Nicolás Pernettt | Fundación Gabo

Nicolás Pernettt

Una de las cosas que he aprendido a odiar es el ruido. En Bogotá el sonido extremo es visto como un signo de vulgaridad, un rezago de barbarie sin domesticar. Aunque en la capital el colchón sonoro de todos los días es el ruido de un tráfico sofocante, la gente suele ser silenciosa y taciturna, sin mucha propensión a levantar la voz, excepto cuando van a tocarle la puerta a un vecino para pedirle que le baje el volumen a su equipo de sonido.     

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