Martín, dime qué se siente

Martín, dime qué se siente

Un libro es lo mismo de siempre: una historia que nos signifique tanto como para que la queramos contar. En buena medida, es un descubrimiento. Martín Caparrós encontró en su último libro, El hambre, un modo de narrar relaciones de poder, modos de que muchas vidas se arruinen mientras otras ganan peso. En el plan de encontrar modos de construir sus propios trabajos, los ocho autores del Taller de Libros Periodísticos de la FNPI en la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, pidieron revelaciones en la quinta y última jornada: una larga entrevista con Caparrós sobre cómo produce, escribe -piensa, repiensa- un libro. Aquí, fragmentos: 

Dijiste que vas escribiendo y escribiendo a medida que reporteas. ¿Cuánto de lo que escribiste en El hambre quedó?
Probablemente, la mitad. Y no suele pasarme. En general, uso casi todo. Soy un poco avaro y no me gusta tirar. Pero en este caso tenía muchos personajes. No sé si la mitad de las páginas, pero sí la mitad del reporteo. Todavía es probable que haya una o dos que están por cariño, aunque no debieran.

¿Cuál es el criterio para mantener un personaje o un caso en el libro en una historia?
Que tengan sentido para el aspecto que quiero contar. Queda feo decirlo así, pero esos casos son piezas de un rompecabezas y si alguna no tiene dibujito y no encaja, no es necesario. Si repiten o dicen algo que ya está claro, no los uso. 

¿Trabajas con transcriptores, ayudantes?
No, a mí me encanta hacerlo. Yo digo que el periodismo se divide entre quienes se hacen desgrabar y quienes se desgraban. En ese caso, digo que me gustaría pertenecer a la clase alta. En El hambre eran demasiados idiomas, y me resultaba más fácil desgrabarme a mí mismo. Una cosa es entrevistar en inglés o francés y otra en inglés bengalí o francés de Madagascar. 

¿Y hacer las entrevistas?
No. A veces dejo a otros. En el caso del libro Boquita, no me pasé seis meses entrevistando hinchas de Boca. Le di guías a algunas personas y ellos las hicieron.

¿Qué te pasa con la idea de estar en el lugar donde reporteas? ¿Es imperativo?
Depende del tipo de trabajo. He hecho las dos cosas. Hay un libro que hice con un amigo fotógrafo, que se llama Extinción, sobre diez oficios en vías de extinción en Argentina. Él me pidió que hiciera textos. Son textos breves, y yo no podía rehacer los viajes que él hizo. Así que me senté con él, lo grabé, le pregunté muchas cosas y luego escribí unas crónicas maravillosas. Me gusta (ríe) la crónica ex situ. Para un trabajo como El hambre hay que estar en ese lugar. La tontería ésta que yo digo de tener el espíritu del cazador: debes estar ahí porque aparecen cosas que no habías imaginado. Si no vas al lugar, lo imprevisto no aparece nunca.

¿Algún truquito para que la gente agarre confianza y hable de su vida cuando entrevistas? Porque no es que a todos les guste hablar de su vida. ¿Cómo abordas al personaje?
A la gente le encanta hablar y le gusta que le escuchen, porque a veces no los escuchan. Este es un comentario políticamente incorrecto, en muchas ocasiones, en muchos países, que vaya un blanco a preguntarles, provoca interés. Gente que ha estado en una posición de receiving end, que alguien les pregunte cómo fue su vida, que la cuenten, funciona. Es totalmente así. Producir esa inversión social, de ser, digamos, el poderoso que va al que no lo es, tiene recompensa. La gente quiere contar, además. Cuando hay intérprete, eso se complica. Nunca sabes exactamente si te dicen lo que dicen. Hay tiempos muertos larguísimos, que son interesantes. Por ejemplo, puede tomar cinco minutos entre traducción y que el otro responda y vuelvan a traducir.

¿Y te tomas mucho tiempo entrevistando?
Voy a eso. Me da placer. Si te cuentan boludeces, te despides y te vas.

¿Cuánta gente tuviste que entrevistar para cada capítulo, para convencerte de que tenías los personajes?
Depende de los lugares. En la India, probablemente, entrevisté ochenta, cien personas. Hacer eso me permite elegir, quedarme con la crema. A ver, ¿fueron tantos en la India? Quizás no, pero fueron muchos. Algunas de esas entrevistas pueden haber durado diez, quince minutos porque no pasaba nada, y otras dos o tres horas. Pero es materia prima. Cuanta más tengas, mejor. A veces no puedes por razones determinadas. En Madagascar era complicado entrevistar porque vivían en un pueblito que estaba en un lugar a cuatro horas caminando, y al segundo día, el intérprete propuso alquilar una carreta de bueyes. Era interesante, pero no me daban ganas de hacerlo a menudo. Al tercero volví caminando, y ya luego no quería volver. En Sudán tampoco era tan fácil. Pero si puedes pasar tiempo, mejor.

¿Te pasa que grabas y luego lo que grabaste queda ahí y no lo usas?
Me pasa que anoto mucho, y a veces no funciona. Mientras haces la entrevista, además vas editando. Cuando terminas ya tienes una idea de qué te funciona.

¿Cómo trabajas en el sentido estructural un libro tan enorme como El hambre [tiene seiscientas páginas]? ¿Cómo haces para no perderte el detalle: "ah, esto que me gusta, dónde quedó-?
Es fácil. En un folder de El hambre armo por temas. Trato de juntar por temas e ir procesando los documentos. El que me interesa lo pongo en el documento que es mi materia prima. Todo lo que soy susceptible de usar. Y de ahí transfiero al texto poco a poco. Es un "txt" donde está todo. Todo el trabajo es trasvasamiento entre el borrador y el "txt". Es más que trasvasar, claro. En el borrador quedan cada vez menos cosas, porque hay cosas que no funcionan o no sé si tienen sentido. Pero voy armando el documento general y sacando de ahí al documento "txt".

Cuando tienes el documento final, ¿lees todo? ¿O ya ni haces relectura?
Claro, porque siempre aparecen incoherencias, repeticiones, cuestiones. Las relecturas no son una, a veces son dos o tres. Cuando está terminado, los dejo olvidado un mes o dos y vuelvo para revisar porque encuentras cosas que no tenías vistas. Cambia la mirada. 

Para El hambre tuviste apoyo de un ministerio [AECID, la cooperación española becó a Caparrós para poder hacer viajes] y tengo varios amigos que han escrito libros y hay un esquema común que consiste en que, si eres freelance, vas y trabajas piezas específicas que vendes a medios y ese dinero te sirve para financiar el libro. Algunos lo usan, pero nosotros no tenemos veinte libros publicados. ¿Cómo resuelves el financiamiento?
No son veinte, son treinta libros (ríe), y no lo digo por vanidad sino porque importa, pues siempre entra algo de plata. Un turco decide traducir cierta cosa, algo más sale por ahí. Eso me da una base. Y yo en general sigo haciendo columnas, cosas. Yo soy muy barato, muy frugal. Las cosas caras que hago no las pago yo. Me la paso viajando pero no pago yo los viajes. Como poco y mirá cómo me visto (ríe). 

¿Si no hubieras tenido ese financiamiento hubieras buscado uno similar?
No, fue la primera vez que tuve ese financiamiento. No forma parte de mis costumbres. Un amigo en la Cooperación me dijo que tenían los fondos para El hambre. Cuando trabajé con Naciones Unidas, salieron dos libros, Contra el cambio y Una luna. Sobre la pregunta anterior, supongo que vender material parcial es lo más razonable. Yo en general no lo hago.

En Bolivia salió este restaurante, Gustu, que es un intento por seguir el boom gastronómico de la comida local, que comenzó en Perú. Después de haber escrito El hambre, ¿cómo te relaciones tú con estas formas de consumo?
Yo voy a los restaurantes, por lo general, cuando escribo. Me parece que comer bien no debiera ser un asunto clasista, así que a veces me contradigo y pongo la coartada de que tengo que trabajar, pero en realidad voy porque me encanta. Me produce mucho placer comer bien. Y me parece que, cuando escribo, trato de incluir alguna crítica de esta situación de exclusión. El año pasado, por ejemplo, fui a Can Roca, el mejor restaurante del mundo entonces, e incluí esa crítica. 

Cuando tenemos hambre, decimos "me muero de hambre". ¿A ti te cambió el chip después del libro cuando escuchas esas frases y brincas con ellas?
Brincar no, pero las escucho de otra manera. No sé cuándo se me pasará porque el libro es reciente pero me da la sensación de que es un punto que no se resuelve fácil. Deja una sensación fuerte escribir sobre el hambre.

¿Tu relación con la comida cambió con el libro?
Nunca me gustó, pero ahora me da mucha vergüenza dejar comida en el plato. Me irrita. Trato de no hacerlo. Entre treinta y cincuenta por ciento de la comida consumida en los países ricos, se tira. Ayer me reía de mí mismo porque me zampé dos quesadillas, que eran mías, pero ya estaba lleno, y me daba vergüenza dejarlas.

¿Cambió la forma en que compras comida?
No cambió porque siempre compré día a día. Me gusta mucho hacer la compra. Trabajo en casa, así que al momento de cocinar al mediodía, bajo, veo, compro, cocino.

Cuando estás en el proceso de encontrar un hilo conductor, ¿haces solo ese proceso de organización, ensayando, procesando? ¿O te acercas a alguien más? Y si es así, ¿con quién lo haces?
Casi siempre lo he hecho solo, y siempre lo sentí como una especie de déficit. Casi toda mi vida lo hice solo. Cuando tenía el trabajo definido en El hambre, se lo pasé a un amigo, Jordi Carrión, y él me hizo una serie de comentarios que me funcionaron. Creo que todo está en encontrar una persona que te sirva para eso. De hecho, ahora repetí con Jordi para un libro que tengo que entregar en diciembre.

¿Cómo procesas y organizas la información cuando es un volumen tan grande como El hambre, con todo tipo de materiales -entrevistas, notas, documentos? ¿Eso lo haces antes de sentarte a escribir? ¿Hay un proceso de decantación?
Eso es parte de la constitución del documento madre. En general, tiene secciones. Primero acumulo todo lo que puedo, algo que hago de manera más o menos general. A veces me acuerdo que puse un párrafo y trato de pegar otro que sea relacionado. Nunca usé esos programas de edición. Empecé con carpetitas y máquinas de escribir, ahora uso Word. También tomo nota en los libros que leo y, cuando voy a empezar a escribir, recupero todo eso y ordeno por temas y afinidades y cuando está ordenado, más o menos se arma. En un libro como éste, eso fue de lo más laborioso. No me parece que tenga grandes habilidades para esto. 

¿Las líneas de tiempo? ¿La cronología? ¿Trabajas eso?
En este caso de El hambre, líneas de tiempo no hay. La voluntad fue complicada en ese sentido porque eran veinte historias de vida que se cruzaban en una línea cronológica.

Cuando estás escribiendo, ¿terminas un capítulo, empiezas otro, vuelves? ¿O haces varios en simultáneo?
Muchas veces dejo uno cuando está bastante terminado, no completamente, porque uno vuelve, revisa y encuentra errores y problemas. Trato de terminarlos, pero no me obsesiono con cada uno si no están impecables.

¿Guardas versión uno, tres, diecisiete?
Tres o cuatro versiones de un texto, como mucho. A veces dos. 

¿Tiendes a recuperar algo que desechas?
Trato de no hacerlo porque me enloquece. Trato de ser decisivo en lo que elimino para que esté eliminado para siempre. Si no, lo guardo en el documento borrador, el madre. Si uno tiene que estar mirando atrás cuando va para adelante, es el caos.

En la lectura general de la crónica, ¿dónde tenemos más carencias: reportería o puesta en página?
No sé qué decir porque la pregunta tiene una premisa rara. Yo leo sobre todo cuando soy jurado de esos premios, y por eso soy jurado porque me permite ponerme al día con las mejores cosas. Así que leo lo bueno, no lo malo. Igual, éste es un momento en que no hay mucha búsqueda formal, y me apena porque me gusta esa búsqueda. En 2013, en la sección de textos del Premio Gabriel García Márquez de la FNPI, se lo dimos a Alejandro Almazán, que tenía un texto que era de mucha búsqueda formal, y estaba bien. Pero esa búsqueda formal se da excepcionalmente. La reportería, en general, me parece que funciona, pero creo que a veces falta audacia para la forma.

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