Infierno o paraíso

Infierno o paraíso

“La primera vez que entré al Cartucho” me dice José Antonio,  “fui con Cesar, un loco que se llamaba el Ratón, ingeniero también. La segunda vez volvimos juntos pero esta vez el Ratón no contó con buena suerte. Lo mataron, yo salí corriendo y logré esconderme. Después volví de nuevo pero no volví a salir”. 
Luisa Fierro

“Me asustaba la idea de verme en un espejo porque sabía que vería un rostro deteriorado y destrozado. Siempre lo  evadía, no quería ver la realidad, el espejo era el reflejo de  toda la vida que estaba dejando atrás”. José Antonio Iglesias

Después de leer el programa del Festival de Cine de Cartagena entré en crisis. Tantas películas y documentales que decidirme por una  resultaba complejo. Sin embargo, al leer la reseña del documental “Infierno o Paraíso”, del cineasta y antropólogo  German Píffano, decidí  verlo y adentrarme en su historia. El documental, realizado entre el 2000 y el 2010,  cuenta la vida de José Antonio Iglesias, un ingeniero español  de  33 años, que durante 11 años fue habitante de la antigua Calle del Cartucho en Bogotá, y adicto al bazuco (crack).

Cuando me encuentro al José Antonio de hoy me parece estar viendo a otra persona. Ya no tiene barba, su cabellera aunque está cubierta de canas aún guarda un poco de esa juventud que se nos va yendo con los anos. Tiene pantalones cafés, camisa blanca y gafas oscuras.  Camina de lado a lado entusiasmado pues es la primera vez que asiste al Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, al estreno mundial del documental que relata su vida. Me extiende la mano y me saluda sonriente.

En el folleto de programación del Festival está el retrato de José Antonio.  A pesar del evidente deterioro en sus facciones, todavía conserva un halo de juventud. Al observar la fotografía me pregunto ¿Cómo pudo un hombre pasar de ser Ingeniero Mecánico a  consumidor de bazuco? ¿Qué lo llevó a convertirse a habitante de la calle en Bogotá? ¿Cómo después de tantos años de batalla logró dejar las drogas para volver a ser padre, hermano, esposo y recuperar nuevamente su vida?

La sala de cine del Centro Comercial La Castellana, ubicada a treinta minutos del centro histórico de Cartagena, está repleta. Algo que no es común en Colombia cuando se proyecta un documental. Cuento siete sillas vacías en un teatro que tiene capacidad para algo más de doscientas personas. ¿Será que este tipo de personajes causan morbo?; o, por el contrario, ¿cuántos en el publico piensan que la vida de un habitante de la calle es digna de ser contada? Las luces se apagan, el silencio viene, la cinta rueda.

“La primera vez que entré al Cartucho” me dice José Antonio,  “fui con Cesar, un loco que se llamaba el Ratón, ingeniero también. La segunda vez volvimos juntos pero esta vez el Ratón no contó con buena suerte. Lo mataron, yo salí corriendo y logré esconderme. Después volví de nuevo pero no volví a salir”.  Escucho su relato. Siento impotencia de saber que aún hay miles de personas deambulando por las calles de Colombia, sin rumbo, durmiendo en andenes, comiendo sobras.

“Me dolía mucho sentir el olor a café porque me recordaba a mi casa. A veces para recordar a mi familia me iba desde las 5 de la mañana a la Plaza del Rosario, ubicada en el centro de Bogotá, porque habían varios cafés, y esperaba a que los abrieran para oler la greca y sentir el olor que me recordaba a mi pasado”.

En el documental, José Antonio tiene barba, aspecto descuidado, una mirada poco expresiva, y una enorme vitalidad para narrar. Las imágenes crudas me dan la sensación de que recorro la Calle del Cartucho, ubicada antiguamente en el barrio Santa Inés del centro de Bogotá, a solo cinco cuadras del Palacio de Gobierno. El Cartucho, conformado por 15 manzanas, fue uno de los lugares más peligrosos de esa metrópoli que entonces, al final del siglo XX, tenía seis y medio millones de habitantes. Ese mismo sector que se convirtió en el refugio y en la casa de José Antonio fue a su vez un mercado gigantesco de drogas, tráfico de armas, prostitución y delincuencia.

Mientras converso con Jaime, llega German Piffano, con una sonrisa en su rostro.  “Yo llegué como un prófugo a ser documentalista, estudié Diseño Industrial en la IICC de Bucaramanga, pero sentía la ausencia de algo, quería estudiar una carrera que me permitiera entender lo que somos nosotros. Por eso estudié Antropología y luego descubrí la Antropología Visual. Ahí encontré la luz.

“Me acuerdo que hace más de una década, caminando por la Calle del Cartucho, un hombre me empezó hablar. Yo me  encontraba algo meditabundo  porque mi antigua compañera se iba del país. Me preguntó que a dónde iba y yo le respondí que iba a  despedir a una novia”. “Eso es muy duro” me dijo, “usted  no puede ir solo, yo lo acompaño”. Lo que comenzó con una simple pregunta término en una amistad entrañable y años más tarde en la realización del documental.

José, se encuentra nervioso tiene una risa constante que lo delata de saber que en pocos minutos volverá a encontrarse en la pantalla del cine con aquel que había sido, comenta: “Desde que conocí a  German fue creciendo un lazo, nos convertimos en amigos incondicionales  yo le propuse acompañarlo  para que no estuviera solo y el me  propuso la idea de rescatar nuevamente mi vida. No era fácil, yo me volví huraño, pero a medida que empezamos a tener conversaciones tomé conciencia, y me dije a mi mismo que jamás se debe dejar de luchar,  siempre se puede salir del laberinto si uno quiere. Y lo logré”.

Entonces retomo la conversación con German acerca de su documental, y mientras lo hago me pregunto cómo hizo para grabar tanto dolor. Como si adivinara lo que estoy pensando me dice: “Había una curiosidad muy grande de saber qué sucedía en el Cartucho. Quería saber qué estaba pasando ahí, quiénes eran sus habitantes y saber por qué no podían ocupar un lugar en esta sociedad”. Además agrega entusiasmado: “Holman Morris, gerente de Canal Capital, hizo una apuesta muy grande por este proyecto. Si no hubiera sido por el empuje que nos dio, el proyecto hubiera quedado archivado”. Canal Capital es un canal de televisión pública de Bogotá. Y Holman Morris, su director, aparece de manera sorpresiva y se integra a nuestra charla: “Decidí tomar la iniciativa  porque vi la importancia que tenía el relato de este documental.  Siempre he creído que en este país falta mucho por contar y que hay que contarlo más”.

Veo en el una profunda preocupación. Se indigna: “una sociedad que se acostumbró a ver seres humanos en las calles, que admite que en sus calles ande gente como desechos humanos, que  les pone nombre de desechables y no hace nada, es una sociedad enferma. Los habitantes de la calle no son desechables, tampoco criminales. Son enfermos que tenemos que proteger’.

Lo escucho atenta y pienso en los 12 mil habitantes que convivieron en esas calles perturbadas. Hombres y mujeres y niños que padecieron la drogadicción, la violencia y  finalmente el desalojo, acción que fue llevada a cabo por Enrique Peñalosa, quien, como alcalde, emprendió en 1997 la demolición de esa zona  para construir un parque de 20 hectáreas.

“Somos familias de hogar, tenemos familias, tenemos derecho a tener un lugar para vivir”, gritan varios habitantes del Cartucho en la pantalla. “No tienen por qué sacarnos de esta manera”, les gritan a los policías  que van con una orden de desalojo. La escena me estremece. Los que no tienen hogar se quedan sin hogar. La señora que  se encuentra al lado mío estrecha sus dos manos frente a su quijada y suspira. Yo también hago lo mismo. Suspiro.

A medida que avanza el documental la tensión crece cuando José Antonio empieza a luchar para recuperar su vida. Con terapias de acupuntura para evitar la ansiedad,  y con mucha voluntad, deja poco a poco ese mundo denso. Conoce a Yenny, una adicta, de quien se enamora en la última etapa de su rehabilitación.

“Durante tres años decidí desintoxicarme y darle un giro a mi vida. Enamorarme, casarme  y tener  a Juan Manuel.  Yenny y mi hijo, me devolvieron la fe”. Mientras habla se emociona. ”Cualquier persona puede caer en las drogas y eso no significa que sea un criminal. Hay gente que lo ha tenido todo y que por una u otra razón, cae en este grado de indigencia. Por desgracia, solo cuando le pasa a alguien de tu familia  te  das cuenta que es un problema que afecta a cualquier persona”.

Como espectadora del documental siento alivio cuando hacia el final José emprende una nueva vida dejando  ese pasado que lo torturó durante tanto tiempo. Decide regresar a España acompañado por su esposa y su hijo.  Y aunque hoy no tiene un trabajo estable y muchas veces se agobia por la situación económica que atraviesa su país, este  sobreviviente de la drogadicción se ocupa a veces en recordar cómo una película lo ayudó a salir de esa otra película.

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