La ética en tiempos revueltos
12 de Junio de 2017

La ética en tiempos revueltos

Eso es lo dramático: que sí se parecen. Quizás resulte un lugar común decir que, casi sin darnos cuenta, se diluyeron los límites entre las vivencias y las narrativas mediáticas, entre las experiencias cercanas y las historias que pasan por la televisión, la radio, las redes sociales, medios que también han visto diluir las fronteras entre ficción y realidad, y aún dentro de ésta última categoría, entre documental y realidad aumentada.
Fotografía: mojzagrebinfo en Pixabay | Usada bajo licencia Creative Commons
Mario Morales

El resultado es toda esta sobreexposición vertiginosa donde se mezclan sin pudor lo público con lo privado, el escándalo con la virtud, la fama con el reconocimiento, la calidad con la imitación, el aplauso con la indignación. Solo parece existir lo actual, lo simultáneo, lo fugaz, que arrasa a su paso con cualquier vestigio de memoria.

¿O existe diferencia entre ese formato televisado denominado reality y, para mencionar solo lo más sensible, esta tozuda realidad de escándalos del Congreso, las movilizaciones sociales indígena en el Cauca, los procesos de la JEP, o del reacomodo de fuerzas políticas con miras a las próximas elecciones? No, por lo menos no en los relatos, ni en las estéticas ni en los conflictos.

¿Por qué las audiencias prefieren concursos de imitación que exhibiciones de voces originales, conciertos o programas musicales?

¿Son la música o los premios apenas un pretexto para urdir tramas y conflictos que enganchen televidentes a través de melodramas que cada quien reconoce o vive a su manera?

Simplismo ético

Visto desde afuera, nuestro país se debe parecer a las múltiples habitaciones de una casa estudio, un escenario de competencias desesperadas entre personas comunes que quieren dejar de serlo, no obstante su ego abultado, o un set de apuestas donde los participantes quieren olvidarse de sí mismos detrás de una liebre ilusoria, sin que importen los métodos, los atajos o los contendientes en pos de un premio representado en metálico, en especie, en capital simbólico o todas las anteriores.

Vivimos los conflictos en plena época de post acuerdo. Guerreros de la vida que luchan por vivir en paz, que viven para luchar por la paz o que apenas sobreviven para contarlo.

Pero, irónicamente, los conflictos mediatizados emocionan más: espejos macro de una sociedad con valores ad hoc. Todo vale, todo sirve, si la medida es el éxito, entendido como la consecución del objetivo a cualquier precio, más cuando la vergüenza perdió o dejó de tener valor social.

Sabemos que los conflictos son el factor detonante, como ha sucedido por estos días: indignaciones, protestas, foros, reyertas moralizantes y disputas por dilemas éticos, así sea a la velocidad de 140 caracteres por entrada. ¿La paja en el ojo ajeno? ¿O dimos ya por perdida la pelea por lo ético en la realidad, en lo público, en lo común y en lo colectivo y preferimos la lúdica doble moralista de buscar la fiebre en las sábanas, de echarle la culpa al sofá?

Como se ve, poco habría que reclamarle a los realities, a los concursos, a la sicaresca y sus spines off como géneros, como industria que se tomó como por asalto el prime time televisivo y de paso el ágora virtual y el interés nacional. Redujeron costos, optimizaron ganancias y se robaron el show. La gallina de los huevos de oro.

Y es que al final de cuentas, eso somos: un manojo de emociones conjugadas, de bajas pasiones, de conspiraciones y alianzas al tenor de las conveniencias. En últimas, la prueba reina que buscaba el etólogo Konrad Lorenz para reafirmar que la agresión es el patrón de comportamiento de los seres vivos.

Entonces, ¿De cuál ética hablamos? De la ajena, claro, de la simbólica, de la expiatoria de todos los males: la ética mediatizada y simplificada, fuente de identidad nacional.

Los medios y su crisis

No está documentada ni la fecha ni las circunstancias, pero en algún momento de la historia reciente la prensa, el periodismo y los medios perdieron la primera persona y de paso la iniciativa para interrogarse, para reflexionar, para autoevaluarse. ¿Qué les pasa?

Es la pregunta de moda de las audiencias cuando se (auto) observan y critican a los medios y al periodismo, sin dejar de verlos. Al fin y al cabo, alguien debe tener la culpa, un cierto grado de responsabilidad. La respuesta básica es que están en crisis. ¿Y cuándo no lo han estado?

Sólo que cada uno ve la crisis donde mejor le va. Los empresarios insisten en que la crisis es de naturaleza económica, los anunciantes que es el costo–beneficio, las audiencias la ven en la falta de opciones, y cada vez quedan menos voces dispuestas a hablar de frente de la falta de valores.

¿Qué ha cambiado? Que ahora en las relaciones entre medios y audiencias, como en las sesiones del matoneo de los jurados o de la catarsis del “cara a cara”, se valen las amenazas por convivencia o la crítica destructiva como estrategias para sobrevivir a pesar del otro. Adentro, en las narrativas televisadas y afuera en las pugnas por prevalecer en la industria, y a diferencia del recato pasado, hoy lo prioritario es el negocio y el resto… algún día vendrá por añadidura.

Es el capitalismo salvaje: reglas y sus violaciones a conveniencia del emisor, protección y prebendas para garantizar audiencias, inmunidad para rendir cuentas, en fin, la ley del más fuerte.

Nada nuevo, repito. Ni siquiera esa pasividad de las audiencias apoltronadas que solo se dejan ver por las redes sociales para denostar de los medios y de los periodistas y auto consolarse, mientras se ven representados en otro programa o formato. Narcisos en el clóset.

Los medios son medios

Siempre será más fácil culpar de la mala educación y de las carencias en formación y valores a los medios, entre sordos y soberbios, y eximir a las instituciones que tienen esa directa responsabilidad —tal como queda documentado en múltiples estudios e investigaciones— como la familia, la escuela y el entorno cercano, especialmente en los primeros años, cuando echan raíces las creencias más fuertes como el racismo, la intolerancia, los patrones de violencia y los radares de sociabilidad, como bien lo sabía Goebbels…

Los medios –apenas reflejo– si acaso legitiman, incorporan a la cotidianidad o “normalizan” esas conductas anómalas. Construyen eso que llamamos imaginarios colectivos.

No faltará, sin embargo, quien ponga como ejemplo “la terrible influencia de los medios en conductas aberrantes” como la de los asesinos múltiples, los maltratadores, los criminales del ácido, los violadores emparentados o los emburundangados, otra vez de moda.

Por fortuna algunas investigaciones avanzan más rápido, en este carrusel de justicia selectiva y aparecen cuadros sicológico enfermizos, antiguos, permanentes y con confluencia de otras causas, distintas de seguir una serie o ver una película. Los medios no tienen tanto poder.

¿Y entonces cuál es su responsabilidad? Los tratamientos, por supuesto. Desde la concepción hasta la puesta en escena. El énfasis en los victimarios y en sus hazañas a la inversa. La sobre emocionalización de sus estéticas, que también narran y los modos y formas de emisión en relación con parrillas, públicos y contextos. Sería sencillo… si no tuvieran la mira en otra parte.

El periodismo ausente

Cosa distinta debería ser el periodismo si se tomara como bien público, pensado y analizado en términos de derechos. Pero —como bien dicen los reflexivos periodistas estadounidenses Kovack y Rosenstiel— escasean las oportunidades para reflexionar, para discutir acerca del oficio, del deber ser, para repensarse.

Es como si se hubiera perdido la fe en el debate, en el poder de las palabras y en el sueño de cambio que hizo del periodismo una etapa del romanticismo o viceversa. Impuesto el determinismo (“eso es más de lo mismo”), aumentan ahora citas, foros y polémicas para hablar de emprendimiento, sostenibilidad y financiación. Medios y prensa asumieron el discurso industrial y perdieron el debate mediático. De los valores esenciales a la bolsa de valores…

En cambio, allá, aquí afuera, hablar (mal) de los medios y del periodismo sigue siendo otro deporte nacional. Pero, decíamos antes, alguien ha de tener la culpa en este país de “vidas como libros abiertos” y de buenos muchachos.

Pero entonces, ¿Cuándo, ¿dónde o porqué prensa y medios realmente tienen responsabilidad o, por lo menos, la comparten? 

  • Cómo negarla en sus encuadres, cuando cubren deliberadamente las movilizaciones sociales, ya no desde las demandas ciudadanas, sino desde los perjuicios que causan a la movilidad o a la vida laboral.
  • Cuando hacen gala de falsos nacionalismos para estigmatizar a “los otros”, no importa si esos otros son desplazados, indígenas, víctimas o zarrapastrosos.
  • O cuando pierden el pie en las recurrentes olas de indignación y se suman a las hordas sedientas de justicias y vindicaciones que no van más allá de la pantalla de un computador o de un teléfono celular.
  • O cuando se niegan a narrar la guerra y la paz, los acuerdos y los desacuerdos más allá de las oficinas de prensa o de los atriles de los batallones.
  • O cuando enconadamente insisten en hacer eso que el querellante periodista estadounidense Jack Fuller llama el periodismo de adversario, esto es de confrontación, de justicierismo. Baste citar el linchamiento consuetudinario, la búsqueda de víctimas propiciatorias o el discreto encanto del matoneo mañanero.
  • O cuando caen en la trampa del maniqueísmo y ayudan a dividir el mundo entre buenos y malos a la luz, o a la sombra, de una ideología, de una consigna política o de un egoísmo personalista, populista o caudillista.
  • O cuando suplantan o impostan otros roles sociales y posan como redentores, como jueces, como picotas, como despensas, como gerencias, como notarios, como jugadores de deportes extremos, como sensibilizadores, como productores de lágrimas, como fábricas de sonrisas, como terapias, como centros de atención o como promotores de espectáculos.

Fenómenos todos que han tenido incidencia en agendas, percepciones o imaginarios que no siempre corresponden a la realidad, como lo saben las autoridades cuando hablan de (in)seguridad, o los taxistas cuando hablan de respeto, o de la noche como escenario de vida y muerte…

Sí, historia repetida, como lo demuestran nuestros observatorios de medios, unos de los pocos retrovisores que quedan ante la paulatina extinción de defensores de audiencias (como acaba de pasar con el New York Times), veedurías ciudadanas y entidades gubernamentales e independientes que den pautas para construir política pública, formar e incentivar.

La ética del oficio

Hablar de ética en el periodismo consiste en retomar los elementos y estándares del oficio que lo han acompañado desde sus orígenes: verificación, precisión, equidad, transparencia, pluralismo y objetividad, entendida ésta no como utopía, sino como método de trabajo.

Pero también y eso vale también para los medios en general, consiste en insistir en la neutralidad que le ponga coto a la estigmatización, a la toma de partido, a la emoción sobredimensionada, inducida, exacerbada y malsanamente aprovechada.

Hablar de valores es hacer hincapié, al decir de Kapuscinski, en que antes que profesionales cualificados, las audiencias necesitan buenos seres humanos: 

  • que le huyan al efectismo y al sensacionalismo;
  • que entiendan que aún el entretenimiento tiene límites que obedecen a los pactos tácitos con las audiencias y que explican la fidelización;
  • que hay fronteras infranqueables con la disculpa del negocio;
  • que no todo tiene un precio;
  • que hay matices entre los amores y los odios;
  • que las audiencias necesitan comprensión antes que falsas solidaridades disfrazadas de venganzas, desquites o redenciones;

Es decir, una capacidad de comprensión que pasa por sabernos un país dramático en todas sus extensiones, que tiene una autoestima exagerada, que se ve pero que se niega a reconocerse en sus narrativas mediáticas: 

  • Hablar de valores es desconfiar de las leyes regulatorias que comienzan por deontologías y terminan montando castigos y restricciones. Se necesitan entes inspiradores, no represores.
  • Hablar de ética pública es hablar de transparencia, pero también de ampliar el espectro, de incrementar la oferta. Allí comienzan el pluralismo y la inclusión.
  • Hablar de ética hoy es dejar de buscar castigos que suponen que se deben encontrar culpables.

Hace falta autorregulación en quienes emiten y producen, pero también entre quienes reciben y consumen. Hace falta más debate, más conversa, más propuesta. Pero sobre todo se requiere menos máscara, menos hipocresía, menos moralina. La cura comienza por reconocer la enfermedad. Los realities, concursos de imitación y narcoseries están de este lado de la pantalla. Paremos de sufrir. Lo otro, lo mediatizado y televisado, o es entretenimiento o hay que apagar el televisor.

Quizás así tengamos alguna opción cuando lleguen otro tipo de jurados o las pruebas de talento.

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*Mario Morales es periodista y analista de medios. Magíster en Estudios literarios, con estudios en periodismo y especialización en medios y opinión pública. Actualmente es profesor asociado e investigador en la Universidad Javeriana, columnista de El Espectador y defensor del televidente en el Canal Uno. www.mariomorales.info  y @marioemorales, moralesm@javeriana.edu.co

**Los conceptos y reflexiones aquí presentados son la suma de diversos momentos del análisis, publicados inicialmente en diversos medios como la revista digital Razón Pública o el blog del autor. Se trata de insumos para mantener el debate y la reflexión necesarias sobre nuestro quehacer.

 

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