó con retirar una garantía financiera de un préstamo con los que el gobierno de Israel pensaba financiar la llegada de colonos. Ante la amenaza, Yitshak Shamir, el primer ministro israelí de entonces, dijo sí a una conferencia para Oriente Próximo, la de Madrid, en 1991.

Dicen que la conferencia de Madrid no sirvió de mucho, pero quizás fue la primera oportunidad en la que palestinos e israelíes se vieron las caras, aunque los primeros, por exigencia de Israel, no eran una delegación autónoma sino que integraban la de Jordania. Madrid-91 rompió un tabú. Hubo conversaciones, pero por términos prácticos se prolongaron por dos años.

En Israel se empezó a mover la idea en influyentes sectores de que era el momento preciso para negociar con los palestinos pues nunca habría una OLP más débil que en ese momento. Era otra ventana de oportunidad que habría que aprovechar. Pero en 1992 el partido de derecha Likud perdió las elecciones y comenzaron las conversaciones secretas oficiosas en Oslo (Noruega). Los laboristas mandaron a sus negociadores, al igual que la OLP, a discutir alejados de la presión de los medios de comunicación y de las propias opiniones públicas.

Fueron varios meses, hasta que en agosto del 93 el mundo se enteró desde Oslo que tras las reuniones se ha llegado a un “acuerdo de principio” que lleve a una paz plena entre palestinos e israelíes. Por supuesto, no es un tratado de paz, es un preacuerdo.

Hamas

En la Intifada aparece un tercer actor: Hamas. El movimiento de la resistencia islámica ya existía, pero aparece formalmente al día siguiente de que estalla la Intifada. Hamas es un movimiento religioso integrista. Una sociedad de auxilios mutuos, una red de asistencia educativa inspirada en el movimiento de la hermandad musulmana egipcia.

Israel, para debilitar a la OLP, le dio todas las facilidades del mundo al Hamas, como por ejemplo la creación de universidades. Ellos complementaban con acciones violentas la acción legalista. Lo más impresionante fue que en menos de un mes la revuelta estaba absolutamente organizada, con comités locales y demás. Ni Hamas ni la OLP tenían que ver con la organización de la revuelta, pero el primer movimiento tomó la delantera porque estaba en el terreno.

Los que marcaron la pauta de esa Intifada fueron esos comités espontáneos. Era una infantería adolescente, con jóvenes de entre 12-15 años. El más viejo tendría, a lo sumo, 22 años. No había un arma de fuego en ninguna parte.

Entre 1988 y 1991, el Hamas se erigió como el principal actor violento en los territorios. Pero después de la Conferencia de Madrid, el ‘semiestado’ de la OLP volvió a tomar la iniciativa. Con el fin de la Intifada volvió el vacío. En el fondo, no hay oposición entre Hamas y la OLP. Cuando la OLP funciona, Hamas se repliega y reduce su acción política.

Bastenier recuerda que el artículo 49 de la Convención de Ginebra de 1949 dice que la potencia ocupante no puede transformar la orografía ni construir ni crear asentamientos. Israel, para no respetar la Convención, argumenta que no es una potencia ocupante y que dichos territorios están en disputa.

Los acuerdos de Oslo de 1993

En 1993, una OLP debilitada, sin dinero ni apoyo internacional pasa por uno de sus peores momentos. Por eso un grupo de israelíes ven otra ventana de oportunidad para negociar con ellos, pues nunca habían visto a ese movimiento tan frágil. Eso hizo posible las conversaciones secretas de Oslo de 1993.

Por el lado israelí estaban Yitshak Rabin y Shimon Peres. “Rabin y Peres se odiaban entre sí, pero lograron conformar un dúo en el que Peres urdía las tretas y Rabin daba la cara”, comenta Bastenier. Peres nunca ha sido muy querido en Israel, pues nunca hizo una guerra. Mientras que Rabin fue un militar exitoso.

Declaración de intenciones: La OLP y el Estado de Israel se reconocen mutuamente. Ya no se recurrirá a la guerra. Los palestinos ya habían retirado de la carta fundacional de la OLP el párrafo en el que pedían la destrucción de Israel.  “¿A cambio de eso Israel qué dio? Siento la necesidad de decir que nada”, dice Bastenier. En los acuerdos hay una promesa de autonomía, no se dice sobre qué territorios, ni cuándo ni cómo.

La idea es que pasados tres años del funcionamiento de la autonomía se discutieran los temas que quedaban pendientes. Pero no se habló de un Estado palestino. Tampoco se le prohibió a Israel que pusiera fin a la colonización. La pregunta para Bastenier es: “¿Cómo un pueblo orgulloso como el árabe pudo aceptar esa propuesta?”

Para la autonomía, los israelíes ofrecieron la ciudad de Jericó y algo en Gaza. Eran entre 23 y 30 kilómetros cuadrados de autonomía. Los palestinos buscan más de 1.000 kilómetros cuadrados. Finalmente se pactó sobre 112 km cuadrados.

Para completar el panorama, en 1996 ascendió en Israel Benjamin Netanyahu, miembro del derechista Likud. Hijo y nieto de judíos estadounidenses, se formó en ese país, que considera casi como su patria. Rabin había sido asesinado en 1995 por un fundamentalista judío, y Netanyahu venció en las elecciones a Peres.  “Igual, creo que si no hubieran asesinado a Rabin no hubiera sucedido nada diferente”, concluye Bastenier.

Pero tras el asesinato de Rabin, y mientras se elegía a su sucesor, Peres asumió el poder y se convirtió en un militar más duro que los militares. En la operación ’Uvas de la Ira’, el ejército israelí atacó un campamento palestino dejando cientos de muertos. Peres tenía que demostrarle a la opinión pública de su país que era tanto o más duro que Rabin. A pesar de esto, Netanyahu ganó las elecciones por estrecho margen. Su ascenso coincidió con las elecciones presidenciales palestinas. Hamas no se presentó, pero tampoco las boicoteó. Eso fue a principios del 96.

Había optimismo, cierta euforia, se veía que los procesos estaban en marcha. Hubo algunos atentados por el retraso en el cumplimiento de los plazos fijados en el acuerdo de Oslo y por falta de avances. “En este momento a Arafat no le convenía que hubiera atentados”, asegura Bastenier.

En el 96 hay una paralización tal de las negociaciones que Estados Unidos interviene para forzar a Oslo II. Allí se afinaron más los acuerdos. Se establecen tres zonas:

A: Plena autonomía palestina, tanto administrativa como de policía. Se limita a no más de 6 ó 7 por ciento de los territorios ocupados.

B: Autonomía administrativa palestina, pero con presencia militar israelí. Era un 13-14 por ciento.

C: Zona bajo control total israelí. Dentro de esta zona C hay una zona D de la que nunca se habla. Aquella que Israel nunca abandonará.

A pesar de estos acuerdos, Israel se siente en el derecho de ingresar a la zona A cuando le dé la gana. Con el tiempo, por presión estadounidense, se pasó de zonas B a A a las principales siete ciudades palestinas

A eso fue a lo máximo que llegó Netanyahu. Sin embargo, a finales del 96 autorizó la excavación de un túnel, el de los Asmodeos, para darle mejor acceso del turismo al muro de las lamentaciones. Eso chocó directamente con el sentimiento religioso palestino que considera que las excavaciones pueden poner en peligro las estructuras de sus lugares santos. Esto desató la primera revuelta palestina aupada por si policía. Casi 100 policías palestinos y 15 soldados israelíes murieron. Entre tanto, el proceso de paz seguía estancado.

En medio de este ambiente crispado llegó al poder en Israel el laborista Ehud Barak, el militar más laureado de la historia de Israel, y, según Bastenier, el mejor pianista del ejército israelí. Barak no es un hombre especialmente simpático. Pero aunque era prepotente, llegaba con ideas nuevas. Por eso derrotó en las elecciones a Netanyahu.

Barak rompió el esquema que hasta entonces había seguido Israel que era el de avanzar un paso, parar y retroceder dos: había que darle al proceso una dinámica diferente. Con el apoyo del presidente estadounidense Bill Clinton, se armó una conferencia en Camp David en el 2000 entre palestinos e israelíes. La idea de Clinton era similar a la que tuvo Carter al encerrar a las partes negociadoras de Israel y Egipto hasta que no prosperara un acuerdo.

Fue una reunión de 13 días en la que Barak y Arafat nunca hablaron. “Clinton se convirtió en el muchacho de los recados”, comenta Bastenier. Arafat no quería ir a dicha conferencia. Pensaba que no era un buen momento. Pero, de la misma forma, no quería que se viera como enemigo de la paz. Dicen que Clinton le mostró un cheque de 30 mil millones de dólares para que firmara el acuerdo propuesto por Clinton, pero que Arafat se negó.

El plan de Clinton, acordado por Barak, ofrecía la retirada israelí del 94 por ciento de Cisjordania, pero hay que recordar que ya Cisjordania no es lo que era, sino que el enorme crecimiento de Jerusalén le ha quitado enormes territorios.

De ese 80 y tanto por ciento que quedaba, Israel pretendía arrendar a perpetuidad entre un 3 y un 5 por ciento donde hay bloques de colonias. Quedaba más o menos 78 por ciento de Cisjordania. A eso había que descontarle el uno por ciento que pretendían canjear en el Neguev. Y si a esto se le sumaban los 4 bloques de territorio israelí de por medio, y que la soberanía de las carreteras es de Israel, la cifra que se le entregaría a los palestinos de Cisjordania era, según las cuentas de Bastenier, de un 28 por ciento.

Además, Israel se reservaba las zonas D: 4 bases militares a lo largo del río Jordán. La soberanía del cielo sería israelí, y los palestinos no tendrían soberanía sobre los lugares santos, sino un derecho de usufructo y ocupación. Por supuesto, este acuerdo no le gustó a Arafat, y dijo que no.

Hubo dos circunstancias políticas clave en el momento: al gobierno de Clinton le quedaba muy poco tiempo para su fin y en Israel se acercaban las elecciones de comienzos del 2001. Clinton, ante la negativa, mejoró un poco la propuesta, pero en realidad era una mejora cosmética. No ofreció el 94 sino el 96 por ciento de Cisjordania. Pero Arafat volvió a negarse.  Ahí comenzó a perfilarse la leyenda de que Arafat “no es un interlocutor para la paz”.

Poco después, y como último recurso, el español Miguel Ángel Moratinos convocó a la cumbre de Taba. Allí se reunieron los 4 mejores de cada bando, pero ninguna de las partes fue admitida como oficial. Barak quería guardarse esa carta para las siguientes elecciones.

En Taba cambiaron los términos del acuerdo. El canje de tierras que propuso Israel a cambio de las que ceden los palestinos en Cisjordania era de 3 por ciento por 3 por ciento, donde los palestinos quisieran; no habría arrendamiento; se admitía algún tipo de presencia israelí en el Jordán, pero esto se negociaría con el futuro Estado palestino; la Jerusalén árabe sería la capital palestina, y tendrían soberanía absoluta sobre sus lugares santos; los palestinos ya se quedarían con un 80 por ciento de Cisjordania en territorio más continuo en comparación al que ofrecía la propuesta anterior. Aunque Taba llenó de alegría a todos, luego Moratinos admitió que no había posibilidad real de que se aprobara pues era una estratagema electoral.

Pero ya otros procesos estaban en marcha. El 27 de septiembre del 2000, Ariel Sharon visitó la explanada de las mezquitas protegido por decenas de guardaespaldas, algo humillante para los palestinos. Allí arrancó la Intifada II, pero, contrario a la de 1987, esta vez sí hay armas de fuego desde los primeros días.

Sharon derrotó de manera aplastante a Barak, con el 66-67 por ciento de los votos. Claro, que contrario a otras elecciones, solo votó el 66 por ciento del electorado, cuando normalmente lo hace el 90 por ciento. El electorado laborista y los árabes israelíes abandonaron a Barak, pues en la desesperación pensaron que no había nada que hacer.

Sharon es un ultra. Basta recordar que fue el incitador de la guerra del Líbano de 1982 y que tiene que ver en varias masacres, entre ellas la de la aldea de Sabra y Chatila perpetrada por milicianos cristianos maronitas que venían de las líneas israelíes, en camiones israelíes. La masacre, dejó un número incierto de muertos. Los palestinos hablan de 5.000, otros de 700, pero la cifra de consenso ronda los 1.500 muertos.

Entonces Israel nombró una comisión de investigación que dictaminó que Sharon no fue el culpable directo, pero que sí tuvo algún grado de responsabilidad. Su castigo fue que dejó de ser ministro de Defensa. Lo cambiaron de cartera. Todas estas atrocidades no afectaron su carrera política. Su programa terminó siendo el mismo de Netanyahu.

El 11 de septiembre del 2001

La desaparición de la Unión Soviética creó un vacío. A juicio de Bastenier, si la URSS hubiera existido el 11-S no se hubiera dado. Tras los atentados contra las torres gemelas, la lucha de Israel contra los terroristas palestinos se convirtió en la misma lucha de Estados Unidos contra los terroristas del mundo. Así las cosas, Sharon obtiene un inusitado cheque en blanco como no había ocurrido nunca.

José María Aznar, jefe del Gobierno español, también se sumó a esa ‘cruzada’ contra el terrorismo. Él quería una reacción de Estados Unidos contra Eta que, según Bastenier, “tiene santuarios en Bélgica, Portugal y la BBC”. Esto no sucedió.

El 9 de abril del 2004, en visita de Sharon a la Casa Blanca, Bush dijo que no sería realista que Israel se retirara a las fronteras de 1967. “Eso es tirar a la basura la resolución 242 de la ONU (la que exige la retirada de los territorios ocupados en 1967)”, opina Bastenier.

Aprovechando el cheque en blanco, Israel comenzó la construcción del muro de separación en Cisjordania, según ellos para controlar el paso de terroristas suicidas palestinos que desde hacía tiempo tenían éxito con sus ataques. “Israel pasa a ser el Estado impune por excelencia. Ni sanción moral ni siquiera”, dice Bastenier.

Tras ese permiso, Estados Unidos e Israel empezaron a decir que “Arafat es irrelevante”. Por eso el ejército israelí sitió y destruyó la Muqata, el cuartel general de Arafat, y levantó el muro. En estos tiempos, y como vasos comunicantes, suben las acciones del Hamas y bajan las de la OLP.

Yihad iraquí

Bastenier explica que la ‘Yihad’ palestina no tiene nada que ver con la ‘Yihad’ iraquí. Pero

Israel quiere hacer ver esto como una sola cosa, porque así se granjea el apoyo de Estados Unidos. Curiosamente, cuando Bush dice que no sería lógico volver a la fronteras de 1967, la Unión Europea reacciona diciendo que Bush no dijo lo que dijo.

A juicio de Bastenier, es una idiotez intentar implantar la democracia en Irak a la espera de que esta se extienda por todo el mundo árabe. Sería más lógico resolver la cuestión palestina y esperar los efectos positivos, pues eso le quitaría campos de cultivo a Al Qaeda.  “Yo no creo en la mala fe de Bush, creo en su ignorancia”, puntualiza Bastenier.

¿Por qué no negociar con Hamas?

Algunos países como Noruega lo han insinuado. Pero no lo han dicho con contundencia ni de forma continua. También lo dijo alguna vez el ex premier belga Louis Michel. Sin duda es iluso pensar en una solución sin Hamas.

“El momento clave será después de la firma del acuerdo que salga de las negociaciones, pues dejará muchos cabos sueltos. Es posible que para el año que viene haya un principio de solución, entre comillas, pero que no va a llevar a nada, pues Hamas no lo va a permitir”, dice Bastenier.

El análisis de Bastenier indica que estas negociaciones intentan sustituir en el juego la fallida democratización en Irak. Pero él no cree que la sociedad palestina vaya a “tragarse el sapo“. “No sé si Abbas lo haga, pero la sociedad palestina no”.

Desde la óptica estadounidense hay un cambio de prioridad: de Irak hacia los palestinos. Igual, si los demócratas ganas las elecciones, nada va a cambiar. Tradicionalmente, los demócratas han sido más cercanos a los sionistas.

La corrupción del gobierno palestino

En opinión de Bastenier, la corrupción fue la única forma de gobierno de Arafat. El construyó la OLP prácticamente solo y llegó a tener bajo su mando a varias docenas de miles de empleados. Durante muchos años lo decidió todo, y eso funcionó con un criterio de unidad increíble. Todos respetaban y cumplían las órdenes de su líder.

“Somos los de Arafat, no importa del país que vengamos”. Ser palestino se convirtió en una especie de marca de fábrica. Por eso cuando Arafat regresó a Palestina, en enero del

96, no lo hizo solo. Con él llegaron sus 30 mil empleados a los que había que conseguirles trabajo. Por eso se inventó sus empleos. Muchos se ganaban un salario más como premio a su fidelidad que por su labor. “No es excusable, pero sí comprensible“, sostiene Bastenier.

Obviamente esta situación creó una rivalidad entre los recién llegados y los palestinos nativos. Pero Arafat solo se fiaba de los que llegaron con él. Entonces sentía que solo podría gobernar con ellos. Por supuesto, esto dio pie a la corrupción. Así se crearon monopolios y muchos palestinos se enriquecieron, entre ellos los hermanos y familiares de Arafat. Quizás riquezas no hubo para Arafat no, pero sí para sus cercanos.

Está documentado que en sus años en Egipto Arafat trabaja con la Hermandad musulmana, pero de otra parte le gustaba mucho el catolicismo. Efectivamente, Arafat es un fabricante de política, de movimientos políticos. “Arafat dirige movimientos, no gobiernos”, dijo alguna vez Shimon Peres.

El Hezbolá

En los años 80, el chiismo, que en general es minoritario en el mundo musulmán, se desesperó y decidió convertirse en actor político. Y el Líbano es un laboratorio del mundo árabe.  En el Líbano hay una burguesía comercial cristiana, la maronita (católica). Este bloque católico es mucho más organizado social y políticamente y a eso se le suman sunníes y chiíes. Así que decidieron que no podían seguir siendo un estado unitario.

En 1932 hubo un censo en Líbano y los resultados no le gustaron a nadie: 40 por ciento de cristianos y más de un 50 por ciento de musulmanes de distintos grupos. Y unos drusos. En 1943, bajo dominio francés, se pactó una solución: el presidente sería cristiano maronita, el jefe de gobierno, suní y el presidente del parlamento, chií. Se defendió también la idea de que el jefe druso tuviera el cuarto cargo del Estado.

Ese pacto se modificó en Taef (Arabia Saudí) por el crecimiento demográfico musulmán. Entonces se equipararon escaños entre cristianos y sunitas en el parlamento. Pero los chiíes quedaron relegados. Por eso aspiraban a tener una mayor participación. Hubo entonces una primera organización llamada Al Dawa (la esperanza): una asociación de ayuda y cooperación similar a Hamas que se declaró pacífica y legalista. Poco después apareció Amal, no tan contemplativa ni tan pacífica y además con afecto por la lucha palestina.  Fuera de eso, los cristianos libaneses hicieron una proclama: somos árabes.

De allí surgió el actual Hezbola (Hijos de Dios, guerrilleros de Dios). Nacieron como reacción a la entrada de Israel a sus territorios en 1982. Se apropiaron del nacionalismo libanés, pues consideran que los cristianos han traicionado, y los suníes se las pasan en sus guerras.

Hezbolá tomó las armas y durante la guerra cometió atentados que dejaron cientos de muertos contra estadounidenses y franceses. Se calcula que la lucha de Israel contra Hezbolá le ha dejado una media de 60-70 muertos anuales desde finales de los 80.

En el 2000, Barak dió la orden de abandonar el sur del Líbano, territorio que estaba ocupado por Israel. El efecto sobre el mundo árabe fue enorme pues se asumió como si Hezbolá hubiera logrado expulsar a Israel. En cambio en Israel se vio como un repliegue táctico.

Para Bastenier, Hezsbolá no es un títere de Irán. Por su parte, el apoyo de Siria es táctico. Hay quien dice que los alawis (quienes gobiernan siria) son una escisión chií.  Hay afinidades entre sunníes y chiíes. Hezbólá es autónomo y quiere un replanteamiento del pacto libanés. Los suníes están de acuerdo, pero no se alían con los chiíes. Mientras los cristianos tengan apoyo de los suníes, no habrá cambio de pacto.

En la última guerra del Líbano, la que enfrentó a Israel con el Hezbolá, murieron unos 150 israelíes y unos 500 del Hezbolá. Fueron más de 1.000 los muertos en general. Pero la retirada israelí no fue completa. No abandonó las granjas de Chebaa. Esto le da motivos a Hezbolá para seguir atacando. “Esta guerra propone otra”, dice Bastenier.

Las negociaciones entre palestinos e israelíes.

En la actualidad lo que vemos en los territorios palestinos es que Mahmud Abbas manda nominalmente en Cisjordania en un nivel modestísimo. Mientras que Hamas lo hace en Gaza con gran capacidad de acción. No se ve en el panorama un interés de Israel de reconquistar Gaza. La idea de Estados Unidos en este momento es mejorar el nivel de vida de los palestinos de Cisjordania, y apretar a Hamas en Gaza. Y, paralelamente, desarrollar unas negociaciones.

Hacia finales de octubre de este año se sabrá hasta dónde llegan las negociaciones. A juicio de Bastenier, habrá algunas mejoras respecto a Oslo I, se definirá que se quiere un Estado Palestino independiente con cierta continuidad territorial, y esto se venderá como la gran concesión territorial israelí de todos los tiempos. Israel finalmente va a pretender anexionarse un 15-25 por ciento del territorio de Cisjordania.

A los palestinos no les queda otra alternativa que negociar, porque a la vista de Estados

Unidos, el que no negocia pierde. Esa es la peor imagen. Para Bastenier es increíble que Abbas parezca más amigo de Israel que de Hamas. “O Abbas es tonto o hay cosas que no sabemos nosotros, garantías, pactos secretos, algo que le permita ceder lo que no ha cedido”, apunta Bastenier.

En el pensamiento israelí ha habido evoluciones. La idea de Sharon fue que “se puede ganar por la fuerza”. Y si la victoria militar no fuera tan definitiva, pues habría que pactar. Con Rabin la propuesta era territorio por paz. Ahora es paz por paz.

“Abbas, a cambio de algo, va a terminar aceptando algo del muro. Con el muro, Israel ya se ha incorporado el 17 ó el 18 por ciento de Cisjordania.

Colofón

Esta es una historia interminable en la que no hay un motivo para pensar en un final, mucho menos feliz.

Hay dos actores que se enfrentan con las armas y la diplomacia. Uno permanente, Israel, y otro variable: Estados, organizaciones estatales, paraestatales. Hay un actor árabe que está reinventándose y esa reinvención puede ser fundamentalista, o aparentemente fundamentalista. Una reconstrucción de la polis, del mundo político árabe. O varias reconstrucciones.

Israel gana siempre, pero parece agotado de ideas, cansado. Estados Unidos, por su parte, parece incapaz, con poco conocimiento del mundo. Y una sucesión de actores árabes a la espera de que algo cuaje o se consolide: una coalición de Hamas y Fatah, algo que no desea Israel.

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