Renuncié a El Universal de Caracas
24 de Septiembre de 2015

Renuncié a El Universal de Caracas

Este testimonio hace parte de la serie de “Recetas éticas contra la amenaza y la censura” en el blog de Gustavo Villarrubia, que buscan brindar reflexiones sobre cómo enfrentar las presiones que afectan la vida y el trabajo de los periodistas.
Torre El Universal / Fotografía: Caracas a Pie en Flickr / Usada bajo licencia Creative Commons
Gustavo Villarubia

Por: Óscar Medina*

Cuando entré al diario El Universal el futuro presidente Hugo Chávez estaba en campaña. Eso fue a finales de 1998. Toda esta época del chavismo la pasé dentro del equipo de redacción de El Universal, hasta hace poco tiempo propiedad del empresario Andrés Mata. La referencia al momento político, es fácil suponer, no es gratuita: lo que sucede hoy en este diario se inscribe dentro de la más reciente estrategia de anulación de la libertad de prensa en Venezuela.

¿Qué sucedió en El Universal? Sus más de 100 años de tradición, de prestigio, de aciertos y equivocaciones, fueron vendidos a un grupo de empresarios cuyas identidades se desconocen. El anuncio se hizo en julio de 2014. En menos de un año la autocensura se ha impuesto en todas las secciones del periódico –aunque la versión web aun resiste- y ha causado estragos y renuncias en algunas claves como Economía y Política. La nueva línea editorial se inscribe en una idea de “periodismo plano”, un concepto que apunta sin disimulos a no molestar al gobierno, a bajar la voz hasta la complacencia.

Primero fue la confrontación directa, el ataque verbal y físico contra los medios y los reporteros, todo esto muy bien documentado por organizaciones civiles como Provea, Espacio Público y el Instituto de Prensa y Sociedad. Luego el castigo económico: el retiro o el otorgamiento de pautas publicitarias en función de lo poco o muy complaciente de la línea editorial. El cierre de fuentes de información para los periodistas “enemigos del proceso”. La presión sobre los anunciantes que iban –además- desapareciendo o mermando en capacidad como consecuencia de la situación económica, la hostilidad política y el avance del Estado. El “acomodo” de leyes para coartar las libertades de opinión e información por la vía de tribunales. Las restricciones al acceso de divisas para la importación de papel en el caso de los impresos. La no renovación de concesiones de radio y televisión. Las amenazas directas a canales y emisoras de radio. La consolidación de un ejército de medios financiados y controlados por el gobierno. Y así –entre otras cosas más- hasta llegar al sofisticado esquema que ha permitido la entrada en escena de empresarios –en muchos casos fantasmas- que presentaron ofertas que los viejos dueños de medios no pudieron rechazar.

Por alguna razón, la sección en la que trabajaba –la página dominical de investigaciones, reportajes y denuncias, Expediente- pudo mantener su espacio de libertad de criterio. Pero eso ya cambió. El 12 de julio publiqué un texto en el que se recogían denuncias de manifestantes torturados por cuerpos de seguridad del Estado y me pidieron que cambiara el título porque incluía la palabra “torturas”. Propuse luego un reportaje sobre cómo los comediantes venezolanos son víctimas de la censura, el acoso y la intolerancia. Fue aceptado, pero mientras lo hacía, me pidieron que lo publicara una semana más tarde y luego que lo entregara con anticipación para una revisión previa por parte de la jefatura de redacción, cosa que jamás había sucedido antes.  Pasaron cuatro días y recibí la comunicación: el reportaje no se publicaría porque El Universal no quiere “malponerse” con el gobierno. Mi decisión ya estaba tomada de antemano: si el trabajo no se publica, renuncio al periódico.

Al renunciar, ¿estás perdiendo un espacio, una batalla, entregando tu posición, en medio de la pelea contra la censura? Por ahí empiezan las dudas. Las tuyas y las de algunos colegas que de pronto te miran con una mezcla de suspicacia –“este debe tener mucho dinero o un mejor trabajo ya en mano”- y conmiseración –“pobre, a quién se le ocurre dejar un buen trabajo en este momento tan duro”-.

Una sección como Expediente no puede manejarse bajo semejante criterio. Un diario independiente tampoco. Entonces volvemos a la pregunta anterior: ¿he abandonado un espacio de ejercicio del periodismo? No.

He dejado un espacio que comienza a alejarse del periodismo. Se puede luchar contra las pretensiones de censura que ensaya el poder, pero cuando se trata de autocensura, cuando estás frente a la imposición de un criterio como ese, el margen de acción se limita a aceptarlo y acomodarse a la nueva realidad de la empresa o a buscar otros lugares para  trabajar con la libertad que el periodismo necesita.

Si el medio para el cual trabajas quiere textos “planos”, que no incomoden, que no los meta en problemas, ¿qué haces? ¿te quedas para someterte al desgaste de una pelea perdida? ¿o te quedas y te reprogramas?

Yo decidí abandonar un barco que cambió de rumbo. Cargo con eso.

Oscar Medina: Es graduado en comunicación social en la Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, en 1992. Trabajó 17 años en el Universal.  Colaborador de revistas: Gatopardo, Rolling Stone Latinoamérica, Poder, Esquire Latinoamérica, El Semanal (Diario La Tercera, Chile) y Capital (Chile).
Colaboraciones en diarios internacionales: Folha de Sao Paulo y O Estado de Sao Paulo.
Redactor de notas de prensa para los canales Sony y AXN.

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