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El virtuoso del violonchelo Mario Brunello ensaya, sin levantarse de su puesto, durante 4 horas continúas para su presentación en el festival Internacional de música de Cartagena.
Alejandro Convers

El virtuoso del violonchelo Mario Brunello ensaya, sin levantarse de su puesto, durante 4 horas continúas para su presentación en el festival Internacional de música de Cartagena.  Los otros miembros de su septeto paran para fumar un cigarro, se levantan a estirar las piernas, van al baño. El Italiano Brunello no: “Yo renuncio a lo que sea por pasar un poco más de tiempo con mi chelo”.

Su violonchelo es un instrumento con más de 400 años de edad, con mucha memoria y con un alma vibrante.  Fue creado en los primeros años del Siglo XVII como una innovación en el sonido por Gio Maggini, un zapatero convertido en luthier, que encoge el tamaño del instrumento para hacerlo armonizar mejor con la viola y el violín.   De los chelos creados por Maggini hoy en día sólo sobreviven tres, y el de Brunello, es el único que está todavía vivo, haciendo historia y no encerrado en un museo o una colección privada.

Mario Brunello, Chelista italiano, antes de su concierto en el Hotel Santa Clara. Cartagena de Indias. Joaquín Sarmiento/Archivo FNPI

Pudo no ser así. Su dueño anterior Franco Rossi, fundador del cuarteto Italiano y antiguo profesor de Brunello, casi lo vendió a un coleccionista privado japonés.  Mario tenía 15 años la primera vez que escuchó el Maggini y de inmediato se enamoró de esa voz,  pero tardaría años en armarse de valentía para, con mucho tacto, sugerir a su maestro que considerara algún día vendérselo.  “No era fácil”, recuerda,  “pedirle a Rossi el Maggini era como pedirle a alguien que te entregue su voz.”

Un día un coleccionista privado hizo una oferta por el Chelo y mientras esto sucedía, Mario tocaba en Japón y no podía contestar las insistentes llamadas de Rossi advirtiéndole que era hora de hacer una oferta seria. Brunello se enteró demasiado tarde y  cuando viajaba de vuelta a Florencia, un avión llevaba el Maggini en la dirección contraria para jubilarlo dentro de una colección privada.

Pero un gran terremoto en la ciudad de Kobe en Japón produjo graves pérdidas al coleccionista japonés que tuvo enviar el Cello, ya no a Rossi, si no a su nuevo dueño.  A los 33, dieciocho años después de escucharlo por primera vez, el Maggini estaba en manos de Brunello y en lugar de retirarse estaba a punto de empezar una nueva y vibrante carrera.

Jimi Hendrix tenía la Fender Stratocaster,  Jimmy Page la Gibson Thunderbird, Brunello su chelo Maggini. Las guitarras de Hendrix hoy están en un museo, en cambio este chelo, casi diez veces mas antiguo, sigue vivo, girando alrededor del mundo, rockeando

“Hace unos años empecé a mirar las partituras de las obras de Vivaldi, y todos los compositores italianos del Barroco… y descubrí que había un elemento muy importante que podemos poner al servicio de la música y es que el ritmo de Vivaldi y también Bocherini es Rock. Que ellos eran realmente estrellas del Rock del Siglo XVIII, así que tratamos de encontrar esta energía y de transmitirla a la hora de tocar.”    No en vano su ensamble se llama The Brunello Baroque Experience en un claro guiño a The Jimmy Hendrix Experience.

En la plaza de San Pedro en Cartagena, Mario aparece con una barba incipiente y el pelo descuidado, a sus 52 años parece un Bruce Springsteen y no un maestro de la música clásica.  Interpreta la Ciaccona para Violoncelo solo de Giuseppe Colombi, que en sus manos suena más a un “Summertime Blues” que a una pieza del siglo XVII. Ayudado por un sampler electrónico, añade variación sobre variación para crear finalmente un bloque sonoro.  Un bajo en pizzicato crea el groove,  acordes en dobles cuerdas son una guitarra rítmica, Un portamento recuerda el slide de una steel guitar y, encima de todo,  frases agudas con mucho vibrato asemejan un cantante .  Hay mucho rock en este barroco.

Mario Brunello, Chelista italiano, antes de su concierto en el Hotel Santa Clara. Cartagena de Indias. Joaquín Sarmiento/ Archivo FNPI

Toca también la Lamentatio para Violoncello solo de Giovanni Sollima.  Una pieza contemporánea en la que su chelo gime y se lamenta. Pulsa las cuerdas, toca acordes completos con la mano como si fuera una guitarra, lo golpea con la parte de madera del arco (“col legno”) y hace rebotar el mismo arco sobre las cuerdas.  Es como ver a Hendrix perdido en una onda de feedback y tremolo.  Suena a ritual, poderoso, y primitivo.

Por décadas la música clásica ha estado encerrada dentro de las paredes de un museo imaginario, convertida en un objeto frío, distante y muerto.  Brunello ha encontrado en su Maggini la herramienta perfecta para darle un golpe letal a esos muros.  Para crear grietas en las paredes y permitir que la luz empiece a brillar de nuevo.

Esta no es música de museo, es música viva.  Así como Hendrix tomó la esencia del blues y la hizo nueva al insertar su carácter, Brunello aprovecha los espacios de conexión entre los motivos que definen la música clásica y en ellos aporta libertad sin transgredir.  Con su voz, y la voz de su chelo, enriquece y renueva una música que todavía hoy se puede recrear.

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