Baile a destiempo

Baile a destiempo

En su intento de conquistar a Angélica, conocerá algunas particularidades de la idiosincrasia colombiana, como el hecho de que todos, viejos y niños, sepan bailar, y entablará una amistad con un viejo profesor de baile, que lo adoptará como su alumno y luego, como su posible yerno.
Samuel Castro

Tal vez como no pasa en ningún otro género, cuando una comedia romántica está bien realizada, parece una pieza de baile. Cuando ella y él se miran, o se tropiezan, o uno le derrama al otro un jugo de naranja en la camisa, una luz distinta parece iluminar sus rostros. Él es tímido y optimista, ella es una actriz triste: sus personalidades parecen complementarse en pantalla. Si la química funciona se producirá el milagro. Movimientos al unísono, armonía: el baile perfecto. En “Ciudad Delirio”, la cinta que abrió el Festival de Cine de Cartagena, lo único que funciona como debería en una comedia romántica y en una pista de baile, son las canciones que suenan de fondo. Y a veces ni eso.

La película nos presenta a Javier, un médico español que no está muy contento con su vida (aunque nunca sabemos realmente cuál es el motivo de su insatisfacción) y que en una noche de fiesta durante un congreso farmacéutico en Cali, conoce a Angélica, una preciosa bailarina, de la que se enamora inmediatamente (sin que entendamos tampoco por qué), y que será el motivo principal por el cual decide tomarse unas vacaciones en Cali. En su intento de conquistar a Angélica, conocerá algunas particularidades de la idiosincrasia colombiana, como el hecho de que todos, viejos y niños, sepan bailar, y entablará una amistad con un viejo profesor de baile, que lo adoptará como su alumno y luego, como su posible yerno.

Lo más difícil cuando bailan dos es sincronizar los ritmos. El tiempo. El tempo, si lo ponemos en términos musicales. Lo que menos importa es la dificultad de los pasos. En “Ciudad Delirio” el tempo de las escenas nunca cuadra, ni siquiera en las más sencillas. Siempre parecen sobrar un par de segundos en cada toma, convirtiéndolas en una serie de momentos incómodos, de tropezones. Julián Villagrán (que tiene la cara adecuada para un comediante, pero no para un galán, combinación que sólo personas como Hugh Grant encarnan) y Carolina Ramírez hacen lo que pueden con sus papeles, con indudables mejores resultados por parte de ella. Como en el baile, en la comedia romántica es importantísimo que el hombre lleve a su pareja, o al menos parezca que lo hace, y eso aquí no sucede.

Puede ser que la causa de que la historia de pareja no funcione bien es que la directora y guionista española, Chuz Gutiérrez, presta demasiada atención a intentar hacer una especie de comercial turístico sobre Cali, y un video institucional sobre “Delirio”, un famoso espectáculo de baile de la ciudad, en medio de la historia de amor, con el mismo terrible resultado que se puede esperar cuando se bailan tres canciones mezcladas. En este caso su ojo de extranjera no tiene una mirada novedosa o asombrada sobre el mundo latino, sino aquella que se puede esperar de quien ha hecho su investigación basado en un brochure de una agencia de viajes. Una secuencia en especial, en la que Javier camina por una calle mientras ve mujeres de todo tipo de contextura física y edad, podría servir perfectamente para publicitar una agencia matrimonial para extranjeros, pero se siente tan fuera de lugar como un ruso en su primera clase de salsa. Simplemente no funciona.

Al final, “Ciudad Delirio” nos produce la misma terrible sensación de cuando en una fiesta familiar teníamos que sacar a bailar a nuestra prima más fea que además era arrítmica: ese miedo infinito a que justo nos haya tocado la canción más larga.

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