Bajo la punta no hay ningún iceberg

Bajo la punta no hay ningún iceberg

The Smiling Lombana, dirigido por la colombiana Daniela Abad, fue la película que abrió la versión 58 del FICCI y que, por su temática y peculiar tratamiento, logró que un caso familiar evocara una fotografía más amplia: casi la historia entera de un país.
Daniela Abad, directora de The Smiling Lombana. Foto: Joaquín Sarmiento.
Agustín Acevedo

Foto: Joaquín Sarmiento

Cruces de historias

Un lujoso convertible MG serpentea por una ruta angosta. No sabemos quién es el piloto; las ventanas están cerradas y los vidrios sólo reflejan la oscuridad y el follaje de los alrededores. Lo único concreto que vemos de él, lo único que muestra una voluntad más allá del movimiento son esos dos focos amarillos que permanecen imperturbables, incandescentes, insomnes, movidos por la sola voluntad de seguir avanzando, tal como los ojos de su antiguo dueño, Tito Lombana.

The Smiling Lombana parece ampliar, en forma de díptico, un peculiar acercamiento de su directora, Daniela Abad, a la figura de sus abuelos (su primer largo fue Carta a una sombra –2015–, centrada en su abuelo paterno, Héctor Abad, importante médico y activista asesinado en 1987), esta vez indagando en la rama materna de su familia, reordenando las piezas faltantes de una figura elusiva, y hasta el presente envuelta en una mortaja de silencio incómodo y culposo. Para adentrarse en su objeto de estudio, The Smiling Lombana se arma principalmente a partir de material visual: fascinantes fotografías y videos en 8 mm y 16 mm rescatados de un archivo familiar.

En los videos vemos a Tito Lombana siempre sonriente, exhibiendo su cuerpo atlético en distintas proezas físicas, unas veces haciendo equilibrio en aros o en barras paralelas, otras practicando flamenco con una de sus hijas –la elocuente tía de la directora–. Especialmente hábil y precoz en el arte de la escultura, Lombana abandonó la casa paterna a los 14 años, ganó un certamen local, fue rápidamente apadrinado y viajó a Europa, en donde conoció a la abuela de Daniela Abad, quien da un rico testimonio de esos primeros tiempos de la vida del escultor.

En esta suerte de primer acto podríamos caer fácilmente en la suposición de que nos enfrentamos a otro documental sobre el genio incomprendido de un artista (más allá de algún revuelo causado en su momento, el único objeto artístico del autor que mantiene reconocimiento actual es “Los zapatos viejos”, controvertida obra en homenaje a Luis Carlos López, uno de los poetas insignes de la ciudad de Cartagena), pero la directora sabiamente elige guiarse por los vericuetos íntimos de un personaje mucho más difícil de desentrañar.

Lo fascinante, conforme avanza el metraje, es ese hurgar en una figura que se vuelve más impenetrable a medida que se nos revela más de ella. The Smiling Lombana es la historia de una ambición ciega y desubjetivizada, de la pulsión pura de un hombre que quiere negar sus raíces, pero que, más que nada, quiere construirse, esculpirse a sí mismo como un otro. En un comienzo estas ínfulas pueden parecernos ingenuas y hasta cómicas, con el protagonista volviendo a Colombia luego de su estadía en Europa, instalándose en un hotel y diciendo haber olvidado su lengua materna. Sin embargo, a medida que la película avanza vamos viendo una oquedad inherente a esa imagen construida para el afuera: en palabras del protagonista, una vida hecha for export.

La vida del artista se vuelve cada vez más tributaria de esa imagen proyectada, al punto de ser imposible determinar cuál es el verdadero Lombana, si es que hay uno. Es en este proceso que arranca con un hombre que empieza entregado a su arte y se va mostrando cada vez más atento al dinero y a los negocios, que terminamos dando, por fin, con el núcleo duro del secreto familiar: la detención y enjuiciamiento de Lombana tras ser descubierto en un operativo de narcotráfico, cuando aquello todavía se manejaba a una escala menor, poco antes de que Pablo Escobar y el cártel de Medellín se convirtieran en la megapotencia distribuidora que cambiaría el ADN político y social de Colombia.

En este proceso vamos descubriendo que la película es, más que un documental sobre un pariente, la historia de un país entero: el relato de la esquizofrenia de una nación construida en el anhelo de parecerse a otros países. El discurrir de la vida de Tito es una metonimia de los complejos identitarios de una sociedad aún atrapada en el colonialismo cultural, que transitó desde la década de 1950 y el complejo de los países latinoamericanos que se miraban en Europa, al progresivo giro hacia Estados Unidos en la década de 1980, cuando Colombia alcanzó el lugar de principal exportador de cocaína del mundo.

The Smiling Lombana es una historia contada a partir de objetos. Es interesante cómo cada pieza esculpida o realizada por Lombana parece un mensaje encriptado de esa extraña interioridad, desde su primera escultura de la pasión de San Sebastián hasta los zapatos destruidos y reconstruidos por su hermano, que le robó la autoría sin que él hiciera nada para reclamarla; desde el candor artesanal de aquel cerco coronado por una rueda de carro (única pieza artística que queda de su obra y que ahora oficia de puerta en una chatarrería) a aquellos opulentos muebles de diseño que darían forma definitiva a la estética narco de hoy en día.

Y acá radica tal vez uno de los inconvenientes narrativos de The Smiling Lombana: la directora abunda en metáforas visuales, pero termina sobreexplicándolas en el voiceover, limitando de alguna manera la riqueza inherente y expansiva de aquellas imágenes. Se trata de una película alternativa, imaginaria: la historia de Lombana y de Colombia, sólo contada por los objetos; dejándolos para que, en su serenidad cromada o marmórea, nos susurren, como una niebla en la que nos vamos sumergiendo, los sueños y pesadillas de esa fractura identitaria.

El momento crucial de The Smiling Lombana es, quizá, el que a simple vista parece más caprichoso, más secundario. La directora viaja con el cuñado de Lombana –Giancarlo, uno de los pocos amigos que lo siguieron viendo hasta su muerte– a una cantera de explotación de mármol. El hombre, ya entrado en años, habla con uno de los responsables de la extracción sobre algunas particularidades de la materia prima con que se trabaja, y es ahí que dice: “Trabajar con mármol es más duro. A fin de cuentas, se trata, como decía Miguel Ángel, de eliminar lo superfluo hasta llegar a la figura que aguarda dentro”. Así, la obra siempre aguarda, dormida, en el interior del bloque de piedra o de granito, a la espera de ser descubierta, encontrada por el artista. Pero ¿qué pasa cuando el centro del bloque sólo guarda un agujero, un vacío? ¿Qué pasa cuando detrás de las múltiples máscaras aparece la nada? Uno ve aquella gigantesca cantera de mármol y tiene la sensación de haber sido llevado al magma ardiente de la identidad del artista, al corazón de la materia de esos múltiples Titos dedicados a esculpir tal como buscaba moldear y tallar a su familia.

Después de todas las relecturas y revelaciones familiares, quizá la verdad de Lombana siempre haya estado, serena, en el autorretrato esculpido en un busto de mármol: los ojos lisos, blancos y vacíos, como dos pesadas canicas o como los faros insomnes de aquel convertible.

**Este texto también fue publicado en La Diaria.

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