La muerte por la espalda

La muerte por la espalda

Aracataca, la cuna de Gabito, el lugar que desde más hondo pudo haber inspirado las imágenes, las palabras, los amores prohibidos y devastadores de Macondo, el universo de “Cien años de soledad” y tantos otros relatos, daba la sensación de ser una tierra perdida, como un sueño intranquilo, aturdido, desde un día atrás, cuando habíamos llegado de Cartagena para asistir a algunos eventos especiales en los talleres de una beca llamada, justamente, Gabriel García Márquez.
Santiago Gómez

Me levanté al otro día mirando el pueblo como si ya no existiera. Aracataca, la cuna de Gabito, el lugar que desde más hondo pudo haber inspirado las imágenes, las palabras, los amores prohibidos y devastadores de Macondo, el universo de “Cien años de soledad” y tantos otros relatos, daba la sensación de ser una tierra perdida, como un sueño intranquilo, aturdido, desde un día atrás, cuando habíamos llegado de Cartagena para asistir a algunos eventos especiales en los talleres de una beca llamada, justamente, Gabriel García Márquez.

El pueblo descansa y se levanta en los adentros del caluroso departamento del Magdalena, en la costa norte de Colombia, y desde Cartagena se llega a él atravesando la llamada Ciénaga Grande y después de pasar por la populosa Barranquilla, ciudad donde García Márquez centró su trabajo como periodista en la juventud. Más lejos aun está Aracataca, y al mediodía habíamos bajado del bus mis compañeros y yo para encontrar, como si abriéramos la puerta de un horno de panadería, que nos abrasa, lo que alguno de ellos había dicho que sería, simplemente, “un moridero como cualquier otro”.

No era del todo así. Se sentía la lejanía de lo que hemos dado en llamar civilización, pero desde luego Aracataca no era igual a los pueblos intemporales que conocemos en la literatura de Gabito. Las casas están ahora construidas en material, como se dice en Colombia, o sea en ladrillo, y no “en barro y cañabrava”, aunque este detalle, por más que sea realmente significativo, tampoco hable mucho de una especie de desarrollo pleno y venido al fin por estas tierras.

Más moderno es el contacto de los poblanos con el mundo a través de los medios de comunicación, el cual al menos da una idea, bien que conflictiva, de actualidad, de que ellos están al tanto de lo que pasa en el planeta ante los ojos vertiginosos de Internet, de la televisión, la prensa o la radio. Y con todo, el aviso en un bastidor de madera, a la entrada de un local, de una médica especializada en exámenes de orina, sangre y materia fecal, que advierte que solo trabaja en las mañanas, de diez a once, nos ubica de verdad en la desenvuelta y muy elemental manera en que los habitantes de Aracataca conviven con sus necesidades primarias.

El pueblo no tiene agua, y solo hace unas semanas, entre otras cosas gracias a la visita de la Ministra de Cultura, propiciada por la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, se ha podido comenzar a resolver esta situación, y la casa a donde me llevó Natalia, la coordinadora de la Beca, para que dejara mis cosas, donde dormí, cuenta ya con servicio de acueducto, aunque allí, en los baños, sus habitantes todavía juntan baldes de agua, al pie de las duchas, para asearse con batea.

Es una casa amplia y ventilada, propiedad de un amigo de infancia, ya nonagenario, de García Márquez, y la sala está presidida por una gran foto en colores de los dos ancianos sentados uno junto al otro en el corredor de una mansión crepuscular. Juan Carlos, su hijo, me dijo que podía entrar y salir cuando quisiera, y que si encontraba la puerta cerrada en la madrugada, solo diera unos toquecitos en la ventana. “La televisión siempre está encendida”, añadió, “y lo más probable es que me encuentres viendo cualquier película”.

 

¿Y quién es ese?

Las actividades de la tarde para los becarios, después de que almorzáramos en un restaurante que funciona en el patio de la casa donde pernoctó por última vez el legendario fotógrafo Leo Matiz, nativo también de Aracataca, eran asistir a una conferencia del sabio cronista Alberto Salcedo Ramos, y luego, ya en la noche, a la proyección en la plaza central de una película escrita por Gabo: “Tiempo de morir”, acompañados por su director, el veterano Jorge Alí Triana, quien, como Salcedo, estaba pronto a llegar.

Pasó la conferencia, visitamos la casa museo de los abuelos de Gabo en un ambiente que mediaba entre la ilusión y el recuerdo, y luego de dejar retomando alientos a mi cámara digital en la casa donde me estaba alojando, me perdí buscando el museo, no lejano, sino inmediato, donde todos habíamos quedado de encontrarnos, y no lo encontraba por más que bregara a desandar los pasos y aunque sentía ir por donde había venido.

Una chica que yo había disfrutado ver antes de entrar por primera vez a la casa de los abuelos alivió de nuevo todas mis preocupaciones. Era ligera y serena, casi como yo había imaginado siempre a Remedios la Bella, con un conciso lunar en el pómulo izquierdo, vendía paletas de distintos sabores, limón, mango, fresa, en un almacén familiar al frente del lugar que yo ahora buscaba con cierto afán, y venía por la calle caminando como si acabara de despertar y no se hubiera dado cuenta.

–       Chica –le dije, dándome perfecta cuenta de que el mundo era mucho más bello al hablarle–, ¿como llego a la casa de Gabito?

–       ¿Y quién es ese? –me respondió.

Por eso al otro día, esta mañana, sentía que todo lo que me rodeaba era poco menos que irreal: algo engañoso, seductor y caprichoso. Ella me demostraba escandalosamente que Aracataca no es algo distinto sino también quizá superior a Macondo, como una vida que debiera pasar por nuestro afecto, enamorarnos, para después recordarnos que al fin no somos nada parecido a ese amor, sino solo nosotros.

–       Dime dónde trabajas –le pedí a la chica, y así pude encontrar a mis amigos.

 

Morir en la plaza

Pero hubo algo más, y ahora, poco antes de partir, recordaba esas imágenes que vimos más tarde al aire libre, ya en la noche, durante la proyección en la plaza de “Tiempo de morir”.

La cinta es una de las fábulas más famosas en la historia de nuestro cine, y fue célebre sobre todo en los días de su estreno, pero con el tiempo se ha convertido en más de lo que se pudiera sospechar por entonces. Porque, como nos contara Jorge Alí Triana a todos los espectadores antes de comenzar la proyección, sus imágenes y sonidos nos devuelven a un territorio, el pueblo de Armero, que fue arrasado con todos sus habitantes por la catástrofe del Nevado del Ruiz, en 1985, una avalancha gigantesca de nieve derretida y lodo, apenas unas semanas después de finalizado el rodaje.

Viendo la cinta, las calles, las gentes, las construcciones, era como si todos los extras y figurantes de la película de Triana y Gabo, y aun los espacios, los animales y árboles, la vida toda, fueran nada más y nada menos que fantasmas, como si uno viera efectivamente el registro fílmico de unos fantasmas, de personas que esa noche murieron, de alguien que sin saberlo casi estaba ya muerto o era incluso un muerto en vida. Y así, al sentir esto, mi mirada se comenzó a pasear por todos los rincones de una manera nueva.

El pueblo se había aglomerado en más de un centenar de sillas de plástico que los empleados del municipio y la Cinemateca del Caribe alinearon velozmente en torno de la pantalla que ya habían instalado justo al lado de la iglesia amarilla, enorme desde hacía mucho para un pueblo tan chico y de una sola torre. Tutelados por esa presencia y la sombra de árboles nativos cuyo nombre no solo yo desconocía, sino también los habitantes a quienes les pregunté, la presentación preliminar del filme estuvo entorpecida por un corte de luz que no apago todos los faroles de la plaza, pero sí el  proyector, el aparato reproductor de video, reemplazo ya insustituible de las máquinas de cine, y los parlantes. Jorge Alí, que había empezado a narrar como un cuentero de vieja tradición ante la comunidad la historia que hay detrás del filme, quiso continuar a voz pelada, sin micrófono.

Así supimos que “Tiempo de morir” tuvo sus raíces en la propia historia del abuelo de Gabito, en las razones que que tuviera aquel para haber llegado a establecerse como ciudadano errante en Aracataca, luego de haber matado en la ciudad de Riohacha, muchos kilómetros al norte, en la provincia de Padilla (el actual departamento de la Guajira), a un amigo por un lío de honor, asunto delicado que el novelista relata cifradamente en “Cien años de soledad” y de modo directo en su autobiografía, “Vivir para contarla”.

“Tú no sabes lo que pesa un muerto”, la frase que Juan Sáyago, el protagonista de “Tiempo de morir”, le dice al hijo menor de quien Sáyago matara dieciocho años atrás, fue una advertencia recurrente a lo largo de la vida del coronel Nicolás Gerineldo Márquez.

Triana ha explicado luego que la evidencia de tal carga se hizo sin duda muy importante para su nieto, y acaso la transfirió a él, quien luego, como es posible constatar, la convirtió varias veces en la metáfora de una violencia que en Colombia se asume con la fuerza de un destino ineluctable, ante el sentimiento acendrado del honor herido.

En todas sus obras, especialmente en “Crónica de una muerte anunciada” y en el pasaje de la relación entre el coronel Aureliano Buendía y su amigo y rival, Prudencio Aguilar, en “Cien años de soledad”, pero también de modo acentuado en el guión que escribiera a mediados de los años sesenta en México con el nombre de “Tiempo de morir”, Gabriel García Márquez expone y relaciona los mandatos del honor en un tejido de relaciones afectivas y sociales en las que la dignidad no encuentra cabida luego de la afrenta, si no es cobrándosela al agresor con su vida.

La película fue proyectada después de que Triana tuviera que terminar a gritos sus palabras introductorias frente a una audiencia rumorosa, distraída, que ni a medias parecía captar estas resonancias, sino que más bien se convertía en una extensión de ellas. En la escena del prostíbulo, una escena ideada por Triana, pues no estaba en el guión original, y en la que Gabo consiguió uno de sus mejores momentos como guionista, las madres le tapaban los ojos a sus niños para que no vieran a la pareja desnuda en la cama, las muchachas muertas de risa se tapaban la cara con los cuadernos donde tomaban notas para la tarea de escribir sobre la cinta que les habían puesto en la escuela, y en el fondo tal vez o tal vez no asimilaran las palabras de la prostituta al desesperado hombre: “Nadie puede cuando tiene miedo”.

Nadie puede amar, se entiende, cuando tiene miedo, pero para nuestro pacato machismo la frase solo venía a ser un apunte, y luego, en cambio, la audiencia reía con el disparo gratuito de un personaje a una gallina, y al final, cuando el hermano menor de los Moscote, en el colmo de la angustia, dispara dos y tres veces sobre Sáyago, alguien atrás comentaba, socarrón: “Va a haber que contratarlo”.

 

La magia negra

Triana terminó de filmar “Tiempo de morir” a mediados de 1985 y se fue a Cuba a editar la película, proceso que fue rápido porque la cinta constaba casi totalmente de planos secuencia, o secuencias en una sola imagen, por lo que casi bastaba yuxtaponer una con otra, y luego partió a París con el negativo para sacar las copias finales. Por esos días estaba trabajando en una adaptación teatral de “El coronel no tiene quién le escriba” y aprovechó para revisarla con García Márquez, que coincidía en la misma ciudad.

El 5 de noviembre tenían pensado comer con Milan Kundera en el restaurante La coupole, pues Gabo quería sorprender a Kundera con la presencia de un amigo que también hablaba a la perfección el checo (Triana se graduó de cineasta en Praga), pero una llamada los interrumpió. En Bogotá, el M-19 se acababa de tomar el Palacio de Justicia. García Márquez se puso pálido, “del color de una pared”, cuenta Triana, y durante los dos siguientes días no hicieron nada más que estar pendientes de lo que pasaba en Colombia. Al fin, como recordamos, el ejército y la guerrilla combatieron con sinnúmero de rehenes de por medio, y casi todos murieron. El saldo de víctimas fatales aun hoy se discute, y entre ellos hubo más de una docena de magistrados de las altas cortes, sin mencionar soldados, guerrilleros y muchos civiles desaparecidos y torturados por las Fuerzas Armadas.

Una semana más tarde, el cineasta regresaba a Colombia, y en el momento en que el avión pasaba al lado del Nevado del Ruiz, el piloto les dijo a los pasajeros que miraran la fumarola, y les informo que la noche anterior el volcán había hecho erupción y provocado un deslizamiento de tierra que había sepultado al pueblo de Armero. “Todo eso fue algo muy fuerte para mí”, dice Triana. Las dos tragedias eran de lo peor que le hubiera pasado al país en toda su historia, y su cercanía hacía de la avalancha una especie de tragedia moral, un destino que castigara el holocausto que acababa de bañar en sangre a un país que solo sabia responder a la violencia inexcusable con una violencia superior.

Pero además Armero había sido el epicentro del rodaje de “Tiempo de morir”. Todo el servicio de catering (alimentación), los caballos de la película, el hospedaje, eran de Armero… Era el pueblo más grande entre los varios que configuran el espacio de la cinta (Ambalema, Guamo, Natagaima, Honda), e incluso en imágenes filmadas en esos pueblos vecinos, algunos extras venían de Armero…

La avalancha, como supo Triana luego, entró arrasando los propios meandros del río a mil kilómetros por hora, la velocidad de un jet, y lo primero que devastó fue el hotel Pindalito Inn, donde él y su equipo habían estado alojados por varias semanas, acabando con la vida de todo el personal que los atendiera. Una sobreviviente contaba que era una ola de veinte metros de altura, con piedras del tamaño de casas y un camión amarillo en la cresta… La mujer perdió a los hijos que abrazaba para proteger y despertó al otro día en un mar de lodo, entre los alaridos prolongados y fatigados de gente que sobrenadaba en el pantano oloroso a azufre y en muchos casos se iba hundiendo de a pocos, hasta ahogarse y desaparecer…

En el horizonte se elevaba la colina del cementerio: la única que, por su altura, escapó a la violenta inundación. “Los únicos que se salvaron fueron los muertos”, concluye Triana.

 

 

El premio a la poesía trágica

Triana llegó a Bogotá con su película para salir a Brasil, donde se celebraría el primer Festival Internacional de Cine de Río de Janeiro. “Eran pesos pesados”, recuerda Triana: Ellen Burstyn, actriz memorable de Scorsese en “Alicia ya no vive aquí”, y ganadora del Oscar por su papel protagónico en “El exorcista”, era la presidenta del jurado, en el cual estaban también el húngaro István Szabó, Max von Sydow, el gran actor de Bergman, y otras luminarias. En la noche del día de su llegada a Río, una actriz amiga de Triana, Ana Maria Bergueito, lo visitó vestida de blanco y con tres claveles rojos en la mano. “Necesito que me acompañes a echar estos tres claveles al mar, porque me soñé que te ganabas el Festival”.

“Yo no creo en esas cosas, pero le dije que bueno, que fuéramos, porque en estas cosas de la santería los sueños son muy importantes”… Y la película fue estrenada el lunes, a las 11 de la noche, un horario nada favorable. Sin embargo, cosechó comentarios que se hicieron rumor elogioso, y a la hora de la premiación muchos hablaban de la cinta colombiana. Triana no se hacía la más mínima esperanza de recibir un premio, pues competía con películas de gran envergadura, realizadas por cineastas reconocidos y de industria poderosa.

El primer premio que recibieron fue el de la FIPRECI, la Federación Internacional de Prensa Cinematográfica, y Triana pensó que así estaba ya consumado el presagio de su amiga. Luego hubo un premio que él todavía hoy considera rarísimo, el premio Juventudes de la Unesco, pero luego Gustavo Angarita recibió un premio gordo: el de Mejor Actor del Festival. Era una verdadera sorpresa. Y al instante: el Tucán de Oro a la Mejor Película del Festival de Río, para “Tiempo de morir”.

Diego Rojas, el crítico e historiador del cine colombiano, que estaba allí, cuenta que Triana subió y llorando dedicó el premio a los muertos de Colombia… No había pasado una semana desde las dos asoladoras tragedias que habían arrancado el corazón de su país, y Triana acaso sintió que algo desbordaba las frases “como esculpidas en piedra”, según él mismo dice, que escribiera Gabito en el guión de “Tiempo de morir”.

La cinta tiene la solemnidad con que García Márquez describiera el modo en que el coronel de “El coronel no tiene quien le escriba” asume cada acto, pero se siente en ella la vibración de una pasión contenida que contrasta con la resignada certidumbre de una vida perdida por matar al otro. En ese sentido habría de perdurar como una respuesta impecable, que aclara y dilucida los principales traumas de nuestra cultura, embebida, sumergida, inmersa vana y tercamente en los inhumanos códigos, en la arena movediza, en el lodo indócil de una venganza noble.

Pero aunque así sea, aunque “Tiempo de morir” resista tan bien el paso del tiempo, la historia ha seguido pasando, implacable, por sobre nuestras cabezas, llevándose lo que de todos modos parece que tampoco nos pertenece, y con ello a nosotros mismos. Hoy en Aracataca ya Remedios la Bella (yo la vi, yo la conozco) no sabe quién es Gabito, e igual que en Bogotá o en Medellín, el pueblo sigue temiéndole más a amar que a ver cómo el otro mata a su igual. Yo no vi a ninguna madre taparle la cara a su hijo cuando el último Moscote le disparaba a Juan Sáyago por la espalda.

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