Héctor Abad Faciolince: "Estoy creyendo menos en la ficción"
2 de Julio de 2010

Héctor Abad Faciolince: "Estoy creyendo menos en la ficción"

¿Lo hace más feliz vivir y borrar?
Pues como la vida es una mezcla de cosas felices y cosas infelices, hay borrones que se agradecen pero hay borrones que se lamentan. Y como la vida es un poquito más feliz, por ahí el cincuenta y uno por ciento más feliz, entonces, hay más una pérdida que una ganancia. Olvidar es dulce, puede ser muy dulce olvidar. Pero a veces olvidar cosas dulces es muy amargo, no siempre me hace más feliz. Claro que yo no borro todo, yo estoy exagerando. Hay cosas, que sí recuerdo, si no, pues estaría loco, parecería ya un viejo gagá.  Pero es muy poco lo que recuerdo. La memoria no es una cosa voluntaria, salvo cuando uno se aprende algo, se obstina en que algo no se le olvide, que es muy pocas veces. La memoria es un colador, un filtro muy extraño. Para mí es muy extraño lo que mi memoria dejar pasar y lo que mi memoria no pasa. No sé de qué depende. A veces no pasan bobadas, cosas que quisiera olvidar, y a veces pasan cosas que nunca hubiese querido que se me olvidaran.

Eso de su falta de memoria no es creíble del todo, porque no sólo recita poemas de memoria sino que cita mucho. Aunque parafrasee esas citas, las recuerda muy bien. Eso que lee, sí que lo recuerda.

Pero muy poquito, a mí me parece que es muy poquito. Es que yo me he pasado desde los quince años leyendo y leyendo y leyendo sin parar. Para todo lo que yo he leído en estos treinta y cinco años, lo que recuerdo es nada. Y lo que he olvidado son cúmulos y cúmulos de libros, de ideas, de buenas películas, de buenas novelas. Es como si un vaso de vino se hubiera evaporado y lo que queda es un polvito en el fondo, eso es lo que yo recuerdo.

¿Se manifiesta en su escritura lo que no se manifiesta en la memoria? Espero, esa es mi única esperanza. A veces dudo si las cosas que escribo simplemente las estoy recordando y son plagios, pero yo no creo, porque creo que es una especie de digestión de muchos alimentos literarios que producen, a la salida, o durante la vida, una cosa distinta. Yo sí lo que espero es que haya una asimilación de todo eso y que con mi mala memoria salga eso transformado. Creo que la gente que tiene muy, muy buena memoria, cuando se pone a escribir se da cuenta de que esto le suena a tal, esto es esto que leí, en cambio yo con mi mala memoria escribo con mucha más libertad. No tengo como la angustia de la influencia o el terror del plagio.

En todo caso si eso pasara se escuda en su mala memoria (bromeo)
No lo necesito hacer, porque de verdad no es nunca consciente, si es consciente pongo la cita. Muchas veces a lo mejor estaré citando sin darme cuenta. Será un robo, pero no deliberado.

¿Cómo es su proceso de selección de los temas? ¿Cómo llega un tema a usted y cómo se adueña de él? Yo vivo muy pendiente de lo que voy oyendo. Hay que vivir pendiente de los demás, no estar demasiado hundido en uno mismo. Las historias de los demás hacen que uno escriba una buena historia.

Las historias que lo llaman son más simples, ¿no? Siempre en lo más simple hay símbolos de cosas más hondas. Lo más cotidiano que se puede conectar con cosas más hondas, incluso de la intimidad, si uno le pide permiso a la persona y si la persona está dispuesta a hablar de ese aspecto de su intimidad, entonces como que ahí, en un detalle, puede surgir una revelación de algo más profundo. Es que, ¿quién lo decía? Los monjes: que el diablo está en los detalles. También el ángel de una historia está en los detalles, no sólo el diablo.

Dijo que para usted escribir es tan necesario como orinar; es algo muy natural. Pero, durante la escritura misma, ¿hay algún ritual que siga? ¿Le vienen a la memoria unos versos? La lectura de poesía durante la escritura de una novela es siempre muy útil, porque las imágenes de los poetas, la forma que tienen de combinar las palabras, te dan ideas para hacer lo mismo de otra manera, para hacerlo por otro camino pero con procedimientos parecidos. La poesía es siempre muy útil para la prosa. No tengo rituales. Los tuve: cuando era muy joven tenía que escribir con pluma y con tinta sepia y en cuadernos muy bonitos. Todavía uso cuadernos bonitos, pero no tanto, y ya me gusta más escribir con bolígrafos baratos. He dejado atrás ciertas vanidades. A uno los curan de esas bobadas las mujeres que lo quieren. Entonces uno se va curando y yo me he curado de muchos rituales. Escribo lo más naturalmente y cómodamente que pueda, en un ambiente silencioso, en una silla cómoda. Lo que necesito es que no haya mucha bulla, aunque también puedo escribir en un aeropuerto con bulla si es indispensable. Pero el ambiente de mi casa o de la cabañita que tengo en las montañas es el ideal, porque me siento seguro, cómodo, tranquilo. Pero no es indispensable.

¿Ya no escribe a mano? Solamente notas cuando voy por ahí y algo se me ocurre para que no se vaya a olvidar. Como soy muy buen dactilógrafo, mecanógrafo, entonces escribir en computador me es muy cómodo. Uno escribe antes un poquito en la cabeza, la idea se va viniendo, alguna frase se viene. Por ejemplo, hoy empecé a escribir el borrador de mi columna, y en la ducha se me ocurrió una frase. Entonces tuve que salir corriendo de la ducha, dejar una huella de agua, ir al computador, escribir la frase y volver a la ducha, porque como tengo mala memoria tengo que correr a apuntar lo que se me ocurre.

¿Cuántas versiones puede haber de un texto suyo? ¿Cuántas veces lo revisa?
Muuuchas veces lo reviso. Creo que buena parte de la escritura está en pulir, en corregir y en limar, incluso en limar para que parezca más espontáneo, más natural, para esconder los artificios, para esconder cuando la voz sale impostada. Es raro, como escribir mal es tan fácil, entonces, lo primero que sale muchas veces sale más pesado, más elaborado, más retórico. Y yo quiero que salga más simple.

Usted pule para que sea más simple... Yo pulo para que sea más simple. No para complicarlo más, no para hacerlo más pesado, sino para adelgazarlo.

No muchos escritores hacen eso, sino lo contrario, ¿no? Muchos escriben para añadir, para ponerlo más bonito. No: es como más bien limpiando.

Eso es un acto de desapego importante...
Sí, porque uno se apega mucho a sus frases. Y le parece que esto que se le ocurrió está muy bien. Yo no. Bueno, pues sí, yo también, pero si estoy muy apegado a un párrafo lo que hago es darle copy, paste, y lo mando a unos archivos ahí que se llaman Nevera y allí los dejo morirse o si un día estoy muy, muy seco de ideas, voy a la nevera a ver qué hay por ahí desechado que pueda ser útil para el momento de sequedad.

En su mesa, mientras escribe, además de sus libros de consulta, según el tema, y sus libros de poesía, ¿qué otros libros suele haber? Digamos que en mi biblioteca, los libros de consulta son diccionarios: de etimología, de sinónimos, de religión, de política, de dudas, de ideas afines, frases, aforismos, aforistas. Pequeñas enciclopedias de la literatura y la política. Cada vez más consulto online: DRAE, Wikipedia, Google cuando tengo dudas, cuando se me ocurre una idea vaga y no me acuerdo bien de la cita. Hay muchas herramientas. Cuando está en ese proceso de autoedición, además de la búsqueda de la simpleza, ¿qué es lo que más cuida en su texto? Simpleza y claridad. Trato de irme un rato, como para olvidarme -ahí también es muy importante olvidar-. Me olvido de lo que escribí, es muy bueno volver al texto con ojos limpios y vírgenes. Entonces yo llego y ya no lo leo como un escritor sino como un lector: esto no lo escribí yo, esto lo escribió otro, yo no estoy enterado de este señor para dónde va, yo no sé cuál es el final. Voy a ver si esto tiene un desarrollo lógico o dónde me pierdo, dónde el lector va a patinar y se va a perder, o dónde quiero que patine para que dude y siga para que se le aclare, pero trato entonces de salirme del que escribió el primer borrador y volverme un lector ingenuo que está leyendo el texto por primera vez.

¿Tiene otros lectores, amigos suyos, que leen el texto durante el proceso? He tenido a lo largo de mi vida. En este momento no tengo a nadie. En general, eh mis lectores han sido mis esposas.

¿Cómo es su relación con los editores?
Bueno, en el periódico me editan muy poco. A veces algún editor me corrige, a veces para bien y a veces para mal.  Me da mucha rabia cuando me corrigen para mal. Y he tenido muchos tipos de editores. Hay editores que intervienen más, otros menos. Por ejemplo, en Alemania en El olvido que seremos, el editor alemán intervino muchísimo, quitó muchísimo.

¿Cosa que usted agradece?
Ahí ni agradezco ni no agradezco. Él tendrá su criterio, sabrá cómo son los lectores alemanes. Yo no tiendo a ser muy conflictivo, ni a pelear mucho porque no me toquen nada. No me parece que lo que yo hago sea intocable. Desde la primera novela que publiqué, Asuntos de un hidalgo disoluto, me acuerdo que mi primer editor le quitó como tres capítulos y yo estuve de acuerdo, sin problemas. Tiendo más bien a confiar en lo que ellos me dicen. Ahora, si yo estoy muy convencido de que algo está bien y funciona, lo defiendo. El tratado de culinaria para mujeres tristes yo se lo mandé a nueve editoriales y todas dijeron que era un mal libro, que no la van a publicar. Y yo no, yo sí lo publico, y lo publicó mi novia, ella de su propio bolsillo, porque yo no tenía plata, yo estaba seguro de que era un libro bueno, y después de que lo publicamos, ¡tan!, lo vieron los editores y les gustó.

¿Por qué estaba tan seguro?
No sé, porque me parecía bien, me hacía sonreír, me parecía que tenía un ritmo bonito. Confiaba. Cuando me hacían las críticas, lo que me decían no era, no era, no era así. No  estaban entendiendo el libro. Lo que les parecía cursi era porque yo estaba siendo irónico y no lo entendieron. Yo confiaba en que había lectores mejores y más inteligentes que esos editores. Y tanto el escritor como el cronista deben seguir mucho su intuición...
Uno debe creer mucho en sí mismo. Pero no creer de una manera arrogante y apegada a cualquier cosa que escriba. Debe creer también en los demás, pero en el primero que hay que creer es en uno mismo.

¿Esa falta de memoria de la que habla es la que lo está obligando a investigar más?
Yo creo que es que estoy creyendo menos en la ficción y la ficción te permite una confianza absoluta en lo que se te viene a la cabeza, lo que te imaginas. Yo creo que hay escritores con un gran talento para la ficción, que inventan muy bien. Yo me he venido dando cuenta de que quizás yo tengo menos talento para la ficción y más para lo que está más apegado a cosas que supuestamente acaecieron. Entonces para eso conviene investigar un poco más. Como que noto ese cambio en mí. Estoy tomando un camino de aprovechar la experiencia. También en la ficción yo aprovechaba mucho la experiencia, pero con mucha libertad.

¿En El olvido que seremos hay ficción?
No. Solamente mala memoria, de pronto, pero ficción no. Pues en algún nombre que cambié. Puede que haya una cosita en la cronología que pasó un poco antes o un poco después, pero no, no hay ficción.

¿Se lee después de publicado? Uy, no. Cuando me toca. Cuando van a hacer una edición nueva, que me dicen revise las galeradas. Pero eso me da una angustia horrible. Porque uno siempre lo pudo haber hecho mejor.  No leo las entrevistas que me hacen jamás. No me producen sino sufrimiento.

En su escritura hay dos dimensiones claras: en sus libros, una tierna, dulce;  en sus artículos de opinión, una más polémica, rebelde, frontal. Es ese género el que le ha valido expulsiones y odios.

Sí, puede que sí. Son la misma persona, pero el que ataca, ataca para defender la posibilidad de la ternura y de cosas mejores. Ataco a los autoritarios, ataco a los que combaten la alegría y los ataco con furia, porque se lo merecen y porque ellos me tratan así. Si ellos atacan la alegría y la libertad con esa persecución reaccionaria, conservadora y fanática, pues yo me burlo de ellos también con toda la fuerza. Creo que toca. Hay un momento para ser así y un momento para ser "asao".

Y es ese género de las columnas de opinión lo que lo ha mantenido más cerca del periodismo...
Y de la realidad, y del mundo. Me mantiene con los pies en la tierra. No por allá metido en una cabaña silenciosa, sino siempre me dice bueno, tienes que vivir pendiente también de lo que pasa. Es muy conveniente. Mezclar las dos cosas ha sido para mí una bendición.

Ahora que se está alejando de la ficción, ¿se ve como un cronista, como un reportero?
Ay, yo trato de no verme mucho a mí, de no vivir con un espejo. Es que no quiero verme, yo quiero trabajar. Y que salga lo que salga: que el reflejo sea lo escrito, que el reflejo sea mi vida. No quiero parecerme a una imagen que yo tenga de mí mismo. Yo voy siendo lo que me va saliendo. No quiero autoconciencia, no demasiada.

En esas investigaciones, ¿por dónde empieza?, ¿por los libros?
Me voy dando cuenta de un momento a otro qué quiero investigar. Por ejemplo, yo estoy escribiendo ahora una novela sobre un cura que yo conocí en los años ochenta. Pero no es que yo siempre quise escribir esa novela, sino que un día conversando con un señor, él me contó algo de este cura que iluminó algo en mi pasado. Me di cuenta de una faceta oculta de este cura y dije quiero saber más de este cura. Para saber más busqué a otro cura que vivía con él, a unos cineastas que hicieron cine con él y a personas que fueron cercanas. De todas maneras, hay como un esquema ficticio que yo quiero seguir en la novela, aunque me lo desmienta la investigación. Mientras ellos me dicen la verdad yo acomodo un poquito mi mentira, lo que me cuenten. Mi mentira es simplemente algo que le da simetría a la historia. Todavía no he resuelto si ese cura se va a llamar con su propio nombre o no. Y cuánto va a haber de novela y cuánto de biografía de ese señor. Pero como el tono que más me gusta usar últimamente es el de la biografía, creo que lo voy a hacer pasar como una biografía novelada.

¿No escribe poesía?
En secreto. No, sí escribo poesía. He publicado una poesía en mi vida y he escrito en mis cuadernos, de repente tengo cuadernos escritos. Pero es un género que respeto mucho. Yo antes pensaba que iba a ser un poeta póstumo, que iba a dejar eso por ahí, por si mis hijos querían publicar algunos poemas míos. Últimamente he pensado que tal vez antes de morirme publique un librito de poesía, pero no sé cuándo, va a ser corto, va a ser cuidado, va a ser respetuoso, va a ser temeroso.

¿Van a ser sonetos, que le gustan?
No, pero sí van a ser poemas con una forma más o menos camuflada. Con un ritmo, con una sonoridad, con unas rimas internas, que los que sepan de poesía van a encontrar y van a ver, y los que no, espero, les va a sonar bien.

Dijo que hacían falta cuatro cosas pasa ser escritor y una es vivir intensamente. ¿Qué es vivir intensamente?
Darse permisos. Rebelarse contra los demás es más o menos natural, pero no obedecerse a sí mismo es más importante, no obedecer a esa conciencia excesivamente tiránica. Vivir intensamente es no tener tanto miedo del futuro, de la plata, de moverse. Dejar atrás los miedos y permitirse cosas. Permitirse decir y vivir cosas que de pronto lo hagan a uno cuando esté viejo arrepentirse, cuando ya no las pueda hacer, cuando ya te duelan las rodillas para ir a tal sitio, cuando ya nadie quiera estar contigo. Cosas así.
 

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