La Seño enseña el camino a los muertos

La Seño enseña el camino a los muertos

En las mañanas, Moraima da clases a pequeños de cuarto grado, en la primaria de la Institución Educativa San Basilio de Palenque, pero siempre que hay muerto en el pueblo debe arreglárselas para ir al velorio y rezar tres veces al día. Su misión: alimentar el alma del difunto y garantizar su paso al más allá. Nada fácil –dice ella-.
Laura Anaya

La Seño no le teme a los cementerios, más bien le asustan las iglesias.

“Tú puedes ir a un cementerio a las doce de la noche, que no vas a ver nada, porque allá no hay almas, no más hay cadáveres, huesos y bóvedas, pero a la iglesia sí van los espíritus de los muertos. La iglesia siempre está llena de espíritus», dice, sentada bajo la sombra de un árbol, frente a la terraza de su casa, en el Barrio Abajo. Pretende escapar del infierno de una de la tarde en San Basilio de Palenque. Y lo ha logrado.

Pasan niños correteando un par de chivos, y haciendo “diabluras”, y viejos comiendo alegrías y todos la saludan. Siempre responde con desparpajo, gritando fuerte. Tiene una voz recia.

«Me llamo Moraima Simarra Hernández -se presenta-, tengo tres hijos y 38 años. Soy profesora y rezo a nuestros muertos».

En las mañanas, Moraima da clases a pequeños de cuarto grado, en la primaria de la Institución Educativa San Basilio de Palenque, pero siempre que hay muerto en el pueblo debe arreglárselas para ir al velorio y rezar tres veces al día. Su misión: alimentar el alma del difunto y garantizar su paso al más allá. Nada fácil –dice ella-.

«Esto no lo hace cualquiera. Yo lo hago porque siempre me he tenido espíritu de colaboradora y es muy maluco que alguien se muera y ninguno le rece», agrega.

¿Y cómo aprendiste? –pregunto-.

-Me enseñó mi mamá, Concepción, ella es la rezandera del pueblo –responde-. Ella reza todavía, pero ya no tanto, ahora nos turnamos. Estoy en esto desde que tengo veinte años. Al principio, tuve que escribir todos los rezos en una libreta, porque es un rezo muy largo, y así me los prendí. Cuando comencé, rezaba leyendo. Ellos tienen una secuencia, porque el rezo es como una canción que dura como 25 minutos en cada tanda.

Jamás olvidará su primer rezo. Fue hace dieciocho años, en Barranquilla. Allá murió una palenquera joven, de 20 años, la edad de la Seño. “Como mi mamá estaba operada de ‘juanete’, me tocó ir a mí. Fue cruel porque yo conocía a la muerta, porque yo había ido a los Carnavales de Barranquilla con ella. Era mi amiga y la mató ‘una’ tiroides. Lo más cruel que me pasó es que la recé y tuve que levantarle el paño –rezo de la novena y última noche, donde se levanta el altar-”.

En todos estos años, hay una cosa que la Seño ha aprendido: sólo unas cuantas personas “tienen ojo” para ver a los muertos. Una especie de don divino que ella –gracias a Dios- no tiene. Lo que sí puede es olerlos. “Nunca he visto un muerto, y eso que he ayudado a pasar a muchísimos al otro mundo. Sí los he olido. Hace unos años, mataron a un amigo de mi hijo que venía a mi casa y hasta usaba la ropa de él. A veces hasta dormía acá. Un día, sentí su olor, estaba aquí, y comencé a insultarlo. Cuando los muertos vienen hay que espantarlos…le dije 1e era un maco, que se había dejado joder por maco, que se largara de aquí porque yo lo quise mucho en vida, pero ahora no. Y se fue”.

“Quien esta oración rezare, todo lo puede. Sacará un alma de pena y la suya de pecado. Quien la oye y no la aprende, quien la sabe y no la reza, el día del juicio final sabrá lo que se condena”.

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