¿El reportero está olvidando sus herramientas básicas de trabajo?
1 de Agosto de 2018

¿El reportero está olvidando sus herramientas básicas de trabajo?

El escritor y periodista ecuatoriano Rubén Darío Buitrón se pregunta si tomar apuntes en una libreta es mejor que obsesionarse con obtener una declaración grabada.
Fotografía: Pexels en Pixabay | Usada bajo licencia Creative Commons
Rubén Darío Buitrón, escritor y periodista ecuatoriano.

“Un reportero necesita un conjunto de capacidades que le permitan descubrir hechos y registrarlos con precisión. Requiere también de un equipo técnico básico y de buen equipo mental”.

Aquella definición del maestro británico David Randall en su icónico libro titulado “El periodista universal” (1) no puede ser más exacta. 

Y la recordé mientras miraba en algún periódico la fotografía en la que un grupo de periodistas, la mayoría en actitud desesperada, abordaba a un funcionario público en busca de obtener una declaración, una información complementaria a lo que ya había dicho hacía pocos minutos en un juzgado donde lo citaron para que rindiera una declaración relacionada con un tema políticamente delicado que se debate en el Ecuador.

En la imagen que analicé con detenimiento destacaban dos reporteros, una bisoña joven -quizás nueva en el departamento de noticias de alguna radiodifusora- y un conocido periodista de un periódico de referencia.

Ambos sostenían sus grabadoras digitales con dirección a la persona que hablaba, pero si uno podía mayor atención, existía una diferencia sustancial entre los dos.

Mientras el experimentado periodista solamente tenía entre sus manos la grabadora, la chica se encontraba armada de aquello que el maestro Randall define como el equipo técnico y mental básico: una libreta de apuntes y un bolígrafo (esferográfico o pluma, según el lenguaje de cada país).

¿El reportero con años de experiencia confiaba en que el aparato que sostenía con una de sus manos era suficiente para recoger la información que su editor le había solicitado para publicarla en la edición del día siguiente del periódico?

Debo precisar que en esta reflexión no trato de satanizar el uso de una grabadora digital, aunque a lo largo de los años aprendí que uno de los peores vicios en que caía la mayor parte de informadores era volver al medio y cumplir el tedioso y absurdo ritual de “desgrabar”, un verbo que podría considerarse un neologismo pero que, para las rutinas de nuestro oficio, resulta absurdo y contraproducente.

Dejar de tomar notas en las coberturas, o nunca haberlo hecho por falta de una pedagogía en sus estudios universitarios o, peor, en cómo sus editores y jefes no les dan las pautas básicas para realizar las coberturas, no significa solo una arriesgada confianza en un aparato electrónico que en cualquier momento podría fallar, sino que implica, para mí, algo mucho más grave: la cobertura de un hecho requiere la concentración del periodista para escuchar –es obvio- lo que se dice, pero, sobre todo, recoger la esencia de lo que ocurre alrededor de lo que se dice.

La joven reportera, por tanto, llevaba una ventaja comparativa esencial que, si la supo manejar cuando llevó su cobertura al medio donde trabajaba y produjo una pieza informativa con elementos adicionales, complementarios o distintos a sus colegas, cumplió con eficiencia las normas de su oficio.

Su reporte radial habrá contado con valores agregados que el colega de marras no captó: la actitud gestual del declarante, el entorno en que se desarrolló el hecho, los detalles que ocurrían alrededor mientras hablaba el personaje y, lo más importante, la lectura perceptiva (ideológica, política) de los silencios y de los entrelíneas de la intervención del funcionario.

Muéstrenme sus libretas

De manera que si bien es importante que los reporteros valoren sus herramientas tecnológicas y las usen de forma adecuada, por más sofisticados que fueran esos aparatos deben ir acompañados, siempre, del instrumental más antiguo y tradicional, pero al mismo tiempo, más simple y eficaz: una libreta y un lápiz o esferográfico.

Randall lo explica así: “Sin dejar de usar la grabadora, es muy importante el cuaderno de notas. Aparte del riesgo de un fallo técnico, las grabadoras tienen limitaciones: solo sirven para registrar las voces, pero no lo que se ve. Y transcribir una grabación es un proceso más lento que hojear los apuntes de un cuaderno”.

Lejos de sentir desconsuelo por el futuro del oficio en una época donde abundan las herramientas cibernéticas y en el cual incluso el teléfono celular (smartphone) sirve para entrevistar –grabar voces, captar imágenes, enviar mensajes escritos y audios por whatsapp y transmitir vía Facebook Live, entre otras funciones-, un día, como editor de la sala de redacción de un periódico quiteño, realicé el ejercicio que Randall aconseja en su libro: pedir a editores y reporteros que me mostraran y contaran acerca del uso de sus libretas de apuntes. 

Y, para mi sorpresa, las historias personales/profesionales afloraron:              

Un editor que viajó cuatro días a Sucumbíos para realizar una serie de crónicas regresó con tres libretas abarrotadas de observaciones, detalles, descripciones, cifras, ambientes, climas, sabores, gestos, expresiones, rostros. 

Otro editor me contó cómo él ha logrado fusionar la tradición y la modernidad: usa cuadernos y esferográficos, pero en su iPhone también hace la grabación de audios con ideas que se le ocurren mientras hace la reportería, en especial cuando no alcanza a escribirlas mientras habla con la gente, mientras camina por terrenos complicados o cuando tiene la urgencia de describir un hecho que no debe dejar pasar.

Un reportero que viajó al Yasuní, donde permaneció cinco días, trajo tanto material que le costó mucho escribir su crónica al revisar todos los detalles registrados en su grabadora digital, en su teléfono Samsung y en sus tres libretas.

Cuando fui recolectando estos testimonios pensé que aún nos queda tiempo para generalizar las buenas prácticas en beneficio de la calidad de la producción periodística que llega a los distintos públicos.

Y pensé también que algún momento tendría que compartir este conjunto de percepciones y experiencias, tanto las primeras –la del reportero que no usaba libreta de apuntes y la de su colega que sí lo hacía- como estas, que no son ejemplares sino fruto del sentido común y de una buena transferencia de métodos y formas de trabajar, obviamente gracias a los periodistas más experimentados.

El resultado del grupo de profesionales al cual escuché con entusiasmo y esperanza en el oficio confirma la sentencia de Randall: “Si un reportero necesita que se le recuerde que debe llevar un bolígrafo, debería ir pensando en dedicarse a otra profesión. Pero sorprende encontrar decenas de reporteros experimentados que olvidan llevar algo tan esencial como la libreta de apuntes”.

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  1. “El periodista universal”, por David Randall. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2009.

 

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