Zapatillas y medias panty con 40 grados

Zapatillas y medias panty con 40 grados

Texto de Eulimar Núñez Socorro, participante del taller con Bastenier La música retumba en el edificio Pombo, en la esquina de la calle de El Cuartel. Aún de noche, cuando las luces y los charcos se adueñan del Centro Histórico de Cartagena, la melodía acompaña el paso de los caminantes. En el tercer piso de la edificación en ruinas -que evoca a la Habana vieja con sus pinturas desgastadas- funciona la Academia de Danza Los Cisnes. Aunque se concentra en el ballet clásico, también enseña danzas tradicionales colombianas y de otros países.
 
Cuando se creó en 1982, la escuela estaba en Calle Larga, cerca del Centro de Convenciones. Hace 11 años que reside en la mencionada sede. La batuta la lleva Doris Esquivel: "fui bailarina profesional por más de 10 años. El paso siguiente era enseñar". Esta morena de acento costeño lleva el cabello prensado en un moño; camina estilizada, con la espalda y la cabeza erguida, y no teme en alzar la voz cuando una niña osa equivocarse. Cuatro fotos de sus años mozos como bailarina están colgadas en una de las paredes del salón azul pastel.
 
En Cartagena bailar es natural, pero llama la atención que tantas niñas hayan optado por practicar ballet clásico. Rafael Carrasquillo, fundador de la academia, habla sobre las dificultades de enseñar la disciplina: "Aprender a bailar folklore sería la elección lógica y natural. El ballet aquí es visto como una cosa rara. Incluso, me atrevería a decir que sólo los que tienen televisión por cable saben qué es". Por esa razón, han tenido que ampliar la oferta, enseñar otros ritmos e incluso invitar a los extranjeros a bailar los fines de semana.
 
"Para las familias de clase media y baja a las que están dirigidas las clases, son muy costosas", agrega Carrasquillo. Las alumnas deben cancelar una mensualidad de 90.000 pesos colombianos y equiparse con todo lo que necesiten para la clase: malla, medias panty, zapatillas. Mientras más avanzan, más deben gastar: "Unas zapatillas de punta compradas en el extranjero cuestan 300.000 pesos". Es posible, sin embargo, encontrar unas hechas en Colombia, que cuesten 260.000 pesos, más o menos, "pero esas probablemente durarán una semana o 15 días. No resisten el calor". 
 
La influencia de la costa
A las 7:00 de la noche del jueves 5 de agosto, 20 niñas de entre 7 y 12 años bailan danza española con castañuelas y zapatos de tacón. Pero estas niñas se menean más de lo normal. Hay un contoneo, un ritmo que no pueden frenar. Sudan como si estuviesen en un sauna. La profe Doris, como la llaman sus alumnas, ataviada con una malla negra interrumpe: "que es para la derecha", y hala a una de las niñas por el brazo. "Otra vez, vamos, desde el principio". Cuando termina la música, la orden es quitarse los tacones y la falda larga, y ponerse las zapatillas de ballet.
 
En el montaje que están ensayando destaca María José García, de 14 años, quien ya tiene porte de profesional. Baila sola en el centro, incluso en puntas; lo hace tan bien, que pasa desapercibida para la profesora. Hace 8 años que está en la escuela. "Por mi nivel, tengo que venir todos los días de la semana", cuenta con cara de cansancio, mientras que por su rostro corren gotas de sudor. En la escuela les exigen imitar la vestimenta del ballet universal, pero en ese salón no circula el aire. 
 
Las más chiquitas caminan brazos arriba formando una aureola sobre la cabeza. Cuando se termina la música, la profesora grita "las que no vengan a la próxima clase, no van a bailar. Ya se pueden ir. Ahora viene la tarantela". Y lo dice así, sin pausa y sin anestesia. De la danza clásica van directo a recrear la tradición italiana, o al menos lo intentan. Se agarran los brazos y bailan en círculo. "Todavía les falta. Se pueden ir". 
 
Esta academia es ya una referencia en Cartagena. Por aquí han pasado muchas de las niñas de la ciudad. "El que aprende a bailar aquí, baila de todo. El ballet es la base", sentencia Esquivel, que agrega que por quinto año consecutivo, la academia ofrecerá un recital de danzas en el Castillo de San Felipe. Texto de Eulimar Núñez Socorro, participante del taller con Bastenier
 

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